Capítulo Quince: La Guarida de los Lobos

Posted on 6 mayo, 2011

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Durante la marcha de regreso me mantuve en silencio. Por suerte, en mi forma de lobo no tenía la posibilidad de hablar con nadie.

Aún así todos parecían, de la noche a la mañana, querer acercárseme, hablar de algo, cualquier pequeñez. Que cambió tan repentino, ¿no? Elena estaba a mi lado, estamos en el centro del grupo. La insoportable sensación de ser observado me impedía exteriorizar mis sentimientos.

Me encontraba desolado. A pesar de la insistente vigilancia de los otros miembros de clan, me sentía solo. En un prado tenebroso, donde los demás, Danilo y Elena, estaban a mi alrededor, pero no eran otra cosa que unas sombras borrosas, espectros difuminados a la merced del viento. Sin voz, sin calor.

La imagen de aquel desdichado muriendo en mis brazos me torturaba, ¿por qué dolía tanto?

¿No se suponía que estaba haciendo lo correcto?, ¿Así no libraríamos a los Demonios de la Luna de su sufrimiento?, ¿Acaso no somos los buenos?, debía serlo, debíamos ser los buenos; entonces por qué no me lo creía. Por qué el saber que hago lo correcto no me reconfortaba.

Pasé horas enteras en esas divagaciones; en el recordar y reflexionar que fue gracia a mí que la joven licántropo, llamada Vanesa, pudo salir ilesa de la batalla. Lo único que ayudaba a consolarme. Pero no era suficiente.

Como me limité a seguir a la manada no podría decir con seguridad por dónde fuimos. Hacia dónde estaba la casa de Danilo, aunque llamarlo caso sería poco preciso.

Nos detuvimos ante un alto arco de madera con la inscripción “El Altar” escrita en ella con letras doradas. Más allá de la suntuosa entrada se abría un extenso campo llano, veteado a lo lejos por al menos cinco grandes edificios antes de caer de regreso en el salvaje bosque.

Danilo volvió a su forma humana, nosotros seguimos su ejemplo. Entramos en la finca. Nos dirigimos en silencio al complejo de apartamentos, al más grande de ellos, el cual parecía estar conectado con los demás. Al subir un pequeño pórtico y abrir la puerta principal nos envolvió la luz del interior junto con un inesperado barullo de voces cándidas y alegres.

Esperando nuestra llegada estaba un nutrido comité de bienvenidas, el cual atestaba el gran salón iluminado por una araña en el techo. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Todos licántropos, el brillo de los cientos de ojos dorados, lo gritaban, o al menos en su mayoría. Habían niños y muchachos poco menores que yo, en quienes todavía no había despertado su magia.

La multitud nos rodeó de inmediato, absortos en su alegría. La mayoría fue a reunirse con sus familiares y amigos. La calidez de la escena hizo mella en mí.

Por más diferente que me haya imaginado el hogar de Danilo, eso no cambiaba el hecho de que a donde quiera que fuera no habría nadie esperándome, nadie a quien proteger, nadie a quien hubiera dejado atrás. No desde que abandoné a mi familia. La soledad me desgarró el alma.

Elena, aún junto a mí, me estrechó la mano entre las suyas. Le miré sorprendido.

Con ese simple gesto me mostraba su cariño hacia mí y lo mucho que nos necesitábamos el uno al otro, ¿Entonces por qué, a pesar de verse tan radiante, se mostraba triste en el fondo?

Ella me llevó fuera de la multitud. Su algarabía empezaba a hacerme daño. A pesar de encontrarnos en medio de una gran estancia de dos pisos de altura y de un tamaño considerable, eso no evitó el tener que pasar por ella a punta de empujones. Me importaba un bledo chocar con tal o cual persona, solo quería dejar de ser parte de aquella felicidad por completo ajena a mí.

-¡Hay que darle las gracias a nuestro nuevo hermano, Héctor, sin el cual no hubiéramos podido regresar triunfantes! –gritó Danilo por sobre el ruido de la multitud cuando Elena y yo ya nos habíamos abierto paso fuera del grupo–¡Por Héctor!

-¡Por Héctor! –repitieron los demás al unisonó.

Me di vuelta, anonadado. Todos me veían como si nos conociéramos de toda la vida. Elena soltó mi mano, como diciendo: “ya no me necesitas, no estarás más solo”. Retrocedió u par de pasos anti mi mirada atónita y empezó a aplaudirme con un afecto que se desbordaba por sus ojos brillantes y preciosos. Luego de un breve silencio, el resto la acompañó en su ovación de pie a un lobo que dejó atrás su vida y se metió de lleno a un mundo al que no creía pertenecer. Era la última persona en merecer tal honor. Celebraban a un asesino.

A pesar de un sentirme digno de ella, tal demostración de aprecio de alguna forma me hizo salir del lugar oscuro en que me había encerrado por mi propia cuenta.

La noche pasó en un suspiro.

Elena se apresuró a llevarme a la que seria mi habitación. Para llegar tuvimos que ir por una infinidad de corredores, todos iguales y decorados con un gusto esplendido. No salía de mi asombro, o así se podría decir si yo no tuviera mi entera atención distraída en otras cosas.

Nunca Elena me había parecido tan hermosa; su cabello rizado, su figura privilegiada y aquellos ojos destellantes, un par de diamantes dorados. Todo, absolutamente todo en ella irradiaba belleza. No podía dejar de mirarla, me había hechizado irremediablemente.

Se abrieron unas puertas y entramos en un cuarto cualquiera. Sus besos me sacaron de la realidad. Fui al cielo y regresé para contarlo.

Me desperté muy de mañana y con Elena acostada a mi lado, con su menuda cabeza recostada en mi brazo. Aquel era uno de esos días en los que uno se sentía capaz de hacer cualquier cosa, y más con una linda mujer durmiendo apaciblemente a pocos centímetros.

Al verla descansar, con esa paz tan arrebatadora, no tuve corazón para despertarla. Así que me escabullí de la cama, no sin antes darle un beso en la frente, y me vestí intentando hacer el menor ruido posible. Por qué era tan bella. Por suerte ya no tenía que usar más ropa hecha con piel de lobo, un gran alivio.

Nunca se lo dije a nadie, pero la razón principal de que no me gustará usar esas prendas de piel era que, al estar medio desnudo, se notaba que yo era un enclenque en comparación con los demás miembros del clan, en especial Danilo. Ese hombre parecía una imitación de Hulk pero si la piel verde.

Tras vestirme pude darme el tiempo para mirar por primera vez la habitación en que había caído.

Y déjenme decirles que era un lugar muy bonito. El tapizado de flores, las alfombras rojas, los muebles de madera exquisitamente trabajada y barnizada, la luz dejada pasar por las grandes ventanas, toda la decoración le daba un aire de esas películas de los años treinta; uno de esos hoteles en los que iban las grandes celebridades del cine mudo. Una atmosfera nostálgica y maravillosa.

Estuve recorriendo el laberinto de corredores por cerca de media hora, hace rato que ya empezaba a pegarme el hambre, menos mal que había un baño en mi habitación, porque si no… Supongo que hubiera pasado el resto de la mañana en ese ir y venir de no ser por me topé con una menuda jovencita, más bien nos chocamos. Y al ser la muchacha más pequeña que yo, terminó cayendo al suelo.

-Disculpa, no te vi –me apresuré a decir al tiempo que le extendía la mano a la muchacha, quien la tomó.

 -No te preocupes, esto me pasa todo el tiempo –bromeó ella—, ¿acaso tú no eres Héctor?

-Si.

La joven se levantó de bruces, mirándome directamente a los ojos. No puedo negar que eso me puso un poco nervioso.

-Espero que me perdones por no decir esto ante, por lo que lo haré ahora: Muchas gracias por salvarme.

Entonces hizo una reverencia. Resultaba que ella era Vanesa, la licántropo que rescaté del Demonio. Ella era una chica de estatura baja, algo así como un metro sesenta, de cabello corto y oscuro y piel blanquísima. Su cuerpo juvenil pero bien formado dejaba en claro su edad, diecisiete años. Con su ayuda por fin conseguí llegar al comedor, a minutos de que terminara la hora del desayuno.

-¿Qué es esto, Hogwarts? –pregunté al notar que, aparentemente, todo el clan estaba comiendo al mismo tiempo en esa sala alargada con cuatro grandes mesas dispuestas una al lado de la otra.

-¿Qué es Hogwarts? –preguntó Vanesa.

Si alguna vez alguien les dice que nunca han oído escuchar de Hogwarts, casi denlo por un hecho, tiene que ser un hombre lobo; ya que solo una persona fuera de lo normal, por no decir extraña, puede estar tan desligada del resto del mundo.

Apenas me vieron entrar en el comedor cerca de dos docenas de niños me rodearon. Entre las risitas de Vanesa, los pequeños y futuros licántropos me llenaron de toda clase de preguntas, habidas y por haber. Muchas, muchas, muchas, demasiadas preguntas. El nada más escucharles me dio dolor de cabeza. Imagínate el contestarles. Menos mal que Vanesa consiguió sacármelos de encima.

-Vamos, vamos, luego iremos a jugar con ustedes –dijo ella sonriendo; algo en ella despedía cierto brillo personal.

Los niños fueron embelezados por sus palabras, les puedo asegurar que más de uno de ellos estaba enamorado de ella. Y no los culpo por ello, era una muchacha encantadora.

-Eres muy buena con los niños –dije mientras ella y yo buscábamos un lugar en el cual sentarnos. Me moría de hambre.

-Gracias –contestó—. Ese no parece ser tu caso.

Me sonroje. A en realidad me encantan los niños.

-No es eso, es sólo que no me esperaba todo esto. Es muy repentino.

Conseguimos unos asientos al fondo del salón, alejados de los demás. Apenas me senté comencé a comer. Cosa que se me ponía en frente cosa que me metía en la boca. Todo muy delicioso.

-¿Puedo saber qué es lo que te sorprende tanto? –preguntó Vanesa con cara divertida y enigmática.

-Bueno, yo…

-¿Acaso te parece tan asombroso que un grupo de niños ingenuos te vean coma una especie de súper héroe?, después de todo saliste de la nada para salvar el día—continuó Vanesa—O, ¿será que  lo qué te extraña realmente es el hecho de haberte encontrado con una comunidad de gente alegre y feliz en lo que suponías una horda de salvajes?

Me quedé tieso, no sabía cómo responderle. Por suerte Vanesa pareció darse cuenta de ello, se dio la vuelta. Miraba a las demás personas en el comedor. Tragué saliva, tenía que decir algo, y así lo hice.

-Para serte sincero, no sé qué pensar de todo esto, hace ya mucho desde que ya no sé qué pensar sobre nada. Cada cosa que veo se me hace patas para arriba.

Vanesa volvió a mirarme. Otra vez sonriendo.

-¿Y acaso no es mejor así?—se preguntó—, soy de las personas que piensan que en la vida, lo que en realidad vale la pena, viene por sorpresa, ¿no crees?

Respondí a la calidez con que me hablaba con una tímida, pero espontanea sonrisa.

-Sí, eso parece…

Luego de llenar la barriga, con una ligera sensación de sueño a cuestas, seguí a Vanesa en una especie de recorrido por el complejo de edificios de “El Altar”. Siempre sonriente, mi guía empezó desde el comedor hasta enseñar hasta el más minúsculo de los recovecos del lugar. Ella fue mi primera y, aparentemente, única amiga que tuve en el clan de Danilo.

“El Altar” era un lugar sencillamente asombros. Contaba con cinco alas conectadas entre sí y con el edificio central, La Casa Grande, donde vivía Danilo y lo que podríamos llamar su corte. Dos de las alas servían de dormitorios; también había una sala de juegos, una biblioteca y una especie de museo-barraca, estas en las tres alas restantes. Las más alejadas del complejo.

Cuando llegamos a esta última, Vanesa me hizo mirar de cabo a rabo el lugar, supongo que estaba “dejando lo mejor para el final”. Las barracas parecían un lugar incomodo. Lleno de armas, entre antiguas y más modernas, en una mezcolanza extraña. Aun así, no podía negar que también era una habitación atrayente, con su encanto y vida propia, completamente aparte del resto del complejo. Un objeto en particular atrajo toda mi atención entre la infinidad de aparatos fascinantes. Vanesa me seguía de cerca cuando me puse enfrente de la armadura.

Al estar, pude notar toda la magnitud de aquella cosa. Un traje hecho de pial de lobo recubierta con placas de acero una encima de otra, emulando a un gigante armadillo metálico. Una armadura de lobos y hechas para ser llevada por lobos. Sólo tenía una palabra en mi vocabulario para describir la armadura.

-Increíble—dije, acariciando con la punta de los dedos las brillantes placas de metal pulido. Parecía hecha ayer, y no hace cientos de años.

-Eso mismo pensé la primera vez que la vi—soltó Vanesa en voz baja.

Terminamos nuestro recorrido en una terraza del Ala Norte, desde la cual se veía en toda su extensión los verdes campos de la finca, y más allá, el bosque. Era cerca del medio día y algunos niños jugaban por allí. Corrían entre risas, que hermoso.

Al verlos, tan alegres, tan inocentes, tan alejados de todos los horrores que me tocó ver y vivir a tan temprana edad me hizo sentir un terrible remordimiento hacia todo y todos. Pero el momento para el rencor había pasado hacía ya tiempo. Ahora nada más podía sentir un gran cariño para con esos niños licántropos, un cariño que me hinchaba el corazón.

-¿Te puedo hacer una confidencia?—me preguntó Vanesa con los ojos puesto en el horizonte y un hilo de voz. Antes de poder contestarle agregó—. Mis padres estaban en contra de que me uniera a los Beowulfs—nombre que le dieron a los soldados hombres lobo dentro de los clanes—, pero eso nunca me detuvo a la hora de tomar mi decisión.

>>No puedo culparlo por ello, si hubiera sido yo quien tuviera a una hija encarando peligros como los de ayer, probablemente hubiera hecho lo mismo.

-¿Por qué me cuentas todo esto?—acerté a preguntar medio confundido.

-Ellos son buena gente, pero no creo que fueran lo bastante fuerte con para esperar mi muerte en cada misión a la que fuera, por lo que hicieron lo que creyeron necesario hacer: Si me iba con Danilo dejaría de ser su hija.

Me mantuve inmóvil, mirando a Vanesa fijamente y en completo silencio. Ella seguía parada junto a mí, con los ojos dando al horizonte, casi parecía hipnotizada. Puse la barbilla sobre sus brazos cruzados sobre la baranda.

-Quién pondría a su propia familia en semejante predicamento—continuó Vanesa con una sonrisa en los labios, una sonrisa triste—. Se podría pensar que me resulto difícil el elegir, pero en realidad no lo fue tanto. Me uní a los Beowulfs. Y mis padres se forzaron a arrancarme de sus corazones y recuerdos. Así no podría lastimarlos más. Para ellos estaba muerta.

>>Hice mi elección, no puedo dar marcha atrás. Sin importar lo arduo que se me haga seguirles el paso a Danilo y los demás, sin importar lo inútil que resulte ser en cada misión, o lo cerca que me ponga de morir mi propia incompetencia. No, no puedo vacilar, se los debo a ellos a quienes he herido tanto.

Los niños ahora parecían jugar al escondite.

-Me preguntaste hace poco el por qué te decía todo esto. No lo sé, francamente no sé por qué lo hice. Pero si sé que todos tenemos razones por las cuales luchar, para hacer lo que hacemos. Para serte sincera, siento que contigo puedo hablar de cualquier cosa…

Las lágrimas se empezaban a abrir paso por los ojos de Vanesa. Actué por puro impulso.

-Qué… qué haces—tartamudeó Vanesa con los ojos vidrioso. La tenía atrapada entre mis brazos, un abrazo fuerte pero que dejaba algo muy en claro: Estoy aquí, puedes contar conmigo.

-¿Quieres qué te digo lo que más me extraña de este lugar?—pregunté—. Es que en un lugar como así se le aplauda a un recién llegado cuando tiene frente suyo a alguien que si se los merece. Una verdadera heroína. Eso es lo que más me extraña de este lugar; no lo entiendo y nunca lo voy a entender.

No recuerdo cuanto le tardó el contestarme el abrazo, pero sí que lo hizo. Nos quedamos así por varios minutos. No necesitábamos hablar para entender lo que pensaba el otro.

-Vanesa, deja de apretarte a tu novio y ven a jugar—escuché decir a un niño.

Al instante ella me apartó como si fuera un saco de plumas. Esa chica tenía fuerza.

-¡Él no es mi novio, ni siquiera es de mi tipo!—gritó Vanesa apuntándome con el dedo.

No era necesario perder los estribos así, menos de forma tan infantil.

-¿Con qué no soy tu tipo?—contesté levantándome de suelo con expresión inescrutable—. Bueno, si es así, lo mejor será irme. No quiero molestarte más con mi presencia.

Me metí las manos en los bolsillos y me encaminé fuera de la terraza. Aunque no la veía, si podía adivinar a la perfección como Vanesa buscaba que decir para arreglar su error, con la cara roja como un tomate. Como no se podía decidir terminaba tartamudean al tiempo que tiritaba un poco, de forma nerviosa.

-Héctor… espera… por… por favor.

-¿Por qué debería?—pregunté con dureza.

Creo que ahí me pase, miré por sobre mi hombro. La pobre estaba sin saber qué hacer, sonrojada y con los ojos al borde de las lágrimas. El corazón no me dejaba ser tan malo con ella, aunque fuera en broma y se lo mereciera.

Sonreí. Me lance hace la baranda. Salté la terraza de dos pisos de alto, caí en el suelo tras concentrar mi magia en las piernas. Ileso. Termine de cuclillas junto a los niños, quienes me aplaudían y vitoreaban.

-¿Para qué esperar si hace un día precioso?—le grité a una sorprendida Vanesa con una sonrisa de oreja a oreja.

Ahora sí que parecía querer llorar, aunque se contuvo. Se lanzó también de la terraza. Menos mal que pude atraparla en el aire, estoy seguro que de no hacerlo se hubiera dado una buena matada. Sin embargo, no pude con ella y me terminó cayendo encima.

-¡Vamos a jugar, niños!—gritó.

Si todos en esa casa fueran como ella, había terminado en un manicomio. Pero como dice el saber popular: si vas a Roma, haz lo que los romanos.

Pasé el resto de la tarde corriendo al lado de esos niños escandalosos y su líder aun más escandalosa. Para la hora de la cena me tocó volver al comedor. Otra vez tuve que sacarme a sombrerazos a los curiosos, en momentos como aquellos desearía ser ignorado al igual que en el campamento.

Apenas si pude comer en paz.

Estaba muy cansado, por lo que me despedí temprano de Vanesa y los niños. Fui directo a mi habitación, cuando entré Elena ya no estaba, lo que me hizo darme cuenta que no la había visto en todo el día, tampoco a Danilo. Pero no tenía de que preocuparme, ellos se saben cuidar mejor que yo.

Además, no me fue tan mal sin tenerlo al lado, ¿no?

Me acosté sin pensar en nada en particular. Antes de cerrar los ojos me topé con un pedacito de tela negra entre las sabanas. Podría jurar que lo había visto antes, pero no recordaba en dónde.

Ya me ocuparía de ello por la mañana, sólo quería dormir.

Ese fue mi primer día completo en “El Altar”. El primero de muchos.

NOTAS:

Otro capi nuevo, si… a pesar de atrasarme en Cuentos de lo Grotesco si me retrasó con El Diario del Licántropo mi moral como escritor “serio” se desmoronaría.

Ahora bien, el nombre de la casa de Danilo, “El Altar”, viene del nombre de la finca propiedad del protagonista de Las Lanzas Coloradas, novela escritor por el mejor escritor venezolano hasta que yo lo terminé desplazando. Voy por ti Uslar Pietri, te quitaré de ese pedestal de oro.

Otro capítulo largo, cuando los escribo en el cuaderno no me lo parecen tanto, cerca de 3.000 palabras.

Introducimos a un personaje algo olvidado en Crónicas Nocturnas, la licántropo Vanesa. Tendrá un gran rol a partir de ahora.

Quise acelerar su relación con Héctor para que hiciera contraste con la que él tiene con Elena. Que se tomó un poquito más en formarse. Además, la razón en la que me excuso por ello es la siguiente:

El Facebook y las redes sociales son tan exitosas porque para la gente es más fácil hablar con extraños a los que no les conoce el rostro que con la gente con la que ha estado toda la vida. Explicar el por qué tardaría mucho, así que lo dejaré para después.

Y les repito, dejen al menos una calificación al capítulo. Por favor.

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