Capítulo 27: Un lobo al llegar la noche

Posted on 25 abril, 2013

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luna_llena1024x768Me encontraba en una situación crítica:

Acababa de huir del lugar más horrible sobre la faz de la tierra, la morada de los vampiros; en el camino me había encontrado con un vampiro traicionado por los suyos y ahora tenía bajo mi cuidado una joven en apuros e inconsciente.

A pesar de haber amanecido, horas seguras para los enemigos de los vampiros, debía moverme. Sin duda desde las sombras ellos esperaban el regreso de la oscuridad para ir a por mí. Si, podía imaginármelos relamiendo sus frías garras. Debía aprovechar la protección del sol para alejarme de mis perseguidores. Normalmente ese no sería un problema, pero no estaba solo.

Había conseguido para la hemorragia que amenazaba la vida de la joven, pero aún no despertaba. Iría más rápido sin ella, pero no podía dejarla a su suerte. Acuné a la muchacha lo mejor que pude en mis brazos lo mejor que pude y seguí mi camino. El sol brillaba radiante en el cielo cuando bajé del fuerte ruinoso donde la había encontrado. Le di la espalda al castillo de los vampiros.

  Intenté darme prisa, aunque llevando a cuesta a alguien, eso de darse prisa no era tal. En realidad me retrasaba a propósito: Isabel, la muchacha, era tan pequeña y delicada, con su inocente rostro dormido, que temía hacerle daño con cualquier movimiento brusco. Algo de ella, en su esencia, me hacía querer protegerla. Ni aunque quisiera podría hacer algo para hacerle daño, mucho menos abandonarla.

  Puede sonarles extraño tomando en cuenta mi crítica situación pero el lento cambiar del paisaje a mí alrededor—del castillo derruido, al pueblo devastado y luego a los linderos del bosque— me llenaban de un sentimiento de paz, de calma, que supe apreciar y me ayudaba a mantener la mente sosegada para cuando tuviera que enfrentar algún enemigo. Se agradecía hasta el mínimo silencio para meditar.

El camino por donde transitaba me guardaba todavía muchos misterios. ¿Hacia adónde iría a continuación?, era la pregunta. Había visto como mis hermanos eran aniquilados, eran mi único refugio, sin ellos no sabría qué hacer.

  Temía haber visto el exterminio de los últimos clanes licántropos del mundo; de ser así no tenía caso seguir huyendo: ya no existía lugar seguro para mí. El desolador frío de la soledad se abrió espacio en mi pecho. La posibilidad de la extinción de toda mi estirpe era un panorama sombrío sin dudas. ¡No, es imposible!, me decía intentando dejar de pensar en ello: estaba seguro de que Danilo y los suyos no atendieron la llamada de Horacio, entonces cuántos otros clanes pudieron también haberlo ignorado. ¿Entonces cuántos otros clanes habría en el mundo? Sólo intentar imaginarme el número de lobos en la tierra descubría lo pequeño que era, mi insignificancia, a la hora de buscar mi lugar entre ellos. Sólo era un grano de arena. Y saben qué, saberlo me reconfortaba.

  Al poner los pies sobre la tierra pude al fin comprender que mis aspiraciones de heroicidad, alguien que hiciera la diferencia, era una tontería. Con vivir mi vida me conformaba.

  A eso del mediodía me dio hambre; cacé unas cuantas liebres salvajes y comí una cruda. En forma de lobo no había mayores complicaciones. Las restantes me las colgué al hombro para después. Como se me habían cansado los brazos, me monté a Isabel en las espaldas. Y así anduve el resto de la tarde. Antes de darme cuenta empezaba a anochecer. Había avanzado un tramo con el cual me sentía seguro, suficiente como para estar con algunos minutos de reacción.

  En un golpe de suerte, divisé una cueva en lo alto de un promontorio, en momentos en los cuales empezaba a aceptar el tener que dormir en la intemperie. Al ser una caverna con una sola abertura resultaba fácil la vigilancia. Además de mantenernos secos y alejados del sereno. Encendí una hoguera. El sol terminó de morir al poco rato luego. Dejé a Isabel, aún desmayada, recostada con la cabeza erguida al lado del fuego; se veía tan apacible que me parecía un crimen intentar despertarla sólo para toparse con esta cruda realidad que la acechaba. Estaba mejor en el refugio de sus sueños.

  Por mi parte, me puse a asar las dos liebres que me quedaban. Prefería la carne cocida a la cruda. Era mejor dormir con el estómago lleno. Iba por la mitad de la segunda liebre cuando un susurro apagado llamó mi atención. Era Isabel que intentaba hablar. Me le acerqué. Agitaba levemente la cabeza de un lado y del otro con el ceño fruncido y la frente sudorosa balbuceando frases ininteligibles. Acerqué la oreja para escucharla mejor; la agarré por los hombros, no quería que se moviera de forma tan brusca, podía hacerse daño.

—¡William!—repetía compungida.

  Cayó sobre mí, tiritando de miedo. Sus pequeñas manitas se aferraron a mi pecho, me rasguñaban sus uñas en su intento por afincarse a algo. La apreté sin dudarlo. Intenté ser su nuevo refugio. Bajó el calor de mi abrazo dejó de temblar a los pocos segundos, dejó caer las manos.

— ¿Estás despierta?—pregunté.

  Ella se limitó a asentir sin darme la cara, me resultaba imposible escrutar hasta qué punto había llegado su sufrimiento. Verla despierta me hizo considerar a profundidad sobre ella: Puede que no supiera nada de Isabel, pero estaba seguro que se encontraba en una situación tanto más desesperada que la mía. A fin de cuentas debió pasarle algo serio como hallarse donde y como la encontré. Debía ser culpa de ese vampiro que me engañó. Por cuanto habrá pasado la pobre.

Entonces ella dijo:

  —¿Dónde está William?, ¿quién eres?

Al contestarle traté de sonar afable, lo menos que quería era asustarla.

—Mi nombre es Héctor; descuida, ahora estás a salvo. Estabas siendo atacada por un vampiro cuando te encontré.

  Algo de lo que dije la hizo reaccionar. Bajó la luz de la hoguera, vi sus ojos llenos de preocupación.

— ¿Dónde está William?—preguntó.

  Se intentó levantar, pero la detuve, no tenía las fuerzas para erguirse. Notabase muy preocupada por ese tal William; de seguro era el acompañante de Isabel. De ahí llegué a la siguiente deducción: Seguramente había sido asesinado por el mismo vampiro que luego la atacó a ella.

  En un despiste se escurrió de mi agarre, se levantó con mucho esfuerzo, las piernas le temblaban sin control. Se agarró de la pared de la caverna con tal de no caerse. Tímidamente se tocó la herida del cuello con la punta de los dedos. Empalideció.

—¿Qué es esto?—preguntó al palpar la gran costra de sangre seca dónde habían penetrado los colmillos.

—Descuida, no es tuya—respondí, apuntando a su cuello—. Cómo no tenía nada con que parar tu hemorragia, tuve que usar de la mía: la sangre de licántropo coagula más rápido que la humana. Derramé un poco en la herida y cerró.

  Acto seguido le mostré mi mano. En una esquina de la palma se notaba la marca de mordida que me hice, aunque de ella sólo quedará una media luna rosa a punto de formar una fina cicatriz. El proceso de sanación de un humano de una semana resumido apocas horas gracias a mis poderes de lobo.

—Entonces eres un hombre lobo—musitó Isabel manteniendo sus distancias. No creo que me tuviera miedo, aunque si se mostraba reservada.

Sus palabras comprobaban mis suposiciones: ella había sido obligado a ser parte de este mundo de quimeras y monstruos donde fui forzado a habitar.

—Pareces saber más de lo recomendable—dije, intentando romper el hielo—. Espero que puedas decirme cómo llegaste a un lugar tan peligroso como éste.

Ella no contestó: “Presionarla podría ser contraproducente, debo ganarme su confianza”, dije en mis adentros. Me aparté de ella, quise darle espacio. La notaba compungida, pensativa; los dedos acariciabanle el cuello al tiempo que desviaba la mirada. Sería mejor no asediarle con preguntas por los momentos. Le di la espalda por sólo un segundo, estaba recogiendo la media liebre que quedaba para ofrecérsela y cuando volteé ya no estaba. Se la había tragado la tierra.

  Me levante agitado. Salí de la cueva a toda velocidad. Debía encontrarla rápido y sin hacer mucho ruido. Su sólo aroma podía atraer a los vampiros que tanto esfuerzo me había costado perder. Y de ocurrir debía llegar a ella antes de que fuera víctima de la maldad del enemigo. Sin importar por donde mirara, no podía detectar ni una estela dejada por Isabel; se movía con demasiada agilidad, siendo alguien que había perdido mucha sangre hacía poco.

  Con mis ojos humanos apenas era capaz de distinguir algo de entre la maraña de formas y sombras que era el bosque, aún así, a lo lejos, pude percibir el movimiento de algunas hojas, un movimiento casi imperceptible. Me estaba acercando, lo presentía.

  Pero entonces un estremecimiento generalizado me recorrió la espalda. Era el peor escenario posible. Se me crisparon todo los músculos. Esa sensación de escalofrío la conocía bien: era la reacción generada por la cercanía de un vampiro, presencia que provenía del mismo lugar hacia donde corría Isabel.

  Debía alcanzarla antes de que fuera muy tarde.