Capítulo Doce: Un Lobo sin Destino

Posted on 15 abril, 2011

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Al abrir los ojos Elena continuaba a mi lado. La pobre, un algún momento en el transcurso de la noche, se había quedado dormida; se la pasó cuidándome hasta que el cansancio le ganó la pelea.

De noche y yo con hambre.

Me levanté con cuidado de no despertarla. El dolor en mi costado ya no era tan insistente, apenas una molestia, por lo que se me hizo más sencillo el moverme. Antes de salir de la tienda arropé a Elena. Ese instante, al cubrirla del frío, creo que fue la primera vez que la vi verdaderamente como era. Me sorprendió.

Más allá de la seguridad aparente de la tienda se palpaba una paz, la cual me envolvió.

Aunque parezca una exageración, un exceso de cursilería o una falta de vergüenza y sentido del ridículo; aunque parezca todo eso y más, la verdad era que rogaba para que el tiempo se detuviera, para que todo se quedara así por siempre.

No más hombres lobo, no más vampiro no cazadores; al diablo la familia y los amigos; ojala dejara de existir el miedo, la rabia, el odio, la tristeza y cualquier otra emoción que no tuviera que ver la inmensa sensación de calma en la cual me había sumergido. Con tal de obtener eso lo demás se podía ir al infierno.

Si, lo sé. Simple y mundana autocompasión, como si eso ayudara en algo.

Sentía como si estuviera a la deriva en un pequeño bote en medio de una tormenta, sin importar cuánto llore, suplique o rece, la tormenta sencillamente no se detendría, pero algún día el viento dejaría de soplar, tarde o temprano llegaría la mañana y un mar calmado. Lo importante era aguantar a aquel tiempo. Eso es, lo importante es resistir la adversidad. Ojala las cosas hubieran sido así de claras entonces.

Oí el crepitar de una fogata cerca. La curiosidad me ganó. Al acercarme se me hizo agua a la boca, un delicioso olor a carne asándose me pegó de lleno en la nariz. Distinguí la silueta de un hombre mirando al cielo a través de las copas de los altos árboles, parecía estar absorto, contemplando las estrellas.

– Si quieres puedes acompañarme. No es de buena educación espiar a los demás.

Dijo el hombre sin mirarme.

– Perdón, estaba pasando por casualidad y…

– La segunda mayor ilusión que se creó el hombre es el creer que existe algo como la casualidad – me interrumpió el hombre mirándome por sobre su hombro.

Era Danilo, sus penetrantes ojos dorados brillaban con mayor intensidad bajo la luz de la hoguera.

– ¿Entonces cuál es la primera ilusión que se creó el hombre?

– La existencia del destino – contestó –. N o hay ningún evento movido ni por alguna especie de plan superior a nosotros ni por los hilos de que consideramos como coincidencia.

Me acerqué un poco más, el olor de la carne me tentaba.

– Sólo existimos nosotros – prosiguió Danilo, sus brillantes ojos volvían a indagar hasta el fondo de mi alma –. Las decisiones, las decisiones que tomamos son lo único capaz de alterar tanto lo real como lo imaginario.

>> Pero mira qué modales los míos. Hace rato tiene esa cara de cachorrito hambriento. Ven, no hay nada como pierna de ciervo a la luz de la luna.

Comimos, hablamos y discutimos largo y tendido. Casi parecía como si esas amenas charlas en el estudio de mi padre hubieran vuelto, pero sabía que era una mentira piadosa, la tercera ilusión que se creó el hombre, o al menos lo era para mí.

En ese intercambio de palabras con Danilo pude sentir y creer en la forma en la que ver las cosas.

– Todos tenemos un papel en el mundo, un lugar a cual pertenecer. El mío está aquí, al lado de mis hermanos, mi lugar es donde están ellos y con eso me basta, ¿puedo saber cuál es el tuyo?

Me quedé en silencio. Creía saber la respuesta, pero ya no estaba tan seguro.

– Mi lugar está con mi familia. Por eso debo volver con ellos – contesté, por alguna razón mis palabras no tenían la convicción que deseaba transmitirle. La conversación caería de inmediato a mi futuro en el clan, mejor terminar con este de una vez –. Lo lamento, pero no puedo ser parte de algo así. Mi hermana…

Dejé la frase a la mitad. No podía admitir eso que vi, un mucho menos frente a Danilo, ¿no era uno de cada siete quien debía cargar con esta maldición?

– Lo siento, pero no puedo quedarme – rectifiqué.

Lo que a continuación dijo Danilo cambió mi vida de formas inesperadas.

– ¿Cómo pretendes proteger a tu familia si no cuentas con la fuerza para hacerlo?, nada más debes ver lo que acaba de pasar para darte cuenta:

>> Tu padre no tuvo la fortaleza suficiente para luchar contra aquel cazador, por lo que le tocó morir a él. Y ahora, un pequeño lobo novicio, que apenas es capaz ya de controlar sus cambios de fase, pretende seguir viviendo un mundo donde somos anomalías de la naturaleza. No solo puede volver atacarte un cazador, sino también esta el hecho de que en cualquier momento puedes volver a perder el control.

Me quedé en silencio, atónito.

– Si hablas de corazón – continuó –, si de verdad quieres ser su escudo, primero deber evitar ser una causa de peligro, protégelas primero de ti y luego de los demás. Y la única forma es volviéndote más poderoso. Si eres capaz de controlar la magia que hay en tu interior no tendrás rival.

>> Quédate y te enseñaremos.

No recuerdo haberle respondido de inmediato. En un abrir y cerrar de ojos me hallé de regreso en la tienda. Elena seguía dormida, se veía en paz consigo misma, su expresión era sencillamente arrebatadora.

Me quedé sentado en algún rinconcito, acurrucado cómodamente entre las muchas pieles. Pero no podía dormir, la cabeza me daba vueltas, repetía la misma escena una y otra vez.

Un campo invernal.

Los árboles se hallaban desprovistos de hojas o cualquier otra vegetación, el suelo se encontraba cubierto en su totalidad por un infinito manto blanco y frío. Allí estaba yo, en medio de un amplio claro, y varios metros más adelante se hallaba una silueta figura dándome la espalda. Era una niña vestida con una capa escarlata. Un soplo de brisa fría descubrió sus piernas juveniles, blancas y descalzas.

Algo en esa criatura delicada me llamaba, más bien ordenaba, a acercármele, a saber de ella, a averiguar quién era, de dónde venía y qué hacía en un lugar semejante. No le huí a mis instintos.

Caminaba agazapado, casi asechando a la pequeña, que no parecía percatarse de mí presencia. Sólo estaba parada en medio de la nieve. De la niña se desprendía un fuerte aroma a flores, me embriagaba.

– Hola, ¿Qué haces en un lugar como este? – pregunté, pero ella no pareció escucharme.

Me acerqué un poco más y dije, alzando la voz.

– Oye, ¿Qué haces aquí?, ¿Cómo te llamas?, ¿Qué lugar es este?

Casi gritaba, pero no parecía llegar a los oídos de la pequeña revoltosa. Un ventarrón impregnado de aguanieve medio de lleno, nublando mi vista por un instante.

¿Estás bien?, repetía una y otra vez, pero lo único que podía escuchar era el sonido del viento azotando y uno gruñidos a la lejanía. Me tapé el rostro con la mano, pero en su lugar había una pata de lobo.

En ese instante la ventisca se detuvo. Seguí andando hacia la niña. Las huellas que dejaba eran marcas de garras gigantes, garras de animal.

Entonces la caperucita roja se dio la vuelta, mirándome con sus enormes ojos dorados.

Desperté.

Seguía en la tienda, era día. No pude decir si eso que vi fue un sueño o una pesadilla. En todo caso me pareció real, y con eso era suficiente.

– ¿Héctor, ya despertaste? – preguntó Elena con la cabeza dentro de la tienda –. No es hora de dormir, si no te das prisa te quedaras sin desayunar.

Al decir eso, me hizo notar que otra vez tenía hambre.

Al salir de la tienda los rayos del sol de la mañana acariciaron con su tibieza mi rostro, una sensación siempre muy agradable. Seguí a Elena. Casi de inmediato las miradas escrutadoras de los demás miembros del clan se posaron en mi persona.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba claro que todos desconfiaban de mí, pero nadie se atrevía a decirlo a viva voz.

Con el paso de los días pude darme cuenta por qué. Los hombres lobo son una casta de rechazados por los demás, por los humanos “normales”, por lo cual solamente podemos contar los unos a los otros. Los lobos son amigos de los lobos. Al principio esa forma de pensar se me hizo errónea y deprimente; sin embargo conseguí entender aquella postura al ver lo dura que era la vida para ellos, quiero decir para nosotros.

Mis heridas tardaron cerca de una semana en sanar por completo, tiempo durante el cual Elena se mantuvo siempre a mi lado. No les podría explicar con palabras lo mucho que agradecí eso. Los demás licántropos procuraban evitarme, como si tuviera alguna especie de enfermedad en extremo contagiosa, ni se atrevían a mirarme a los ojos. Por su parte, Danilo, la otra persona con la cual había conseguido entablar conversación, siempre estaba ausente, ocupado en quién sabe qué.

Razón por la cual Elena terminó convirtiéndose en mi amiga y confidente. Al principio me intimidaba su fuerza y madurez, pero nada más era una fachada para ocultar su verdadera naturaleza del resto del mundo.

La verdadera Elena era alegre, sonreía como pocas personas y mostraba un inmenso cariño a quienes les permitía ver su lado oculto. Con su ayuda podía dejar de pensar en esas cosas tristes del pasado, eran recuerdos y así debían quedarse.

El día en que me quitaron las vendas Danilo hizo acto de presencia. Elena hizo su última labor como mi enfermera personal.

– Hasta entre los de nuestra especie te has curado increíblemente rápido – comentó Danilo.

– Eso se debe los excelentes cuidados de mi doctora – dije sonriendo. Me alegraba ya no estar limitado por esos incómodos vendajes que apenas me dejaban respirar.

–  Al fin alguien reconoce mis habilidades – contestó Elena, se veía radiante. Danilo era la única otra persona a la que ella le mostraba su verdadera personalidad.

Luego, silencio. Era la expectativa que no nos permitía decir nada hasta terminar con la “operación”.

– Con esto ya terminamos – dijo Elena soltando la última venda en mi espalda, sus manos acariciaron mis hombros.

Arqueé la columna y giré el torso de un lado a otro con absoluta libertar, como no lo había hecho hacía un buen rato. Danilo se dispuso a irse, no sin antes decir:

– Muy bien, eres libre de irte cuando lo desees.

Miré sobre mi hombro, esperando alguna protesta, reclamo, negativa por parte de Elena, pero ella se mantuvo inmutable.

Danilo nos dio la espalda, pero yo lo detuve.

– Quiero ser fuerte – dije con firmeza y convicción –. Quiero ser capaz de proteger a mi familia. Y sólo aquí puedo aprender a serlo.

– En ese caso no sería sensato irte todavía, hijo.

NOTAS:

Como es mi costumbre, o al menos eso me gusta pensar, cada uno de mis personajes tiene un fragmente de mi pasamiento. Así que los metes a todos en una licuadora y tendrás un yo hecho una masa amorfa y asquerosa.

Cuando Danilo habla de que no existe ni destino ni coincidencia es una de mis creencias más absolutas. Además es parte de una teoría que se llama “Efecto Mariposa”. La cual estipula que todas las acciones hechas por la gente están interconectadas al punto de que crea lo que podríamos llamar coincidencia o destino.

En la alucinación de Héctor, llama a la niña, parodia evidente del cuento de la caperucita roja, pequeña revoltosa es para medio dar a entender que ella es Mina, a quien llama así en un capítulo anterior.

Con eso creo que es todo, y no se olviden de llenar la encuesta. Es muy, pero muy importante.

Con esto terminamos la semana dos de la súper orgia de publicación diaria.

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