Capítulo Veintiuno: Lobo de Segunda Mano

Posted on 27 agosto, 2011

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En más de una ocasión me odié por no haber tenido el coraje suficiente para escapar, huir lo más lejos posible, de aquella casa, cada día se hacía más repugnante, más insoportable, más  pérfido y más desgarrador. Pero no, yo no soy como mi padre —quien sí fue capaz de actuar ante lo que consideraba injusto—, fui un cobarde.

La noticia de mi arrebato contra Danilo y contra el clan no tardó en esparcirse. En menos de una semana ya todos lo sabían, el desprecio de su parte no se hizo esperar. Empezaron a molestarme y cosas por el estilo, pero, al parecer, una orden emanada de Danilo les prohibía usar la violencia conmigo, por lo que, al pasar de los días, se limitaron a ignorarme y lanzarme uno que otro insulto casual. Quizá antes me hubiera herido grandemente semejante actitud, mas ahora no me importaba en lo más mínimo.

“Todo estaría bien mientras tuviera a Elena”, solía pensar.

Pero no era así. Con cada día algo de aquel amor desbordante, que me hacía capaz de cruzar mares enteros, se iba desmoronando bajo su propio peso, como una roca que se hunde en las profundidades del desprecio. Aún así no podía alejarme de Elena, eran ella y Vanesa mi soporte en ese lugar donde ya nadie se me acercaba, ni siquiera los niños, donde todos me evitaban. Un día fui un héroe; al siguiente, un paria.

A nadie le importaba en esa casa, y a Danilo era al que menos interesaba de todos. Mientras pudiera usarme como su arma contra los vampiros le daba igual lo demás. Al menos tenía el consuelo de por fin saber sus verdaderas intenciones conmigo, ya no tendríamos que seguir con ese enfermizo juego de mascadas antes llamada mi vida en “El Altar”.

Días después de mi salida del sótano —donde recluían a los jóvenes en su fase de inestabilidad durante la luna llena— y de mi altercado con Danilo, me ordenaron a ir a la parte más alejada de la finca. No me dieron mayores explicaciones, y no las quise; mientras le fuera útil al clan estaría fuera de peligro. Llegué a la parte oscura de un bosquecillo que lindaba con los jardines y el ala norte, las barrancas. El lugar pautado estaba en el lecho seco de un río, muy cerca de donde solía entrenar junto a Vanesa y los jóvenes lobos. Cuan lejanos me parecían esos recuerdos de tiempos felices. Cuando llegué no había nadie, por lo que tuve que quedarme a esperar, horas enteras, antes de quedarme dormido a la sombra de un árbol.

—Espero que hayas dormido bien —susurró Vanesa en mi oído, apenas empezaba a despertarme. De alguna forma había terminado con la cabeza recostada en sus piernas.

En vez de alarmarme, como hubiera hecho en cualquier otro momento, me quedé quieto, cerré los ojos y me relajé. No había estado así desde que mi desgracia dio su comienzo. Vanesa me acarició el cabello mientras hablábamos, ya no recuerdo ni la mitad de lo que nos dijimos, pero si lo mucho que me lleno de luz mi oscurecido corazón, y lo radiante que se hizo mi alrededor con cada palabra.

—Creo que ya es hora de empezar—dijo ella al tiempo que nos levantábamos del suelo.

— ¿Empezar?

Eso si que no me los esperaba. Resultaba ser que Vanesa, entre todos los demás lobos, la más talentosa en cuanto al control del miasma se refería, por lo cual Danilo la licenció como mi maestra. Según ella me explico, hasta donde pude entender, el miasma no es otra cosa que la capacidad de los licántropos de emanar la misma magia que nos ayudaba a cambiar de forma y usarlo como arma, tanto ofensiva como defensiva. Algo así como si fuera una olla hirviendo, el agua en ebullición en la magia que nos cambia de forma, el vapor que exhala de la olla es el miasma y con el entrenamiento adecuado podemos convertir ese vapor otra vez en agua, condensándola y transmutándola según sea necesario. Esa sería más o menos la lógica con la que se rige el miasma.

Vanesa se paró firmemente en el lecho pedregoso del río, adelantó una mano a nivel del pecho; respiró hondamente; sentí entonces un ligero cambió en la atmosfera, y chasqueó los dedos. Como cuando el agua se hace ondas al tirar en ella una piedra una burbuja de aire brotó de Vanesa, arrastrando consigo las hojas sueltas de los árboles y del suelo, junto con la grava del lecho. Asombroso.

—El miasma es nuestra mejor arma contra los vampiros —dijo Vanesa—, porque el ectoplasma, la fuente de energía de sus poderes llamado “nexo con la muerte”, es anulado cuando entra en contacto con el miasma.

Así se me fueron los siguientes cinco años de mi vida: Preparándome día tras día para un futuro confrontamiento contra los vampiros, seres ciertamente temibles que sólo se me aparecieron una vez en la vida, y que con el paso del tiempo se me hacían cada vez más irreales. Habitantes casuales de mi mundo de ensueño; cuanto más me sumergía en los entrenamientos solía sufrir de pesadillas, o mejor dicho, pesadilla, ya que siempre era la misma. Me hallaba en una plaza familiar, no podía recordar de donde la conocía; era de noche y la ceniza luz de la luna llena y los faroles encendidos se reflejaban en una fuente cercana.

Fui a la fuente como buscando algo que no sé qué era, pero si sabía que hay debía estar. Mi reflejo en el agua. Mi reflejo en el agua destellaba por mis ojos de oro. Una mano de mármol y granito me tomo del hombro, un escalofrío me estremeció el cuerpo y me topé a la fuerza con esas pupilas llenas de sangre que desolaban mi espíritu, luego, despertaba con la cama bañada en sudor frío.

Con el tiempo me hice más cercano a Vanesa, la persona con que pasaba mayor tiempo. Se volvió mi única confidente y compañera. Creo que hay fue cuando, de una pequeña grieta, se empezó a abrir un gran desfiladero que acabó de separarme de Elena. Abismo que se abrió tan gradualmente que sólo me di cuenta de ello al tomar la decisión de partir, ya demasiado tarde para intentar franquear lo infranqueable.

—Es hora de poner en practica lo aprendido —dijo Vanesa en lo que acabaría siendo mi ultima noche en “El Altar”.

Luego de mi exabrupto tenía prohibido salir de los terrenos de la hacienda, y al ser mi compañera, Vanesa se veía forzada a hacerme compañía. “Mejor para mí, ahora nada más tengo que jugar contigo”, solía decir Vanesa cuando había una misión, como si esto no le importará. Pero sabía que no estaba conforme con esa orden, y no podía culparla por ello: había sacrificado demasiado para ser una Beowulf, como para que la dejaran de lado de buenas a primeras. Tal vez me hubiera hecho sentir menos culpable si ella me hubiera recriminado, al fin de cuentas era mi culpa, pero se tragó su rabia. Nunca llegó a decirme ni una palabra de reproche.

Pero ahora se había levantado la penitencia. Mañana saldríamos fuera del reino al encuentro de los vampiros. Por eso me necesitaban, tanto a mí como a Vanesa.

Nadie me quiso decir nada sobre la misión. Tuve que esperar a que Elena se pasara por mi habitación más tarde para enterarme del asunto. Tras nuestro momento de amor y locura, Elena se recosté en mi brazo, que la envolvió sin pensarlo dos veces, mientras pasaba los dedos por mi pecho mirándome con ojos enamorados. Eran en esos momentos en que podíamos tener aquellas, cada vez menos comunes, conversaciones que me hacían adorarla por encima de cualquier cosa. Lastimosamente, cuando se mitigaba el efecto, me sentía más solo que nunca.

Según los últimos informes de los exploradores desde hacía varios meses había un extraño comportamiento de parte de los vampiros. Sus movimientos solían ser erráticos, gracias a su caótica hambre de sangre, pero de repente empezaron a agruparse en varios conglomerados a lo largo de Europa, estando uno de ellos muy cerca de París. Hacia allí era donde nos dirigíamos.

Para esta ocasión no me dio la gana escuchar las aclamaciones del clan para con sus valientes soldados. Me quedé esperándolos en el portal con el arco de madera con las inscripciones “El Altar”.

—Empiezo a pensar que no eres popular con los otros por ser tan antipático —soltó Vanesa—. Bueno, creo que eso es algo que nos une.

No hacía falta adivinar que ella se había adelantado al resto para no dejarme solo. Por qué eras tan buena conmigo, Vanesa, no merecía tu amabilidad. Tenías el derecho de ser egoísta, como todos los demás, y no lo hiciste. ¿Por qué?, ¿por qué me hacía sentir feliz?

—¿Listo para la aventura? —preguntó.

—No creo que llamar “aventura” a lo que hacemos sea lo más apropiado, pero si, estoy listo.

Le sonreí a Vanesa, quien me miraba con los ojos bien abiertos.

Partimos con los últimos rayos de sol, la marcha fue lenta pero constante, el tiempo era los de menos, estábamos a un día de viaje en nuestra forma de lobo. Así tendríamos algo de silencio, necesitaba paz mental para prepararme y poder soportar lo que Danilo me forzaría a hacer. Elena se mantuvo a mi lado, dándome fuerzas como su mera presencia.

Le perdimos el rastro al grupo de vampiros en los alrededores de París, sencillamente desaparecieron del radar de los exploradores. Hasta Danilo pareció sorprendido de esto, no tuvimos otra opción que dividirnos en grupos y peinar la zona. Mi escuadrón estaba conformado por Vanesa, Elena y otros tres lobos más, que nunca antes había visto ni les había dirigido la palabra; era evidente que Danilo los puso para mantenerme bien vigilado. No por nada era su arma secreta.

Nos mantuvimos cerca de una arboleda atravesada por una autopista. Mientras recorríamos los matorrales escuché un lejano murmullo del agua cuando cae, seguido de los ajetreos de una pelea, o eso me pareció. Mis orejas de lobo se movieron a la fuente del sonido, nadie pareció percatarse de eso excepto yo. Un sutil resquemor en la nuca me hizo volver la mirada hacia donde se suponía venía el ruido.

En cuestión de un segundo decidí correr hacia allá, en realidad fue más in impulso repentino que una decisión racional. Con toda la velocidad de mis piernas fui directo a la cascada, sorteando a mi paso arbustos, árboles y rocas. El sonido del agua se hacía más fuerte. Podía sentir como los otros me seguían de cerca. Brinqué por sobre una gran piedra de río. Se despejó el camino, terminando este en una laguna que continuaba en un riachuelo que se llenaba por una cascada espumosa. Llegué justo a tiempo; cayendo de un flanco del desfiladero por donde caía la cascada estaba un licántropo cambiando de lobo a humano, parecía inconciente, si no es que muerto. Me impulsé hacia la cascada, extendía mi pata, que al siguiente segundo era una mano, estirándola a todo dar. Conseguí, por lo pelos, aferrarme a su muñeca, y de un tirón lo acerqué a mi cuerpo. Usándome como escudo humano, caímos a la laguna. Mi espalda tocó la superficie y use las piernas para volver a la superficie.

A penas asomé la cabeza fuera del agua fui socorrido por los otros. Cuando recostaron a mi rescatado pude verlo con detenimiento: Era un muchacho que no debía pasar de los 25 años, de contextura media y corto cabello oscuro. Se parecía a mí en mucho sentidos. Tenía el pulso bajo y respiraba a duras penas, por lo que cancelamos la búsqueda y lo llevamos al campamento.

Lo dejamos en mi tiendo. Elena y yo nos quedamos con él, Vanesa fue a buscar agua y unos trapos para hacerle los primeros auxilios. Tenía dos largas heridas frescas en la espalda. Pero no hizo falta tales atenciones; el muchacho no tardó ni cinco minutos recuperar la conciencia. Se llamaba Felipe.

Luego de recuperar la compostura, y contarle dónde estaba y cómo lo habíamos encontrado, nos pidió llamar a Danilo. Y así lo hicimos. Se apareció con aquel aire imponente que solía usar al estar en “modo de combate”.

—¿Para qué me necesitas, joven? —preguntó escrutando con frialdad la tienda entera.

Como se pudieran haber imaginado, las relaciones entre Danilo y yo se volvieron poco cordiales, por no decir hostiles. Pero no fue algo inmediato; con el paso del tiempo aquella amistas que nos unió se fue degradando desde el momento en que me permitió ver su autentica cara, no la mascara con la que me había engañado. Como una herida que se infecta hasta el punto que el pus se vuelve gangrena y no queda otra alternativa que amputar el miembro corrompido.

Ignorando la mutua indiferencia entre Danilo y yo, Felipe se ganó su atención. Sin molestarse en las formas o modales innecesarios empezó a explicar como había terminado cayendo de esa cascada: Era parte del clan de un tal Horacio, un Beowulf como yo; al igual que nosotros, ellos también se vieron atraídos a París por los extraños movimientos de los vampiros. “Algo muy malo está por ocurrir, y París será su epicentro”, recordó las palabras de su líder. Pero ocurrió algo inesperado: Se topó con un desagradable aroma familiar, desagradable por ser familiar. Sin pensar en otra cosa, se lanzó, dejando a un lado al resto de su clan, hacia la fuente de ese olor, arrastrado por las pesadas cadenas de la furia. Se acercó a la autopista, escuchó una motocicleta, era sin duda él: un cazador, aparentemente muy famoso entre los hombres lobo, que hace trece años fue responsable de un atentado que acabó con cerca de treinta licántropos, entre los cuales estaban sus padres y hermanos.

Apenas lo hubo encontrado —según lo relató el propio Felipe— se enfrascó en un violento combate con la causa de sus pesares, el cual terminó con el siendo derrotado, cayendo por el desfiladero donde lo encontré. Por los momentos estaba demasiado lejos del punto de encuentro de su clan, que de todas formas debía estar en medio de una misión en los suburbios de la ciudad.

Felipe se vio obligado, por órdenes expresas de Danilo, a mantenerse en cama hasta que sus heridas se recuperaran. Elena se mantuvo con él el resto de la noche, mientras que el resto fuimos a hacer nuestro reporte. Las exploraciones concluyeron a las pocas horas; en algún momento de la noche los vampiros se habían adentrado en París, invadiendo la basta red de catacumbas debajo de la ciudad, causando a su vez toda clase de caos y destrucción.  Sin duda esto era algo serio: nos hallábamos ante el escenario de una masacre. Pronto nos tocaría ponernos manos a la obra.

Me quedé sentado al lado de mi tienda por horas enteras, pensando en lo que vendría; mi miedo a ser usado, de una vez por todas, como un simple instrumento de los intereses de Danilo se acrecentó. Aun así, mientras más lo pensaba menos podía darme el valor para hacerlo. Otra vez mi cobardía ganaba la pelea.

Antes de darme cuenta ya era de mañana y Felipe salía del interior de la tienda como nuevo.

—Nunca me puedo dejar de sorprender por la velocidad con la que se curan nuestras heridas —dijo, no parecía que acabará de caer de veinte metros de altura.

Se sentó a mi lado.

—Sé que es algo repentino, pero quisiera que me ayudaras a regresar con mi clan —nuestros ojos se encontraron, sabía que hablaba enserio, como también sabía que para él estaba clara mi situación en el clan, por eso me pedía ayuda a mí. Y lo que agregó a continuación confirmó mis suposiciones—. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que aquí estas fuera de lugar. Por qué no te viene conmigo, necesito una escolta y no creo que tengas mucho que perder si te vas.

No había mucho que meditar.

—De acuerdo.

NOTAS:

UN día de atraso, pero en la semana que es, nada mal para entrar en calor. Aunque aun sea un resultado inaceptable.

El titulo del capítulo de hoy es Lobo de Segunda Mano por una película que me gustó mucho llamada Leones de segunda mano. Es una de esas cosas que te hacen pensar, si me piden mi opinión.

Empezamos, al fin, de conectar los sucesos de El Diario del Licántropo con los de La Maldicióndela Sangre, empezando aquí con el capítulo El Rey del Terror. En un principió quería que el lobo con quien se enfrentó Blade en dicho capitulo y la historia anexa fuera de Héctor, pero me disuadí de ello, sería demasiada coincidencia que tanto William como Héctor tuvieran una enemistad con el mismo hombre. Esto no es Harry Potter, donde todos se conocen con todos. Así nació Felipe Salvatore.

Me acabó de dar cuenta que, en la novela que estoy escribiendo para mi estreno como escritor novel, no tengo la misma profundidad psicológica que en esta improvisada obra de lobos y  no sé por qué. ¿Alguno de ustedes tiene una teoría de este fenómeno?

Si es así, por favor háganmelo saber. Estoy muy confundido al respecto.

Sin más que decir me despido hasta la próxima semana.