Cae el Maestro

Posted on 22 agosto, 2011

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Muy pocas cosas son capaces de asustar a William. Su inevitable sueño al morir la noche era una de ellas.

Por cuestiones de la suerte, sus andares erráticos lo llevaron como tomado de la mano a un mausoleo abandonado. “Sería un gran lugar para descansar”, pensó. Al cerrar la pesada puerta de acero oxidado él se sumergió en las reflexiones recurrentes que le hacían temer sus horas de sueño.

Cada vez que cerraba los ojos tenía el mismo sueño, aunque llamarle recuerdo sería más apropiado. Y en esta ocasión no sería diferente.

William se halló de vuelta en la mansión de su Maestro, en la ya muy lejana Inglaterra. El sol agonizaba sus últimos minutos, sólo para resucitar al otro lado del horizonte a la mañana siguiente. Llevaba cerca de seis meses desde su primer encuentro con aquel vampiro de quinientos años, tan poderoso y sabio que apenas si podía imaginarlo. Un ser más allá de su comprensión en muchos aspectos. Cada noche traía consigo un nuevo aprendizaje. Con la ayuda de este sorpresivo guardián muy pocos misterios quedaban a esta, su condición de merodeador nocturno. Nunca más William sería ignorante de los poderes que lo obligaban a vivir por el resto de la eternidad.

La noche ya no le resultaba tan oscura como antaño.

Le tomó pocos días el crearse una pequeña rutina. Nada del otro mundo. Antes de reunirse con Gabriel, generalmente encerrado en la lectura de una de sus clásicas novelas de misterio —adoraba los relatos de Sherlock Holmes. Solía ufanarse de haber conocido de Sir Arthur Conan Doyle en su juventud— en la biblioteca, él se daba un paso por el ala este de la mansión. La razón de esto no podía ser más sencilla.

“No se puede negar que Gabriel tiene estilo”, se decía William en secreto, “estilo y buen gusto”. Frase pasado por su mente cada vez que entraba en los corredores del ala este; lugar más parecido a un museo que a un hogar. Pero era un hogar, pero para nada un hogar de personas ordinarias. Era la casa de un amante del arte y la ciencia, algo que se arraigaba desde mucho antes de ser vampiro, algo que debía provenir de su vida como mortal ¿Quién fue su Maestro cuando el sol no le amenazaba con una muerte fulminante?

Cuadros. Retratos impecables de corte post renacentista, de los años de la ilustración y de la época neo clasicista eran sencillamente fascinantes. Paisajes, bosques, llanuras doradas, atardeceres y ocasos plasmados en el lienzo por la milagrosa pincelada de algún artista anónimo capaz de imitar, si no es que superar, la belleza del mundo siempre cambiante. Un suspiro de belleza petrificado en el tiempo para siempre ser admirado.

Había mucha clases de pinturas además de paisajismos —retratos, representaciones, alegorías, conmemoraciones; todo lo que pudieras imaginar ahí estaba—, compuestas con armonía y elegancia en las paredes cual si fuera una exposición abierta al público. Pero no, todo era para William. Y William solo le interesaba los paisajes, y uno muy en particular.

En una esquina, relegado a un absurdo segundo plano, se hallaba colgada su pintura favorita. Un sencillo ocaso en tonos rojizos y dorados en medio de una playa que terminaba en un acantilado de pulcro granito blanco.

Para unos ojos acostumbrados a la oscuridad, ese cuadro presentaba un panorama brillante.

William dio vuelta en la esquina próxima, solo para detenerse ante un puesto vacio donde debería estar una elegante mesa de caoba. En contra de su voluntad, el contemplar ese lugar vacio, esa nada, también se había vuelto parte de su rutina. Todo gracias a la historia tras la desaparición de esa mesa.

Dicha historia se dio unos pocos días después de su llegada a la mansión, precisamente durante su habitual paseo antes de encontrarse con su Maestro. Luego de dejar atrás su adorado atardecer en el acantilado de plata, en ese momento se encontró con Elizabeth; la compañera vampírica del maestro por los últimos cien años. Era una mujer arrebatadora, de eso no hay duda: Su cabello era rojos intenso, al igual que sus preciosos y grandes ojos; su piel, blanca y perfecta; su figura esbelta y labios voluptuosos. Cada rasgo de su cuerpo destilaba en sensualidad y atracción. Una diosa que brilla a la luz de la luna y las estrellas.

—¿Dónde está Gabriel? —preguntó ella.

—En su biblioteca, quizás.

Muchas cosas pasaron en muy poco tiempo.

Elizabeth se abalanzó sobre él, con su gran velocidad le atrapó el cuello entre sus largos dedos blanquecinos. Sólo necesitó un brazo para levantarlo del suelo.

—Qué te hace ser tan interesante para él.

Él no se molestó en contestarle. Nada más la miraba con ojos desafiantes, como diciendo sin decir nada: “Haz lo que quieras, no mi importa”.

Era el colmo, cómo se atrevía un novicio a irrespetarla. Cual si fuera un muñeco de trapo, Elizabeth arrojó a William contra una mesa cualquiera, la cual se desbarató bajo su peso. Luego de eso ella abandonó la mansión sin darle explicaciones a nadie, ni rastro quedó de ella. Como si nunca hubiera vivido allí Elizabeth, la Doncella Sangrienta.

Curioso. Con su partida la casa perdió algo de su toque hogareño, su familiaridad, esa sensación indescriptible de un verdadero hogar, no unas cuatro paredes cualquiera, puesto para resguardar del tiempo y los elementos un montón de frías pinturas, estatuas sin expresión y libros mohosos que ya no tenían nada nuevo que decir.

Por más que el maestro lo negará, la partida de Elizabeth lo había afectado. Después de su partida, eran raras las veces en que saliese de la biblioteca. Siempre leyendo, siempre con un libro entre sus manos; transportándose en las vidas e historias inventadas por terceros para abandonar, dejar de lado, su propia realidad. Solo él podía tomar las riendas. Si no meditaba sobres sus tristezas sería como si estas no existieran, ¿cierto?

William dejo el hueco donde debería estar la mesa. Antes de llegar a la biblioteca tenía que pasar por la estancia principal.

Allí estaba su maestro, parado a pocos metros de la entrada. La puerta estaba abierta. Él, quien le ayudó a William a recuperar aunque fuera una pizca de su lado humano, miraba a los últimos rayos del ocaso.

—Dime, William ¿poder vivir por siempre nos da el derecho de hacerlo? —preguntó mirando tras de su hombro.

—¿De qué hablas, qué demonios significa todo esto?

Silencio. Las sombras se alargaban al ritmo que el sol moribundo caía en el horizonte.

—“Estoy siempre conmigo y soy mi propio atormentador…”

William se acercó, podía adivinar lo que estaba por suceder, y eso lo asustaba.

—Por favor, no digas esas cosas —pidió a su maestro.

—Soy como un reflejo en un espejo de plata, y como tal, por más bello e ideal que parezca, soy solo un reflejo, una sombra, un rumor de lo que un día fui — contestó este. Tras decir esto comenzó a avanzar, a dar un paso tras otro, lento y calmado, al portal abierto.

—¡No lo hagas!

William salió corriendo hacia su maestro, apenas si consiguió tomarlo del brazo antes de que este le arrojara a un lado. Sus movimientos fueron tan rápidos que él no pudo ni verlos.

—“Los vampiros hemos sido creados para ser el azote del hombre, su peste. Formamos parte de los avatares y tribulaciones de este mundo…”

Él miraba a su aprendiz con cariño y una pequeña luz de esperanza en sus ojos rojos ¿Qué significaba todo esto?

—O al menos así fue desde el momento en que la maldición que me condenaba a sufrir sed de sangre eternamente se apoderó de mí. Dejo el futuro en tus manos…

—No —trató de detenerlo William.

—… Solo esperó que seas capaz de hacer lo que yo nunca pude.

Otro paso más. El sol comenzó a acariciar su cabello y frente. El efecto fue inmediato; como si fueran lenguas de fuego infernal, la luz opaca del atardecer comenzó a carcomer en carne y hueso al maestro inmisericordemente. Esos fueron los últimos instantes del maestro que le enseñó a William a ser un humano de nuevo. Se había esfumado, calcinado por los últimos rayos del sol de la tarde.

—¡Gabriel!

Fue corriendo hacia él, hacia sus cenizas, lo único que demostraba que alguna vez había existido alguien llamado Gabriel Valerius.

El sueño había terminado.

Se hallaba aún escondido en aquel mausoleo, acompañado únicamente por cadáveres polvorientos, familiares olvidados haces años ya de alguna antigua familia acaudalada.

“Otra vez lo mismo”, pensó. La pesadilla en que veía morir a su maestro siempre terminaba en el mismo punto: Su desesperada carrera para rescatar cualquier vestigio que quedase de él.

Siempre el dios de los sueños olvidaba lo ocurrido luego, pero él si lo recordaba, lo recordaba muy bien. Se había grabado al rojo vivo en su memoria. Sin importarle nada ya, atravesó los mortíferos rayos del ocaso, donde estaban los restos de su maestro. Y no le hicieron nada. Por primera vez en diez años de vida como vampiro, William pudo contemplar un ocaso, sentir la calidez del sol en su fría piel y experimentar la misma dicha que sentía al ver esa pintura del ala este multiplicada por mil.

—¿Qué me hiciste, Gabriel? —le preguntó a la memoria de su maestro acurrucado en una esquina de la tumba.

NOTAS:

Nuevo Cuento de lo Grotesco, esto lo tenía pautado desde hacía mucho tiempo. Desde que empecé a escribir estos relatos.

Por cierto, de lo que dijo Gabriel, las líneas entre comillas son sitas de otros autores. Una de Anne Rice y la otra de Lev Tolstoi, ¿a qué no adivinan de quién es cada una?

Lamento mi tardanza, pero como ya sabrán estoy escribiendo lo que será mi primera novela publicada de forma oficial. Así que no pude prestarle la atención merecida a ustedes y a mis queridos monstruos. Pero ya no más.