Recuredos en el lago, Primer Fragmento

Posted on 23 marzo, 2012

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Primera Parte: El Teatro de las Quimeras


—Abuelo, ¿de quién es esta foto? —preguntó el muchacho. Tomó el portarretrato en la mesita, le había llamado la atención apenas la vio. Una fotografía en sepia: un niño de cinco años sentado en compañía de dos niñas idénticas y de la misma edad. El varón llevaba un conjunto parecido al de un marinero y las niñas, idénticos vestido de blanco inmaculado, relucientes en la imagen de tonos cafés.

—Es un retrato mío con mis primas —contestó el viejo—. Nos la tomaron en la primera comunión, cuando vivía en el interior.

El muchacho se le quedó mirando al viejo sentado plácidamente en su sillón favorito, con las pantuflas puestas —casi nunca se las quitaba— y su whisky de por las noches. Puso la foto en su lugar tras haberse grabado aquella escena inocente. Fue hacia la ventana. Uno de los pocos lujos de la casa de su abuelo era el jardín bien cuidado que engalanaba la entrada. Por encima de la llovizna y las sombras de la noche, se perfilaban las siluetas de los arbustos adornados con flores de los más vivos colores. Desde pequeño le gustaba pasearse por ese jardín en los días soleados de agosto.

—¿Se puede saber en qué piensas? —preguntó el viejo campaneando su vaso.

—Creo que nunca me has hablado de tu vida—se fue a sentar en la silla frente a la del viejo, al lado de la mesita donde descansaba la fotografía.

—¿Y qué te hace  querer saber ahora?

—No sé, me dio curiosidad.

El viejo pareció pensárselo con detenimiento. La radio, prendida desde hace rato, tocaba una canción pausada y relajante; de esa música que nunca pasa de moda. Se acabó su trago y, contra su costumbre, se sirvió otro. Miró directo a su nieto, dijo:

—Se llamaba “El Retablo”. En ese lugar nací y viví hasta los trece, momento en que partí por un sueño que no me correspondía. Mi niñez fue ordinaria, sin embargo sigue siendo tan vivida como cuando se forjó en mi memoria: Una mañana soleada, el cielo azul hasta decir basta; jugando con mis primas y hermanas; mi hermano mayor y mi madre nos miraban, ella cargaba un bebé en brazos, la pequeña Sarah. No hay mucho más que eso. Una escena feliz, aunque con el tiempo descubriría los bemoles de esos años. Esa época siempre me lleva al rostro sonriente de Gabriela, la amabilidad autoritaria mi padre y esa promesa que hice. Como dije, nací en “El Retablo”, tierra que, hasta donde se recordaba y había papeles para demostrarlo, tenía dueño desde antes dela Independencia.

—¿No te estas yendo por muy al pasado? —interrumpió el joven.

El viejo pareció no entender.

—Quiero decir, qué tiene que verla Independenciacontigo.

—Lo sabrías si escuchas el resto de la historia —contestó el abuelo, fingiendo estar enojado—. Y si, tiene mucho que ver.

Para decir esto el viejo se acomodó en la orilla de su asiento para mirar a su nieto. Cosa que pareció surtir el efecto deseado puesto que este se quedó en silencio, se puso cómodo y se limitó a asentir.

—Bien, ¿por dónde iba? —se preguntó el viejo.

—Divagabas acerca de la finca donde vivías.

—¡Oh!, ahora me acuerdo. La tierra en la que me crié le perteneció a la familia Acevedo desde antes dela Independencia, pero las numerosas guerras y rencillas entre caudillos, batallas y enfermedades se cargaron a todos los varones de esa casa. El último de ellos fue Diego de Acevedo. Un coronel de renombre, muy cercano a uno de esos muchos jefes que, mediante la violencia y la astucia, se hizo presidente de la República, aunque no solo duró un año en el poder. Precisamente, Diego murió durante su golpe de estado. Se dice que usó su propio cuerpo para proteger de un tiro dirigido a su Presidente. Pero para mí no son más que cuentos de camino, inventos de una viuda dolida para glorificar, aunque fuera un poco, a ese marido que las dejó desamparadas, no solo a ella, sino también a sus hijas.

>>El punto es que murió y le tocó a su hija mayor, María de Acevedo, hacerse cargo de la finca. Pero era otra época, así que ella no podía ir demasiado lejos sin un hombre al lado supervisándola. No tardó, pues, en casarse con un militar de poca monta que había estado bajo las ordenes de su padre, un tal Clodosvaldo dela Fuente. Sepodría decir que vivieron muy felices para siempre, aunque en realidad no me consta ni me interesa saberlo. Luego de un par de años tuvieron a mi abuelo, Darío, su único hijo y quien heredaría “El Retablo”. Se decía que solo tuvieron un hijo porque Don Clodosvlado sufría, lo que antes se llamaban, “errores de ortografía”; y que se casó con María con tal de mantener las apariencias.

>>Mi abuelo solía contar, no sin amargura, como Clodosvaldo se pasabas casi todas las noches en compañía de uno o varios hombres de su misma condición mientras que María se encerraba en sus alcobas, en vela a causa de los nervios y del insomnio, abstraída en un dolor que nadie podía mitigar. Mi abuelo lo odiaba, hasta el punto que, cuando este murió, no se molestó en ir a su entierro. Con Darío, solía decir orgullosamente mi papá, regresaron las buenas cosechas y la prosperidad a la finca.

>>“Todas la familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera”. Solo se puede decir de Darío que fue un hombre feliz hasta el final de los días, tuvo una esposa amorosa —mi abuela— y dos hijos: Fernando y Presentación. Mi tío Presentación se enlistó en la marina y se hizo a la mar, mientras que Fernando se quedó en la finca, donde se casó con María Palacios. Ellos fueron mis padres. Fuimos seis hermanos en total. El primero en nacer fue mi hermano Fernando, luego vine yo, los únicos varones de la familia; después nacieron mis hermanas: Gabriela, Julia, Sarah y Clara. Fue el trabajo de una vida protegerlas, y el de dos o tres comprenderlas. También vivían con nosotros mis tíos de lado materno y sus dos hijas, las mismas niñas que vez en esa foto: Ana y Andrea.

>>Una de las anécdotas de la familia era la razón por la cual mis tíos se fueron a vivir con nosotros. Antes vivían en un ranchito de tabla. Una noche cayó un aguacero como pocas veces se habían visto antes; tronaba a diestra y siniestra. Fue cuestión de suerte que una centella cayera justo en la puerta, como si estuviera tocando para que le dejasen entrar. Con mis primas de meses en brazos, mi tía se las arregló para salir del rancho, prendido en candela. Durante las próximas semanas quedó muda de la impresión, y cuando por fin pudo hilar sus ideas nos contó como tuvo que arrastrarse por el piso de tierra hasta salir del rancho solo para luego esperar a que llegara mi tío, quien le formó un tremendo zaperoco por dejar quemar los corotos de la casa. No podía evitar reírme cada vez que contaba esa parte de la historia.

El viejo se cubrió con los dedos los labios, contorsionados en una sonrisa repentina.

—¿Qué pasó luego? —preguntó el joven.

—Bueno, como ya dije, se fueron a vivir por nosotros mis tíos y sus hijas. A causa de la centella, cada vez que mi tía escuchaba truenos o el insistente martilleo de las gotas de lluvia contra el techo, se encerraba en su cuarto, se tapaba con un montón de sabanas y cerraba los ojos hasta acababa el temporal. Solo mi tío podía sacarla de esos lapsus de nerviosismo. Una vez, luego de un aguacero que duró la noche entera, los encontré en su cuarto, mi tío recostado en el espaldar de la cama; mi tía, envuelta por los grandes brazos de este, estaba encogida en un ovillo, parecía una niña indefensa cualquiera, dormida apaciblemente al cuidado de su padre. Nunca la vi así de serena hasta que la locura le arrancó de raíz de toda preocupación terrenal. Tenía una mano apretada en la camisa de mi tío, se notaba que había estado llorando, pero en algún momento de la noche se detuvo, solo para dejarse llevar por el calor del robusto cuerpo de su marido. Me les quedé mirando, en el portal de su puerta,  hasta que mi madre me llevó lejos de allí. Todavía hoy, la imagen de ese hombre custodiando el sueño de su mujer la tengo clara en la mente. Tenía siete años entonces.

—¿Así era siempre?

—No, a veces se quedaba sola, otras la acompañaba una de sus hijas, si no es que la dos, o mi hermano mayor. Pero, claro, Fernando se limitaba a sentarse al lado de la cama de mi tía mientras le leía algún cuento o le hablaba de cualquier trivialidad. Solo intentaba hacer el mayor ruido posible, lo que fuera necesario para opacar los alaridos de la doliente.

—Ya veo, ¿también estuviste con ella cuando…?

—Por supuesto. Aunque no tengo ninguna historia interesante al respecto. Solo me acostaba al lado de mi tía hasta que me terminaba durmiendo. Siempre despertaba de la mano tomada de ella. Quería pensar que la ayudaba en algo a sobrellevar su dolor, pero no creo que haya sido así.

El muchacho se sintió algo decepcionado.

—Fui un privilegiado en muchos aspectos —continuó el viejo tras una pausa—. A diferencia de mi hermano, que debía prepararse para hacerse cargo de la hacienda y los otros negocios de mi padre, yo podía pasar las tardes jugando a mis anchas. Las cadenas de la coincidencia me arrastraron hacia lo que sería la causa de lo que me gustaría pensar como mis aventuras: el piano.

>>Casi todos los días a la tercera estancia de la casa, donde había un gran piano de cola, junto con mi prima y mi madre. La música creó un lazo inquebrantable entre la primera y yo, y era lo único que me unía con la segunda. Rara vez no se escuchaba alguna melodía provenir de ese desdichado instrumento. Debo admitir que yo era pésimo; así que al principio me daba pena intentarlo. Me limitaba ver la clase como un simple espectador.

—¿Acaso no tomabas la clase también? —preguntó el muchacho.

—No, que va. Mi madre nunca estuvo muy dispuesta a enseñarle a los demás, aunque era codiciaba cualquier conocimiento nuevo con el que pudiera toparse. La imagen que siempre me viene a la mente cada vez que pienso en mi madre es la de ella con un libro en las manos, en medio de algún estudio o concentrada, casi absorta, en algún descubrimiento que mantenía en secreto de sus hijos y demás gente a su alrededor. Ambicionaba el saber para ella sola, quizás la peor forma de avaricia. Aunque fuera una mujer nacida y criada en el interior, no había persona más informada en cuanto a literatura, música y artes en general se refiere en toda la prefectura. Pero con nadie se tomaba la molestia de instruirle sobre dichos temas. Era casi como si se refugiara en cada uno de los periódicos, libros o revistas que recibía a fin de mes; cada una de las letras en ellos impresos era su paraíso de tinta y papel y no estaba dispuesta a compartirlos. De no fuera por la intervención de la cocinera, muy posiblemente no hubiera aprendido a leer y a escribir.

>>Pero ni mi madre pudo hacerse de oídos sordos cuando apareció, así sin más, el talento musical de mi prima; aunque, como era de esperarse, se hizo de rogar primero. Mi tía pasó casi una semana rogándole antes de que aceptara enseñarle a tocar el piano.

>>Luego del almuerzo los tres íbamos a la tercera estancia. Yo me sentaba en el gran sillón de terciopelo rojo recostado en una esquina mientras las otras dos ponían manos a la obra. Me quedaba sentado en silencio y muy quieto, procurando no perturbar la atmosfera creada por ellas, admirando el progreso de mi prima. Debí ser el primero en darse cuenta como sus notas primerizas tímidas y disonantes se iban transfigurando de a poco en acordes, compases y melodías fluidas y hermosas. Cuando tocó por primera vez “Claro de Luna” sentí como si fuera arrancado del mundo para ser depositado en un lugar, una especie de cielo, donde el tacto, el gusto, el olfato y la vista eran superfluos, innecesarios. Un cielo donde solo el oído permitía comprender en su verdadera envergadura  de lo que era la belleza. Las puertas de la eternidad se abrían ante mí cada vez que mi prima se ponía frente al teclado, y se me era permitido el paso hasta el mismo momento en que el piano quedaba en silencio, entonces solo me quedaba abrir los ojos y ansiar el momento de irrumpir de nuevo en ese universo en donde el tiempo se detenía por arte de magia y donde cada cosa que jamás existió y existirá resultaba sencillamente maravillosa.

>>Una tarde mi madre tuvo que terminar la clase antes de lo habitual, por lo que nos quedamos solos mi prima y yo. Por su parte, continuó con sus ejercicios como si nada hubiera cambiado, se concentraba en las siguientes notas en la escala y nada más. Por mi lado, me había atacado un repentino deseo de acercármele: deseaba saber cómo es que tan bella música provenía de las diminutas manos de mi prima. Pero no podía hacerlo, algo en ella resultaba intimidante al sentarse en el banquillo: no parecía de este mundo, así de sencillo.

>> “¿Te gustaría intentarlo?”, me preguntó de repente, se dio la vuelta y me miró. “Siempre me vez practicando, debe ser aburrido, ¿por qué no lo intentas?”

>>No fui capaz de responderle con palabras, pero en cambio me senté a su lado en el banquillo y puse las manos como mejor pude en el teclado. Debí de estarlo haciendo mal, puesto que mi prima soltó una sonrisa radiantes, pero burlona. Por los siguientes quince minutos me explicó una interminable consecución de datos repetitivos que ya sabía, aunque no eran tan fácil de poner en práctica. Me tomó una eternidad tocar un arpegio medianamente decente. Aunque todavía no me percaté de ello, fue ese el instante en el que mi vida cambió de formas que nunca hubiera podido imaginar. Para cuando regresó mi mamá ya era de noche y nos llamaba para ir a cenar. Mi prima y yo nos la habíamos pasando, más que estudiando, jugando enfrente del piano, riendo y haciendo bromas. Recibiendo yo la peor parte de estas debido a mi incompetencia y falta absoluta de oído musical. Nos paramos del banquillo aun con sonrisas en los labios.

>> “Fue divertido practicar contigo”, me dijo mi prima de camino al comedor, “ojala podamos hacerlo de nuevo, ¿vale?”

>> “Claro, aunque yo no lo llamaría practicar”, le respondí.

El viejo detuvo su relato. Sus ojos se llenaron de cierto brillo nostálgico.

—¿Cuántos años tenías? —preguntó el joven.

—Ocho, quizás nueve —contestó el viejo.

Otra breve pausa, otra vez interrumpida por el joven.

—Hablas de ella como si fuera una persona muy importante en tu vida.

—Lo fue, sí que fue una persona muy importante —dijo el viejo soltando su whisky, que desde hacía rato se había aguado—. Ella fue tan importante que no te sabría decir hasta qué punto influyó en mí. Muy posiblemente mi existencia como la vez ahora sea obra suya.

—¿Entonces por qué te refieres a ella solo como “mi prima”? —preguntó el joven—. Si es tan importante como dices, ¿no deberías llamarla por su nombre?

El viejo se tomó un momento para responder.

—Aunque con el tiempo fui recordando la pequeña gran historia de mi niñez, en ese entonces no era capaz de decirte quién era esa niña con la que aprendí a tocar el piano.

—¿Cómo es posible eso? —preguntó el muchacho tras salir de su asombro.

—Mis primas eran gemelas, además yo era muy pequeño en ese entonces —contestó el viejo. Al joven le parecieron excusas, más que explicaciones o cualquier otra cosa—. Tengo suerte de todavía recordar la razón por la que me enamoré de la música y entré en el conservatorio.

Un tercer silencio, más incómodo que los anteriores. Ahora el sorprendido fue el viejo.

—¿Acaso mi hijo nunca te habló de que fui al mismo conservatorio al que lo envié a él? —dijo—: Y eso que no se cansaba de escucharme hablar de eso cuando niño.

Una atmosfera tensa se formó en la sala. El radio había vuelto a sintonizar estática, por lo que se podía escuchar el incesante, pero calmo sonido de la llovizna más allá de la ventana. El muchacho se encogió en su asiento, como apenado a la vez que apretaba los puños. El viejo se tardó en percatarse de esto.

—¿Acaso dije algo que no debía? —preguntó al rato.

—No, claro que no —se apresuró a decir el muchacho, haciendo un intento por recuperar la compostura—. Es solo que papá no es de los que se sientan, campaneando un whisky, para hablar y contar las anécdotas de su vida.

Nadie dijo nada. Y fue luego de pensarlo bien que el joven agregó, no sin antes taparse los ojos con la mano:

—Perdón, cambié el tema de forma abrupta. Por favor, sigue por donde ibas… me decías que fuiste a un conservatorio, ¿podrías contarme más sobre esto?

Pretendiendo ignorar a su nieto, el viejo se levantó de su silla. El muchacho se le quedó mirando mientras se paseaba por la estancia hasta terminar frente a la ventana. Veía el constante y fresco arrullo de la lluvia nocturna; había perdido la intensidad de hace rato y ahora solo caían una gotitas aisladas. Pronto llegaría el sereno. Luego de regresar a su hacienda, luego de desertar en sus estudios musicales siempre abría alguna ventana para dejar entrar la brisa tras una prolongada lluvia. Una que otra vez se preguntó por qué de esto, lo que lo llevó a la siguiente conclusión: en muchos de sus momentos más importantes podía sentirse el sereno. Cuando abrió la ventana de la tercera estancia en la hacienda de su juventud o cuando escampó en el lago de su niñez.

Se volteó a mirar a su nieto. Este se enderezó en su silla y ahora miraba a la pared frente suyo, como si nada le importara y estuviera solo. Volvió a su asiento.

—Tardé cerca de un año alcanzar el nivel de mi prima —dijo por fin el viejo, retomando el hilo de su historia—. No fue nada sencillo. En más de una ocasión me quise dar por vencido, para luego ser persuadido por mi prima y su sonrisa. Cuando por fin pude alcanzarla, hacíamos duetos e interpretábamos piezas compuestas para dos pares de manos. Aunque ella siempre tenía que esperar a que le tomara el hilo a la partitura, nunca me reprocho nada; y gracias a ello el resultado final siempre me parecía un logro personal. Con cada día me acercaba a ser considerado su semejante, en talento y habilidad. Y los elogios de mi madre y el resto de la familia tampoco estaban mal.

>>Por sugerencia de mi tía, preparamos un pequeño recital para el cumpleaños de algún pariente que apenas conocíamos. En muy pocas ocasiones la casa se había vestido con tanta gala y brillo; recuerdo a la perfección las arañas encendidas, desde las cuales se despedían los colores del arcoíris que bañaban la sala entera, decorada con flores del campo, manteles y encajes que se reservaban para esa clase de ocasiones. Era un manojo de nervios desde el momento en que empezamos a ensayar el repertorio que habríamos presentar hasta el instante mismo en que nos levantamos, mi prima y yo, del banquillo, deleitándonos con los aplausos de la audiencia. Fue entonces que me di cuenta: quería dedicarle mi vida a la música.

>>La mañana siguiente mi madre nos dio el día libre para relajarnos. Me dediqué a la vagancia hasta avanzada la tarde, cuando me di cuenta que mi prima no aparecía por ningún lado, no la había visto ni siquiera a la hora del almuerzo. Mi intuición me dijo que la encontraría en la tercera estancia, y es que ahí estaba. Le hizo oídos sordos a la orden de mi madre y pasó todo el día frente al piano, estudiando más arduamente que nunca. Tocaba como si no hubiera un mañana. Dejaba fluir su talento, con lo ojos cerrados, concentrada únicamente en la hermosa música que se desprendía de sus manos prodigiosas. No tengo palabras para describir la primorosa melodía interpretada por mi prima. Aún ahora puedo sentir la presencia de los serafines que se le unieron con sus instrumentos de viento, revoloteando sobre mi cabeza, impregnado el aire de incienso y mirra. Cada nota resultaba conmovedora. Me sentí vivo, conectado con cuanto me rodeaba, cercano al real discernimiento de lo que nosotros llamamos el mundo, parte de algo especial. Pero, posiblemente, no entiendes a lo que me refiero, hay cosas en la vida que se pueden comprender cuando se experimentan de primera mano.

>>Cuando terminó con la pieza no me atreví a decirle nada. Se dio la vuelta y me miró largo y tendido.

>> “¿Por qué lloras, Mario?”, me preguntó contrariada.

>>Atónito, me pasé los dedos por las mejillas. Se me habían escapado un par de lágrimas de la emoción. Me apuré a enjugarme los ojos con los puños de la camisa.

>> “¿Estas bien?”, me preguntó mi prima, “¿Te duele el estómago?”

>> “Estoy bien, no me duele nada”, respondí tras  secarme los cachetes.

>> Se calmó al oír esto. Me tomó de la mano y me llevo al piano. Volvió a ser la misma niña alegre y de radiante sonrisa. Creo que ahí fue cuando me enamoré de ella. Cada día era una experiencia fascinante; las rutinarias prácticas y ejercicios repetitivos eran paseos por bosques encantados. Esos primeros años de recuerdos y amores fueron muy felices.

—Te enamoraste de tu prima —era más bien una afirmación que una pregunta.

—Eran cosas de niño —comentó el viejo, sin prestarle atención a la expresión dubitativa de su nieto—. Era algo simple, cercano al amor: el simple deseo de estar con ella y acaparar su sonrisa y el brillo de sus ojos. Aunque para el niño que era en aquel entonces, entendía el amor como ir agarrados de la mano y uno que otro besito en la mejilla a escondidas de los adultos. Así lo entendí y así lo viví.

>> Solía escaparme de mi habitación durante las noches. Había un viejo árbol al lado de la casa, era una mata de mango alta y frondosa; casi durante todo el año podías estirar la mano por una ventana y agarrar una fruta del tamaño de un puño. A veces no podía dormir, así que salía por esa misma ventana y trepaba el árbol hasta llegar a la copa. Da ahí daba un brinco al techo de la casa. Sin ninguna otra luz alrededor, podían verse las estrellas. Era precioso. Una inmensa tela oscura bordada con infinidad de puntos de plata y cristal. Nada más me acostaba en ese techo, y muchas veces me quedaba dormido en esa misma posición, contemplando ese entamado de perlas distantes. Algo parecido era mi vida: un grupo de instantes brillantes y felices, cada uno, una puntana de plata. Cada uno, un recuerdo. Pero ocurre algo curioso con las estrellas, el mismo fenómeno ocurre con los recuerdos: por más fuerte que sea su luz, las estrellas pueden ser eclipsadas por un brillo de mayor intensidad; el sol, la luna o una lámpara de luz junto a la ventana.

>>¿Cómo ver esos diminutos destellos en los que paseaba por los jardines en compañía de mis hermanas o las horas que pasaba con mi padre o al lado de Fernando cuando el sol que era mi prima opacaba las débiles estrellas? No, ella no era como el sol. Era la luna. Los recuerdos forjados en la tercera estancia se asemejaban a la luna. La luna brilla porque refleja la luz del sol, y es sólo mediante ese reflejo ceniciento que podemos ver ese brillo que de otra forma nos cegaría. De esa misma manera, los recuerdos de mi prima son el reflejo de una luz mucho mayor. Memorias adulteradas, mutiladas, tergiversadas y mezcladas con los ideales con los que impregne la figura de mi prima. De a poco el recuerdo se fue separando cada vez más de la realidad.

>>Perdón, estoy divagando. Me dejé llevar fuera de la historia principal.

—No te preocupes por eso —aseguró el muchacho—. Estoy disfrutando escucharte hablar. Solo tengo una pregunta antes de que continúes: ¿cuándo decidiste ingresar en el conservatorio?

—Todo comenzó con una promesa —contestó el viejo—. Tal vez fue antes o después, pero yo quiero pensar que  todo comenzó cuando mi prima me citó a su cuarto. Para ese entonces ambos teníamos diez años. Era cerca de la cinco de la tarde. Ella me abrió la puerta, se mostraba muy seria, aunque intentaba disimularlo con su acostumbrada sonrisa. Me hizo pasar y sentarme en una mesa baja que usaba para jugar a las muñecas. El cuarto de mi prima, que compartía con su hermana gemela, era una amplia sala encima de la cocina —que en tiempos de las guerra entre caudillos se usaba como deposito de armas para algún improvisado jefe militar que quisiera, y tuviera cómo pagar por ellas—. Era un lugar cómodo, a pesar de solo tener una ventana. Aun en los días más calurosos adentro se mantenía fresco. Como el resto de las habitaciones en que mi madre metió la mano, el cuarto de mi prima estaba decorado con un estilo victoriano muy marcado. Un capricho de la jefa del hogar por vivir en un lugar lo más parecido a las casas de las novelas que leía asiduamente.

>>A la larga nos acostumbramos a que la recepción y la sala principal parecían sacadas de  Orgullo y Prejuicio o que la oficina de mi padre se asemejara al estudio de Basil Howard o al despacho de Lord Harris.

>>Me le quedé mirando a mi prima como tantas veces lo hice a la hora de escucharla tocar. Pero esta vez ella hizo lo mismo: nos mirábamos el uno al otro hasta que nuestros ojos terminaron encontrándose. Luego ella estrechó mi mano entre las suyas. El corazón dio un vuelco y un vacío se formó de repente en la boca de mi estómago. Y me dijo, con sus dos preciosos ojos destellando con tremenda intensidad: “¿Me prometes que serás el mejor pianista del mundo?, prométemelo”.

>>No supe que decirle. Solo quería soltarme de su agarre y salir corriendo, a cualquier lugar al que me llevaran mis piernas: la presión aplastante de sus ojos penetraba mi carne y hacía estremecer mi espíritu. ¿Cómo podía decirle lo que sea si me intimidaba de tal manera? Tomé fuerza de donde fuera que las tuviera adormecidas y asentí tímidamente.

>> “¿Enserio, lo prometes?”, insistió mi prima, sus ojos empezaron a brillar. “¿Enserio lo intentaras?”

>>Volvió a latirme el corazón con fuerza.

>> “Si, lo prometo”, dije aun temeroso. Pero con el tiempo se apartaron los resquemores y tomé las riendas de lo que había prometido.

>>A partir de ese instante los engranes empezaron a girar, con cadencia lenta pero incansable. De a un eslabón a la vez. Cada día, una muesca nueva en la inmensa rueda dentada; encastrada con la siguiente rueda en la secuencia para hacer funcionar la gran máquina del destino. Desde que mis ojos se abrían al empezar el día hasta cuando se cerraban a la noche, mi mente vivía enfrascada en un único y recurrente pensamiento. Ser uno de los mejores artistas que hayan existido. Demasiado ambiciosa era mi aspiración, por no decir poco realista en mi meta. Sin embargo, cuando uno es joven y desea algo como yo lo hacía no se podía hacer menos que soñar con estirar la mano y tocar las estrellas. Luego vendrá la realidad para desbaratar esas estatuas de sal que son los sueños.

>>Practiqué incansablemente. Entre mi prima y yo gastamos tanto el piano que debía ser afinado cada tres meses. Mi cuarto parecía más el estudio de alguna orquesta que a la habitación de un joven. Fue en ese lugar cubierto de partituras que di mis primeros pasos en la composición musical. Una de las cosas más difíciles que me tocó hacer, y una de las que más satisfacción me dio al ver los resultados. Solo ver nacer a un hijo supura ese sentimiento de regocijo generalizado.

—¿Cuántas canciones compusiste? —preguntó el muchacho.

—Solo una —contestó el viejo—. Tu abuela debe tener por algún lado cajas llenas con partituras mías: melodías traídas de la mano de la caprichosa dama llamada inspiración y que nunca pasaron de los primeros acordes. Pude completar una sola sonata de piano en mis años de conservatorio. Ya te contaré sobre ella más adelante.

El viejo y el muchacho se acomodaron en sus asientos. Tras carraspear el viejo continuó con su relato:

—A los trece años fui enviado a la casa de mi tío Presentación en la capital. Siendo el segundo hijo varón pude evitar la presión de las expectativas de mis padres y al ser varón tuve más libertad que la de mis hermanas, cuya casi única instrucción comprendía todo lo necesario para ser esposas atractivas, educadas y virtuosas. Fue gracias a la buena suerte de haber nacido en el medio que me permitió convencer a mi padre para dejarme estudiar música profesionalmente. Primero necesitaba cursar el bachillerato, así que debía empezar cuanto antes.

>>Hice mis maletas y antes de darme cuenta ya me estaba esperándome el carro de mi tío Presentación en el patio. Todos me despidieron con besos y abrazos, mi madre y hermanas lloraban, las más pequeñas a moco tendido. Mi padre se contentó con un seco apretón de manos, gesto muy propio de él. Mientras mi tío ponía mi equipaje en la cajuela y echaba a andar el coche me apreté en un fuerte abrazo a mi prima. Respiré hondamente  la fragancia de su cabello castaño, ella me besó cada mejilla una y otra vez. Aunque tenía una maletita con mis arreglos y algo de ropa en una mano, abracé a mi prima con fuerza. Cuando por fin la solté estaba ruborizada, yo también. Éramos niños después de todo. La tomé por los hombros y le prometí que le enseñaría lo que aprendí en el conservatorio cuando volviera.

>>La ciudad. Para alguien del interior como lo era yo, la ciudad evocaba toda clase de ideas, pensamientos, ideas, aventuras; infinidad de posibilidades que se desbordaban en mi imaginación cual si fueran aluviones contra la represa de mi mente. Casi todo le viaje estuve con la cara pegada al vidrio. Quería absorber con saciedad esa primera impresión de ese conglomerado de edificios, carreteras y gentes de cualquier cantidad de formas, tamaños, colores e historias. Quería grabar en mi memoria el preciso instante en que entraba en la urbe de mis ensoñaciones descabelladas.

Otra pausa en el relato. El viejo se reclinó en el respaldo de su asiento. Sus ojos se posaron en el techo, como si buscara algo en el pulcro yeso blanco. Y en efecto: estaba buscando algo. Pero no en el techo, tampoco en el estudio o la casa, ni en esos ni en ningún otro lugar del tiempo presente. Buscaba en sus recuerdos: intentaba descifrar lo ocurrido en sus años pasados con tal de traerlos al presente. En pocos minutos pudo sintetizar toda una vida.

—Sobre mis primeros cinco o seis años con mis tíos no hay mucho que contar —dijo el viejo por fin—. Me la pasaba estudiando. Al menor error de mi parte regresaría a la finca, fue la condición que me dio mi padre para poder estudiar música. También ay una que otra historia de mis primeros amores consumados; los primeros besos y demás.

>>Cómo ya dije antes, me mudé con mi tío Presentación, su esposa y sus tres hijos. A sabiendas de cómo era mi padre, podía adivinar el carácter de su hermano. Vivíamos en un apartamento de corte europeo y una terraza que daba a una plaza apartada del ajetreo de cada día, un reducto de paz en medio del caos urbano que amenazaba con adueñarse de él. Apenas puse un pie en aquel departamento espacioso, y en donde entraba la luz del sol a toda hora, pensé que era el lugar más maravilloso en el que había estado. Un sinfín de imágenes optimista se me vinieron a la mente: me veía al lado de una ventana, sentado en mi escritorio lleno de papeles; le daba los toques finales a mi obra maestra. El cielo estaba de un azul inmaculado y de la plaza se escuchaba el trinar de los pájaros y se podía ver como jugaban los niños. El piano no paraba de sonar al compás de notas descubiertas por primera vez y puestas en orden, era mi canción. Tenía los ojos cerrados, dejábame llevar a lo más recóndito de mi alma, lo más cercano que podía estar de aquel cosmos ideal al que me transportaba mi prima cada vez que se ponía frente al instrumento.

>> “¿Qué pasa, primo?”, preguntó de pronto mi primo.

>>Abrí los ojos, salí de mi ensueño.

>> “No pasa nasa”, contesté. “Tienes una casa muy bonita, primo”.

—¿Estabas soñando despierto? —soltó el joven sonreído.

—¿Acaso nunca te ha pasado? —preguntó el viejo—. Es más, no te creería si me dijeras que no te ha pasado. Es algo natural en las personas el querer ver despiertos lo que solo pueden experimentar cuando duermen. Tanto o más normal que luego lo nieguen.

>>Te iba diciendo que me fui a vivir con mis tíos: mi tío Presentación era un hombre impecable. Esa sola palabra lo describía a la perfección. Alto, bien plantado y de mirada penetrante; siempre se le veía de traje, incluso recién despertado, muchas veces llegué a pensar que dormía con el traje puesto, y es que era imposible imaginársele sin llevar uno. No había en él nada de frivolidad, era siempre interesante hablar con él. Sn importar lo que estuviéramos haciendo, apenas se perfilaba su silueta, le presentábamos los debidos respetos  al hombre de la casa. No había que asegurarse de que nadie se portará mal, su sola presencia nos hacía desistir de hacer cualquier travesura. No le tenía miedo, pero sentía por él algo que iba más allá del respeto.

>>Empecé los estudios, tanto en el colegio como en el reformatorio, a los pocos meses. Me absorbieron. Con cada día transcurrido, con cada nuevo conocimiento aprendido, me hundía, era arrastrado y atrapado en la creciente telaraña de mis fascinaciones. Sin importar lo que viera o hiciese, todo me terminaba arrastrando irremediablemente a buscar una grandeza, que aunque fuera ilusoria, me llevará a cumplir las aspiraciones de mi prima.

>>Si no me hallaba absorto por algún libro o ejercitando mis escuetas habilidades en el piano, me la pasaba con mis primos. Eran tres en total: Mauricio, Manuel y Marcos. Mauricio era el menor, un muchacho lento pero simpático a su manera muy particular. Luego le seguía Manuel, tenía quince años cuando me fui a vivir con a la capital, el típico joven aventurero y enamoradizo, al cabo de una año perdí la cuenta de los líos de faldas en los que estuvo involucrado. Marcos, el mayor, era con quien mejor me llevaba. Era un muchacho de dieciocho años, buen mozo y ya con indicios de lo que a la larga sería un largo y cuidado bigote, con el que se la pasaba entretenido jugando con él. Pero no creas que era una persona superficial o tonta, todo lo contrario: nunca conocí a alguien tan inteligente. Uno de sus hábitos era sentarse en una esquina, dándole vuelta a sus cuatro vellitos faciales y se ponía a hablar, de cualquier tema y con quien tuviera cerca, con seño pensativo. Casi siempre con mi tío o conmigo.

>>Interesante.  Marcos podía hablar sobre cualquier tópico que se mencionase, con el tiempo me di cuenta que sería imposible llevarlo a algún tema que él desconociera, porque sencillamente no había tal cosa como un “tema que él desconociese”.

>>Como parte importante de la sociedad capitalina, éramos invitados a fiestas de alcurnia de vez en cuando. Siempre me encontraba con personas maravilladas por la elocuencia y las luces de mi primo. Se volvía el centro de la conversación apenas hacía su aparición. Encabezaba las discusiones o debates, en especial los concernientes a la política o la filosofía, en los cafés bohemios en los que solía reunirse con estudiantes y artistas. Por estas razones, y muchas otras, admiraba a mi primo Marcos más que a nadie. Quería ser como él.

>>Recuerdo las tardes en las que, tras sentirme satisfecho con mí avance en el piano o en mis otros estudios, me las pasaba en la habitación de Marcos. Una habitación del mismo tamaño que el mío, pero que parecía mucho más pequeño debido a que cada pared estaba repleta con libros, periódicos, revistas, álbumes y una fila completa de cuadernos usados: diarios escritos por mi primo meticulosamente con el objetivo de documentar su vida desde hacía dos o tres años y una colección de cuentos, poemas, novelas, relatos, ensayos e investigaciones para futuros escritos. Si entrabas por primera vez a ese lugar tenías la sensación de estar en alguna biblioteca escondida en las entrañas de un castillo de la Europa profunda. Pero lo luego te dabas cuenta de que, en un segundo plano, había una cama, un escritorio y un armario. Iba para allá a eso de las cuatro, luego de acabar mis prácticas del día. Mi primo solía sentarse en su escritorio. Sus estudios terminabas tras el almuerzo, y hasta muy entrada la noche se la pasaba escribiendo ideas que se le ocurrían a lo largo del día y que necesitaba plasmar en el papel. Muchas de esas ideas terminaron, algunos años después, en las vitrinas de las librerías de toda la ciudad.

>>Nos la pasábamos debatiendo sobre tantos temas que resultaría imposible enumerarlos en su totalidad. No estaría exagerando si te dijera que fueron esas tardes con Marcos fueron mis verdadera escuela, y que mis clases matutinas eran simples formalidades burocráticos.