Capítulo Veinte: Lobo Traidor

Posted on 19 agosto, 2011

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A lo largo de mi vida he estado más de un vez entre las rejas; de hecho, fueron tres. La primera fue cuando tuve que ser recluido en aquel sucio sótano de Florencia por mi propio por último las mazmorras  del castillo de los vampiros.  Cada encierro peor que el anterior, más terrible y más desgarrador. Como quisiera borrar de mi memoria esas horas de triste soledpadre, después estuvo la cárcel de Danilo y ad y derrota total.

Desearía poder saltarme esos sucesos, en este, el relato de mi vida, pero sería como quitarle a una historia su clímax y final ¿Cómo arrancar momentos tan trascendentes para el desarrollo de los acontecimientos futuros? Es imposible. Cada minuto que pasaba en la oscuridad, el dolor transmutaba mi alma como si pasaran diez años de tragedia. El peor veneno del espíritu es la oscuridad

¿Hasta qué punto he sido corrompido?, no lo sé.

Desperté con la abrumadora peste de sangre mezclada con humedad y mugre. Una atmosfera pesada, difícil de respirar. Nada más se escuchaban los latidos de mi corazón, mí pesada respiración y el incesante goteo en alguno de los recovecos oscuros del lugar; cada uno a su ritmo, cada uno interfiriendo a los otros, cada uno una orquesta a la desesperación. Al levantarme, perdí el equilibrio por un instante, pero de alguna forma me las arreglé para tocar con la mano una pared. En ella me apoyé y dejé caer. No había otra cosa que hacer, estaba a la completa merced de mi carcelero.

Tras ponerme lo más cómodo posible, pasé horas enteras, o al menos así me parecieron, con la mente en blanco. Miraba la espesa negrura pero no veía nada. Según mis cálculos posteriores pasé así toda la noche siguiente al ataque a la villa. Por alguna razón el estar esa situación de encierro, en ese terror opresivo que esperaba la menor muestra de debilidad para presentarse, no me causó muchos resquemores. Es más, hasta podía haber considerado en algún momento de mi presidio como relajante. Tanta oscuridad y silencio parecían ser el paliativo perfecto contra el dolor del que era víctima. No, no era solo contra el dolor; la traición, la ira y el desengaño también estuvieron presentes. Acompañándonos los unos a los otros, siempre juntos.

Cuando empecé a llorar, no tengo idea. Pero Elena me encontró, al entrar en la mazmorra, Elena me encontró: finos arroyos de lágrimas se deslizaban por mis mejillas hasta terminar en un charquito a mi lado. Debí parecerle patético. Luego de traicionarme y darme la espalda, lo menos que podía hacer era mantener la compostura frente al enemigo, aceptar mi propia estupidez. Admitir que fui usado con un mínimo de dignidad.

Pero no era capaz de hacer nada de eso. En verdad soy patético.

—Héctor —sus ruegos ya no hacían mella en mí. Antes hubiera movido cielo y tierra al oír semejante suplica soltada por sus labios, mas ahora me resultaban enteramente indiferente.

¿Qué ha pasado conmigo?

—Héctor, por favor, mírame…

Elena, qué haces llorando por mí. Me negaba a darle la cara. Cómo hacerlo. Era una petición tan llena de maldad como la del verdugo cuando, luego de flagelar hasta la saciedad a su víctima, le obliga a mostrarle a aquel sádico creador extasiado su obra sangrienta.

¿Por qué, Elena? ¿Por qué deseas ver el despojo de tu desengaño? ¿Acaso disfrutas el contemplar las marcas de latigazos en mi alma?

No quería hablarle, mirarle ni escucharle. Pero ella no se dada cuenta o no quería aceptarlo. Me quedé inmóvil en mi pena; Elena intentaba hacer reaccionar. Primero tocándome, luego zarandeándome, luego rogándome quién sabe qué cosa —de haber escuchado sus suplicas, hubiera terminado todavía más herido ¿Por qué?—, luego tomándome del rostro para hacerme mirarla a los ojos, pero en cambio yo los puse en el techo o en cualquier otro lado que no estuviera ella presente. Así siguió en sus intentos hasta que, quince minutos luego, se dio finalmente por vencida.

Se quedó en silencio por un breve momento. Nos quedamos así, uno al lado del otro.  Cerca como siempre, apartados como nunca. La presión de la expectativa, de la humedad y la negrura, empezaba a oprimirme.

Entonces, ella habló:

—Desde muy pequeña mis padres solían contarme un cuento diferente todas las noches, justo antes de dormir. Para que no me dieran pesadillas, decían.

Había escuchado antes eso, ¿en dónde?

—Ellos eran Beowulfs como tú y como yo. Siempre pensaban primero en el bien de los demás en lugar del propio. Me llamaban se “estrellita”. Siempre decían que había nacido por el deseo que les concedió una estrella fugaz.

>>Un día tuvieron que salir a una misión. Cosa rutinaria para ellos. Así que me acurrucaron en mi cama, me arroparon con cuidado y, como siempre hacían, me contaron un cuento: La historia del viaje por un mundo mágico —con gatos que hablan, gusanos fumadores y comida que te hacía cambiar de tamaño— de una niña común y corriente. Me pareció lo más maravilloso del mundo.

>>Había dejado de lado el sueño. Quería escuchar el final de la historia de todo corazón, pero alguien toco a la puerta de mi habitación. Llamaron fuera a mis padres, era hora de salir a la misión.

>>Papá me acarició, siempre terminaba despeinadme con esas enormes manos suyas —pude escuchar una sonrisa provenir de ella—, y mamá me besó en la frente y me abrazó con fuerza. Casi como si supiera que sería el ultimo abrazo que podríamos darnos. “¿Me contaras el final de cuento cuando vuelvas?”, le pregunté medio adormilada. “Por supuesto, mi estrellita”.

Abrí los ojos de par en par. A pesar de estar sentado, las piernas me temblaban, al igual de que manos. Elena se quedó en silencio. Sabía que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no romper en llanto ahí mismo. Por qué me sentía tan asolado al saber que ella estaba triste y desconsolada. ¡Ella me traicionó!, a mí y a eso pobre hechiceros que nunca conoceré, pero cuyas muerte todavía me duelen en el alma.

Deseaba odiarla, maldecir su nombre una y otra vez, hasta estar satisfecho. Pero no era capaz de albergar ningún sentimiento de esa naturaleza contra ella. Mi corazón no quería mis deseos.

Mi mano se movió por sí sola, se posó en la mejilla de Elena; cabizbaja. Traté de decirle algo, pero ella no me lo permitió. Me tapó los labios con el dedo índice y, sin mirarme, continuó con su relato con un hilo de voz.

—Para cuando desperté, la mañana siguiente, no los encontré en ningún lado. Salí a la estancia principal y me encontré con todo el clan reunido alrededor de Danilo y de los Beowulfs. Acababan de volver. Mis padres no estaban con ellos. Danilo se dio cuenta de mi presencia. Me cargó con cuidado y en silencio me sacó de allí. No dijo ni una palabra hasta que regresamos a mi cuarto. Encendió la luz, me sentó en mi cama y se puso de rodillas frente a mí; con lo cual nuestros rostros quedaron al mismo nivel.

>>“¿Dónde están mamá y papá?”, le pregunté.

>>Danilo se quedó callado. Dejó un pedacito de tela negra sobre mi regazo. Luego dijo, notoriamente apenado:

>>“Te suplico que me disculpes, debí haberlo sabido. Debí haberme dado cuenta que no sería tan simple luchar contra esos cazadores… fueron valientes hasta el final”.

>>El sentimiento con que dijo la última parte me hizo notar que ya no hablaba de los cazadores. Recuerdo que no entendí aquellas palabras al principio, pero las lágrimas ya empezaban a salir. Danilo me tomó de las manos y me abrazó.

>>“Les debó la vida, y ahora no puedo pagarles esa deuda”, me dijo con voz dolorida, “pero al menos déjame resarcirte el daño que te he hecho”.

>>Recuerdo que abracé a Danilo, lloré sobre su hombro hasta que se me secaron los ojos. Siempre con la mano encerrada en el guante del cazador que había matado a mis padres.

Entonces Elena me puso entre las manos aquel trozo viejo de tela negra que tanto nos hubo separado en el pasado, pero que ahora intentaba volver a unirnos.

—Ya sabes por qué conservo todavía este guante.

Me le quedé viendo, atolondrado y sorprendido. Elena levantó el rostro, estaba sonriendo con una sonrisa medio forzada pero sincera. El corazón me dio un vuelco. ¿Por qué?, ¿por qué no podía resistirme a su encanto?

¿Qué tenía ella que me fascinaba tanto?

—¿Héctor?

—No te preocupes, todo está bien —dije. La rodeé en un abrazo agridulce. La razón me gritaba para tenerle resentimiento pero el corazón se negaba a obedecerle.

Quedamos así: sintiendo la respiración del otro, escuchando los latidos de ese corazón ajeno pero tan cercano como el propio.

Luego de una eternidad envuelto en el sobrecogedor calor de los brazos de Elena, por fin nos separamos. Me tomó de la mano y me sacó de aquel oscuro lugar; subiendo unas escaleras y abriendo una oxidaba puerta de metal.

El fulgor del sol me encegueció por un instante, con la mano medio cubrí mis ojos. ¡Qué maravilloso era sentir esa tibieza en el rostro! Apreté la mano de Elena embargado como estaba en un sentimiento de felicidad desbordante que arrasó toda aquella soledad y desesperación, la regresó al sótano infecto de donde había provenido. Ya no había lugar en mí para tristezas.

El aire fresco de la mañana llenó mis pulmones como si fuera la primera vez en la vida que respirase. Cuan delicioso fue ese desconocido perfume. Siguiendo el rastro del dulce aroma, miré por sobre mi hombro. Las formas y figuras de mi entorno. Estaba en un pasillo largo, en donde a un lado había una infinidad de ventanas, que dejaban pasar cortinas de luz esplendidas; y por el otro, cuadros y puertas parecida a la por donde había pasado.

Hermoso. Caí en un estado de embelesamiento del que apenas si pudo sacarme Elena al empujarme gentilmente por la espalda. Me sentía esplendido. El haber sobrellevado mi experiencia más cercana a la muerte hasta entonces —creía que la muerte era solo oscuridad y silencio, un lugar de sombras donde, sin importar cuánto se grité, ninguna palabra saldría de tus labios— me había hecho notar el contraste con aquella luz preciosa destilada por las ventanas y esa misteriosa fragancia que aspiraba con glotonería.

—Ahora no tenemos tiempo para esto, espero que puedas entenderlo —escuché decir a Elena a mis espaldas. No hablaba conmigo.

Miré otras vez por sobre mi hombro. Vanesa se hallaba de pie junto a la puerta que daba al lugar de mi encierro. Tenía los dedos sobre los labios de forma nerviosa, le tiritaban, y sus ojos daban la impresión de que había estado llorando por un largo rato y hasta hacía poco. Aún así, ella me sonrió; tímidamente, pero me sonrió. Hice lo propio.

Fui llevado por Elena al ala central de la mansión. Nos detuvimos frente a una inmensa puerta doble de madera barnizada. Se me hizo fácil intuir quién me esperaba del otro lado, y Elena despejó mis dudas al susurrarme en el oído:

—Danilo te está esperanto, por favor, escucha lo que tiene que decir antes de juzgarlo —me besó en la mejilla, nuestros ojos se encontraron—. Lo mismo para mí, suerte.

Me dejó solo frente a la puerta. Tragué saliva y me troné los dedos antes de abrir la puerta. Si iba a enfrentar a Danilo no podía estar ni temeroso ni inseguro. Me planté, sin mirar a los lados, en el meró centro del despacho iluminado por una gran araña de cristal en el techo, muy parecía a la que había en la sala principal. Detrás de un macizo escritorio se encontraba Danilo. Sus ojos no se apartaron de mí en ningún momento. Al atmosfera se llenó de un silencio tenso. Sus intimidantes y dorados ojos se encontraron con los mios, de igual color.

—Ya debes tener una buena idea de por qué estás aquí —dijo por fin.

De inmediato se abrió la fuente de mi indignación. Me planté de súbito en frente de Danilo, del otro lado del escritorio, y le dije, haciendo u esfuerzo supremo por controlar mis ánimos:

—La pregunta correcta sería: ¿por qué no me mataste?

—Puede que no sea capaz de entender lo que te voy a decir, pero mientras no seas un estorbo para mis planes no me interesa si lo haces o no. Debes meterte en la cabeza de una vez por todas que este no es el mundo dulce e inocente que te metió en la cabeza tu padre traidor, porque es cualquier cosa menos inocente. Si quieres sobrevivir más te vale que no lo olvides.

—¡No me importa!

Danilo sonrió.

—Cuando te enfrentaste a mí ocurrió algo verdaderamente interesante. Normalmente ya estarías muerto, pero gracias a ello sigues aquí, dos días después. Date por afortunado…

Dos días, estuve encerrado dos días.

—¿Qué paso? —pensé en voz alta.

—Usaste el miasma —contestó Danilo—. Aun entre los más experimentado, esa es una habilidad poco común, eso sin contar que la usaste de forma espontanea. Y esta vez no te hiciste daño, como en la pelea contra el cazador en el bosque.

Mi brazo, los vendaje, las heridas de cuando conocí a Elena; se debía a eso que Danilo llamaba miasma. Me aferré el brazo que fue herido en esa ocasión con la otra, con fuerza. No entendía nada de esto, y cada palabra dicha por Danilo me confundía más. ¿Qué era el miasma?

Danilo pareció leer mi pensamiento.

—El miasma es una capacidad que poseen los licántropos, mediante la cual somos capaces usar una especia de magia más sutil. El fuego que reside en nuestro interior, que nos permite cambiar de forma, la podemos canalizar fuera de nuestros cuerpos y usarla como arma y para otras tareas. Es extremadamente raro encontrar a alguien con un talento natural para liberar semejante cantidad de miasma sin morir en el intento. Con el entrenamiento apropiado puedes llegar a ser nuestra arma definitiva contra los vampiros.

Me quedé en silencio, necesitaba digerir toda esa nueva información. Danilo por su parte, sacó una pistola de su escritorio y la puso delante de mí.

—Esta es una de las armas diseñadas por los hechiceros y que fue usada por un cazador para asesinar a los padres de Elena. Yo era el objetivo de ese maldito, pero fueron ellos quienes tuvieron que dar sus vidas en mi lugar —otra vez esa mirada de profundo dolor y odio; en momentos como ese, extrañamente, sentía lastima por él—. Cosas como estas —y apuntó con el dedo a la pistola como si fuera algo repugnante— eran las que se fabricaban en el pueblo que atacamos. Un mero rasguño con una de estas y cualquier hombre lobo resultaría muerto.

—Eso no te da derecho a hacer lo que hiciste —comenté. No tenía mayores argumentos para defender mi posición, pero estaba seguro que tenía la razón.

De golpe Danilo se levantó de su silla.

—No, pero si el deber de defender a los míos —dijo—. Y no pienso detenerme por estúpidas consideraciones cuando, en cualquier momento y cualquier lugar, cualquiera de mis hermanos puede ser asesinado por alguna de esas bestias. Es matar o morir.

No podía seguir escuchando esa basura, di media vuelta y me dispuse a salir. Mi indignación sólo era superada por mi miedo. De que si seguía escuchándolo, terminaría considerando sus palabras como ciertas. No quería ser esa clase de monstruo.

—Que no se te olvide que se te permite vivir gracias a mí —dijo Danilo antes de que saliera yo de su despacho.

Una tremenda sensación de nauseas me recorrió el cuerpo entero cuando regresé a mi habitación. Y aunque todo estaba tal y como lo recordaba, nunca me volvió a parecer el mismo lugar familiar y acogedor de antes. Nunca.

NOTAS:

Regresamos al ruedo luego de pasar una temporada de mi elixir llamada: Los comentarios de mí amado público.

Se les extraño.

Quise, como en la mayoría de mis villanos, revestirle a Danilo un carácter no tan del todo malvado. Ósea, que es malo, pero tiene razón para serlo. No puedo decir que él este en una equivocación, pero sí que no está en lo correcto.

La frase con que Danilo se despide de Héctor es de Vampire Knight, sale de la genialidad aguada de Kuran Kaname. Enserio que se echa un par de frases bien buenas.

Al fin se me ocurrió el nombre del superpoder de los hombres lobo y de los vampiros (el antes cacareado Nexo con la muerte, ahora pasa a ser ectoplasma). Aunque me parecen un poco simples.

Si alguno de ustedes a leído una dolorosa cantidad de veces Harry Potter y El Misterio de Príncipe, sabrá que significa la escena del perfume y la salida de Héctor del sótano.

Eso es todo por ahora, cuídense ¿quieren?

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