La Diosa de la Luna

Posted on 12 abril, 2011

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Entre los vampiros existen los Príncipes, los siete demonios principales, los más poderosos entre los de su especie, sin embargo eran los títeres de un poder mucho muy superior a ellos.

Ese poder se llama Baphomet, el rey supremo de los vampiros.

Sus súbditos pueblan la tierra. En grandes asambleas en cada país había uno.

La noche africana era fría, las gotas de rocío acariciaban las hojas de los helechos. La naturaleza parecía dormir, pero era todo lo contrario. El mundo, la vida, todo lo que existe y existirá siempre se mueve. Y esta noche no sería la excepción.

En las orillas de un río perdido en la espesura se encontraba una aldea detenida en el tiempo. Un pequeño rincón al cual el resto del mundo no había sido alcanzado por la civilización o tecnología occidental. Y a pesar de eso, o tal vez precisamente por aquella sencillez, ahí vivía gente feliz y sencilla.

Todo era gracias a que la diosa de la luna los protegía de todo mal, bajo su ceno benevolente tendrían paz y lo único que ella les pedía a cambio era un sacrificio una vez al año.

Y hoy sería esa noche.

Cerca de la aldea, algo así como quince minutos a pie, una cueva antigua, allí es donde la diosa recibiría el sacrificio. Como era la tradición los veinte hombres más valientes, los mejores cazadores, ellos serían los que recibirían el honor de compartir la eternidad con la diosa.

Mientras recorrían el mismo sendero pasado por generaciones los hombres mantenían la solemnidad de aquel ritual del que ahora formaban parte.

Algunos de ellos ya habían sido parte del rito, las marcas en sus hombros y cuellos, cicatrices que llevaban con orgullo, lo demostraba. Así que entraron en la caverna sin ningún temor, guiando a los jóvenes temerosos ante lo desconocido.

– Es hora, queridos míos – susurró la maternal voz de la diosa.

Los hombres se sumergieron en las profundidades de la tierra. Al cabo de cinco minutos llegaron al altar.

Encendieron una hoguera delante de un imponente sillón de piedra donde ella, sentada con elegancia, los esperaba. Como una mujer esplendida, de piel blanca como la luz de las estrellas, de cabello largo y sedoso, de color negro azulado era como se presentaba la diosa, Elune, mirando a los hombres con una mezcla de lujuria y cariño infinito, el amor de madre y amante confluían en sus ojos rojos.

– Nos entregamos a ti, nuestra diosa y guardiana – anunció el mayor de los hombres adelantándose para ser el primero –. Os rogamos que tomes de nosotros la fuerza necesaria para ser el escudo de los indefensos, el otro del miserable y las ropas de los desposeídos.

La diosa Elune se limitó a asentir con felicidad. Se paró de su trono, su presencia no era menos que sublime. Fue al encuentro del hombre arrodillado frente suyo, a quien le pidió incorporarse en silencio, una suave caricia en la mejilla le sirvió de señal para levantarse.

Luego dijo, su voz llenaba el corazón de los mortales de cariño hacia ella.

– Ahora, gracias a esta sangre que me ofrecen, nuestras vidas estarán conectadas por la eternidad.

Sin mayor pompa, la diosa abrazó al hombre tomándolo por el cuello. Sus colmillos penetraron la oscura piel del hombre y al empezar a brotar la sangre ella la bebió con voracidad.

Está era la única vez al año en la que se permitía a ella misma beber sangre humana, por lo cual hacía todo lo posible por no desperdiciar ni una gota. Siempre debía de alimentarse de muchos hombres fuertes y saludables, para tomar lo suficiente de cada uno de ellos sin llegar al punto de poner en peligro su salud.

Cuando iba por el quinto hombre le llegó un terrible presentimiento, un escalofrío le atravesó de pies a cabeza. Algo estaba pasando fuera de la cueva.

Trató de no perderse en el embriagador sabor de la sangre, apenas si podía. Consiguió concentrarse lo suficiente como para desprenderse de un fragmento de su esencia, el cual salió disparado fuera de la caverna. Con la ayuda de su habilidad de crear esas sombras astrales era capaza de verlo y saberlo todo a kilómetros a la redonda, sentir la vida misma de la jungla y vigilar con recelo a su gente. Todo sin necesidad de mover ni un dedo.

Dejó a un lado a su victima. Lo que vio la alarmó. Sin perder el tiempo les ordenó a los hombres quedarse en la cueva.

– ¿Qué ocurre, diosa?

– Los espectros vienen a atacar el pueblo, pero descuiden mi hijos, sus fuerzas ahora son las mías. Ningún por en esta tierra es más grane que nuestro lazo.

Dijo Elune antes de salir corriendo a toda velocidad hacia el pueblo. Podía sentir la presencia de los vampiros al acecho en la espesura, acercándose con de a poco, en un vano intento de atacar por sorpresa.

Era un grupo de novicios, fáciles de manipular, que habían subestimado a su adversario. Elude recorrió el sendero con zancadas largas y ágiles; pero no llegaría a tiempo. Algunos de los vampiros, lo más irracionales del grupo, dejaron a un lado la cautela; no podían resistirse al aroma de la sangre de la indefensa gente del pueblo.

No lo iba a permitir. De alguna forma consiguió aumentar su velocidad. El sendero por donde iba se esfumó en borrones de vegetación y sombras.

Al llegar al pueblo fue recibida por los gritos de terror de las pobres mujeres corriendo de un lado a otro con sus hijos en brazas, quienes escapaban de los espíritus malignos que le robaban la vida a sus victimas.

Cinco vampiros fueron los que se desprendieron del grupo principal con tal de hacerse de la tajada principal del botín, un error fatal. Elude se lanzó sobre ellos, ya habían matado a una familia entera. Los desdichados vampiros no tuvieron oportunidad.

Al primero lo atravesó por el pecho con solo las uñas, al segundo lo golpeó con tanta fuerza en la cabeza que le trituró el cráneo. Al siguiente le lanzó un zarpazo con violencia, su rostro se volvió una maza irreconocible. Los tres murieron antes de caer al suelo hecho cenizas.

Quedaban ahora dos frente suyo, podía sentir como se acercaban los otros. Ambos vampiros se miraron despavoridos a la diosa. Los acabó antes de que pudieran reaccionar.

– Elune, Elune, Elune, Elune… – repetían una y otra vez los habitantes de la aldea a su deidad manchada con la sangre de sus enemigos. Una diosa guerrera.

– ¡Escóndanse, no salga hasta que sea de día, rápido! – fue el mandato de Elune.

No había tiempo que perder. Si la tropa de vampiros llega al pueblo habría una carnicería. Salió corriendo hacia el bosque, el encuentro de sus adversarios. Para alguien como ella no fue problema encontrarlos. Pero ellos la estaban esperando.

En un claro del bosque y alrededor de un gran árbol caído se topó con un grupo de veinte vampiros liderados por un hombre musculoso, de rasgos árabes y cabello rizado color negro azabache. Se hallaba parado sobre el tronco muerto, con una sonrisa descarada estampada en el rostro, que dejaba al descubierto sus colmillos. Miraba a la diosa con hipócrita felicidad.

– Hermana, cuánto tiempo sin verte – se preguntó el líder de los vampiros –, ¿500, 600 años?, haz sido muy cruel al abandonarme de esa manera.

Elude rió con mofa.

– No has cambiado en nada, Samuel – espetó Elune –. Sigues pensando que todavía eres mi hermano; no, al que abandoné fue a la aberración que tengo enfrente de mí y a su amo.

– En eso te equivocas, hermana –soltó el vampiro llamado Samuel bajando del tronco para ir hacia donde estaba Elune –. Sigues pensando que eres muy diferente a nosotros, que mentira tan descarada. Aun la sientes, ¿verdad?, esa insaciable hambre. El deseo por la sangre aun te domina.

>> Si hay alguien que entiende ese placer prohibido soy yo, la gula. No niegues esa parte de tu ser, hermana. Por mucho que lo intentes el hambre siempre será más fuerte.

La diosa se estremeció, pero no se movió ni un ápice.

– Acaben con esa aldea miserable, no olviden traerme los más jugosos con vida – ordenó Samuel a sus lacayos, quienes se apresuraron a obedecer.

– ¡No! – gritó Elune.

En un instante los veinte vampiros lacayos explotaron como por arte de magia en un aluvión de sangre y restos desmembrados.

– Veo que los años no pasan en vano, hermana – dijo secamente Samuel limpiándose con el pulgar un hilo de sangre en un corte en su mejilla. Su única herida tras esa explosión de energía.

De los dedos de Samuel brotaron uno hilos de sangre espesa y oscura, casi parecían hilos de hierro que se moldearon en un martillo, el cual abanico contra su hermana.

Elune esquivó el golpe al tiempo que lo atacó con el poder de sus manos invisibles. Sin duda lo hubiera matado de no ser porque Samuel se convirtió en un cúmulo de niebla. Tal cual como si tuviera vida propia, la niebla se movió hacia al tronco caído. Lugar donde se volvió a materializar el vampiro.

– Me gustaría seguir jugando, pero sólo vine a darte un recado de un viejo conocido – dijo Samuel haciendo desaparecer su martillo –. “Ya no hay lugar en el cual esconderte, nos veremos pronto, Marie”.

Y sin más Samuel se fue, otra vez levado por la niebla.

Elune se dejó caer de rodillas, las cuales le temblaban. Le parecía sorpréndete que hubiera sido capaz de mantenerse firme ante su hermano. Trató de serenarse, no era el momento para dejarse llevar por el miedo.

Aún le quedaba una decisión por tomar.

Y esa fue la noche en que  la diosa de la luna abandonó aquella aldea y a la gente que más había amado en sus cerca de mil años de vida inmortal.

NOTAS:

Aquí termina el primero de los nuevos Cuentos de lo Grotesco.

Quise meterme de lleno en la historia de los líderes del mundo vampiro, los Príncipes Infernales, así que esta historia tendrá una segunda parte.

El poder de Elune, nombre que saqué de la diosa en la que creen los Elfos Nocturnos de Warcrat, es una variación del poder de los diclonius de Elfen Lied llamado vector. Una especie de mano invisible, la cual puede contar casi de todo e infectar a las personas con un virus que los hace engendrar sólo diclonius.

Nos vemos en los comentarios.

 

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