Capítulo Veintidós: El Destierro del Lobo

Posted on 3 septiembre, 2011

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A las siete de la mañana arrancaron los preparativos para la misión más grande del clan de Danilo desde que yo era parte del mismo, pero ya no era parte de él. Así que, al tiempo que los otros se concentraban en preparar sus espíritus para la batalla, yo reunía las pocas pertenecías que llevaría conmigo. Metí un par de prendas limpias y sin combinar dentro de un tosco morral hecho con piel de lobo, que me monté en el hombro. Y así estuve listo para partir.

Pero antes había que hacer una última cosa. Y no tuve que ir muy lejos para ello. Apenas puse un pie fuera de mi tienda me encontré con Elena; estaba esperándome.

No me fui con rodeos.

—Voy a escapar de aquí, y quiero que vengas conmigo —dije mirándola a los ojos.

Luego el silencio. Elena ni se movió, ni siquiera se le despeinó un pelo; me acerqué a ella, la tomé de la mano y la hice mirarme a los ojos. Con cada segundo en que no decía nada clavaba otro clavo en el ataúd de mis esperanzas. Apreté nuestras manos, quería que se hicieran una sola. No me podía conformar con el silencio, tenía que escuchar de sus labios la resolución que había tomado ya; no podía conformarme con suposiciones de mi parte, debía estar seguro de sus sentimientos. Debía saberlo.

—No, no puedo.

Dijo Elena soltándose de mis manos, dejó caer la cara sonrojada; en sus ojos se perfilaban las lágrimas. Retrocedí un paso o dos. Curioso, ¿no lo creen? Hubo muchas veces en el pasado en el que me imaginé lo que sentiría en el momento de terminar mi relación con Elena. Pensé en toda clase de resultados posibles: a veces tristes, a veces dolorosos, a veces peleábamos y a veces no; pero nunca me imaginé este escenario. No hubo palabras, ni gritos, ni nada; solo un silencio que dijo mucho más que cualquier discurso. Ya nada me retenía al lado de Danilo.

Pasé al lado de Elena con seguridad, no quise encararla más, si la veía de nuevo a los ojos caería otra vez en la garras de su hechizo, haciéndome cambiar de idea y quedarme. Cuando creí que estaba a salvo, algo me tomo de a mano, una cosita calida y pequeña. Me di la vuelta, vi como Elena intentaba detenerme.

—Te lo suplico, si no quieres acompañarme, al menos no intentes detenerme —dije con una frialdida que me sorprendió a mi mismos.

Cuando me solté de ella, Elena comenzó a sollozar en silencio, las lágrimas se deslizaban cristalinas por sus mejillas. Una diminuta braza de aquel amos seguía encendida, nunca habría de apagarse; la abracé como si fuera una delicada figura de porcelana, como estuviéramos en el tiempo en que amarnos era suficiente. Hundía las manos en su frondoso cabello perfumando., me llené por última vez de olor exquisito. La besé en la frente y ella dejó de llorar.

—Adiós, Elena —le susurré al oído.

Y entonces la solté, me di vuelta y me despedí de una vez por todas de mi primer gran amor. Ninguno de los otros miembros del clan me salió al ruedo, cada uno estaba absorto en sus propias meditaciones. Salí del campamento, Felipe ya me estaba esperando a la sombra de un árbol, se veía repuesto de sus lesiones, pero no hasta el punto de hacer lo que se proponía. Me saludo con la mano, dijo:

—Tenemos un problema.

Alrededor del asentamiento había centinelas, no había forma de salir sin que ellos se dieran cuenta. Esto estaba mal. Si nos veían sería cuestión de minutos nos veríamos rodeados y esta vez Danilo no sería tan indulgente conmigo. Necesitábamos una distracción si queríamos escapar, esa fue la conclusión a la que llegué.

Cosa sencilla. Le di la cara al campamento, estire la mano derecha y cerré los ojos. Me concentré, tal cual me enseñó Vanesa, en mover las magia dentro de mí, en mi pecho, hacia la punta de mis dedos extendidos en el aire, y entonces los troné. Liberé el miasma contenido en mis dedos y lo dirigí hacia el campamento. En muchos aspectos la sensación de lanzar miasma era igual a la de disparar un arma, un leve estremecimiento a lo largo del cuerpo y el tirón de la reculada. Era una fuerza invisible pero real como el aire.

Un estallido causado por el miasma hizo estremecer el suelo, levantándose a su vez una nube de polvo de varios metros de altura. El efecto no se hizo esperar, de todas partes salieron lobos en modo de combate. Desde las afueras del campamento vinieron los centinelas. Felipe me jaló del hombro, me oculté con el entre algunos arbustos.

Era el momento. Nos aprovechamos del clima de confusión para escapar. Cambiamos de forma y salimos corriendo tan rápido que nadie se dio cuenta de nuestra partida, solo fuimos dos manchones borrosos en el bosque, surcamos el terreno cual si fuéramos unos fantasma. Seguimos sin aminorar la marchar por las siguientes dos horas, debimos haber recorrido algo así como cien kilómetros, y entonces fue cuando pudimos descansar sintiéndonos seguros que no nos seguirían. Caí como un costal en el suelo, empapado en sudor y con el tamborileo de mi corazón acelerado retumbándome en los oídos. Felipe se sentó cerca, igual o peor que yo; algo en su actitud se mostraba cautelosa. Se incorporó con expresión serena.

—Ya sería hora de que salgas, ¿no lo crees? —dijo.

Me levanté sorprendido, puse los ojos donde Felipe los tenía. Segundos después de un silencio constrictor se apareció una Vanesa despeinada y muy agitada. Abría la boca hasta donde era humanamente posible, tal era mi sorpresa. Ella se nos acercó con paso decidido, manteniendo siempre contacto visual conmigo.

—¡Tú, pedazo de idiota! —grito de repente empujándome, no me caí por poco—¡como te atreves a irte así como si nada!; sin despedirte, sin decirle nada a nadie, siempre tratando de parecer “el gran héroe de todos los niños”. Pero sabes qué: ¡No eres más que un idiota!

Cada palabra exudando coraje era acompañada por un golpecito en mi pecho, y así fue por varios segundos hasta que se limitó a repetir una y otra vez “¡idiota, idiota, idiota!”. Luego de un minuto se cansó, apoyando las manos y la frente sobre mí.

No sabía cómo darle la cara, pero tenía que decir algo, ella lo estaba pidiendo a gritos con su silencio. Traté de abrazarla pero ella me empujó, o más bien se empujó a ella misma para apartarse de mí. Tenía la cabeza gacha y cubierta por su largo cabello. Vanesa se mantuvo en silencio, seguimos nuestro camino al poco rato. Salimos del bosque para llegar a un amplísimo campo que terminaba en una algarabía de luz y sombra y rascacielos distantes. Allí estaba, esa era París.

Anduvimos un kilómetro, quizás menos, antes de toparnos con nuestro destino. Un campamento casi idéntico al que acababa de abandonar. En algún lugar de mi mente me imaginé a Danilo al pie de una hoguera, dándome fuerzas para aceptar mis desventuras; a Elena cuidando de mí y a Vanesa estando a mi lado, apareciendo siempre en el momento más oportuno, allí, aliviando mi pena. Mi pena… Pero esto no es posible ya: había dejado todo atrás, y solo Vanesa, quién sabe por qué razón, quiso seguirme. Aunque ahora estaba enojada conmigo, y con razón para estarlo.

El lugar estaba desierto, las tiendas deshabitadas y las brasas de un fuego mermado aún seguía caliente. Felipe nos explicó que estas hora Horacio y el resto del clan debían estar en una misión, peleando con los vampiros que habían invadido la ciudad la víspera. No nos quedaba de otra cosa que ponernos cómodos en la tienda de Felipe. Encendí el fuego pero no quise quedarme con los otros, necesitaba la compañía de la soledad para ayudarme a pensar. Cierta aguja de hielo intangible se clavaba en mi costado y debía saber qué era, aunque ya tenía una buena idea de su origen.

Me senté en un lugarcito calido, alejado de la hoguera. Quedé acurrucado pensando en pensar en nada.

—Día duro, ¿no? —no di crédito a mis ojos al ver a Vanesa sentarse junto a mí, mirando hacia donde yo estaba mirando, como si fuera lo más interesante del mundo y no la planicie desierta por donde habíamos venido.

—Hace frío, será mejor que te acerques al fuego.

—Lo mismo se aplica a ti.

—Estoy bien.

—Y yo igual.

Me hundí en mi asiento; hecho un ovillo en mi propia tristeza, en mi propia vergüenza. Tragué saliva y me di valor para aclarar mi mente, pero Vanesa se me adelantó.

—¿Habremos hecho lo correcto? —se preguntó—. Sin pensarlo dos veces al clan, a toda la gente que conocí, con la que crecí ¿Acaso nos estarán buscando?, ¿acaso nos extrañaran con el tiempo?, ¿acaso no nos arrepentiremos luego?

—Quizás a ti te extrañen y quizás tu te arrepienta, porque eres quien más tiene que perder, pero ese no es mi caso —dije con resentimiento—, a mi solo me necesitaban para su maldita guerra contra todo y todos, eso no tiene nada que ver conmigo, pero es me fui. No tengo a nadie a quien extrañar, nunca lo tuve.

Me miro Vanesa.

—¿Y Elena?

Esa sensación, como ponerle sal a una herida, me sobrecogió.

—Le pedía que me acompañara, pero me dio la espalda —dije por fin. La punzada de hielo se iba derritiendo de a poco—. Y lo peor es que… ¿para qué me sorprendo? Ella también fue parte de los planes de Danilo, mantenerme feliz y ciego de la realidad era su obligación. Tal vez nunca le importé. Pero eso decidí que ya no me importaría ella.

Luego, el silencio. Esa era mi última palabra. Vanesa se acercó más, nuestros hombros se encontraron, y podía sentir su mirada fija sobre mí.

—Tú no eres así, Héctor, el Héctor que yo conozco no haría o hablaría de nada con ese rencor que tienes —dijo ella—. Desde siempre he visto como intentas protegernos a todos, aun si eso significa que seas quien sufre más; así de generoso eres. Pero eso no creo que engañes a nadie con esas palabras tan duras, al menos a mi no, y creo que a ti tampoco.

Entonces e levantó.

—¿Por qué la gente siempre dice lo contrario a lo que de verdad quiere decir? —se preguntó.

Me quedé mirando atonito a Vanesa mientras se iba. “Por qué la gente siempre dice lo contrario a lo que de verdad quiere decir”. Entonces Elena…

Luego de pensar tanto y meditar sobre ella, no le puedo guardar ningún rencor. En todo caso, fue mi culpa haberla puesta en una situación tan difícil; elegir entre su clan, su familia o yo. Tan egoísta fui y no me di cuenta. Claro, todavía me duele, posiblemente siempre me dolerá, pero sólo me queda aprender a sobrellevar el dolor.

Tuvimos que esperar hasta el amanecer del día siguiente al lado del fuego para tener noticias del clan de Felipe. A los pocos minutos de haber salido el sol un grupo de veinte o treinta hombres y mujeres vestidos exclusivamente con pieles de lobo y co semblante alicaído llegaron al campamento. Qué clase de horrores presenciaron durante su batalla contra los vampiros. Cuando nos vieron, en especial a Felipe, se volvieron de repente más animado y alegres, casi eufóricos. Se notaban que lo querían mucho y al escuchar la historia de sus últimas horas separado de los suyos, no trataron, a Vanesa y a mi, como a otro más en el clan. Todos menos alguien que se mantuvo al margen desde que llegó.

Luego de las presentaciones pertinente, Felipe nos separó de la multitud y nos hizo ir adonde estaba aquel sujeto huraño. Era un hombre algo mayor, alto y musculosos; en todo momento desprendía un aura pasiva y clamada pero imponente. Era todo lo contrario a Danilo, quien parecía una mina terrestre, lista para explotar apenas pisabas en el lugar equivocado; él no, en su fría serenidad dejaba en claro que sería una tontería intentar desafiarlo, su autoridad pasiva era absoluta. En el momento en que nuestras miradas se cruzaron, me di cuenta que era el líder del clan.

—Mi nombre es Horacio, ¿Quiénes son ustedes?

Y así, sin necesidad de decirlo con palabras, tanto Vanesa como yo nos volvimos parte de su clan. Partimos al poco tiempo, nos fuimos de París para nunca más volver; según escuché de las historias de mis nuevos compañeros, esa ciudad cayó en lo más profundo del abismo.

NOTAS:

Otra vez me atrasé…

Siendo así seguimos en la parte donde nos cruzamos con la novela anterior. Ya terminó la batalla de París, y ahora empieza la aventura de Blade por las catacumbas.

En otras noticias, estoy haciendo un esfuerzo para mandar con regularidad mensajes Twitter. Es un dolor inconmensurable y todas esas cosas. Pero hay que hacerlo para mantenerme más en contacto con mis lectores. A partir de ahora cada vez que me ponga a escribir estaré conectado y enviaré mensajes… veamos que saco de esto.

En el siguiente capítulo se empezará a desarrollar un evento que marcará el final de la vida de Héctor tal y como me la tengo imaginada, en una especie de prologo cuando por fin le arrebate la vida a William… creo que dije algo que no debía.