Capítulo Veinticuatro: Lobo entre las llamas

Posted on 27 septiembre, 2011

3



Había llegado la hora. Mis compañeros y yo pronto no lanzaríamos a la batalla, los vampiros estaban esperándonos.

El grande ejército de lobos valientes nos precipitamos hacia el valle en cuyo final se erigía el siniestro castillo lúgubre, la horrenda morada del enemigo. Al amanecer levantamos el campamento.

La tensión se podía cortar con un cuchillo, se notaba que estábamos al borde de una guerra al ver los rostros serios de los soldados. Los licántropos se reunieron, estaban en silencio; ni notaron cuando Vanesa y yo aparecimos, igual de huraños que el resto. Menos mal, necesitaba el silencio para analizar lo ocurridos en las últimas horas, para organizar mis pensamientos.

Estaba confundido: Con la repentina confesión de Vanesa el mucho se me había puesto de cabeza; no es que ella no me gustara ni que yo no quisiera poder corresponderle, al contrario, deseaba poder resarcirle de alguna forma, pero acababa de terminar con Elena, por decirle de alguna manera, la única relación serie en mi vida. Y por esto me sentía fuera de rumbo, quizás todavía, era lo más seguro, sentía algo por ella. Vanesa se merecía algo más que esas dudas, se merecía más que ser la sustituta de Elena. Aun así no que quería o no podía separarme de Vanesa, algo en ella me hacía necesitarla, su sola presencia ayudaba a hacer todo más llevadero. Después de tantas cosas ocurridas seguía siendo igual de egoísta como de costumbre. Agreguémosle la culpa al amasijo de emociones que me atormentaban en aquel momento.

Mientras me debatía con mis demonios internos Vanesa permanecía callada, de seguro ella también tenía sus propios asuntos en los qué pensar. Y posiblemente más profundos que las trivialidades que me ocupaban. Se encontraba así desde el momento de su confesión.

Un salto en la narración. Lo ocurrido luego del el momento antes descrito y lo antes de lo por narrar es por completo irrelevante. Basta con decir que llegó el anochecer y nos dispusimos al combate, Horacio dio la orden y empezamos a marchar. Estaba desmontando mi tienda, guardaba mis cosas cuando Vanesa entró y me dijo:

—Apuesto a que no esperabas terminar así, ¿verdad?

—No, ¿u tú? —repuse.

—Siempre he sabido en lo que me metía cuando me uní a los Beowulfs, aunque nunca creí estar tan aliviado al dejar todo eso por…

Su expresión cambió significativamente.

—Oye, Héctor —repuso—, quiero que sepas que si algo me pasa durante la batalla… sólo, no me arrepiento de nada, ¡aunque!

—¡Por favor, para! —exclamé molesto para mi sorpresa—. Ahora escúchame tú: no vas a morir, ni aquí no ahora, ninguno de los dos va a morir hasta que pueda responderte…

Caí en cuenta de lo que decía, y de la cara sonrojada de una Vanesa sorprendida, me abochornó.

—¡Así que recuerda —dije, tratando de componer el entuerto—: Nadie va a morir hoy!

Nos quedamos mirándonos a los ojos el uno al otro, cada uno más colorado que el otro. No pude permanecer así por mucho tiempo. Me di vuelta y seguí metiendo mis cosas en el morral. Antes de darme cuenta ya tenía a Vanesa estrechamente abrazada a mi cuello y espalda. Y yo confusamente conmovido.

—Enserio que eres extraño —dijo ella con un hilo de voz, parecía al borde de las lágrimas—. Si lo dices de esa forma no puedo negarme, ¿o si?

—No, no puedes.

—Entonces tendré que mantenerme cerca para cuidar de ti.

—Más te vale hacerlo, sino me voy a enojar.

—Déjalo en mis manos.

Si pasamos de página hemos de llegar al momento en que se inicia la batalla. Dos millares de lobos formados a un valle de distancia de las casa del enemigo. Podía olerse en el aire la inmundicia de los vampiros, esa peste rancia que los caracteriza, como si se estuvieran pudriendo por dentro. A esta pestilencia se le mezclaban el aliento de un ejército de licántropos y la humedad cargada en al atmosfera, residuos de la lluvia del otro día. Tronaba un poco a lo lejos. Vanesa estaba a mi lado, Felipe no muy lejos. Horacio lideraba la tropa al frente y el centro de la misma, con un sonoro aullido de este  nos dio la señal para mantenernos precavidos.

Supinos que no había vuelta atrás cuando unos fríos ojos rojos empezaron a brillar del otro lado del campo. De un par, pasaron a ser dos y luego tres asta que al final hubo miles de pupilas sangrientas, carentes de cualquier luz humana. Regresé, a pesar mío, a aquella plaza de Florencia, al instante en que una de esas bestias intentó asesinarme. Los odiaba, cada uno de ellos por ser lo que son. Por eso debíamos ganar en este conflicto: Ellos nunca detendrán sus intenciones de aniquilarnos a nosotros, si no había reconciliación posible, entonces uno de los dos tenía que vencer al otro, y esos teníamos que ser nosotros.

Nuestra única opción es triunfar.

Horacio se adelantó, nos miró con expresión elocuente, algo sorprendente al estar su forma de lobo, y nos transmitió la confianza necesaria para luchar. Entonces aulló a todo pulmón.

El rugido del líder se repitió en los de los demás miembros de la jauría. Nos precipitamos hacia en una avalancha poderosa, el suelo se estremecía bajo nuestros pies. A pesar de haber árboles regados por el terreno es no nos hizo aminorar la marcha. Vimos acercarse la banda de vampiros en su mayoría harapientos que no superaba en número, pero aún así estaba seguro de que nos dirigíamos hacia la victoria.

Miré de soslayo: Vanesa dio un salto, volvió a la forma humana en el aire montándose a su vez sobre mi lobo. Sin inmutarme aceleré. Esta sería la prueba definitiva del verdadero poder del miasma, al final sabría si valieron la pena los anteriores cinco años de entrenamiento. Vanesa se agarró de mi pelaje mientras yo arremetía contra el tropel enemigo. Hice que el fuego dentro de mi pecho se moviera hacia mi boca, hacia mis cuerdas vocales. Los vampiros no tardaron en rodearme. Era lo que esperaba.

—¡Ahora! —gritó Vanesa agarrándose aun con más fuerza.

Me afiancé al suelo, hundí las garras, y rugí con un rugido cargado de energía. Como si fuera una marea de fuego invisible, mi aliento con miasma destruyó a los vampiros con los que se topó en su camino.

Muchas cosas pasaron en el instante inmediatamente después.

Las vanguardias de ambos bandos chocaron con un estruendo de miembros arrancados y huesos destrozados. Vanesa se dejó caer a mi lado; daba golpes y patadas a los enemigos vampiros, quienes se desintegraban con el mero contacto con su piel irradiada en miasma. Volví a ser humano. La mermada llama de mi pecho apenas alcanzaba para mantener las garras de mis manos. Vanesa y yo seguimos la estela de destrucción. Dejamos el grueso de la batalla a nuestras espaldas.

Un grupo de vampiros se nos interpuso, nos atacaron en el acto. Me adelanté y salté. El mundo a mí alrededor se ralentizó, el tiempo transcurría en cámara lenta. Siguiendo a mis instintos, las garras se movieron con letal precisión. Primero desgarré a un oponente por la barriga, con la otra di un golpe ascendente que cortó por la mitad a otro vampiro, había saltado hacia mí, de media vuelta y mis manos ambas atravesaron  en corazón de un tercer vampiro. Mi compañera se adelantó entonces, con su gran agilidad y precisión a la hora de asestar ataques, siguió abriendo paso, como si no fuera nada. A pesar de la agitación de la batalla, procuraba mantener un ojo sobre Vanesa, y gracias a ello podía ver las emanaciones de miasma que ella lanzaba. Eran como pequeñas explosiones que desbarataban las torres de cartas que eran los vampiros.

Sentí una presencia maligna a mis espaldas. Salté sobre mis hombres a la vez que estiraba las garras hacia la fuente de dicha presencia. Caí junto con la cabeza arrancada de un vampiro ya muerto. Volví a ser un lobo. Por donde quiera que viera los vampiros eran diezmados por mis compañeros. La victoria estaba próxima. Galopé hacia Vanesa, ella me agarró por el cuello y, aun corriendo yo, se montó de nuevo en mi lomo.

La estrategia de combate dada por Horacio era sencilla: usándonos, a Vanesa y a mí, para penetrar las filas enemigas, como puntas de lanzas, y así permitir que el resto de los nuestros adentrarse y hacer desastre. Un plan simple pero efectivo, típico de Horacio.

Todo hubiera salido según lo planeado sin fuera por… por esos monstruos.

Me estremezco todavía de solo recordarlo: como si lo ocurrido y dicho anteriormente fuera solo el preludio de la verdadera batalla. Se desató un infierno ante mis ojos. Los diezmados vampiros fueron acabados por los lobos. Nos reunimos invadidos por el embriagador aire de victoria. Craso error. De la nada nos llovieron filosas plumas de un color rojo intenso; esos mil cuchillos no golpearon, para mi horror, cada persona herida por esos dardos sobrenaturales murieron al instante. Por suerte conseguí reaccionar a tiempo, me desplacé con Vanesa a un lado, esquivando así la ráfaga mortal.

—¡Qué demonios fue eso! —conseguí gritar mientras me levantaba.

Miré al lugar de donde provinieron las plumas. Allí estaba ella, a pesar de mi sorpresa: Una delicada mujer rubia suspendida en los aires gracias a dos enormes alas escarlata pegadas a su espalda. Alas de sangre. Alas del mismo color de sus pupilas. Era una vampira. Nuestras miradas se encontraron, y en ese mismo instante una especia de relámpago rojizo atravesó el valle con sus miles de tentáculos eléctricos. Todo a mí alrededor empezó a arder.

Vanesa haló de mi mano en el momento justo: otra lluvia de plumas rojas fue directo hacia mí. De no haberme movido, ahora estaría muerto.

Sucumbimos al caos generalizado por el incendio. Mientras esquivábamos las filosas plumas los demás caían. No era sólo por las plumas. Corrí junto con Vanesa agarrados de la mano, ambos con forma humana. Hice contacto visual con ella, sabíamos lo que teníamos que hacer: la lancé con todas mis fuerzas contra un árbol particularmente grueso. Me tiré al suelo, esquivando por poco un par más de plumas, paraban de llover. Pude ver por el rabillo del ojo como Vanesa aterrizaba con los pies en lo alto de un trinco, el cual usó para darse impulso y arremeter contra la vampiro justo por su lado ciego. Una patada luego, esta se desplomó en suelo; con un ala menos.

Me incorporé rápidamente y fui hasta donde se halla tirada la vampira, debía matarle antes de que se recuperara del golpe. Pero antes de este una parvada de cuervos negros como el alquitrán cubrió el cielo con su negrura, cortando el aire con su insoportable graznido.

—Ya han tenido suficiente diversión, perros —dijo de pronto una voz fría y tenebrosa, venida de ninguna parte. Mezclada con los gritos de los pájaros. La vampira desapareció en un cúmulo de niebla, no sin antes regalarme una mirada de un profundo odio irracional.

—¿Cómo te atreves a hacerle esto a mi Ariadna, maldita perra despreciable? —gruñó de pronto la iracunda voz de un niño.

Los pájaros, como unidos por una sola conciencia, se reunieron en un torbellino de alas negras y graznidos guturales que se dirigió al grueso de mis compañeros licántropos. Un niño vampiro apareció junto a Vanesa; la agarró por el cabello y la azotó contra el suelo. Ella soltó un sonido seco y crujiente.

—Es hora de que recibas el castigo por tu osadía —dijo el infante entre risitas inocentes. Esa criatura era una verdadera aberración.

Y sin más, de sus manos salieron chispazos rojos que atravesaron de punta a punta el cuerpo de Vanesa, ella gritó como nunca había escuchado gritar a nadie, se me heló la sangre dentro de las venas al escucharla y al ver como intentaba librase del agarre del vampiro, solo para luego quedarse quieta, terriblemente quieta.

Entonces perdí el control de mis actos. Me lancé sobre ese niño que no merecía ser llamado niño. Cambié de forma en mi agitación y me dispuse a clavarle los colmillos en la garganta a esa bestia. Por su parte él soltó a Vanesa al tiempo que estiraba la mano insidiosa, despidiendo esta más de esos rayos odiosos. Conseguí esquivarlos todos, menos uno; y aunque solo consiguió rozarme con este, el mero contacto me causó una agonía tan intensa que trastabillé. Perdí el conocimiento por la fracción de un segundo, pero conseguí recobrar el conocimiento justo para abalanzarme sobre el niño. Ambos salimos despedidos al otro lado del valle. Fue un golpe demoledor el que le di.

Mi adversario se desplomó, mientras que yo patiné un par de metros más. Entonces pude ver el grado de destrucción del que son capases los vampiros más poderosos de todos los vampiros: Los Príncipes Infernales. Pocos de los cerca de dos mil licántropos continuaban en pie todavía, y los que lo hacían no tardaban en sufrir enorme heridas instantáneas, heridas que los arrastraban cual cadenas al definitivo sueño de la muerte. Horror. Ninguna otra palabra serviría mejor para describir el sentimiento que embargo en lo más profundo del alma al ver aquello.

Y en el centro de la masacre estaba un ser verdaderamente monstruoso; tanto por su brutalidad como por lo imposible de sus poderes. Era un hombre alto, de cabello rubio platinado y piel ceniza. Lo que en definitiva volvía a ese hombre desgarbado eran esas dos fuentes de honda desesperación que eran sus ojos vampirícos. Ojos terribles apartados de su misión de matar licántropos para posarse en mí, con toda la carga de su frialdad.

Lo siguiente que recuerdo es la oscuridad…

NOTAS:

Algunos de mis más adorados seguidores se estarán preguntando por qué de mi ausencia por tanto tiempo. Y debo decirle que la respuesta es de lo más simplona, nada que ver con mi abducción extraterrestre o cuando “gente muy generosa” me hizo beber una posición zombie. Simple y llanamente se me perdió el cuaderno donde tengo anotado los capítulos de aquí a las siguiente cuatro semanas y contando; además de que estaba algo ocupado con la tristemente necesaria burocracia para inscribirme en mi nuevo semestre en la universidad. Nada más ni nada menos que eso.

Ahora, siguiéndole el juego a mis delirios: Tras escapar de esa prisión de máxima seguridad donde me enviaron por culpa de una trampa de mis enemigos, conseguí terminar por fin la batalla que conllevará, aunque todavía él no lo sepa, el encuentro de Héctor con William.

Si tienen buena memoria, Isabel, en su camino hacia La CiudadMuerta, recordará la visión que ella tuvo de la batalla que hoy se muestra tal como fue. Aunque debo admitir que creo que le faltó algo de espectacularidad; no sé, un evento fantástico y que deje su huella en los corazones de los lectores, o cualquier otra cosa al menos la mitad de cursi de lo dicho anteriormente.

En el capítulo siguiente se mostrará el desenlace y llega el encuentro del lobo y el vampiro.