Capítulo Diecisiete: Los Primeros Lobos

Posted on 20 mayo, 2011

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Al poco tiempo empecé a aburrirme, cosa que me pareció ridícula. Es decir, luego de pasar por tanto se entendería que necesitara paz y tranquilidad por un rato. Pero no, por el contrario, el estar sin hacer nada me resultaba agobiante. Una vocecilla necia en mi cabeza me ordenaba por manos a la obra en algo, cualquier cosa.

La primera prioridad fue no volver a perderme cada vez que salía de mi cuarto. Tardé más de la cuenta en aprenderme más o menos el entramado de pasillos, corredores, estancias, salones y habitaciones dentro de la mansión. Era una tarea pesada y esencialmente molesta, pero con mi encontronazo con Elena me urgía ocupar mis pensamientos lo suficiente alejados de ella para no lastimarme.

Por suerte un día Vanesa tocó a mi puerta.

—¡Ayúdame a entrenar! –me pidió, aunque parecía más una orden que cualquier otra cosa.

La notaba nerviosa al pedírmelo así que acepté con gusto. Más tarde, ese mismo día, fui al bosque detrás de la finca, acompañado de cerca por Vanesa y otros tres jovencitos. Las únicas personas, aparte de Danilo y Elena, en las cuales no despertaba dudas. Menos de las que se cuentan con ambas manos. Eso podría afectar la autoestima de cualquiera, menos mal que no me puse a pensar en eso en el momento que pasaron los acontecimientos ahora contados.

—Me he estado mordiendo la lengua un rato, pero no puedo dejar esto pasar—comenté cuando llegamos a un claro en el bosque como a cinco minutos a pie—, ¿Qué significa esto?

Mientras, apuntaba con el dedo a los dos muchachos y a la jovencita que nos habían acompañado. Todos ya habían desarrollado sus ojos dorados, y por los rasguños medio disimulados, podía adivinar que ya habían pasado por su primera luna llena. Viéndolos a la cara me dieron celos, muchos celos y lastima a la vez. Eran todo lo contrario a mí cuando estuve en su posición, jóvenes capaces de afrontar su condición con valor, hasta sus últimas consecuencias. Si, ellos no tenían miedo, no como yo.

Quería negarme a ayudarles, pero antes de eso sacaron un arma secreta.

Vanesa debió de enseñarle esa carita de ojitos suplicantes pero orgullosos, puesto que de inmediato la hicieron al mostrarme reticente. De inmediato me di por vencido, me resultaba imposible decirles que no, aunque no tenía verdadera intención de hacerlo de todas formas.

Aun así. Maldita Vanesa que conoce mi punto débil.

En fin, intentar enseñarles lo poco que sabía me tomo algo de tiempo. Por suerte mis aprendices eran muchachos listos y captaban rápido. Luego de los primeros diez días de entrenamiento todos podían transformar sus manos en garra y una que otra parte de su cuerpo también. Vanesa por su parte se volvió igual de hábil en el combate que yo. Lo que no era mucho decir, en realidad. Hasta ahí llegaba mi capacidad como profesor.

Al verla tan contenta por su avance, aunque fuera poco, me hacía sentir satisfecho de lo poco que pude ayudarla.

Con esa pequeña distracción mis días fueron más llevaderos. Sin embargo, seguía cayendo en el mismo pensamiento recurrente. Un verdadero tormento en los momentos en e me hallaba solo.

Elena.

Seguía sin abrir su puerta, a penas si la veía de vez en cuando, cuando ella iba al comedor, pero nunca me dirigía la palabra. Estaba encerrada en esa burbuja de soledad en la que ella misma se había colocado, ¿por qué actuaba así tan de repente?, ¿Qué ganaba alejándose de mí?

Esos pensamientos tocaban a mi puerta en los momentos en que ninguna distracción era efectiva. Era cuando una marejada de tristes reflexiones se hacía presente.

Fue precisamente en uno de estos instantes de flaqueza cuando Danilo hizo su aparición. Me topé con su rostro, tan siniestro como gentil. Algo contradictorio pero cierto. Enserio que ese sujeto haría llorar a cualquier niño si se le apareciera en medio de la noche, aunque quizás lo haría para contarle un cuento o traerle un vaso de leche y galletas.

Danilo me pidió que lo siguiera. Salimos de la zona de dormitorios para terminar en la biblioteca. No era de extraña que fuera el lugar menos concurrido de la casa, y ese día estaba absolutamente desierto. La atmosfera, fría y silenciosa, me evocaba toda clase de ideas extravagantes de las cuales, la mayoría hacían referencia a terminar lastimado o peor. Un escalofrío recorrió mi espalda. Estar a solas con Danilo es todo menos divertido.

Afortunadamente todo fue cosa de mi imaginación ociosa. Danilo sólo me señaló una silla en cual sentarme antes de hacer lo propio.

—Te traje hasta acá para contestar cualquier duda que pudieras tener —explicó.

Tuve que pensar por un segundo sobre qué hacer a continuación. Evidentemente deseaba saber más sobre Elena. Preguntarle por qué se mantenía tan hermética conmigo. Fue lo primero que me llegó a la cabeza. Pero detuve ahí mis caballos, pues que, aunque ella todavía no me hablaba, sabía bien que Elena se molestaría con migo si metiera a cualquier otra en un problema que era solo nuestro. Por más imponente que esto me hiciera sentir, nada más me quedaba esperar a que ella fuera quien diera el primer paso.

—¿Es que acaso no tienes ninguna pregunta para hacerme? —preguntó Danilo tras poner los pies sobre la mesa—. Me sorprende lo bien que te has adaptado has nuestra forma de vida.

—No, si hay algo de lo que quisiera discutir contigo.

Le conté sobre mis otrora días felices en Florencia. De mi padre, quien Danilo aseguró que hubieran sido muy buenos amigos de haberse conocido, como también del resto de mi familia y, muy especialmente, de las clases de historia de los hombres lobo. Tras contarle sobre todo lo que podía recordar del tema Danilo dijo.

—Me sorprende lo mucho que sabes de nuestra historia. Pero te faltó una parte fundamental de toda buen historia. Tienes el nudo, pero no así el principio y el desenlace.

Palabras más, palabras menos, esto fue lo que oí salir de los labios del propio Danilo:

 

Una noche, en alguna oscura floresta en la Europa del Este una loba dio a luz la luna camada de siete. Lo increíble del asunto era que los siete eran bebes humanos. Alguna extraña magia había actuado esa noche.

La madre loba, al ver a ese pequeño niños desnudos e indefensos, hizo lo que toda loba haría en un momento así: Los abandonó a su suerte. Pobres de aquellos niños dejados a la merced de la naturaleza.

Pero la providencia tenía algo muy distinto a la muerte preparado para esos niños. Los pequeños fueron encontrados por una mujer. Pero no cualquier mujer ordinaria. Era una hechicera, curandera que usaba las artes ocultas y su profundo conocimiento  de las bondades de las plantas para sanar a los enfermos y traer prosperidad a los prójimos. La bruja sintió la magia que le dio la vida y que residía en esos pequeños, por lo que cuidó de ellos, los educó y alimentó. Con el tiempo vio a esos niños como sus hijos y para ellos esa mujer, y no la loba, era su madre.

Bajo el ala protectora de la bruja, los niños lobo crecieron rápido y con buena salud. A su vez crecía su amor, orgullo y cariño de la bruja hacia ellos. Así se criaron los que crecerían para convertirse los primeros licántropos: niños inocentes que vivían de dicha en dicha y de aventura en aventura. Hasta que, en el aniversario numero quince de su nacimiento, la magia dentro de ellos por fin despertó.

No creo explicar la naturaleza de ellos, puesto que todos nosotros, incluyéndote, Héctor, lo hemos vivido. Ahora imagínate el ser a la primera persona en la historia que le ocurre algo semejante. No saber cómo ni por qué ocurrían tales transformaciones ni cuándo iban a parar. Debió ser algo insoportable para ellos.

La bruja esta igual de desconcertada  que sus hijos lobos, pero en compensación hizo todo lo que estaba en su poder para hacer aquella experiencia lo menos traumática posible.

Ahora vendría lo que podríamos llamar el clímax de la historia. Cuando todas las adversidades parecieron superadas —ya eran capaces de controlar sus poderes— y la vida les vaticinaba un buen porvenir a los primero hombres lobo y a su madre hechicera, la noche se cernió sobre ellos y los dejó al alcance de unos monstruos de infinita brutalidad, brutalidad reflejad en sus fríos ojos color rojo. Antes del amanecer sus vidas habían cambiado para siempre: el hogar que conocían fue desolado; su familia, fracturada y su madre, asesinada.

La realidad es que la población mundial de hombres lobo siempre ha sido mucho inferior a la de vampiro, pero lo compensamos siendo mucho más fuertes, agiles y veloces. Y aún así, existen monstruos que ninguno de nosotros podría enfrentar sin esperar una muerte segura. Los vampiros entre los vampiros, seres que llevan siglos enteros causando muerte, en cuyas venas fluya la mismísima sangre del Demonio.

Sobre las cenizas de todo lo que amaron y que fue destruido por el odio irracional de los vampiros, juraron que no descansarían hasta arrancar de raíz la semilla inmunda de esas bestias devoradoras sangre de la faz de la tierra.

¿No te parece curioso? Una noche, sólo se necesito una noche para sellar los destinos de más de diez generaciones de licántropos. Cada uno y todos los licántropos que han nacido desde aquel entonces tienen grabado a fuego ese mismo juramente bajo de la piel, incrustada en lo más profundo de su ser: El afán de acabar con la amenaza vampira a cualquier precio.

Lo próximo que supimos de nuestros ancestros fue que, siendo acorralados por el enemigo, descubrieron el último y más terrible de los secretos que guardaba la magia que les dio la vida.

Precisamente, la forma de crear a los Demonios de la Luna.

En menos tiempo de los que canta un gallo fue formado un ejército de monstruos no mejores que los vampiros y dominados por sus instintos más elementales. Pero por suerte estaban sometidos al mismo deseo ardiente de matar a sus enemigos vampiros.

Sin más preámbulo comenzó la guerra. Te puedo asegurar, Héctor, que esas batallas fueron algo que no podemos ni imaginarnos ahora. Una país de bebedores de sangre contra horadas de bestias salvajes. Diez años, diez años duró el primer gran conflicto entre los dos señores de la noche.

Cuando el conflicto llegó a su punto álgido, el enemigo despareció. Desvanecido en la misma oscuridad que les vio nacer.

Ganaron. Por los siguientes trescientos años fue una Hora de Lobos. Y con ello, llegó el momento de pagar por sus pecados. No tardaron en darse cuenta que confiar en los Demonios de la Luna fue un error garrafal. Por lo que nos tocó sólo una cosa por hacer, la única opción que había. Nos ha tomado el siguiente milenio cumplir con esa tarea y aun estamos lejos de terminar: Exterminar esas bestias creadas por nosotros mismo.

Pero hubo algo con lo que no contábamos y que, de forma inesperada se puso a nuestro favor: Los hijos de los Demonios no heredaban nuestros poderes, pero era muy distinto con sus nietos. Se tardaba dos generaciones el destila la maldición que los hacía incontrolables.

Esa es, en líneas generales, nuestra historia, al poco tiempo de empezar la Gran Cacería de los Demonios apareció Tristán y muchos otros nobles Hijos de la Luna que hicieron cumplir su deber a toda costa.

Como si ya no fuera poco el enfrentarnos contra los monstruos en nuestro armario, regresó la plaga corruptora de la humanidad, y esta vez, como la mala hierba, que si no se saca de raíz vuelve a brotar, más implacable que nunca.

Así son las cosas: Un mundo lleno de monstruos, bestias, traidores, homicidas y proscritos; cada uno sufriendo o buscando una magia antigua enterrada en los profundo de las sombras. Vampiros, cazadores, hechiceros, todos tienen algo en común: El deseo de torcer las reglas de la naturaleza, obtener poder sin importarles nada, ni siquiera sus propias almas.

Son escoria, y nos toca ser los defensores de lo justo. Siendo los únicos con el suficiente poder para hacerles frente, debemos cargar con la responsabilidad de luchar. La vida del licántropo no se debate entre vencer o morir, ¡necesario en vencer!

Escuchar a Danilo, descifrar hasta el menor de sus gestos, curiosamente me hizo sentir pena por él. Aunque me tomo algún tiempo averiguarlo, el pasado de Danilo le había dejado una profunda cicatriz en el corazón, más profunda y dolorosa que todas las otras heridas que adornaban su cuerpo.

Se notaba en sus ojos, perdidos en los mares del odio, el resentimiento y de una sed de venganza que conocía muy bien, sed que padecí en carne propia, como sufría para sus adentros.

—Para que puedas ser parte de nosotros debes entender la razón que nos hace combatir por la justicia —dijo Danilo como conclusión— ¿acaso logras comprender que somos el autentico escudo de la humanidad al ser lo que somos?

Tal determinación en sus creencias me intimidó un poco, pero aquella pregunta me afectó en lo más profundo. Al fin, luego de tanto sufrimiento y miedo sabía cuál era mi lugar en este ancho mundo. Tenía un propósito que cumplir. Debía ser fuerte; ya no solamente por mamá o Mina, sino también por todas las personas del clan que creían en mí para protegerlos del enemigo.

Salí de la biblioteca sintiendo un tremendo peso sobre mis hombros. Ya no bahía marcha atrás. Era parte del clan.

Extraviados mis pensamientos en el relato que acababa de escuchar de Danilo apenas si me di cuenta cuando pasé al lado de la puerta de Elena. Ya no para pedirle, rogarle, que saliera a encararme, decirme cualquier cosa. Ahora tenía otras cosas en las cuales preocuparme.

Al entrar en mi habitación la encontré oscura. Se me había pasado todo el día en la biblioteca. Encendía las luces. Elena estaba sentada en mi cama, miraba por la venta.

Tímida, temblorosa, vulnerable y huraña. Se notaba que le resultaba un gran esfuerzo el estar en mi cuarto, a la espera de mi llegada, ¿Qué había sido de aquella Elena segura, avasallante, decidida y capaz que tanto admiraba?, de alguna forma se fue dejando atrás a otra Elena muy diferente. La Elena que me cuidad ya no estaba aquí, por lo que ahora me tocaba el turno de hacerlo.

Pero cómo.

Sólo se me ocurrió sentarme del otro lado de la cama, espalda con espalda de ella, y sin mirarnos. Podía adivinar las mil y una cosas que quería decirme; soltar un aluvión de emociones y sentimientos entremezclados, pero su propio orgullo se lo impedía. Sonreí para mis adentros al imaginarme el zaperoco que debía estar formado en su cabeza.

Al fin se decidió a hablar ella primero, con voz fina y apenada:

—Héctor, por favor, perdóname por lo del otro día.

Por qué me afectaron tanto aquellas simples y tímidas palabras. Tardé ordenar mis ideas. Me levanté del colchón. Necesitaba estar de pie para hablar sin hacer notar que el hechizo de la dulzura de Elena tenía un efecto demasiado profundo en mi interior. Cuando hablé, me sorprendí de escucharme tan calmado y distante, casi indiferente.

—¿“Por lo del otro día”?, no sé de qué me estás hablando, debes estar confundida.

Elena me miró por sobre su hombro: parecía estar completamente fuera de base, sorprendida pero en el fondo aliviada. Le sonreí dejando en claro que a lo pasado pisado. Para completar nuestra reconciliación nos fuimos de la mano hasta el comedor. Ya era la hora de la cena.

En esa ocasión no me quiso hablar sobre por qué conserva ese guante de cazador ni por qué actuó de la forma que lo hizo cuando lo encontré; ni yo tampoco le pedí que lo hiciera. Ya habría tiempo para eso y más.

NOTAS:

Estoy intentando no abusar de los diálogos a la vez que buscó nuevas formas de narrar la historia. Esta vez, el pasaje narrado por Danilo lo saqué de la novela Frankenstein, el Nuevo Prometeo. Una de las mejores que he leído, por muy romántico que sea el lenguaje en el que se expresen sus personajes.

Empezamos a debelar la mitología de los licántropos y cómo esta interconectada con la de los vampiros. No sé si me ocurrió a causa de ello o si fue, por el contrario, fue solo una coincidencia, pero el origen de los Hombres Lobo es una inversión del mito de Rómulo y Remo. En vez de ser dos niños abandonados por su madre y criados por una loba, ahora es una loba que da a luz unos niños que son luego abandonados por esta y criados por una mujer.

Con esto ponemos punto y final a la parte dos Los Perros de Danilo, les recuerdo que la semana que viene no habrá capítulo, puesto que el viernes se publica el segundo de los Actos de los Lobos.

También les anunció que, si ustedes están de acuerdo –y si lo están háganmelo saber en un comentario—, ya podemos publicar los resultado de la encuesta de cuál es su personaje favorito de La Maldición de la Sangre.

¡Ahora, respondan la estúpida encuesta!, quizás sea su última oportunidad.

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