Capítulo Diecinueve: Lobo en la Mira

Posted on 17 junio, 2011

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El único sonido audible provenía de la hoguera; sólo podía ver lo abarcado en su luz rojiza. Observar a las cenizas escarlata elevarse por los aires hasta perderse en el cielo gris era una inútil distracción a los nervios que en cualquier momento me obligarían a salir disparado al campo de batalla. Me repetía una y otras vez que debía mantenerme en mi posición por el bien de la misión, pero la ansiedad era demasiada. Fui a estirar las piernas, procurando mantenerme cerca del fuego.

A pesar de ser mediodía, el manto de nubes oscuras hacía parecer que la noche se hacía presente antes de tiempo. Llegamos a las afueras de la villa a la hora planeada, de inmediato nos desplegamos según los precisos lineamientos de Danilo. El grupo de asalto se abalanzó contra el pueblo de los hechiceros, mientras que yo, y el resto de la retaguardia, nos colocamos alrededor del mismo. Rodeado como teníamos al enemigo, nadie podría escapar; con la orden de Danilo nos cerraríamos sobre el pueblo y arrasaríamos con hasta el menos rastro de las fábricas de armas destinadas para los cazadores.

Ya iban dos horas del ataque principal y la falta de noticias del frente me afectaba, no tanto por mantenerme sin hacer nada como por el paradero de Elena y Vanesa. Si algo llegaba a pasarles mientras que yo estaba haciendo el vago no podría perdonármelo.

Los truenos se dejaban escuchar a la distancia. Una tormenta se acercaba a paso seguro. Siendo la compañía natural de los truenos, los rayos también se hicieron presentes. Un rayo. Fue un rayo lo que encaminó mi destino hacia el sendero de las tristezas. Si tan solo no hubiera volteado al sentir el resplandor blanquecino, las cosas serian muy diferente a lo que son ahora. En el breve instante que duró el destello vi a un pequeño, no mayor de los trece años, corriendo por la espesura. Despavorido y con una cara de horror tan profundo que calaba hasta los huesos. Nuestras miradas se encontraron.

“Que alguien me ayude, por el amor de Dios, ¡ayuda!”, parecía rogarme con sus ojos empapados de lágrimas. Él se detuvo al notar mi presencia, el último brillo de esperanza se apago de su rostro se esfumó de su rostro. Se desmayó. De entre la oscuridad salió un descomunal lobo, de eso escapaba el niño.

Era evidente lo que vendría ahora.

El lobo salió disparado contra el cuerpo inerte, incapaz de defenderse. De alguna forma terminé encarando al lobo, lo sujeté por el. El peso del animal era increíble, pero en comparación a un demonio de la luna, no era nada. Concentré mi poder en las piernas y brazos, azoté al lobo contra el suelo con tanta fuerza que el suelo tembló con el golpe. Cambié de forma. Me apoyé en mis cuatro patas, medio agazapado.

Me sorprendió el notar como mis emociones y los latidos de mi corazón estuvieran tan calmados y serenos. Mi mente se concentraba únicamente en mi enemigo. El lobo se levantó tras reponerse de la zarandeada, listo para continuar con la pelea.

Puse mi cuerpo entre el lobo y el muchacho ido. Ambos, mi enemigo y yo, empezamos a gruñir y hacer fintas de atacar; a la espera de quien haría el primer movimiento. Conocía mis limitaciones mejor que nadie, sabía que  si la pelea se alargaba, gracias a mi poca experiencia y habilidad, terminaría perdiendo.

Me lancé contra el lobo, me esquivó por los pelos. El intentó morderme pero me eché a un lado, volviendo a mi posición de escudo del muchacho. Seguimos intentando lanzarnos zarpazos y mordidas el uno al otro, cada quien esquivaba a su atacante. Un baile sin sentido ni gracia entre animales. Aunque, al final, se volvió más una pelea por conseguir el espacio, el hueco en la guardia del oponente, para asestar el ataque definitivo que por herir al adversario como tal. Evitar las arremetidas del lobo era difícil, apenas podía seguirle el ritmo; con una de sus enormes patas delanteras me acertó a dar en la mejilla, por suerte fue sólo un rasguñó superficial.

Trastabillé, mi yugular quedó expuesta; la oportunidad esperar por el lobo. Dominando por sus instintos se arrojó contra mi garganta.

La pelea estaba decidida… Yo gané.

Al atacarme tan descaradamente, bajó la guardia. Giré de forma casi imposible hacia él, cerrando mis mandíbulas sobre su cuello, procurando no lastimarlos pero si sostenerlo con firmeza. Los lancé por los aires cual muñeco de trapo, su espalda terminó chocando contra unos árboles que se desmoronaron al impacto. Tras despejarse el polvo y las hojas sueltas, solo quedaba un montón de madera hecha girones sobre un lobo inconsciente. De haberse mantenido mi oponente centrado en sus emociones se hubiera dado cuenta de mis verdaderas intenciones. Todos mis movimientos habían sido por entero premeditados, a sabiendas de lo sencillo que le era, a un licántropo, perder los estribos en una pelea, utilicé esa carta a mi favor.

Volvía mi forma humana. Fui a donde estaba el niño, por suerte había conseguido mantenerlo lejos de la pelea. Parecía dormir apaciblemente entre algunos helechos. Lo tomé por los hombros, una sustancia espesa mojó mis dedos; aun en la poca luz podía notar como el niño se veía demasiado pálido. Solo necesité verme las manos.  Lo abracé con todas mis fuerzas, de seguro le hubiera hecho daño de haber estado vivo.

Mis lágrimas se fueron confundiendo con la lluvia que empezaba a caer.

Cuando por fin dejé al niño a un lado, me volví a ver las manos. Estaban dolorosamente rojas. Pero el agua de lluvia se encargaría de limpiar la sangre de mi deshonra, mas de mi pena. Ni a un niño, no fui capaz de salvar ni a un niño. Los truenos ahogaron mi alarido de rabia e impotencia.

El eco de mi aullido no  se había disipado del todo cuando el lobo se volvió a poner de pie. Soltó un rugido animal y metálico a los cuatro vientos. Aun como humano podía entender a la perfección su significa y el peligro que representaba para mí. “Un traidor, mátenlo”, decía. Un aullido de pronto se volvió dos, luego tres y, antes de darme cuenta, una orquesta de lobos cantaba su acusación contra quien, desde ese momento, dejó de ser parte del clan. Un traidor sólo podía esperar la muerte.

Me alcanzarían en poco tiempo, si conseguían rodearme ya no tendría oportunidad de escapar de ellos. Así que salí corriendo; primero en dos piernas, luego en cuatro patas.

La pregunta ahora era “a dónde ir”. Sin el clan estaría absolutamente solo y a la merced de cualquier enemigo que pudiera aparecer. Entonces me llegó la solución ideal: Con la ayuda de Danilo, quien de seguro se pondría de mi lado, podría resolver este malentendido; porque eso era, un malentendido. Sin duda el ataque a ese muchacho era un evento aislado, nadie podría estar de acuerdo con algo así.

Di media vuelta, a toda velocidad, ahora me dirigía al pueblo de los hechiceros. Pasé de largo al lobo con quien había luchado recién, todavía estaba atrapado.

El bosque a mi alrededor era poco más que un montón de borrones y figuras difuminadas de luz y sombra por donde iba avanzando con una agilidad tremenda. Mientras que a mis espaldas sentía el avance de mis nuevos enemigos lobos, sin duda dispuestos a darme muerte si yo se los permitiese. En vez de estar asustado, o preocupado por ello, saberme perseguido me dio más fuerzas a la hora de correr.

Por entre los troncos de los árboles que esquivaba delante de mí, pude notar las luces del pueblo acercándose. En un suspiro pase del oscuro bosque a un promontorio de granito que me permitía ver la totalidad del pueblo.

“¡Arde, Troya, arde!”, fue lo que pensé al ver las columnas de humo elevándose de las casas y otros edificios hacia el cielo gris y al ver las lenguas de fuego lamiendo cuanta cosa se estuviera a su paso, devorando indiscriminadamente. Me quedé anonadado al ver la danza de las llamas destruyéndolo todo, pero no por eso me podía dar el lujo de dejar de lado mi objetivo. Los lobos tras de mí se seguían acercando. Llené mis pulmones con aire fresco de lluvia, contaminado con algo de ceniza. Ya sabía dónde estaba Danilo, y Elena estaba con él.

Caí sobre el pueblo cual si fuera un cometa., apenas me vieron pasar los demás lobos de lo rápido que iba, menos mal que no sabían de lo ocurrido en lo bosque, de lo contrario me hubieran atacado sin vacilación alguna. Nada más tuve que seguir por la calle principal, en cuyo final se encontraba una plaza y una fuente, tras la cual se podía ver una casa de tres pisos. La más grande del pueblo. En la planta baja estaban Danilo, Elena y otro grupo de lobos, además de un par de personas más. Todo esto me lo dijo mi nariz.

Sin bajar la velocidad crucé la plaza, brinqué la fuente y llegué al frente de la casa. Usando tanto mi cuerpo como mi fuerza, choqué contra la robusta puerta de la misma, golpeé la madera como lobo, pero aterricé dentro de la casa en mi forma humana.

—¡Danilo!

Allí estaba él, su gigantesco cuerpo me daba la espalda; miraba fijamente a una familia tirada en el suelo y de apariencia poco menos que miserable. El padre y la madre servían de escudos para los tres pequeños hijos, quienes se estremecían ante la visión de aquel ser repleto de cicatrices y de apariencia descomunal e imponente. Mis ojos se posaron en esos podres desgraciados, me quedé sin palabras; o, mejor dicho, la mente se me nubló.

—¿Héctor? —Elena se apareció en frente de mí, casi parecía querer taparme la vista de esa gente tirada en el suelo, pero al ser más alto que ella, sus intentos era en vano— ¿Qué haces aquí?, debes regresar a tu posición, ahora.

Intentaba, mientras hablaba, de sacarme de la casa con empujoncitos nerviosos y sin mucha fuerzas, yo me mantenía inamovible.

—No entiendes, algo muy grave está pasando.

Conseguí susurrar de algún modo, a lo que Danilo contestó.

—Entonces escuchemos lo que tiene que decir el joven —la voz de Danilo era una sombra distante de la cordialidad con que siempre me hablaba; y, por alguna razón, me causó un leve escalofrío en la espalda.

Entonces se volteó a mirarme. Su expresión era intimidante, oscura, casi tenebrosa y que denotaba como su mente esta, si no fuera de sus cabales, en la delgada línea que separa la razón de la demencia, así de abstraído se hallaba en su odio. Aquella expresión de odio que le había visto antes —cuando me hablaba de vampiros o hechiceros —, ahora mil veces más marcada ¡Qué te habían hecho para volverte en eso, Danilo! Pero no importaba, al menos no en ese entonces. Traté de hacer a un lado todo y decir lo que tenía que decir.

—En el bosque acabo de ver como mataban a un niño, fue un miembro de nuestro clan —expliqué agitado; mi respiración, entrecortada, apenas si me dejaba hablar.

Luego, una pausa; tan pesada como miles de cortinas de hierro sobre mi pecho, una encima de otra.

—¿En el bosque dices? —preguntó Danilo llevándose los dedos a la barbilla en actitud pensativa, parecía que estuviera burlándose de mí—. Me sorprende que alguien hubiera llegado tan lejos, en especial si se trataba de un niño. Muy impresionante, los jóvenes por lo general solo pueden usar las magias más elementales, un muchacho astuto. Menos mal que fuimos más astutos que él.

No podía creer lo que escuchaban mis oídos. Hablar de esa forma, como si se estuviera refiriendo al clima o  cualquier otra trivialidad, de la muerte de un pequeño a manos de sus hombres… Cómo era capaz de ser tan desalmado; no, es no es la pregunta correcta, la pregunta es: ¿cómo es que fue capaz de ocultarme aquella maldad tan papable y negra?

—¿Qu… Qué?

—Por qué tan sorprendido, muchacho Héctor —habló Danilo, de la misma forma y el mismo tono con el que solíamos hacerlo—. Fue precisamente para evitar cosas como estas que mandé a colocar el cerco alrededor de este pueblo de inmundos degenerados, para que ninguna de las ratas pudiera lanzarse al agua cuando el barco se empezará a hundir.

En el fondo, los prisioneros de la locura de Danilo escuchaban impasibles. No podían esperar otra cosa que compartir el mismo horrible destino que sus compañeros, que ese niño desangrado entre los helechos.

—Pero, ¿y la fabrica?, ¿y las armas?

Danilo perfiló una sonrisa que se me hizo espantosa.

—En eso estamos, estos malditos de acá parecen ser los líderes del aquelarre —contestó, señalando de forma despectiva a sus cautivos —. Antes de que aparecieras los estábamos interrogando. Luego de que nos digan dónde está la fábrica, destruiremos este pueblo de una vez por todas.

Los niños se hicieron ovillos, temblando todavía más fuertes, aunque fueran abrazados por su madre. El padre se puso por delante de su familia, fungiendo de escudo humano, sabía que no podía hacer mucho más pero eso no le quitaba el merito de mantener una actitud desafiante, de no dejarse vencer fácilmente por nadie.

Mi mundo se iba desmoronado a mí alrededor, en grandes astillas de cristal que se despedazaban en fragmentos diminutos y que carecían ya de todo significado o lógica. Elena no se atrevía a verme a los ojos, Danilo se reía como un demonio… En qué me había metido, en me había convertido, que clase de acto deleznable había estado apoyando sin saberlo.

No, no lo sabía. De haberlo sabido antes.

De haberlo sabido antes… ¿Qué hubiera hecho, de haberlo sabido antes?

Qué… qué… qué… ¡QUÉ!

Nada, no hubiera hecho nada. Esa era la verdad, verdad que no me atrevía a reconocer. De haberlo sabido antes, de seguro no hubiera hecho nada. Un vacío, negro y profundo, como el mismísimo infierno se devoró mi corazón, dejando a su paso sólo desolación. Quién me podía asegurar que no había visto estos antes, señales inequívocas de lo que ahora sufrían mi conciencia; quién podía decirme que no fingí no ver nada con tal de proteger la nueva “felicidad” que había conseguido. Quién, por favor, díganme quién.

—Ahora, muchacho Héctor —Danilo sentenció mi destino con esas palabras—, regresa a tu puesto, por si otro de esos bastardos hechiceros intenta escapar mientras no estás.

La repentina llamarada de mi ira se mezcló con la magia de licántropo que corría por mis venas. Dejé de pensar en todo. Me planté en frente de Danilo, lo miré a la cara, con ojos desafiantes, y le dije:

 —NO —cerré los puños—. No te dejaré seguir haciendo esto. No te dejaré seguir matando gente inocente.

Danilo empezó a reír con sorna.

—¿“No me dejaras”? —preguntó cuando ya se hubo clamado un poco—, pensé que eras más inteligente, muchacho Héctor, pero veo que no. Cómo vas a evitar algo que ya he hecho.

Eso fue todo.

—¡Héctor, no! —a pesar de escuchar el grito desesperado de Elena, lo ignoré por completo.

Perdí el control de mi cuerpo, y esta vez había sido mi decisión. Arremetí contra Danilo con todo lo que tenía. Los demás lobos intentaron detenerme,  pero me los quite de encima como si fueran moscas. El universo se redujo a Danilo y a mi necesidad de hacerlo trizas, lo demás no existía. No me molesté en cambiar de forma, quería tener el placer de encajarle un puñetazo en la cara con mis manos humanas. La rabia me impulsaba, la sangre me hervía dentro de las venas.

Pero el no solo me esquivó, sin siquiera parpadear, sino que también me tomó por la muñeca con sus manos de granito, con tanta fuerza que de haber sido un humano cualquiera de seguro me la hubiera triturado en el acto. Fui lanzado como un trapo viejo. Cómo era posible que existiera tal diferencia de habilidad. Choqué contra una pared. No había ni caído del suelo cuando Danilo se apareció de repente. De un golpe en la boca del estomago me sacó todo el aire.

Terminé en el suelo de la plaza, había atravesado la pared por la fuerza del golpe, la incesante lluvia caía en mi rostro y cuerpo adolorido. Si no había roto ningún hueso era todo un milagro. El polvo se estaba disipando cuando Danilo pasó por el boquete en la pared con aquel aire de superioridad, imponente. Tras de él salieron Elena y los otros lobos.

—Llévense de mi vista a este maldito traidor, luego me encargaré de él.

Entonces Danilo me dio la espalda. No necesitaba prestarme mayor atención: estaba completamente derrotado. Por qué, por qué no podía moverme, por qué me rodeaban esas miradas de odio y desprecio, ¿acaso había actuado mal? Elena, por qué no hacías nada para socorrerme, por qué te quedabas al margen mientras me hacían esto… ¿Por qué eras la única que no se atrevía a mirarme?

¿Tan culpable te sentías por engañarme que no eras capaz de darme la cara?, ¿Acaso eras parte del plan de Danilo de mantener ciego, sordo y mudo? Si, eso debía ser. Esa gente que me acogió en su seno, en realidad ocultaban en lo oscuro sus puñales, listos a clavármelo en la espalda cuando ya no les fuera útil. Ya tenía a nadie en quien confiar, quizá nunca lo tuve.

—¡Cuidado! —gritó alguien al verme levantar de nuevo.

Aun no me daba por vencido.

Un golpe, sólo quería darle un golpe con todas mis fuerzas a Danilo, aunque eso me costará la vida; solo uno, eso era todo. Fundí mi magia en mi brazo derecho, mi mano se sentía envuelta en llamas. Se transformó en una especie de mezcla entre garra y mano. Salí disparado contra Danilo, este se había volteado, apunté directo a su cara, pero a pesar de eso, mi puño terminó en sus manos. Esto no era todo, no había terminado ni mucho menos, aún podía dar más de mí.

Lo siguiente que recuerdo fue una explosión, tan potente que vaporizó el agua y la lluvia a mí alrededor; la cara de Danilo, atónito, sorprendido y la extraña sensación de caer en el vacío en cámara lenta. Todo se oscurecía.

Luego, me desmayé.

—¡Héctor! —¿Acaso era esa la voz de Vanesa?

Debió ser mi imaginación.

NOTAS:

Otro capítulo, al fin puedo terminarlo.

Por suerte para todos, en especial para mí, al parecer pude terminar mi horripilante semestre, en lo que a Fotografía se refiere. Gracias a dios por los favores merecidos.

Ahora bien, se habrán dado cuenta que me he quedado frío con mis reseñas y cuentos. Eso se debe a que no he tenido tiempo de pasarlas, tengo una carpeta llena de papales esperando a que los lean, pero voy a ver como me las arreglo.

Esa cosa extraña que le pasó en la mano de Héctor en su pelea con Danilo lo quise llamar TRANSFORMACION PARCIAL. No veo la razón por la que tenga que ser o lobo o humano, además, poder transformar ciertas partes del cuerpo es una ayuda en algunas situaciones extremas. Creo que ya mencione esto en el entrenamiento de Héctor.

Todavía no sé si soy lo bastante pomposo a la hora de narrar las peleas, creo que me falta algo, pero es que tampoco quiero ser tan a lo Transformers: Peleas a cada rato y nada más ¿Ustedes que opinan?

Cuando pueda continuaré publicando todos los días, espero regularizar mi condición actual. Pero si ustedes no me dan mi FUERZA VITAL no es posible ir más rápido; y esa FUERZA VITAL son, como dice la babosa de al lado, son sus comentarios.

Nos vemos.