Capítulo Nueve: Lobo Combatiente

Posted on 23 marzo, 2011

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Me encontraba en medio de la espesura del bosque, había perdido el camino. Nada más veía arboles nudosos, arbustos moribundos y flores llenas de espinas venenosas. Las hojas negruzcas, como de alquitrán, ocultaban el cielo.

Estaba corriendo, despavorido, haciendo un lado la vegetación salvaje y espectral. La oscuridad lo era todo. Sin lugar a dónde ir no huellas para encontrar mi camino de regreso, cada paso que daba se quedaba en el olvido cuando se daba el siguiente.

¿De dónde vine o hacia dónde voy?

¿Qué sentido tiene caminar, caminar y caminar cuando uno se hay perdido, olvidado del camino y del dios al que rogamos aunque no creamos en él?

La maleza se hacía más espesa; los árboles, más retorcidos. La tierra por la que andaba era como vidrio roto y puntas metálicas, todo dispuesto a lastimarme con tal regarse con mi sangre, el abono de esa vegetación infernal. Mas no me importaba, debía avanzar a como dé lugar.

Héctor…

Por entre los matorrales se alcanzaba a ver como algo se movía, mi mundo se redujo a esas dos pupilas amarillas. Tenía miedo, mi corazón me delataba, había vuelto a por mí.

Me di vuelta y comencé a correr como si no hubiera un mañana. Las plantas de los pies me dolían a horrores, como si los hubiera metido en brasas al rojo vivo. Las espinas y zarzas ponzoñosas me rasguñaron el cuerpo; las piernas, brazos y mejillas, y donde quiera que la piel estuviera expuesta. Los latidos de mi corazón no eran otra cosa que el redoble de tambores antes de la ejecución del condenado. Mi ejecución.

Con cada acelerado palpitar la hora final se acercaba otro poco. Nada importaba ya, deseaba huir, solo eso, alejarme todo lo posible de esa cosa de ojos dorados que me perseguía. El sentir su aliento pestilente a muerte y decadencia me repugnaba de mil maneras distintas.

Cuánto tiempo estuve corriendo, todo para nada. Esos ojos brillantes me encontraron, se abrieron las fauces de la bestia. Lobo monstruoso y aterrador ya no podía escapar de ti, ya me tenías.

Héctor…

Se acercaba con ritmo casi hipnótico. Espuma la salía del hocico, sólo para deslizarse por sus dientes como navajas. Acorralado, sin esperanza y a la completa merced de la bestia.

¡Héctor!

Entonces desperté de la pesadilla.

– De acuerdo, hijo, ya todo ha pasado – susurró mi padre al tiempo que desataba mis ataduras con sus dedos nerviosos.

– ¡Si, hasta la siguiente luna llena! – grité fuera de mis cabales.

Otro sueño aterrador que me perseguía. O mejor dicho, el mismo sueño, pero que se volvía más espantoso cada vez que lo tenía, ya casi me daba miedo dormir, sólo por el hecho de tener que encontrarme con esa criatura. Estaba completamente empapado en sudor, mi cabello mojado me caía sobre los ojos y cada musculo de mi ser tiritaba en un masivo escalofrío.

Las correas que todavía me amarraban a una nueva silla, esta vez de metal solido, era lo único que evitaba que cayera de bruces al suelo como un costal. Así de cansado me encontraba.

¿Acaso esto nunca terminaría?

Para ese entonces ya llevaba tres meses desde que inició mi fase de transformaciones espontaneas. Pero en todo ese tiempo no había conseguido ni un ápice de control se mí en esos lapsus como lobo. Con cada cambio sufría, nada más sufría, todo se hacía oscuro y caía de vuelta en la guarida de la bestia, y ella me estaba esperando.

¿Qué ocurriría si no era capaz de controlar mis poderes?

Las respuestas me aterraban.

La cruel rutina se repetía: era llevado a rastras a mi cama, Mina y mi madre ya no esperaban en la entrada, para quedarme tumbado durante días enteros. El ir y venir le drenaban de poco lo extraño y anormal en toda esa escena, o al menos lo hacía para mí.

Es evidente que este cambio tan radical en mi vida hizo que ciertas cosas de la misma fueran trastornadas. Como la relación que mis amigos en la escuela y con la chica de la que hablé antes. Por más sorprende que les pueda parecer la llamada que hizo y que contestó Mina tuvo mucho que ver con ese distanciamiento – siendo franco, cuando lo pensé con calma, lo que mi hermanita se me hizo de un gracioso –, ¿pueden creer que se molestara conmigo por eso?

Si no fuera por, no sé qué cosa, yo me hubiera muerto de Larisa allí mismo. Eso debió haber sido o más ridículo que vi en mi vida, me cuestiono todavía el pleno uso de las facultades mentales de esa niña. Por lo menos salí de ella antes de que llegáramos más lejos. Desde entonces no he tenido riñón para ese tipo de trivialidades.

– ¿En qué piensas? – preguntó una voz amigable a mis espaldas.

Me encontraba en techo de la casa, un lugar solitario y que me ayudaba a despejar mi mente y aclarar mis ideas, así había sido desde siempre.

– ¿Cómo supiste que estaba aquí? – interrogué de mala manera. Miraba el horizonte, las luces de la ciudad y el domo de la catedral enmarcando su silueta oscura ahora que la noche se acercaba.

– Soy tu madre, yo lo sé todo – contestó ella –. Recuerdo que cuando eras más un niño de la edad de Mina te subiste, Dios sabe cómo, a este mismo techo cuando te molestabas por cualquier cosa. Una vez te quedaste aquí una noche entera. No había manera de bajarte, incluso cuando empezó a llover no querías. Parecías un perrito mojado cuando por fin dejaste el techo.

– ¿Enserio? – pregunté medio apenado, sonreí. Sonaba como si no recordara ese momento, pero cómo no hacerlo –. Claro que no quería bajar, sabía que me tocaba un buen castigo si lo hacía.

– Bueno, que más podíamos hacer – comentó mi madre mirando el atardecer – los padres de unos niños de tu escuela vinieron a decirnos que los habías golpeado. Pero luego Mina nos contó que esos niños te estaban molestando y por eso te peleaste con ellos.

>> Siempre has sido muy noble, hijo. Siempre hemos estado muy orgullosos de ti. Me recuerdas mucho a tu padre cuando teníamos tu edad.  Si no fueras mi hijo me enamoraría de ti.

Apoyó la cabeza sobre mi hombro, muy pocas veces podíamos tener momentos como ese, pero cuando los teníamos se me reblandecía el corazón y me hacía ser por completo sincero con ella sobre lo que sentía o pensaba. Si no podía contarle mis preocupaciones a ella, no podría hacerlo con nadie.

– ¿Eres feliz con esta vida, con lo que te ha tocado? – pregunté.

Ella permaneció en silencio un segundo, luego habló, dándome la absoluta certidumbre de que cada palabra que decía era lo que en verdad sentía.

– Más de lo que creí posible cuando vi por primera vez esos ojos amarillos – contestó –. Tu padre, por más pelo que dejé en la ducha luego de bañarse – agregó con una sonrisa en los labios – ha sido el hombre de mi vida. Si le preguntas a él, te dirá que yo lo salvé de toda clase de locuras que ni el mismo se las cree. Es un caballero, lo dice para adularme; la verdad es que él me salvó de una vida infeliz. Es mi héroe, desde el día en que lo conocí.

– Aunque sea…

– Aunque sea un hombre lobo – interrumpió ella –. Héctor, de nada sirve preocuparse de cómo vinimos al mundo, o qué somos al nacer, si de verdad busca una vida de la cual no sentir arrepentimiento debes preguntarte para qué naciste. Lo que hacemos con nuestros talento y defectos es lo verdaderamente importante, no nuestro origen.

– Gracias, mamá.

– ¿Por qué?, no creo haber hecho nada por lo que debieras agradecerme.

Me hubiera encantado decirle lo mucho que me ayudó y lo mucho que la amaba, pero mi voz no me lo permitía, y en el fondo creía que las palabras deslucían ante aquella tibieza que me llenaba el pecho. Nos quedamos en la azotea mirando la llegada de la fresca noche italiana. El silencio era algo precioso en cierto sentido, el calor del cuerpo de ella supe todo lo que tenía que saber. Éramos madre e hijo, lo demás importaba poco.

Esa fue mi vida, hasta que llegó aquel hombro que me lo arrebató todo.

Durante una de esas noches en las que me recuperaba de los cambios típicos de un hombre lobo una mano me despertó de golpe, luego me tapó la boca. Era mi padre, se veía muy alterado. Algo muy malo debía de estar pasando.

– Mantente en silencio – susurró él –. Busca a tu madre y a Mina, cuídalas. Cuento contigo.

Entonces me soltó y salió de mi habitación con velocidad y sigilo. Podría sentir como se desprendía de él una aura pesada y densa, algo completamente diferente a la forma de ser de mi padre. Una faceta distinta a la que acostumbraba mostrarnos, que hasta ahora se encontraba oculta.

Me levanté de la cama, me sorprendió el notar mis energías renovadas. Era de noche, debí pasar todo el día dormido, mucho menos de lo que acostumbraba. Fui corriendo al cuarto de mis padres, allí estaba mi madre con la pequeña Mina en brazos. La niña se veía incluso más pequeña e indefensa hundida en el pecho de mamá.

– ¿Héctor, qué está pasando?

– Debemos irnos de aquí ya – le contesté a mi madre musitando, tratando de sonar despreocupado para no alterarlas.

Apenas pusimos un pie en las escaleras la puerta principal reventó. Llevaba una ametralladora, apareció un hombre vestido con un largo abrigo de cuero negro. Nos quedamos petrificados al ver semejante individuo. De él manaba una sed de sangre, con sólo mirarle me estaba claro que no le importaría mascara a quien sea con tal de cumplir su objetivo.

Apenas necesitó hacer contacto visual para apuntarnos con su arma. Mi madre y Mina gritaron. Por reflejo me puse entre ellas y el hombre. Al escuchar los disparos, el corazón se me detuvo. Abrí los ojos al oír el grito de terror de mi hermana.

– ¡Papá!

– Héctor, llévatelas – gritó forcejeando con el otro hombre, me miraba por sobre el hombro como esperando algo de mí.

En un descuido el hombre sacó de su abrigo un cuchillo y apuñaló el hombro de mi padre.

– ¡NO!

Mi madre por poco se desmaya, Mina se puso a llorar. La tome de la mano y las hice bajar las escaleras, mientras mi padre hacía a un lado al otro hombre. De un manotazo lo lanzó lejos de la puerta. Cayó contra una pared que se desbarató bajo su peso, como si fuera de cartón.

Me las arreglé para sacar a mamá y a Mina de la casa, pero casi de inmediato la pequeña fue corriendo de regreso a la casa. Menos mal que la detuve.

– ¡No podemos deja a papá con ese hombre, Héctor, no podemos!

– Claro que no, voy a traerlo de regreso – solté por instinto.

Fui a toda velocidad de regreso a casa. Apenas pisé la estancia principal fue notorio el caos lo había cubierto todo.

Donde quiera que viera había escombros y destrozos por doquier. Subí las escaleras, sin previo aviso escombros y astillas volaron por todas partes. Me tumbé en el suelo, protegiéndome con las manos la cabeza.

Un boquete se abrió en el muro a mi derecha, del cual salió aquel hombre con su puñal manchado de sangre. Me miró con prepotencia. Sacó de su abrigo una pistola y me apuntó con ella. El miedo me paralizó, sólo podía mirar.

Cuando estaba a punto de disparar, un enorme lobo apareció por detrás del hombre y con sus garras lo lanzó a un lado. Pero el hombre esquivó el golpe, se dejó caer, deslizándose por el suelo varios metros. Lejos de mi vista.

Me incorporé, estaba cubierto de polvo. De un brinco el lobo se dejó caer a planta baja, siguiendo al hombre y yo hice lo propio.

No me di cuenta hasta entonces. Mi burbuja de paz artificial estaba destinada a reventar, era inevitable, para dar paso al universo de lo sobrenatural. El colapsó ocurrió cuando el lobo volvió a ser mi padre, quien se desplomó a causa de múltiples heridas sangrantes.

Murió sin decir nada.

¡Muerte!, haz algo. No te vayas, no nos abandones, le gritaba golpeando su pecho inerte y agitándolo por los hombros, pero nada. Maldita seas, no puedes dejarnos así, ¡cómo pudiste hacernos esto!

– Espero que no me culpes por esto, no fue nada personal, él era un monstruo y mi deber es matarlos a todos. Es mi trabajo hacerlo.

Esa voz llena de superioridad me repugnaba. Miré hacia delante, el hombre de abrigo negro se me acercaba; en una mano llevaba el cuchillo y en la otra la pistola. Noté que llevaba  un juego de guantes negros con el grabado de un león dentro de un hexágono.

– ¡Tú!

Entonces me miró, al notar el color de mis ojos, con una mezcla de sorpresa y satisfacción.

– Me mandaron a perro, pero nunca creí que hubiera tenido una camada. En fin, las reglas son claras: nunca dejar a la presa con vida.

Me apuntó con su pistola. Esa cara, esa expresión llena de odio irracional e indiferencia al sufrimiento de los demás me hacía hervir la sangre en las venas.

El odio era como fuego, me inundó los sentidos con una nueva vitalidad. Nada se le escapaba a mis ojos, oídos y nariz. Percibía el mundo de forma nueva. Apreté los dientes y cerré los puños.

Matarlo, quería matar a ese maldito. Me lancé contra él sin pensar en nada. Una marejada de poder hizo estrago sobre mí.

Un Héctor frágil, hecho de cristal, se hizo añicos; y de esos fragmentos nació un nuevo Héctor, un de acero. El tiempo se detuvo mientras todo ocurría.

Una espesa piel café me envolvió, la forma de todos mis huesos cambió, crecieron y se moldearon a mí nuevo ser, ya no era humano. El fuego del odio consumió al joven y de las cenizas apareció un lobo salvaje.

Mis nuevas garras desgarraron la ropa del hombre, que retrocedió trastabillando, mientra caía me deslicé por el suelo de madera. Los ojos de lobo enfocaron a su objetivo y un cuerpo animal fue a por él. El hombre me apuntó con su arma, esquivé los disparos con facilidad, era más rápido de lo que jamás había sido. De un zarpazo le arranqué la pistola de la mano, ahora sólo contaba con su cuchillo.

Me lancé contra él, lo tire al suelo, inmovilizado por mis patas.

Le miraba de frente, gruñía, aún en semejante desventaja ese tipo no mostraba otra emoción que no fuera el mayor de los desprecios contra mí. Cada vez que respiraba era una ofensa contra el recuerdo de mi padre, ofensa que merecía ser castigada.

De alguna forma liberó una de sus manos para lanzar una esfera de metal al aire, entonces…

Un destello y un gran estruendo. Salí volando por los aires en una ola de fuego y escombro. Rodé por el suelo adoquinado. Al levantarme, con mucho esfuerzo, me temblaban las patas. Mi casa había sido destruida y, en la explosión, fui tirado como un trapo viejo a la calle. Era increíble que estuviera vivo después de eso.

Escuché gritos a mis espaldas, al darme vuelta aumentaron. Con todo el alboroto causado por la pelea se formó una multitud de gente curiosa. Seguro que no esperaban ver como una edificio se hacía añicos y a un lobo en medio de la ciudad.

Una niña de cabello color chocolate se abrió paso entre el tumulto, se me acercó sin miedo, casi parecía saber que no era nada más un lobo. La pequeña Mina hundió sus manitas en mi pelaje y me abrazó por el cuello musculoso. Los gritos ahogados y suspiros no se hicieron esperar.

Esa cosita, esa niña calida y la que no me temía, sabía quien era y le importaba poco la nueva forma que tenía. Mitigaba mi dolor con un gesto tan insignificante, era cosa de magia, verdadera magia.

A mis oídos sobrenaturalmente sensibles ya nada se les escapaba, ni los murmullos no los gritos entrecortados  de la multitud, ni el estremecer de los escombros. Eso sólo podía significar una cosa: aquel hombre seguía con vida y se estaba abriendo paso.

Debía alejarlo de ellas. No permitiría que les hiciera daño.

Me eché para atrás, y la niña me soltó sin chistar, pero antes quería verla una vez más. Sus ojos, ahora eran muy brillantes, casi parecían hechos de oro.

Salté sobre la multitud, mi nueva fuerza y agilidad eran abrumadoras. Me lance a la carrera, corriendo lejos de mi casa en ruinas, mi familia y mi ciudad, de todo lo que conocía. Como si nada de eso me importara nada.

Pero era todo lo contrario. Era porque me importaban demasiado, por eso tenía que hacer lo posible para alejar el peligro de ellas. Prometí que las cuidaría, y eso es lo que iba a hacer.

Ni pude decirles adiós.

Ahora sólo la noche sería mi compañera.

NOTAS:

Esto lo iba a publicar el viernes o sábado, pero que rayos….

En estas semanas me han comentado demasiado y quería darles un regalito.

Si, Héctor aprendió a transformarse de forma espontánea.

Al principio, quería que el cazador que mató al padre de Héctor fuera Blade, pero esto no es Harry Potter para que todo el mundo se conozca. Además, que clase de organización internacional sería los Paladines Nocturnos si dejan que Blade haga todo el trabajo.

El próximo capi lo tendré listo cuando esté listo, por cierto, con esto podemos dar por terminada la primera parte de EL DIARIO DEL LICANTROPO, por lo que antes tendrán el primer acto del lobo.

Siguiente Capítulo

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