Recuerdos en el lago, Segundo Fragmento

Posted on 30 marzo, 2012

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El viejo continuó con su relato luego de una pausa:

—Fue una noche calurosa de septiembre cuando escuché la trágica historia de mi tío Presentación, a quien creía inquebrantable.

>>Me reuní con mis primos luego de cenar. Desde hace un par de días mi tío se mostraba apesadumbrado. Cuando le pregunté al respecto a Marcos, respondió:

>> “Es que hay luna media”.

>>Y así comenzó a contarme la historia de la juventud de mi tío Presentación.

>>Como dije al principio, mi tío se enlistó en la marina apenas tuvo la edad necesaria para hacerlo. Era su vocación: se graduó con honores y se forjó una carrera que lo llevó al rango de capitán. Rechazó varios ascensos por su deseo de ser instructor en el buque escuela de la República. Y fue precisamente en un viaje de adiestramiento que ocurrió.

>>El viaje había ido sin contratiempos, pronto llegarían a puerto. Era de noche y el mar estaba calmo, una planicie de cristal infinita que reflejaba la luz de la luna y las estrellas, tan bajas que parecías capaz de tocarlas con solo estirar la mano. A mi tío le tocaba hacer la guardia nocturna, por lo que se encontraba solo en la cubierta. Se podía escuchar la algarabía de los hombres jugando a las cartas y bromeando entre ellos en sus camarotes, contándose historias sobre las mujeres que los esperaban en casa.

>>Tenía sueño, nada más esperaba a que terminará su guardia para irse a dormir. Pero cuando llegó el siguiente centinela no había nadie en la cubierta. “El capitán ya debió volver a su camarote”, se dijo el joven cadete. Se paseó por popa sin pensar en nada en particular. Sus pasos retumbaban bajo el peso de sus botas pesadas, por lo que cualquier grito de socorro o el sonido del chapoteo del agua fueron acallados por este. El cadete se dio la vuelta y fue solo entonces cuando percibió ese peculiar sonido de salpicadura producido por una persona al nadar. Se estaba alejando.

>>De inmediato se precipitó contra la baranda de popa. Debió aguzar la mirada, oteó el mar con el corazón en la boca varios minutos cargados de tensión. No se veía casi nada pero pudo divisar el lejano manchón de espuma revuelta en medio de un mar calmo. El cadete sonó la alarma. Los marinos pusieron manos a la obra cual una maquina bien aceitada: soltaron los botes salvavidas y enseguida fueron a por su capitán, mi tío Presentación. Nadaba hacia la nada con cara de desquiciado. Se necesitaron cuatro hombres para inmovilizarlo cuando por fin consiguieron hacerlo subir al bote. Pasó el resto del viaje encerrado en su cabina.

>>Apenas atracaron en puerto bajó del barco, como si algún espanto lo hubiera embrujado. El primer oficial de abordo fue al camarote del capitán apenas este se hubo ido. Se topó con un escenario caótico: la mesa estaba tirada a un lado; las sillas, volteadas, les faltaba una pata a todas, siendo utilizadas para apuñalar el colchón una y otra vez. El piso rebosaba de relleno despedazado, mapas, cartas de navegación y en general todas las pertenencias de mi tío. Todo arrastrado de su lugar por su vorágine de locura. Alarmado, el primer oficial ordenó encontrar al capitán de inmediato. Lo encontraron en un bar de mala muerte no muy lejano al muelle.

>>Era demasiado fuerte, aún medio embriagado, como para llevarlo de regreso al barco contra su voluntad. Además de que se negaba a hablar de su errático comportamiento. Así que lo dejaron beber a sus anchas, para ver si con el alcohol se le aflojaba la lengua. Y así fue.

>>Según contó mi primo, los presentes quedaron atónitos al escuchar lo que contó el capitán: justo antes de caer por la borda se formó una repentina pero densa niebla que parecía venir de ninguna parte y que lo cubrió todo en pocos segundo con una cortina blanca, fina y atemorizante. El capitán se santiguo a cada uno de los santos que conocía, se acercó a popa y, aplastado por la creciente tensión cargada en el aire, fue cuando la vio.

Un largo silencio.

—¿Qué vio? —exclamó el muchacho.

—En aquel océano enigmático y cubierto por esa niebla sobrenatural vio una sirena.

>>Antes de que digas cualquier cosa, déjame agregar que muy probablemente piensas lo mismo que pensé yo al escuchar por primera vez la historia: “¿sirenas, qué clase de fantasía es esta?”, “¿acaso están intentando de tomarme el pelo?”, “¡no voy a seguir escuchando las locuras de este tipo!”… y así hasta que se acabé la imaginación, que a la hora de negar las cosas es muy fecunda. Pero al ver los ojos de mi primo quedó claro que no mentía.

>>Así fue como ocurrió: el capitán Presentación abrió los ojos de par en par al ver a esa hermosa mujer pelirroja, de profundos ojos verdes, piel blanquecina y un cuerpo sacado del cincel de los escultores clásicos. La ya de por sí impactante mujer si hizo más extraordinaria cuando dio un brinco fuera del agua, mostrándose así su cola de pescado. Con un simple aleteo, la misteriosa criatura se alejó del barco. El capitán Presentación estiró la mano con desesperación. Desde el fondo de su corazón quiso gritarle, llamarla, decirle cualquier cosa con tal de que siguiera alejándose de él, pero no pudo. El mismo conjuro que lo obligaba a contemplar a su sobrenatural visitante le había paralizado las cuerdas vocales, era incapaz hasta de soltar los ruidos más elementales. Aleteo tras aleteo, se alejaba otro poco; y cuando el capitán Presentación ya se conformaba con perderla para siempre, con el corazón hecho estragos dentro de su pecho, la sirena se dio vuelta. Ella y el capitán quedaron frente a frente, ¿se habría percatado de su presencia al fin? ¿Le diría algo? ¿Lo seduciría y lo arrastraría a las profundidades? Sí, claro que se había percatado la presencia de ese hombre que la miraba con inmensa fascinación, sabía que él estaba allí y sabía que ejercía tremenda influencia sobre él. Sus ojos se encontraron, como si se hubieran estado esperando la vida entera, y entonces la sirena empezó a cantar.

>>¡Oh!, qué canto fue ese. Aunque no estuve presente, y por medio de las floridas palabras de mi primo, casi pude escuchar la dulce tonada de la voz angelical de la sirena, y puedo comprender por qué hechizo a mi tío: apenas abrió su boca de labios voluptuosos se desprendió de su garganta una melodía suave pero seca, cándida pero picara, sumisa y rebelde a la vez; altiva, sublime, dramática, esplendida y esplendorosa. Perfecta. Cantico ideal solo posible gracias a la aparición de un ser que se supone tampoco debería existir. La irrealidad se le presentó al capitán Presentación.

>>Se le nubló la mente: cada una y todas sus pasiones se fueron apagando; sus sensaciones, adormilándose, a excepción del oído. Oscuridad absoluta. Nada más escuchaba el canto de la sirena, era lo único que podía hacer, y con solo esa mermada puertecilla al mundo era feliz, más feliz de lo que se hubiera imaginado poder haberlo sido nunca. Ya no le importaba nada: ni el mar, ni su familia, ni su vida, ni siquiera él mismo; se podía ir todo al demonio con tal de seguir escuchando aquella hermosa voz por el resto de la eternidad.

>>El barco seguía su rumbo, indiferente a los fervorosos deseos de su capitán; alejaba mezquinamente a Presentación de su amada aparición. No podía tolerarlo: la necesitaba con locura. Y por eso se lanzó por la borda sin pensarlo dos veces: para tenerla consigo siempre… su anhelo; no, su obsesión.

Ambos guardaron silencio. El viejo quería dejar que su nieto fuera el próximo en hablar, y el joven  intentaba encontrar qué decir, qué preguntar, qué pensar.

—¿Qué pasó luego? —preguntó este último al cabo de un rato, fue lo único que se le pudo ocurrir.

—Desde que piso tierra se negó rotundamente a volver a subir en un barco en lo que le quedase de vida —contestó el viejo—. No le importaba quedarse en  un país extraño, solo y sin ninguna ayuda: prefería esto a volver a los reinos de aquella mujer. La tripulación solo pudo ver impotente como su capitán caía en el abandono: rondaba bares y prostíbulos de mala muerte hasta que amanecía o lo echaban por pendenciero. Al cabo de una semana de placeres pecaminosos, el primer oficial debió tomar cartas en el asunto: llevaron al capitán Presentación a una taberna y lo hicieron beber hasta dejarlo lo bastante mareado como para que no presentará demasiada resistencia al hacerlo entrar en el barco. Pero no contaron con el aguante de mi tío al alcohol. Fue necesaria una noche entera y una barrica de cerveza para dejarlo borracho, y sin embargo, aun así resultó tremendamente difícil doblegar a ese pobre hombre ebrio y encerarlo en la bodega.

>>Para uno de sus libros, mi primo investigó al respecto. Logró entrevistar a varios de los presentes de aquel viaje; lo que le dijeron le impactó: el Capitán se la pasó tumbado por la borrachera el primer día del viaje de retorno hasta el siguiente día. A partir de ese momento fue preso por un ataque de psicosis virulenta. Durante más de una semana no dejó de azotar la puerta metálica con las manos, pies o cualquier cosa que tuviera a la mano. Se lanzaba al pobre que debía llevarle de comer, rebábale que lo dejase ir, que lo dejaran tomar un bote e ir a tierra antes de que fuera tarde. “Todavía está buscándome, no se detendrá hasta tenerme, deber dejarme ir con ella si no quieren provocar su ira”, suplicaba con el rostro lleno de lágrimas secas y mugre. Las noches no eran menos lamentables: al apagarse todo otro sonido dentro y fuera de la nave, quienes hacían guardia podían oír las lamentaciones exhaustas del capitán. Los marinos no tardaron en evitar acercarse a la cárcel improvisada donde le recluían.

>>Al cabo de dos semanas de continuo tormento, tanto para el capitán como para su tripulación, esos lapsus de violencia y alaridos se detuvieron. Qué caso tenía gritar si no había nadie para ayudarle, o por lo menos para no hacerse de oídos sordos y hacerle compañía. Al llegar a costas nacionales, por fin sacaron al capitán de su encierro. El primer oficial, llamado Juan Estaban, fue el primero en entrar a la celda de Presentación.  Mi primo lo encontró hecho un almirante de renombre y con un ojo menos a causa de un fusil descompuesto. Esto le dijo:

>> “Una comitiva de grumetes me acompañó a donde habíamos tenido que encerrar al capitán. Cuando abrimos la puerta nos llegó el olor rancio de la mierda descompuesta de un mes del capitán, aunque le habíamos dejado un balde para hacer sus necesidades decidió no usarlo. El grupo de cobardes que estaban conmigo no hacían otra cosa que encomendarse a los santos; esos pendejos solo querían ser los primeros en ver al capitán luego de estar tanto tiempo preso. No fueron de ayuda esos ineptos. En fin, a primera vista el lugar estaba hecho un desastre: algunos barriles habían sido volteados, la mayoría estaban rotos, el contenido de los mismo, tirado por doquier, había atraído toda clase de alimañas y moscas que no dejaban de rondar impunes. Pero ni rastro del capitán. Temimos que hubiera podido escapar, o peor aún, que hubiera muerto y sido devorado por las ratas, en cuyo caso solo encontraríamos de él un charco de sangre y ropas rasgadas. Afortunadamente no fue así. En el rincón más alejado de la bodega hallamos al capitán. De no ser porque sólo podía ser él, no hubiera creído que era él. Su impecable uniforme estaba inmundo, las manos las tenía cubierta de una gruesa capa de mugre negruzca y la barba le había crecido, haciéndole parecer una vagabundo cualquiera apenas se volteó para vernos se levantó de su nido hecho de sacos rasgados y se agarró de mi chaqueta. ¡Ay!, qué pena ver así a mi capitán: suplicando una y otra vez, carente de la menor dignidad, que lo dejáramos salir, que una sirena lo perseguía y ya ni me acuerdo que otras loqueras. Pobre alma de Dios.”

>>Mi tío salió del barco para entrar en otro presidió. Pasó casi un mes en un sanatorio antes de recuperar la cordura, pero, según quienes lo conocían antes del incidente, nunca volvió a ser el mismo. En la marina lo dieron de baja por incapacidad y pasó el resto de sus días viviendo de su pensión y los recuerdos de los años en donde el mar representaba la materialización de sus sueños de libertad, y no una pesadilla nacida esa noche de luna media.

>>En los años que siguieron sólo escuché a mi tío Presentación hablar sobre la sirena una vez; y lo vi tan triste y miserable que me prometí hacer lo posible para evitarle la amargura de recordar la aparición de la sirena. Siempre me pregunté si era que mi tío decaía en las noches de luna media por el suceso ocurrido con la sirena o porque nunca se volvió a encontrar con ella.

El viejo quedó solo en la habitación. Miraba pensativamente por la ventana, seguía lloviznando. Al poco rato regresó el joven. Traía consigo un vaso con agua, se lo dio a su abuelo, junto con una pastilla. De mala gana se la tragó.

—Lo peor de envejecer es tener que tomar estas mugres píldoras como si fueran caramelos —protestó el viejo tomando un buche de agua—. Ya casi parece que vivo de tragar estas porquerías en vez comiendo comida de verdad.

—Las necesitas para cuidar tu salud, no hay de otra —comentó el muchacho dejando a un lado el vaso vacío, ya estaba acostumbrado a las quejas del viejo.

—Dices eso porque no tienes que preocuparte de la tensión, ni del corazón, ni nada de eso. Ya te veré cuando tengas mi edad.

—Solo si es que vivas más que Matusalén.

Se miraron. El viejo soltó.

—Me ganaste esta, lo reconozco.

Tras una pausa retomó el hilo de su historia.

—Antes de darme cuenta, al menos en mis recuerdo, tenía ya dieciocho años, de los cuales llevaba cinco viviendo en la capital. Muchas cosas pasaron en ese tiempo: ya era bachiller y ahora podía concentrar toda mi atención al conservatorio; Manuel y Mauricio se reclutaron en la marina mercante, mientras que Marcos se había vuelto de la noche a la mañana en un astro en ascenso en los círculos literarios del país. Pero lo más importante es que ya no era un niño de escasos metro cuarenta de estatura, en esos cinco años pasé a ser un joven buenmozo, alto, de espeso cabello oscuro y con un futuro prometedor en la música.

>>Entre mis maestros y compañeros siempre era el centro de atención. No se cansaban de elogiar mi disciplina, talento, técnica o cualquier otro adjetivo que me hubiera subido los humos a la cabeza de saber que no tenía ninguna de esas cualidades. Y  lo sabía porque conocía a alguien que si era merecedora de esos halagos. Si la hubieran conocido, si hubieran visto como su descomunal talento fluía hacía el instrumento y se transmutaba en música celestial, hubieran sabido que perdían su tiempo conmigo. Por eso debía esforzarme todo lo posible y todavía más con tal de intentar al menos equipararme al sol resplandeciente del genio de mi prima. Para cumplir la promesa que le hice.

>>Sin el lastre de otras clases u ocupaciones, me dediqué por entero a mejorar con el piano, además que pude aprender a tocar el violín. Deseché de mi mente cualquier cosa que no tuviera que ver con la música y de mi habitación. Pasaba noches enteras frente al teclado. Aprendía nuevas piezas casi a diario y las repetía hasta que me sentía satisfecho con el sonido producido para cada nota. En mis momentos de mayor apasionamiento apenas si me apartaba del piano para comer y tal vez dormir un par de horas. Llegué al punto de forzar a mis tíos a prohibirme tocar en las noches; no les dejaba dormir.

>>Conocí a muchas figuras que impactaron en mí durante esos años. Compositores, músicos, actores y artistas que me permitieron tomarlos como mis maestros. Quisiera decir que mis propios méritos llamaron la atención de esas personas ilustres, pero la verdad es que fue mi primo Marcos el que me introdujo a ese mundo plagado de excentricidades. Uno de ellos fue un tal Fausto de Pietri, en el momento que me lo presentaron no me causó la menor impresión, ni se me pasó por la mente que sería precisamente él quien me daría mi único trabajo como músico profesional. Era un hombre más bien bajo de estatura, delgado, de piel cenicienta, bigote pulcramente engomado y ademanes dramáticos, rayando en lo ridículo la mayoría de las veces. Compartí un par de palabras con ese peculiar señor antes de ser arrastrado por mi primo al siguiente personaje influyente pero insustancial y saber otro nombre que al cabo de una semana se me habría de olvidar si no que esa misma noche.

>> “¿Qué te pareció la fiesta?”, me preguntó Marcos cuando regresamos a casa.

>> “Interesante”, respondí sin muchas ganas. La verdad era que cada vez me importaban menos esas reuniones de alcurnia, pero me guardaba mis  pensamientos para hacerle compañía a Marcos.

>>En ese entonces mi primo había ganado gran prestigio entre los grupos intelectuales de la ciudad: acababa de publicar su primera novela. Un relato escrito en forma de diario, el testimonio horrendo de un hombre que se lanza a los mares tras la muerte de su esposa y que en sus veinte años de travesías por los siete mares se topa con infinidad de aventuras y seres imposibles, tales como un encontronazo con el Holandés Errante, sobrevivir a un naufragio causado por el Kraken solo para terminar en una isla que en realidad era el capazón de una tortuga gigantesco, o la aparición de una sirena de nombre Anastasia. Me pareció un libro fascinante, y no era el único en pensar así. No había seminario o charla a la que no fuera invitado para hablar más a fondo del aquella novela que había invadido todas las librerías del país. Por otra parte, mi tío parecía hacerse el desentendido de los logros de su hijo, pero podía adivinar que estaba dolido, por no decir indignado, con él por usar para su escrito el evento de la sirena. Quizás nunca se dio cuenta, pero sus tres hijos trataron de emular los pasos por él, Mauricio y Manuel haciéndose a la mar, y Marcos recreando su historia, aunque fuera en el papel.

>>Marcos y yo éramos algo así como compañeros en el crimen. Nos necesitábamos el uno al otro. Él era mi tutor y guía, y yo su único compañero en su exilio de la familia.

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