Capítulo Dieciséis: El Lobo del Guante Negro

Posted on 13 mayo, 2011

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Algunas veces, no pocas en realidad, he meditado si es que atraigo la mala suerte, gente fuera de sus cávales, o con serios problemas psicológicos y emocionales. Creo que lo poco de mi vida que les he mostrado hasta ahora pueden dar a entender el por qué de semejante suposición. Al principio pensé que sí, pero luego me di cuenta de un hecho del que la mayoría no se da ni por enterado.

Las personas siempre se enfocan en los malos momentos, las experiencias tristes y los días oscuros. La verdad, todos vivimos instantes que deseamos olvidar. Pero no por eso dejan de existir los días en que el corazón no parece poder resistir tanta felicidad.

Ajeno de esas meditaciones, me desperté con el sol destilándose por las cortinas cerradas. Todavía no me acostumbraba a mi nueva habitación, demasiado elegante para alguien como yo. Aunque sería un ingrato si no pensara que no era genial el vivir así y no arropado entre un montón de pieles acostado en el frío suelo.

Estiré la mano con complacencia, dormir a mis anchas era delicioso.  Agarré algo sin saber qué era, me lo llevé a la cara para averiguarlo. Era un pedazo de tela oscura con decorados en hilos de oro. Me tomó un par de minutos en darme cuenta donde lo había visto antes y de quién podría ser. Ese león dentro de un hexagrama se había quedado grabado en mi memoria por siempre.

Me levanté, me vestí y salí de mi habitación como alma que lleva el diablo. Cómo, entre toda la gente en la mansión, ella podría tener algo semejante. Aunque no sabía con exactitud dónde estaba su cuarto eso no me evitó buscarlo por todo “El Altar”.

Así pasé un buen rato hasta que me volví a tropezar con Vanesa, casi parecía una repetición de nuestro encuentro el día anterior. Si me lo pongo a pensar con detenimiento, se me aparecía muchas veces acompañada de algún tropiezo o accidente.

—¿Alguien anotó la matrícula del camión…? –preguntó ella sentada en el suelo por la fuerza. Se había caído de glúteos.

—¡Perdón!, no me di cuenta –me disculpé con nervio, le tendí la mano, con la que se ayudó a incorporarse—,  estoy algo apurado y no te vi, ¿acaso sabes dónde está el cuarto de Elena?

Vanesa me miró extrañada, se limitó a apuntar con el pulgar hacia su espalda.

—Es esa de ahí.

—Ya veo –solté con los hombro caídos ¿enserio era ella la torpe?—debo parecerte un completo idiota, ¿no?

Ella me sonrió.

—Oh, no tienes idea cuanto –y tras decir eso se fue tarareando una canción cualquiera.

Toqué a la puerta señalada por Vanesa, nadie respondió. Agarré la perilla, la puerta estaba abierta. Al entrar a primera vista la habitación la encontré vacía. Como ya estaba donde se suponía que debía estar, me senté en la cama a esperar a Elena. Solté un suspiro, una parte de mí no quería hacer aquella pregunta, pero necesitaba salir de las dudas.

—¿Sabes a esto se le llama allanamiento de morada?—escuché la voz de Elena, se escuchaba divertida por algo. Tal vez por el hecho que al decir eso por poco y me da un ataque al corazón.

Se me hizo un nudo en el estomago, me levanté tal cual lo haría un robot. Ella, Elena, el centro de mis afectos en mis primeros años como licántropo se hallaba recostada en el suelo, al lado de la cama y envuelta en pieles. Aunque al verlo me parecía absolutamente bizarro, no pude dejar de pensar que se veía también exótica. Ella se apoyó en su antebrazo para mirarme con más facilidad.

—¿Qué haces ahí tirada? –pregunté haciendo un esfuerzo supremo para apartar mi mente de mis fantasías. Había cosas más importantes en las que pensar.

—Luego de tantos años durmiendo en el suelo se me hace incomoda cualquier cama –explicó con una sonrisa en los labios. Su forma de hablar le daba sentido a una cosa, que en cualquier otra persona, resultaría desquiciado. Pero no en ella, no en Elena.

Elena se sentó, se estiró a saciedad. Qué raro era ver a una persona que disfrutará tanto dormir en el piso.

Como era la costumbre ya su piel lozana y ojos dorados le concedían un brillo a su persona poco menos que espectacular, una mirada hermosa y que mostraba la verdadera profundidad de su alma- algo que siempre llegaba a sorprenderme.

Al verla se desbarató toda mi serenidad, ya no sabía cómo abordar el tema que me había forzado a encararlo. El nerviosismo se apoderó de mí, todo lo que hubiera querido y pensado decir se me quedó atorado en la garganta.

Elena de pronto se puso pálida, sus ojos se opacaron, se enfocaron en mi mano. De inmediato adiviné lo que venía, y no me gustaba para nada.

—¿Qué haces con eso? –preguntó con voz nerviosa.

Se refería al guante que encontré.

—Quería saber si esto era tuyo.

Sin darme tiempo para decir más, Elena me arrancó el guante de la mano, el cual se llevó al pecho estrechado entre las suyas.

—Por favor…, vete –pidió de repente con un hilo de voz.

—Pero…

—¡Por favor, vete! –insistió, esta vez, gritando.

Salí de la habitación, me sentía furioso hasta más no poder. Un ardor sofocante muy diferente al que me invadía cuando cambiaba de hombre a lobo; no, esta era una rabia irracional de la que sólo escaparía al desquitarme golpeando algo. Le di un fuerte puntapié a una puerta cualquiera.

Puede que suene como una estupidez de mi parte, pero la verdad es que la vida no es como la pintan en los cuento y demás; si ya de por sí es difícil, el hacerla junto con alguien más es un misión casi imposible, por más amor que se tengan.

Deambulé de aquí para allá. Trataba de olvidar lo ocurrido. Terminé, por cosas del destino, saliendo a los jardines. El sol de la mañana me dio de lleno en el rostro. Quedé enceguecido por un instante.

Un día esplendoroso. No había ni una nube en el cielo inmenso y azul, la brisa de verano traía consigo el aroma del bosque cercano. Era uno de eso días en los cuales, se podría decir, se sentía como la buena fortuna entraba en nuestros cuerpos por medio del aire cálido e impregnado con los olores de la naturaleza.

Al ver todo eso me di vergüenza a mí mismo, debería de ser un crimen estar decaído cuando hay tantas cosas maravillosas con las cuales alegrarse, o al menos tener buena cara. Hasta cerca del medio día fue cuando dejé mi paseo por los jardines, y sólo por que el hambre me obligó a hacerlo. Ya debía ser la hora del almuerzo.

Por suerte los humores se habían calmado en comparación a ayer, nadie notó mi llegada al comedor. Entre la multitud encontré a Vanesa, pero Elena no aparecía en ninguna parte, así que me senté junto a ella. Con sinceridad les digo la mucha ayuda que fue el tener a una amiga como Vanesa a mi lado en esos momentos donde necesitaba unos hombros en los que apoyarme.

Cuanto lamento no haber sido un apoyo para ella, como ella lo fue conmigo.

—Déjame decirte que tiene que ser un crimen tener esa cara de asesino en serie en una mañana tan perfecta como la de hoy –dijo con su habitual cara de mofa y alegría desmedida.

De no ser por ese insulto medio disimulado hubiera asegurado que ella y yo habíamos pensado lo mismo.

—Entonces tendrás que ponerme unas esposas –argüí sombríamente mientras me servía cualquier cosa que estuviera frente mío en ese momento, no le prestaba la menor atención a lo que hacía.

Puede escuchar una risita venir de Vanesa.

— Héctor, no sabía que tuvieras ese tipo de “apetencias”—dijo tapándose los labios con la punta de los dedos.

—¿De qué rayos hablas?

Sentí como la sangre se agolpaba en mi rostro, y hacía ruborizarme al ver el gesto de Vanesa, quien parecía estarme azotando con un látigo invisible.

—¡Déjate de tonterías! –protesté abochornado. Aparte la mirada de ella, no quería escucharla más. Pero ella no me haría semejante regalo.

—Dime, ¿Qué se siente ser sadomasoquista? –preguntó Vanesa acercándoseme de forma sugestiva. Como si me fuera a besar, ella se acercó a mi rostro muy lentamente, pero en vez de ello me sopló en el oído antes de retroceder a punto de orinarse de la risa.

 Pasé los siguientes quince minutos rojo como un tomate, sin querer ver a Vanesa, quien no se cansaba de reía. Por poco y no terminó afónica a costa mía, hubiera sido una pequeña venganza del destino, pero no ocurrió.

Era cerca de la hora de la cena cuando me planté de nuevo frente a la puerta de Elena, toqué pero nadie me respondió. Volvía  tocar y lo mismo, nadie contestaba. La llame, pero no parecía haber nadie, aunque no hacía falta ser un genio para darme cuenta que sencillamente me ignoraba. No quería saber nada más de mí, sin importar cuantas veces tocará o la llamase.

Como aquella vez cuando la encontré en su tienda hace dos días. Otra vez sola. Sola y con la mente perdida en cualquier clase de divagaciones que nada más a ella le competían. En momentos así me cuestionaba para qué servía el ser la persona más cercana a Elena si aún así me negaba parte de su ser. O, aún más, si de verdad podía considerarme como tal.

Me recosté en la puerta y me dejé caer. Permanecí sentado por un buen rato, creo que hasta me quedé dormido.

A pesar de mi terquedad y de las horas que pasé sentado una respuesta por parte de Elena, mis esfuerzos fueron en vano. No tuve otra opción que darme por vencido y volver a mi habitación. Había perdido el apetito.

Los siguientes días seguí esperando enfrente de la puerta de Elena, pero aún no se decidía a abrirme. Era tan frustrante. Hay personas testarudas, con tal de perder lo que más quieren con tal de no dar su brazo a torcer; pero hay muchas otras, entre ellos me podría incluir yo mismo, en las que el miedo les impide dar el siguiente paso.

¿Cuál de ellos era Elena?

Por suerte, en ese enorme rancho, resultaba fácil desviar mis pensamientos de Elena, para cuando fueron cinco días de nuestras pelea, si es que podía llamarse así, ya no me quedaba como un idiota esperando a que me abriera. La única vez en que pensaba en ella era cuando, al irme a dormir, la recordaba tirada en el suelo a sus anchas. Se me esbozaba una leve sonrisa al hacerlo.

Cómo alguien puede sentirse a gusto durmiendo en el piso.

—No puedes engañarme, Héctor –comentó así como así Vanesa.

Estábamos en los jardines —los cuales se habían convertido en uno de mis lugares favoritos— junto a los niños a darnos un paseo por allí. Otra estupenda mañana. Mientras los pequeños corrían entre los arbustos y árboles, Vanesa y yo nos quedamos sentados a la sombra de un gran roble. Mirándolos jugar.

—Y yo que creía todo lo contrario –respondí secamente.

 —¡Habló enserio, tonto! –dijo Vanesa mostrándose preocupada—, algo te pasa y no quieres decírmelo. Es descortés guardar secretos conmigo. Yo si te conté todo sobre mí, casi que podrías hacer una biografía con eso.

—Nadie te pidió hacer, en primer lugar –solté tratando de evadir el tema.

Pero no podía ocultar mis preocupaciones con Vanesa. Y mucho menos al notar que ella me veía con una mira seria y penetrante. Dejándome en claro que no estaba jugando y, más importante aún, que enserio estaba preocupada por mí.

Ella me escucharía sin importar lo que le dijera, pensé.

Cuando terminé de contarle la pequeña gran historia de la última semana Vanesa había vuelto a ser la misma de siempre.

—Pues debiste de hacer algo estúpido para que no te quiera abrir la puerta —esa fue la sabiduría ancestral de Vanesa, heredada por cientos de generaciones de filósofos y poetas de su familia. Debí suponer que no diría algo que en realidad valiera la pena.

Suspiré.

—Pero descuida, pronto se dará cuenta, de que por más tonterías que hagas, no puede vivir sin ti —agregó abrazando sus rodillas y sonriendo, me miraba con una chispa en sus ojos que no podría describir de otra forma que no fuera como cariño.

Fui de regreso a la casa, dejé a los niños y a Vanesa jugando. Lo único que tienen en común es que ambos nunca parecen cansarse. A medio camino se hallaban unos rosales, y allí me topé con Danilo. Resultaba extraño verlo con ropa norma, pero por motivos que nunca quise averiguar, llevaba también una capa con piel de lobo.

Entre los hombres lobo enserio que hay gente extraña.

—Muchacho Héctor, ¿qué te trae por estos lares? —pregunté este, tocando delicadamente una rosa sin cortarla.

Que él, con su apariencia de matón de películas de pandillas, apreciara las flores era una combinación muy extraña. En ese momento no tenía ganas de hablar con nadie, mucho menos con él, nada más deseaba encerrarme en mi cuarto con mis pensamientos.

—Por cierto —comentó Danilo al ver que no le respondería—, Elena lleva casi una semana sin abrirle la puerta de su habitación a nadie, ¿sabes por qué?

Me detuve en seco.

—Se encerró porque encontré su guante de Paladín Nocturno. Por eso lo hizo, porque tiene un guante de Cazador

—¿Y eso es todo? —preguntó Danilo—. Yo mismo se lo di hace algunos años, se lo quité a un cazador que asesiné.

Escucharle hablar de muerte con aquella frialdad me causó escalofríos. Danilo es una persona temible.

—¿Entonces por qué no me lo dijo?—susurré irritado, cerré mi puño por la impotencia.

—Aun eres muy joven, pero con los años te darás cuenta de que lo que a ti te parece sencillo para los otros no lo es tanto y viceversa. Y también que lo más difícil es sincerarse con uno mismo antes que con los demás.

NOTAS:

Capítulo que comienza con el arco final de Héctor en el clan de Danilo.

De aquí en adelante, el siguiente es el último dela Parte II, comienza el crossover entre la historia de Héctor y la de Isabel.

Perdón por el atraso de los Cuentos de lo Grotesco, pero es que trato de adelantar todo lo posible El Diario del Licántropo, por si ocurre alguna contingencia. Descuiden, que ya tengo dos o tres Cuentos escritos y listos para ser publicados, pero quiero esperar a que empiecela Parte III, a la cual titularé: Cuando lloran los Lobos.

No sé ustedes, pero a mí este capi me pareció, por mucho drama que quise ponerle, que no pasaba la gran cosa.

Por cierto, el emblema dela Hermandadde los Paladines Nocturnos, los Cazadores, es muy parecido al de los Alquimistas Nacionales de Full Metal Alchemist. La diferencia esta en que en el guante esta grabado en oro, es un león como se presenta en la heráldica y atrás de esta hay una estrella de seis puntas, o hexagrama.

La imagen que encabeza hoy el capítulo es de la serie Spice and Wolf, una serie que se me antoja ver con cada fibra de mi alma, junto con Dance in the Vampire Bund y Okami-san.

No se olviden responder la estúpida encuesta. Falta poco para revelar los resultados, más inesperados de lo que yo podría haber imaginado.