Capítulo Dieciocho: Lobo a la Batalla

Posted on 7 junio, 2011

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Mi primera semana en “El Altar” pasó a ser dos semanas, luego tres. Antes de darme cuenta ya había pasado un mes desde que mi llegada a la guarida de Danilo, y cerca de dos desde que lo conocí.

De alguna forma encontré en qué ocupar mis largos rato de ocio. No me di cuenta en su momento, pero cada día era muy divertido, ojala hubiera durado por siempre. Claro, era de esperarse, el tiempo nunca va a seguir mis caprichos, si el reloj debe andar, debe andar. Sin importar mis posibles lamentaciones.

Con amanecer lleno de promesas; con cada ocaso, plagado de risas; al pasar hora tras hora; minuto a minuto. Todo conspiraba para acercarme cada vez más al momento de mi desgracia.

Si fuera a narrarles mi encierro por parte de mis hermanos del clan y el descubrimiento de una verdad de la que se me había mantenido ignorante, debería de dar un gran salto en los acontecimientos. Cosa de la que no me pueda dar el lujo en este momento. Es necesario, por más doloroso que me resulté, mantener una continuidad en mi relato para puedan entender la verdadera magnitud de tormento a manos de lo que, alguna vez, consideré mis amigos.

Tuve la oportunidad de aprender más de mi nueva realidad, inmersa entre lobos y cantos a la luna llena.

Los licántropos, basándome en el estricto ejemplo del clan de Danilo, regían sus vidas en cómo debían de hacerlo en los reinos medievales. Danilo gobernaba sobre sus dominios de forma absoluta. “El Altar”, su castillo. Los lobo, sus súbditos. Elena, Vanesa y yo, sus solados. Y como todo rey, las palabras de Danilo, eran ordenes para nosotros.

Por más amena e ideal que fuera la vida en esos días de verano, y a pesar de la felicidad que me duraba desde que me despertaba hasta la hora de dormir, no podía olvidar lo que había más allá de los esplendidos jardines en lo que tanto jugaba. Un campo de batalla permanente, pero siempre cambiante, siempre dispuesto a absorber más sangre de los inocentes en él muertos. Una guerra disimulada en la aparente paz de las sombras.

Mientras nosotros, los soldados, guarnecíamos en el castillo, era desplegados por todo el reino escuadrones de exploradores. Su misión era sencilla, hallar a cualquier enemigo que fuera lo bastante tonto como para adentrarse en nuestras tierras y allanar el camino para próximas misiones.

“Preparados y prestos a dar la vida por vuestros hermanos”, era la frase favorita de Danilo, con la cual no lanzaba al combate. Frase que hice mía al poco tiempo.

¿Era tanto mi deseo de ser considerado un guerrero valeroso o alguna clase de héroe o salvador ante mis compañeros y, en el fondo, ante el mundo entero?, pregunta recurrente, pero hasta la fecha de hoy, jamás resuelta.

Antes de mi segunda misión como parte del clan, Danilo me hizo entrar en un profundo proceso de estudio.

Lo primero, un conocimiento muy general de la historia de los Hijos dela Luna. Sorprendentemente, de las lecturas que me mandó mi padre hace ya tanto tiempo, había conseguido una cuota aceptable de conocimiento sobre el tema en cuestión, por lo que no tuve más que hacer un simple ejercicio de repaso que un estudio como tal. Cosa de días, tal vez una semana.

Luego estuvieron las clases de combate. Como era de esperarse, no era muy hábil en lo que a pelea cuerpo a cuerpo se refiere, aunque siempre he tenido una excelente puntería. Elena me dijo un día, cuando le pregunté por qué me resultaba tan difícil seguirle el ritmo: “Lo que te falta es experiencia y técnica, ya tiene la fuerza y la velocidad necesarias, nada más necesitas aprender a usar las armas con las que dispones”. Con aquellas palabras como motivación, me avoqué al entrenamiento, el cual conseguía superar con la práctica. Al cabo de unas semanas podía dominar lo básico del combate en mi forma de lobo.

Pero, de entre todas las ramas de estudio impuestos por Danilo, el que más absorbió mi tiempo fue un pequeño ensayo escrito de su puño y letra. Una especie de tratado sobre el papel de los hombres lobo a lo largo de la historia y su debe en la actualidad, como también una detallada descripción de los enemigos contras los cuales debíamos enfrentarnos.

Los vampiros, seres capaces de vivir siglos, si no es que milenios. De fuerza y velocidad semejantes a la de nosotros, los licántropos. En combate uno a uno tenemos la ventaja en contra de los jóvenes, la mayoría de ellos. Pero contra los de mayor edad hay que ser cuidadosos, ya que poseen algo llamado “nexo con la muerte”, una especia de magia vampírica. Monstruosidades movidas por la fuerza que la sangre ejerce sobre ellos; tentación repugnante que les carcome la poca humanidad que les quedaba antes de aceptar el “Bautizo de Sangre” que los convirtió en horrendos huéspedes de la maldad.

Paladines Nocturnos o cazadores. Grupo de humanos entrenados para enfrentar a la gran gama de criaturas consideradas peligrosas y vedadas al conocimiento del resto del mundo. Su escudo en las sombras, su espada secreta. Son extremadamente peligrosos cuando atacan en grupos organizados. No hay que bajar la guardia nunca con ellos. Durante los siglos de existencia de su organización han descubierto la formas más eficientes de matar, y no dudaran en usarlas. A pesar de sus honorables intenciones a la hora en que se formó su hermandad y del papel trascendental en la protección de los inocentes, en la actualidad son sólo un caparazón vacío de una gloria de años pasados. Pobres despojos de un cadáver putrefacto hace siglos.

Hechiceros. Humanos ajenos a los conflictos entre Cazadores, Vampiros y Hombres Lobos. Se dedican, casi exclusivamente, a la búsqueda del conocimiento mágico, además de diseñar y construir muchos de los equipos usados por los cazadores. Tienen su propio mundo e historia independiente a la nuestra. Puede que entre todos los actores en el escenario del mundo más allá del mundo los hechiceros sean los más siniestros de todos. Venden sus almas con tal de obtener el conocimiento necesario para violar, transgredir, tergiversar y torcer las leyes naturales. Un afán por abrir puertas que nunca deberían de ser abiertas.

Me empapé en la filosofía de Danilo hasta decir basta. Sus palabras se volvieron mías al ritmo en que las iba leyendo. Deseaba creer en algo, ser parte de una tarea más grande que yo mismo, debió ser por esto que no me di cuenta a tiempo de lo que cerraba sobre mi cabeza, y como iba hasta la cueva de la fiera con una sonrisa de feliz ignorancia. Que ciego estaba en mi desesperación por encontrar un propósito.

—¡Dios!, esto es muy aburrido.

La voz que me obligó a salir de mi lectura le pertenecía a Vanesa. Se había aparecido al poco rato después del desayuno, al parecer no tenía nada que hacer u otro lugar mejor a donde ir, por lo que la dejé quedarse so promesa de intentar hacer el menor escándalo posible. Pero era pedirle demasiado. No tardó ni quince minutos para empezar a brincar en mi cama o a jugar con cualquier cosa que se encontrará. Curiosa persona esta Vanesa, a veces decía las cosas más significativas, y que más marcaron mi vida, pero la mayoría del tiempo parecía ser sólo una joven atolondrada e infantil.

—Sabes, podrías aprovechar estos momentos de ocio, tan frecuentes, para estudiar un poco —sugerí, intentaba leer por encima de ese escándalo pero me resultaba imposible, como diciendo entre líneas: “Puedes volver a tu cuarto y leer en silencio”.

—No, gracias.

Esa forma de responder tan precipitada suya le iba a causar problemas en el futuro. Deje a un lado mi libro, a medio leer, dándome por vencido, tendría que continuar más tarde; de preferencia, cuando no esté Vanesa cerca. Dije:

—¿No estas siendo un tanto irrazonable?

—Si supieras que no —respondió. Se sentó en la cama abrazando mi almohada, tapaba casi todo su cuerpo—. No necesito estudiar esa palabrería que Danilo nunca se cansa en repetir, puesto que mi trabajo es seguir órdenes en cada misión. El resto del tiempo hago lo que se me antoja.

No pude evitar sonreír por semejante contestación.

—Palabras fuertes para alguien que se llama a sí misma “una inútil”. No diré que es del todo cierto, pero tampoco es una total mentira.

Entonces me tiró la almohada de lleno en el rostro con el ceño fruncido, además que se veía un poco sonrojada. Que extraña sensación me dio verla así, no podría describirlo con palabras, al menos en ese momento.

—¡Un hombre sólo debería abrir la boca para hacerle cumplido y decirle cosas bonitas a las mujeres! —gruñó de mal humor. Y sin más se volvió a tumbar en la cama a sus anchas. Indescifrable, con esa sola palabra podría describir a Vanesa.

Alguien tocó a la puerta.

—Enserio, a veces no te entiendo.

—Si no tuviera mi pizca de misterio perderías el interés que sientes por mí —dijo Vanesa apareciéndose de repente detrás de mí, cuando me disponía a atender a quien llamaba, abrazándose a mi cuello y colgándose de mí.

—Yo no lo llamaría misterio.

Abrí la puerta y la radiante Elena se apareció ante mis ojos.

—¡Eso ha sido muy cruel! —dijo Vanesa apretándose más a mi cuello. Me quedé petrificado, con la mirada fija en Elena—, no serías capaz de decirle a una chica que no tiene encanto, ¿verdad?

¡Qué horror! Encontrarme así con Elena, en una situación tan comprometedora, me revolvió las entrañas. Vanesa se dio cuenta de ello, me soltó rápidamente y se escudó detrás de mí, como si con eso pudiera fingir que no estaba allí. Segundos tortuosos en los cuales Elena se mantuvo en silencio; hasta el sol de hoy no sé si aquello se debió a que se había quedado sin palabras o que estaba jugando conmigo, una especie de revancha repentina. Cuando por fin abrió la boca, dijo lo siguiente:

—Hay una reunión justo ahora, debemos irnos.

—¡Entonces yo me les voy a adelantar, adiós! —soltó de pronto Vanesa aliviada de salir por los pelos de una situación así incomoda.

Pero al irse me dejó a la buena de Dios. Tragué saliva, tieso como una tabla, miraba a Elena con nerviosismo. No se movía ni hacía gesto alguno. Me daba un muy mal presentimiento ese silencio suyo.

—Bueno… ¿nos vamos? —dije, intentando romper el hielo.

Elena hundió la frente en mi pecho.

—Héctor, dime, ¿Qué estaban haciendo?

Un escalofrío me recorrió la espalda. La acerqué más a mí, la abracé con delicadeza, no quería romper su belleza como de mariposa. Tenía una muñeca de porcelana entre mis manos, el miedo a dañarla era superado por el deseo de tenerla a mi lado por el tiempo que ella me lo permitiera. De ser posible, para siempre.

—No seas tonta, no hay razones para ponerse celosa —le dije, pasando los dedos por su hermoso cabello— ¿Acaso no sabes que no tengo ojos que no sean para ti?

Ella se estremeció, parecía al borde de las lágrimas.

—¿“Tonta”?, ¿“celos”?

Todo pasó muy rápido. Elena se apartó de mí, me apuntó a la nariz con el dedo. Tenía una sonrisa traviesa de oreja a oreja. Era un hecho, habían jugado con mi inocente corazón.

—¡El tonto aquí eres tú! —dijo con una vocecita tan encantadora como maliciosa en su inocencia—, ¿en serio crees que tienes el cerebro suficiente para engañarme?, era demasiado inocente y directo para algo como eso.

Me ruboricé, no sé si por la rabia o por otra cosa.

—Qué te habrán hecho cuando me fui, estas hecho una ruina —soltó Vanesa apenas nos encontramos en la sala de reunión. El resto de los Beowulfs ya estaban presentes y a la espera de las palabras de Danilo —. Debiste recibir tu merecido, ¿o será que ahora no recibirás otra cosa?

Sabía que no lo decía con maldad, más bien intentaba, si no hacerme sentir mejor, al menos distraerme de mi depresión notoria. Aun así, menos mal que Elena se había ido a buscar a Danilo en vez de escuchar su tontería.

—No estoy de humor; Vanesa, por favor —suspiré. Enserio que no tenía ganas de de seguir siendo el objeto de burla de la mujeres de esa casa.

Nuestro rey se apareció a los pocos minutos de yo haber entrado. En resumidas cuentas, la razón de la reunión era los preparativos de nuestra siguiente misión. Mañana saldríamos a primera hora, nuestro rumbo era más allá de los límites del “reino”, donde se encontraba una aldea de hechiceros que atacaríamos tan pronto como el mediodía. Los motivos de la arremetía, según explicó Danilo, era que en esa villa se producían toda clase de armas y artefactos destinados a ser usados por los cazadores con el único objetivo de matar licántropos.

Para esta tarea nos dividiríamos en dos grupos. El primero avanzaría directamente sobre la villa y penetraría como cuña en sus filas, la fuerza invasora principal y la vanguardia; mientras que el segundo estaría de reserva a la vez que cerraban un cerco alrededor de los límites de la villa para evitar cualquier intento de fuga del enemigo. Luego de explicarnos esto, Danilo pasó a enseñarnos, de la forma más sencilla posible, las formaciones y estrategias que usaríamos para la misión, el menor error, de cualquiera de nosotros, podría acabar a desgracia.

No podía decir que no me sentí aliviado al ser colocado en el segundo grupo. Luego de mi primera misión en el clan, deseaba tener la menor responsabilidad a la hora de efectuarse las próximas. Deseaba ser solo alguien más del grupo, pensamiento inocente pero en el que creía en ese entonces. Pero algo en el fondo me causo algo de desilusión sobre mi posición.

—Con eso terminamos, ahora vayan a prepararse para la aventura de mañana, necesitaran toda la fuerza con la que cuenta.

Ya en mi habitación me senté en la silla frente al escritorio. Miraba a la ventana pensando en muchas cosas y en nada a la vez. En esas meditaciones, que nunca terminaban puesto que nunca tenían un inicio adecuado, se apareció Danilo en el marco de mi puerta. Me pidió pasar y yo acepté.

—Algo te preocupa, muchacho Héctor. Si quieres puedes contarme.

Lo miré de perfil, posiblemente él sería la última persona con al que yo decidiera hablar de mi vida. Algo en él lo hacía parecer incapaz de prestarle atención a los problemas efímeros y, en su mayoría triviales, de la vida de los jóvenes.

—No te ofendas, pero no creo que quieres escuchar mis problemas…, pero si te quiero preguntar algo, ¿Por qué odiamos tanto a los hechiceros?, en el ensayo que escribís parece como si los despreciaras más que todo, hasta que los vampiros.

Me di la vuelta.

—Entiendo que los vampiros y cazadores sean nuestros enemigos —proseguí—, perro ¿los magos?, ¿No se supone que le debemos nuestras existencia a la bruja que cuidó de nuestros ancestros?

Danilo se tardó en responderme, su expresión se había tornado turbia y sombría. “Los hechiceros a los que nos enfrentamos no son como esa bruja”, le alcancé a escuchar antes de que saliera azotando la puerta tras de sí. Frase que me dejó con más dudas que respuestas. Había algo en esa reacción que me hacía dudar de Danilo, algo lo había afectado en el fondo de su ser, algo que se ocultaba tras su máscara llena de moral y palabras dignas.

Me dormí temprano esa noche. A la mañana siguiente ya todos estábamos listos para partir, antes incluso de los primeros rastros de la mañana. Me encontré con Vanesa en el pasillo que llevaba la estancia principal, lugar habitual de reunión antes de una misión. Ambos llevábamos puestos nuestros “trajes de combate”, piel de lobo común y corriente. No necesitábamos mayor equipaje, regresaríamos a la noche.

—Espero que no te hayas acostumbrado a la comodidad y el ocio —dijo ella.

—No tanto como a el poder usar “ropa normal”.

—Como siempre digo: “La ropa normal es para gente normal”.

—Supongo.

Al poner un pie en la sala central nos envolvieron los aplausos y vítores de todo el clan; los jóvenes, mujeres, niños y ancianos que se quedaban a nuestra espera. Se despedían de los valientes guerreros que combatían por ellos, así les mostraban su favor y deseos que regresaran sanos y salvos. Me atacó una sobrecogedora sensación de calidez que manaba de pecho y me envolvía todo, nuevo aquel mismo sentimiento que experimenté cuando llegué al “El Altar”, cuando me aplaudieron por un acto heroico que no podría considerarse como tal. Con el paso de los años me di cuenta de que eran gente buena, pero atrapada en una jaula de oro, o mejor dicho, en un paraíso perfecto, por un carcelero loco. No puedo guardarles rencor, a ellos no.

Pocos minutos después partimos. El primer paso que di fuera de la jaula construida por Danilo fue el primer paso inconsciente que me llevó hacia mi desgracia.

NOTAS:

Un pequeño atraso de varios días, pero ya me vino, estoy bien, fue una falsa alarma, no estoy embarazado.

Ahora bien, con esto comenzamos con la tercera parte de El Diario del Licántropo: Cuando lloran los lobos. Para los que lo deseen saber, y si es que todo sale tal cual se ha planeado, esta parte terminará con lo ocurrido inmediatamente después del final de La Maldición de la Sangre.

Estas semanas voy a estar soberanamente ocupado con la maldita y aborrecible tarea de fotografía, es una lástima, pero hay que hacerla. Por lo que es muy posible que no haya capi nuevo el viernes, y si no lo hay se tendrán que conformar con un nuevo Cuento de lo Grotesco que estaba guardando para más tarde.

No se me ocurre nada que poner ahora en la Bitácora Arcana, por lo que acepto recomendaciones. Dentro de unos días, cuando tenga tiempo de ordenar bien mis ideas y planear lo que voy a hacer, les haré un anuncio que afectará los siguientes meses de publicación.

Creo que eso es todo, espero que lo disfruten y…

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