Capítulo Veinticinco: Cuando lloran los lobos

Posted on 7 octubre, 2011

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Tú, lector intrigado, si acaso deseas saber cómo llegué al calabozo horrendo de los vampiros tengo la desdicha de contarles lo ocurrido tras meditarlo largamente durante mis incontable horas de encierro y soledad.

Anteriormente quedamos en esto: Luego de enfrentarme con el niño vampiro —cuyo nombre, me enteré después, era Amón— vi como el Rey del Terror, amo de todos los bebedores de sangre, masacraba a mis compañeros. Ya no había esperanzas. Pero antes de ver la conclusión de la barbarie, mi enemigo Amón se recuperó de su aturdimiento. Me di cuenta de esto en el momento en que se lanzó contra mí, desplegando sus brazos centellantes en chispas rojas. Lo esquivé por milímetros. Giré sobre mis talones, él aterrizó a pocos pies de mí; se volvió en un parpadeo adelantando el puño electrificado. Actué por instintos: solté un golpe cargado de miasma. Apenas se rozaron nuestros puños hubo un gran estremecimiento que se extendió a lo largo del campo de batalla. Hubo un gran crujido y lo próximo que supe fue que estaba en franca caída. Me precipité en el interior de una especie de caverna inundada. El agua llegó a mis pulmones, obligándome a reaccionar y encontrar aire. Al salir a la superficie pude ver el gran boquete en el techo de la cueva por donde había llegado. Me sentía terriblemente cansado. No pude encontrar más entradas que la del techo, estaba atrapado. Al costado había un rellano que sobresalía del agua, nada hasta ahí se me hizo dificultoso, parecía que mi cuerpo estuviera hecho de hierro. Cuando pude recostarme en la precaria plataforma me dejé llevar por el agotamiento. Mi cuerpo no se hubiera movido ni aunque eso me costara la vida, sólo pude ver como un raro brillo escarlata irradiaba la piscina a mis pies; hubo un leve burbujeó y una explosión de agua y vapor me encegueció. Perdí el conocimiento a partir de ese momento.

Desperté en un hueco infecto y sucio, una repulsiva boca de lobo. Un dolor penetrante recorrió mi cuerpo entero, mis músculos se hicieron de plomo.

Estaba atado a un pesado grillete por el cuello, afianzado a la pared de piedra sólida con una cadena oxidada. Cualquier posición era incomoda a excepción de quedarme tumbado con la espalda recostada en el flanco de la celda. Había en ella dos aperturas. Una de ellas era un portón de hierro con una rendija por la cual pasaba mi única, y escasa, comida diaria al comenzar la noche y por donde sacaban en un balde mis desechos cuando esta terminaba. Solo así podía medir el tiempo. La otra era un túnel más o menos grande, cerrado con barrotes por donde se medio perfilaba una celda circundante, estaba vacía.

Había pasado una semana antes de darme cuenta. Mi mente volvía una y otra vez a los mismos pensamientos desgarradores:

Me lamentaba por mi desgracia y me culpaba por esta; si no hubiera escapado de Danilo ¿qué hubiera sido de mí? Si hubiera muerto en manos del cazador, si no hubiera sabido la verdad, si no fuera un hombre lobo, ¿Qué sería de mí sí…? Cada recuerdo que disponía estuvieran intrínsecamente conectado con un encierro y que cada una de mis decisiones tuvieran un rol protagónico en lo que acabó ocurriendo, y donde me encontraba ahora. Esto me deprimía más, como si necesitaba esa miseria adicional. Apenas dejaba de meditar sobre eso, caía en otro pozo de culpa, este muy diferente al primero: Mi incapacidad. Lo sabía, vi que estábamos cayendo en una trampa, y no hice nada para evitarlo, yo lo sabía y no hice nada. Si al menos hubiera hecho a Vanesa regresar con Danilo.

Vanesa, la responsable de mis mayores pesares.

En medio de las retrospectivas en mis recuerdos era una incapaz de uno que no estuviera contaminado con los horribles sentimientos causados por la certidumbre que había abusado de la confianza de Vanesa. De todas las personas con las cuales me topé en mi vida, solo a ella le permitía tenerme algún remordimiento, si no es que un justificado odio. Era evidente, desde el momento de nuestro primer encuentro me había aprovechado de Vanesa, me había apoyado en su fuerza de voluntad para salir de las arenas movedizas de mi inseguridad, sin importarme si en el proceso acababa hundiéndola a ella. Y miren cómo he terminado: al final ninguno de los dos pudo salir del pozo, ambos nos hundimos en el pantanal. Pero yo seguiría viviendo.

¿“Viviendo”? Si. ¿Acaso estaba vivo? Aparentemente. O al menos era algo que no era vida pero que tampoco podía llamársele muerte. No era hora de morir, pero tampoco merecía estar vivo. En mis momentos de máxima emotividad deseaba desesperadamente poder cambiar este remedo de existencia que se me había adjudicado con tal de salvar a Vanesa de la oscuridad. ¿Por qué quería esto? Si alguien merecía vivir, esa era Vanesa.

En mis escasas horas de sueño tenía pesadillas sobre Amel, sobre su Vanesa y sobre como ella era victima de los terribles poderes del vampiro. Siempre despertaba agitado de esas pesadillas, y siempre con lágrimas en los ojos.

Al cabo de diez días encerrado ya no tenía caso recriminarme por mis pecados,, se me habían agotados los argumentos y la sistemática inanición me había dejado débil, sin capacidad de pensar en otra cosa que no fuese el hambre agónico o las horas restantes que me quedaban hasta por fin desfallecer.

Luego de dos semanas los vampiros irrumpieron en la celda. Entraron y me doblegaron entre cuatro de ellos; daba igual, de todas formas era incapaz de enfrentarme ni a uno. Un quinto chupa sangre cargaba consigo una jeringa, esta contenía una sustancia verde pastosa. Al ver acercarse la aguja intenté resistirme, un acto inútil. Un pinchazo. El efecto fue instantáneo. Un estupor generalizado se esparció por cada célula de mi cuerpo a partir de misero punto por donde entró la ponzoña.

Permanecía convaleciente cerca de dos días. Vomité hasta las entrañas y perdí el uso de la razón, para ser reemplazada por una locura delirante que me llevó a azotarme contra pisos y paredes hasta el cansancio. En ese trance infernal hice las cosas más horribles. Para el momento en que recuperé la conciencia el daño ya estaba hecho: me hallaba arrodillado ante los cuerpos de mis hermanos licántropos, sobre un charco de su sangre, sangre que manchaba mis manos. Esta ya estaba cerca.

Lloré. Lloré como nunca antes había llorado. No sólo por lo que había hecho, estaba siendo parte de algo que superaba lo monstruoso: los vampiros estaban desarrollando un suero mediante el cual serían capaces de convertir a los licántropos en sus marionetas, y yo fui uno de sus conejillos de indias.

Siguieron los experimentos a pesar de mis intentos de resistirme, y al parecer estaba obteniendo resultados satisfactorios. El suero se iba haciendo cada vez más claro, limpio y efectivo. Y esto tenía consecuencias espantosas antes, durante y después de ser aplicado. Sufría de convulsiones intensas, copiosas sudoraciones y vividas alucinaciones, tan meticulosamente construidas que muchas veces me resultaba imposible diferenciarlas de la realidad. A las pocas horas de la inyección tenía ratos de lucidez en los cuales me veía matar a mis hermanos lobos a sangre fría. Y al final de todo me acurrucaba en un rinconcito, me cubría el rostro con manos y piernas y era atormentado por los recuerdos ilusorios que me hablaban.

Así era cada noche.

—Pobrecito, Héctor, pero sabes cómo acabar con tu sufrimiento, ¿no? —escuchaba la voz e mi padre, quien parecía estar sentado junto mío y no recostado en alguna tumba de Florencia.

Lo sabía muerto, pero la tentación de dejarme consolar por él era mucha. Y no solo era mi padre: A veces dormía en las piernas de mamá, era despeinado por los mimos de Mina, Elena consolaba mis penas o en medio de mi locura, Vanesa intentaba detenerme. A la larga perpetuaron su presencia en la celda, con sus mil rostros posibles.

—¿Cuánto tiempo planeas seguir así? —preguntó una noche el fantasma de mi padre—. Ya es hora de elegir, hijo: morir como perro o vivir como lobo.

Traté de no prestarle atención, como hacía siempre que intentaban hablarme los fantasmas de mi pasado. Pero esta ver era diferente a las otras.

—Alguna vez soñamos con hacer algo más grande que nosotros mismos, de marcar la diferencia —decía al tiempo que hacía ademanes al andar alrededor de la reducida cárcel— ¿Nada más fueron palabras vacías, autocomplacientes? No puedo creer que te des por vencido tan fácilmente. No eras más que un despojo de hombre.

Me levanté rabioso.

—¡Tú qué sabes de mí! ¡Nada, no sabes nada! —grité—. Ni siquiera existes, no eres nada, ¡nada!

—¿Enserio crees eso, Héctor?

—¡Ya basa! —el eco de mis alaridos no se hicieron esperar— ¡Deja de intentar jugar con mi mente!

Se sonrió mi contraparte.

—Esa nunca ha sido mi intención —dijo—. Que esté en tu mente no quiere decir que este dialogo no este pasando en verdad. Debes escapar de este lugar: ella te va a necesitar dentro de poco. Y él también lo hará.

De la celda conexa se dejaba escuchar un ajetreo poco común.

Esa fue la última vez que tuve una de esas alucinaciones, al salir de mi sistema  hasta el menor vestigio de la droga, ya nada me obligaba a verlas.

La portezuela que conectaba ambos calabozos se abrió y yo pasé por ella en mi forma de lobo. Había un vampiro del otro lado. Me arroje contra él. “Muere, muere, muere”, me decía, absortó en la violencia de la rabia. Como era incapaz de vengarme de los vampiros que me utilizaron, al menos me desquitaría con el que tenía al frente.

Peleé con él, pero se limitaba a esquivarme, como si no quisiera hacerme daño. En un movimiento repentino se ganó mis espaldas, haciendo uso de su agilidad sobrenatural, saltó hacía mi rostro, como apareciendo de repente ante mis ojos, estiró la mano y tocó mi frente antes de que ambos aterrizáramos inmóviles. En un destello de luz me vi envuelto por los pensamientos del vampiro. Por primera vez en mucho tiempo usaba el sexto sentido de los hombres lobo.

Un amplio espectro de emociones ajenas me inundaron. Iban del miedo, pasando por angustia, para llegar a un poderoso deseo de proteger, resguardar, algo inmensamente importante. Una imagen vino a mi con esos sentimientos: Una mujer de dulces ojos castaño claro, al igual de su largo cabello ondulado. La mujer me miraba sin mirarme, era sólo un recuerdo. Aún así, el mero contacto de sus ojos hacía parecer que el mundo se hacía más brillante, más amigable, más hermoso. Era por ella. Desde hacía mucho tiempo él actuaba siempre pensado en el bienestar de esa mujer. Todo por ella.

“Por favor, ayúdame”, me rogaba el vampiro con la voz de su corazón. Acepté.

Sin perder el tiempo desbaraté la puerta de la celda, mientras que el vampiro rompió mis grilletes. Ambos salimos en búsqueda de esa mujer. Su nombre era Isabel.

Quién diría que la conclusión de la primera aventura de mi vida daría paso a una mucho mayor.

NOTAS:

Sigo escribiendo capítulos demasiado cortos para mi gusto, aunque creo haber hondado bien los sentimientos de Héctor durante su cruel encierro.

Los dichosos que hayan leído los últimos capítulos deLa Maldicióndela Sangre, sabrán en qué parte se conecta con la historia presente.

El párrafo final de hoy quiere dar a entender que, a partir de este punto, llegamos a la línea temporal en la que nos quedamos luego del Final dela Maldicióny que ha de terminar con el EVENTO ROMA.

Oficialmente llegamos a la mitad de la historia, falta la otra mitad. Vamos bien, vamos bien.

Si les soy franco, nunca antes había estado tan adelantado a la hora de escribir: Ya tengo suficiente material para no abandonarlos hasta Diciembre, mi época de hibernación. Parece que este año tendrán una navidad con lobos, sangre y esas cosas. Ya saben, la rutina.