Capítulo Trece: El Viento sopla entre Lobos

Posted on 22 abril, 2011

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-¡Héctor, detente! –gritaba Elena esquivando a duras penas mis arremetidas –, puedes hacerlo, controla tus sentidos, tu puedes.

La escuchaba pero no le hacía caso, no podía. Mi cuerpo se movía por pura inercia, una oleada de instintos despiertos en mí.

Me resultaba sencillo acorralarla, ¿Por qué no se defendía?, ella fácilmente podría someterme, ¿Qué se lo impedía?

Nos encontramos en una peligrosa danza, en donde quien equivocara en el ritmo de la pieza resultaría muerto en el acto. Elena evitaba mis ataques fácilmente, con ello me instaba a seguir luchando, a ser cada vez más agresivo.

Elena se lanzó de cabeza, dando un salto mortal con una gracia y elegancia ganada con los años. Aterrizó como una pluma lejos de mí, en medio del claro del bosque donde entrenaba con ella. Nos quedamos mirando con la guardia arriba, esperando a que el otro hiciera el siguiente movimiento.

Empecé a gruñir, la baba salía de mi hocico. Las garras se hundieron en la tierra fría y húmeda. Los instintos me dominaban.

Me lancé contra ella, dispuesto a matar.

Todo comenzó hace diez días.

Luego de haber decidido quedarme en el clan de Danilo estuve listo, en cuerpo y mente, para empezar con mi entrenamiento. Lo primero sería controlar mis poderes como licántropo.

-Vamos, Héctor, apúrate –instaba Elena parada justo afuera de mi tienda.

Me resultaba imposible salir, con solo asomar la idea me ponía rojo como un tomate de la vergüenza. Me sentía tan estúpido.

-Si no sales ahora te voy a sacar por la fuerza –ese tipo de advertencias por parte de Elena no pueden tomarse a la ligera.

Así que no tuve más remedio, salí de la tienda con el rostro dando al piso y las manos tapándome de la mejor manera posible. Vuelvo y repito, me sentía tan, pero tan estúpido.

-Por favor, no digas nada –le pedí con la cara roja.

Ya podía imaginar las burlas y chistes por parte de Elena, más por mi reacción que por mi apariencia. Era parte de su personalidad el no saber cuándo parar de hablar. Lo esperaba con la guardia alta, pero ni un comentario fuera de lugar salió de sus labios.

-¿Qué estamos esperando? –preguntó, se veía muy seria. Desviaba la mirada, aunque era claro que su atención estaba en mí.

Supongo que no se podía evitar mirarme de forma curiosa. Hasta yo debía reconocerlo, la pose en la que me encontraba era como menos que ridícula. Le sacaría carcajadas hasta al más cascarrabias.

-¡Deja de verme así! –protesté al borde de las lágrimas.

Elena tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo volvió a ser la de siempre.

-¿Y qué quieres que haga si te ves como si tuvieras diarrea y estuvieras aguantando? –contestó ella poniéndose las manos en la cintura, dándoselas de ofendida –Deja de hacer morisquetas, tenemos mucho que hacer hoy.

En esas se apareció Danilo.

-Hey, lindo atuendo, muchacho, ya pareces todo un hombre –precisó Danilo con innecesario buen humor, casi eufórico. Con una de sus manotas me dio una palmada en la espalda que me hizo arquear la columna. Eso dolió –. Te vez listo para la batalla.

Era todo culpa suya, culpa de Danilo.

Como requisito para ser entrenado me hicieron, por no decir obligaron, usar una de esas prendas hechas con piel de lobo. Me tocó unos pantalones cortos demasiado ceñidos al cuerpo, ¿acaso era una mujer para llevar algo así?

-Aun no entiendo por qué debo vestirme así –refunfuñé por lo bajo.

-Ya te lo he repetido un millón de veces –contestó Elena de mala manera –: La piel de lobo tiene la capacidad de cambiar con nosotros, por lo cual la necesitamos llevar puesta en todo momento para no terminar desnudos. Mira, hasta yo tengo ropa de piel de lobo.

Efectivamente, ella solía usar dos piezas, que parecían un traje de baño más recatado que lo de ahora, pero que enseñaba suficiente piel y demarcaba su escultural figura. Excepto los días de mucho frío, entonces se cubría con una enorme manta de piel, seguramente de osos por su gran tamaño. De no ser porque ya me había acostumbrado hubiera sido incapaz de dejar de babear al verla.

-¡Pero ti te queda bien, a mí no! –me limité a decir sin pensar ni otra intención que dar a entender lo estúpido que me sentía vestido así.

Elena me miró extraño, por un segundo nuestros ojos se encontraron. Algo se movió en mi pecho.

-Bueno, bueno, con el tiempo te acostumbraras, todo el mundo lo hace –terció Danilo envolviéndonos a Elena y a mí con sus enormes brazos –. Ahora, jóvenes, les toca una larga noche. No los quiero ver hasta que Héctor sea tan hábil como tú o yo.

-¿Acaso no vienes? –pregunto Elena separándose de Danilo, se le veía alterada.

-Pues no, aquí hay cosas por hacer –contestó este sonando extrañado por aquella pregunta –. Debemos terminar los preparativos para volver a la casa principal, esperamos que Héctor sea capaz de controlar sus poderes para entonces.

Danilo se fue tras decir eso, riendo como un desquiciado, enserio que estaba raro ese día. En un descuido Elena comenzó a caminar, para cuando me di cuenta ya había avanzado un buen tramo.

-¡Oye, espérame! –grité corriendo tras de ella.

Como era la costumbre, el resto del clan, a excepción de Elena y Danilo, me miraban con recelo y de perfil, nadie se atrevía a mirarme a los ojos, y para serles sincero, ya no me importaba como al principio.

-Elena, ¿te puedo preguntar algo? –dije cuando ya la había alcanzado. Nos encontrábamos a las afueras del campamento, estaba seguro que los demás licántropos no nos escucharían.

-Por supuesto –contestó secamente.

-¿Qué es eso de la casa principal que dijo Danilo?

– No veo por qué te sorprendes. Es justamente eso, el lugar en donde vivimos la mayor parte del tiempo, ¿no habrás pensado que nos la pasábamos merodeando por los bosques cual unos salvajes cualquiera? –el sarcasmo de Elena fue más claro que sus palabras en sí.

Tuve que cuidar mis palabras, con tal de no decir algo inapropiado.

-No como unos salvajes, pero esa era más o menos la idea.

-Pues lamento decepcionarte –bromeó Elena con su típica jocosidad –. Cada clan tiene su propio territorio, el cual debe defender de toda amenaza. Se podría decir que nuestra casa es como un castillo en el cual descansar luego de una larga campaña.

Me quedé en silencio, sonriendo al notar la forma orgullosa el que hablaba.

-Parece haber escuchado demasiadas historias del Rey Arturo.

-Puede ser, sin embargo Danilo es como el soberano de este reino y nosotros somos sus caballeros. Sólo faltan una mesa redonda en la cual sentarse y una copa vieja para buscar.

El camino por el que íbamos se inclinaba abruptamente, debíamos de tener mucho cuidado para no rodar cuesta abajo. Los árboles, la vegetación en general, se hacía menos densa al ritmo al que avanzábamos.

Tomó cerca de quince minutos llegar a un claro en el bosque alejado de todo. Sin duda para no causarles inconvenientes a nadie.

-Este lugar parece excelente, ahora a trabajar –dijo Elena dándose media vuelta.

Yo me quedé ahí parado, qué más podía hacer. Eso la molestó mucho.

-¡Empieza, idiota!

-¿Con qué?

Elena se quedó en silencio, su rostro se paralizó en una mueca de incredulidad. En un gesto de resignación se peinó para atrás con los dedos.

-Para qué crees que vinimos para acá, Héctor – me preguntó conteniendo, muy mal por cierto, su rabia.

-Para aprender a controlar mis poderes.

-Entonces… trata de hacerlo.

-Cómo.

Otra vez silencio, se volvió a peinar con los dedos.

-Trata de recordar cómo te transformaste la última vez, por algo se tiene que empezar, ¿no? –recomendó ella.

Sin querer parecerle más tonto de lo que ya debería parecerle a Elena traté de concentrarme. Cerré los ojos y busqué en mi memoria la gama de sensaciones que experimenté la primera vez que fui lobo, con la intención de recrearlo.

Aquel fuego avasallante proveniente desde el fondo del pecho, como se esparcía por todo mí ser y me convertía en un animal sobrenatural. Traté de revivir y replicar todo eso.

-No puedo –dije varios minutos intentando en vano.

-Era de esperarse –meditó Elena con expresión pensativa –. Si estoy en lo correcto, tus transformaciones anteriores debieron ser por puro instinto, actuaste según te lo exigía la situación.

>> Entonces tendremos que empezar con lo básico: Los licántropos podemos cambiar de forma gracias a una magia impregnada en nuestra alma, por decirlo así. Una especie de espíritu simbiótico que nace con nosotros y el cual podemos usar a voluntad.

>> Así que para poder cambiar de fase, lo primero es poder sentir, estar conciente de esa energía, ¿lo sientes?

Volvía a cerrar los ojos y casi de inmediato lo percibí. Allí estaba, una calida fuente intangible moviéndose erráticamente de mi pecho al estomago, una especie de serpiente de fuego tibio.

-Lo siento, y es raro.

-Perfecto. Ahora intenta avivar esa llama, de moverla, de darle forma. Cuando seas capaz de encender esa llama hasta que te envuelva por completo podrás convertirte en licántropo a voluntad. Pero no somos como bombillos, no sólo estamos o encendidos o apagados.

No puede evitar sonreír.

-Ya te darás cuenta de lo que me refiero, ahora intenta jugar con la energía.

Indagando en mi cuerpo localicé ese calor especial, la fuente de mi poder como hombre lobo; al respirar, al concentrarme en ella, con el suave movimiento de mi pecho podía sentir como se avivaba la llama. Era algo increíble, pero a su vez me atemorizaba. Sentir una fuerza de la naturaleza a mi disposición me hacía sentir humilde, por primera vez me di cuenta de la importancia de controlar ese poder.

-No debes tenerle miedo a tus poderes, pero es nuestra obligación el respetarlos y comprenderlos –comentó Elena observándome desde una gran piedra medio enterrada en el suelo, en la cual estaba sentada –. Alguien muy sabio me dijo que lo difícil no es usar nuestras habilidades, lo difícil es saber cómo usarlas.

– Suena como una persona muy inteligente –aseguré admirando el semblante dulce de Elena –, ¿puedo saber quién fue?

-Fue Danilo, el día en que nos conocimos –contestó con una tierna sonrisa en los labios que me desarmó en el acto.

Nos quedamos callados viéndonos a los ojos, ninguno sabía qué decir.

-Parece ser un gran hombre –dije rompiendo ese silencio incomodo, desvié la mirada a un rincón cualquiera. Se me nublaba el juicio al verla.

-Si, él es como un padre para mí, para todos nosotros en el clan –contestó Elena. Los ojos le brillaron de forma encantadora, pero a su ve se veía triste.

-Elena…

-Ya es hora de dejar de hablar, ponte a trabajar, no me quiero quedar aquí toda la noche.

Así lo hice. Cerré por tercera vez los ojos y enfoqué todo el poder de mi concentración en aquella llamita dentro de mi cuerpo.

Pasé horas enteras, aunque me parecieron minutos, jugando con ese fuego interior. Me resultaba asombroso el sentir como se movía, crecía y retorcía bajo mi voluntad la energía. No hay palabras para describirlo.

Al irle tomando el ritmo, más partes de mi cuerpo eran irradiadas por el calor sobrenatural, estaba a punto de ser envuelto por completo por él cuando Elena me hizo detener.

-Ya ha sido suficiente –dijo –. No subestimes el estrés producido por manipular la magia, si te excedes de la raya podrías agotarte física y mentalmente, incluso podrías sufrir heridas graves.

-Pero si me siento de maravilla –comenté.

Apenas di un paso hacia delante la vista se me nubló, perdí la fuerza en la parte inferior de mi cuerpo. Por poco y me caigo de bruces, mis piernas reaccionaron al último minuto. Elena se acercó preocupada, me ayudo a mantenerme en pie. Estaba mareado.

Aunque puede sonar fuera de lugar, me sentía como si estuviera pasado de tragos. Envolví a Elena con los brazos para no caer, mientras que ella puso sus manos en mi pecho. Así fue como regresamos al campamento.

Así pasé una semana, entrenando con Elena. Con cada día mi control mejoraba y me cansaba menos en el proceso, aunque todavía no era capaz de convertirme en lobo.

Sin embargo, al tercer día, enfoqué toda la magia en mi interior a mis antebrazos. Ante mis ojos los dedos y muñecas se cubrieron de un grueso pelaje marrón, salieron garras donde deberían estar mis uñas; no eran manos de lobo, pero tampoco de humano, era una especie de hibrido. Al principio me pareció asqueroso, pero, al pensármelo mejor, me dije: Esto es demasiado genial.

-Con que a esto te referías –exclamé jugueteando con mis nuevos juguetes. Eran increíbles, de un zarpazo podía arrancarle un buen tajo a cualquier tronco.

-Ya lo vas entendiendo –soltó Elena entre feliz y orgullosa –. De esa misma forma puedes cambiar cualquier otra parte del cuerpo. Eso nos da una gran ventaja en ciertas ocasiones. Aunque la fase de lobo es la mejor cuando se trata de peleas cuerpo a cuerpo.

Por fin al ver resultados tangibles de mi entrenamiento me motivé aún más. Para el quinto día ya no me cansaba manipular la llama y para el octavo podía cambiar a voluntad cualquier parte de mi cuerpo, aunque muy pocas de ellas me resultaron útiles, mucho menos en ciertas ocasiones.

Pero debo agregar que fue muy gracioso el juguetear con mi cola frente a Elena. Pasamos la siguiente media hora en una pelea de colas, y la mía era muy cosquilluda. No recuerdo haberme reído así desde hacía mucho tiempo, desde antes de saberme un hombre lobo.

Así llegamos al décimo día; estaba muy confiado, hoy cambiaría completamente, lo sabía. Mientras bajaba junto a Elena hacia donde debía entrenar una pregunta, en que hasta entonces no había considerado, me llegó a la mente.

-¿Por qué tenemos que alejarnos tanto del campamento?

-Porque, cuando completes tu cambió de fase puedes ser algo inestable. Así que te alejamos de todos para minimizar los posibles daños.

No lo puedo negar, esa respuesta me quitó algo de mi recién adquirida confianza. Pero no había llegado tan lejos en el entrenamiento como para detenerme antes de llegar a la mejor parte.

Al estar preparado y concentrado cerré los ojos. Mi poder me envolvió en todas direcciones cual una sabana de fuego. A diferencia de las otras transformaciones, violentas y erráticas, esta vez fue más sistemática, sabía adonde y como se movía la magia en mi interior, yo tenía el control. O eso parecía

De pronto las llamas se esparcieron, una explosión de furia y energía. Cada parte de mí ser fue devorada por el fuego, el cuerpo humano fue hecho cenizas, de esas cenizas nació un lobo.

Me agité al caer al suelo con mis cuatro patas.

-¿Héctor, estas ahí? –preguntó Elena acercándoseme muy despacio.

Su pregunta me pareció fuera de lugar, claro que era yo y estaba frente de ella. De inmediato me lancé sobre ella, trataba de detenerme pero mi cuerpo no respondía mis órdenes. Como si fuera un simple espectador.

La secuencia de eventos se repetí en mi cabeza al lanzarme contra Elena una vez más. Ella no tenía oportunidad para escapar esta vez, la había acorralado. Sin embargo ella no parecía asustada ni mucho menos. Elena abrió los brazos de par en par, mi miró a los ojos sin mostrar miedo.

No.

No, no podía hacer esto, no podía hacerle daño, a todos menos a ella. Un aluvión de emociones y sentimientos me sacaron de balance, los cimientos mismos de mi conciencia se estremecieron. Por fin fui más fuerte que mis impulsos salvajes.

Me alcé sobre mis patas traseras. Mi control era absoluto, reprimí la magia en mi interior a su mínima expresión posible. Volví a ser humano. Estaba absolutamente agotado, con que eso significaba que lo no era tener el poder, sino controlarlo. Me dejé caer de rodillas.

-Lo hiciste muy bien, Héctor, perfecto – me susurró Elena al oído.

Me abrazó, ambo de rodillas. Sus dedos acariciaron mi cabello. Puse la cabeza en pecho de Elena. Nada más la necesitaba a ella. Al estar así, yo sintiendo su calor y ella el mío, caí en una fosa de felicidad y paz infinita.

De alguna manera terminamos encarados, a centímetros el uno del otro. Le miré a los ojos, cómo era posible que sus ojos, tan dorados como los míos, pudieran brillar de forma tan hermosa. Dos fragmentos de ámbar liquido bellos y perfectos. Sencillamente me perdí ante su mirada.

-Qué tienes que me hace quererte –se preguntó Elena en voz baja antes de besarme.

Luego de tantos años de aquella noche perfecta no sido capaz de responderme esa pregunta. Pero me daba igual, mientras ella me amará y yo la amará a ella me parecía suficiente. Claro, no contaba con que todo, hasta la propia vida, tenía su final. Y este sería más pronto de lo que hubiera deseado.

Para que el amor funcione, amarse no es suficiente.

NOTAS:

La tercera semana de súper orgia publicadora ya está terminada.

Como ya no quiero ser tan lineal en mis escritos, hice esta especie de narración en regresión. Espero que haya quedado claro donde empieza y termina ese recuerdo gigantesco.

Lo de la casa y el reino de hombres lobo es algo medio improvisado, pero que tiene mucho sentido. Ni que fueran cavernícolas para vivir como los hice vivir. Además así ganará algo de humanidad Danilo para los siguientes capítulos.

No sé si hice parecer demasiado apresurado el enamoramiento de Elena, ¿Qué opinan ustedes?

El titulo de hoy se debe a que, según una enciclopedia que leí hace algún tiempo, el VIENTO es una forma arcaica y medieval, valga la redundancia, de simbolismo referente a la pérdida de la virginidad. Saquen sus propias conclusiones…

Siguiente Capítulo

Y no se olviden de la estúpida encuesta: