Capítulo Once: Un Lobo Herido

Posted on 8 abril, 2011

25



Desperté de golpe. Traté de levantarme pero unas manos delicadas y un dolor punzante en el lado derecho de mi cuerpo me detuvieron.

– No hagas movimientos bruscos – me ordenó aquella voz femenina que me salvó del cazador –. Necesitar reposar, fuiste muy maltratado, es un milagro que no te queden heridas permanentes.

Me encontraba tumbado dentro de una oscura carapa, sobre el suelo cubierto por una piel, la cual a su vez fungía como cobija. Vi a una mujer, ella fue quien me hizo acostar de nuevo. Ella tenía la piel morena; con labios voluptuosos, ojos dorados enmarcados en unas finas y femeninas cejas y un cuerpo escultural apenas cubierto por un par de prendas de piel de lobo.

– ¿Dónde estoy? – me esforcé en preguntar.

– Estas a salvo, eso es lo que importa – contestó al mujer poniendo la mano en mi pecho en un tierno gesto para que me calmara –. Mi nombre es Elena, soy parte del clan de Danilo Belmonte. Te rescatamos de un cazador que iba a asesinarte, ¿acaso lo recuerdas?

Me mantuve en silencio un instante antes de contestar afligido.

– ¿Cómo podría olvidarlo?, ¿Por qué quería matarme?

– Ese es su trabajo – espetó Elena con resentimiento –. Es parte de la Hermandad de los Paladines Nocturnos, llevan quinientos años cazándonos, matándonos y persiguiéndonos sin descanso. Nos acusan de ser monstruos, pero las únicas monstruosidades vienen del lado de ellos, no de nosotros.

Al escuchar sus palabras las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, y no quería que se detuvieran.

– Ese hombre me lo quitó todo: mi hogar y mi familia. No merecía morir…

– Lo sabemos, hijo, lo sabemos bien – terció un hombre que acababa de entrar en la tienda.

Él era Danilo. Era una persona imponente, no por tanto por su físico como por la fuerza que emanaba de él. Su al altura, su cuerpo lleno de cicatrices, una particularmente grande que abarcaba del cuelo hasta su frente en un solo corte limpio, y su cuerpo musculoso le dotaban de una apariencia aterradora. Sin embargo el brillo de sus ojos dorados me hacía sentir tranquilo.

Se me acercó como si nos conociéramos de toda la vida.

– Elena, déjanos solos – ordenó mirándome con intensidad. Parecía como si sus ojos pudieran ver a través de mí con alguna clase de visión de rayos x para hombres lobo.

– Mi nombre es Héctor – le dije a Elena antes de que saliera –. Gracias por salvarme.

Ella no dijo nada, sólo se limitó a mirarme por sobre el hombro, me sonrió para luego irse. Entonces Danilo volvió a apoderarse de mi atención. Estaba sentado a mi lado.

– No perteneces a ningún otro clan, ¿cierto? – preguntó sin chistar, haciendo ver esto como un tema muy serio – ¿Eres un proscrito?

– ¿Cómo sabe todo eso?

Danilo me sonrió complacido, al parecer esperaba que preguntara eso.

– Los licántropos podemos enviar y recibir los sentimientos, pensamientos y recuerdos de las personas que están a nuestro alrededor – contestó con un repentino tono que lo hacia parecer un profesor de ciencia o matemática –. Pero no es un poder infalible, sólo funciona a diez metros a la redonda, solo las personas muy entrenadas pueden enviar y recibir imágenes claras y muchos de nosotros inconcientemente nunca desarrollamos esa habilidad, sencillamente se bloquea para proteger nuestros secretos.

>> Y tú eres uno de ellos. Aunque tu barrera mental se rompió en esa pelea con el cazador, era de esperarse al estar en una situación e tanto estrés que algo así pasará. Aunque eso no fue lo más interesante que vi.

Entonces se quedó callado, como meditando.

– ¿Qué fue eso que vio, señor?

– No es nada importante por los momentos – se apresuró a rectificar Danilo –. Lo que necesitas ahora es descansar de los problemas, en especial de estos que son tan triviales.

Otra vez silencio.

– No lo entiendo – susurré.

– ¿Qué no entiendes, hijo?

– Se supone que soy u proscrito, vivía entre los demás humanos – sabía que diciendo cosas así me ponía la soga a l cuello, pero algo evitaba que me detuviera, perdí el sentido común por un momento –. Se supone que debería ser ejecutado por traición.

Danilo no pudo reprimir una carcajada.

– Si quisiéramos matarte no estarías aquí muchacho – respondió por fin Danilo secándose los ojos llorosos con el dorso de la mano –, ¿no te acabó de decir que podemos saber todo sobre ti en un instante?

>> Antes de que despertaras ya sabía que fue tu padre quien abandonó su clan antes de que nacieras. Además sé como fuiste atacado por un cazador en tu propia caza, y como murió tu padre defendiéndote, ¿en realidad creías que estas reglas eran un mero capricho?

>> Mientras más involucrados estemos con el resto de los humanos más los involucramos en este conflicto en el que no tienen nada que ver, donde no tienen armas para defenderse. Es para evitar que gente como tu madre se vea envuelta.

– Ya veo – susurré. Algo dentro de mí se revolvía las entrañas.

Danilo se levantó.

– Ven conmigo, necesito que veas algo – dijo extendiéndome la mano.

– ¿Para qué?

– Ven y cállate – me ordenó fingiendo perder la paciencia, era la primera vez que conocía alguien que actuara con tal familiaridad frente a los extraños –. Voy a darte lo que más deseas en este momento.

– ¿Qué cosa?

– Tendrás que venir para averiguarlo – contestó Danilo haciendo entrar a Elena y otro licántropo, también vestido sólo con pieles de lobo, quienes me ayudaron a levantarme y a salir de la tienda. Siempre siguiendo de cerca la ancha espalda de Danilo.

Con cada paso dado sentía como un destello eléctrico inundaba de dolor mis nervios. Me sostenían para no caer. Al estar de pie y sin mi cobija pude darme cuenta de la verdadera magnitud de mis lesiones. Mi toroso aporreado estaba fajado en vendas, casi podía sentir cuáles eran y dónde estaban las costillas fracturadas. Al ladear la cabeza vi mi brazo derecho envuelto también en vendajes muy ceñidos. Este me ardía, un hormigueo extraño y que me daba un mal presentimiento.

– Es hora, como le toca a todos los hijos nacidos a la luz de la luna, de enfrentar a tus propios demonios. Si eres digno de la sangre llena de magia que corre por tus venas, lo vencerás; sino, serás derrotado por ellos.

Y entonces unas cadenas se tensaron. El corazón me dio un brinco. Danilo me abrió el paso, allí estaba la bestia, perdida y acorralada. No podía dejar de mirarlo, no parecía ser el mismo hombre. Con sus ropas sucias, el rostro rasguñado y el cabello alborotado daba una apariencia penosa. Amarado por las muñecas y tobillos a unas gruesas cadenas encontré a aquel sujeto. La causa de mi desgracia, el cazador doblegado.

Aquel hombre, que no parecía darse por derrotado, enfocó la mirada en mí. Esos ojos llenos de odio y soberbia me provocaban asco, pero no sería débil ante ellos, nunca más lo sería.

Elena y el otro licántropo me soltaron, con gran esfuerzo me mantuve de pie. Danilo apoyó su mano en mi hombro sano, sus palabras calmaron mis nervios, pero a su vez me aterraron.

– Ahora llegó el momento de exigir justicia, por el dolor que te causó a ti y a tu familia. Es hora de que pague por la sangre derramada de tu padre. Y la sangre se paga con sangre.

Danilo puso una pistola en mi mano. Era la pistola del cazador.

Al ver esa arma el resto del universo, el suelo que pisaba, el aire que respiraba, los ojos coléricos de aquel hombre, todo fue tragado por una vorágine oscura, ingrávida y vacía. No había nada más que la pistola y yo.

Matar, era lo que me pedía Danilo. La mano me temblaba bajo el peso de la pistola. No quería hacer esto, era incapaz de arrancarle la vida a otra persona. Sin embargo…

¿En realidad por qué temblaba?

¿Era por la posibilidad de matar a alguien?, ¿la posibilidad de conseguir mi venganza, poder tener, sino justicia, al menos una retribución a mi dolor?

¡No!, era mi incapacidad de quitar una vida, no la emoción de poder hacerlo.

¡No soy un asesino!

Deseaba tirar esa pistola, perderla en la espesa oscuridad y nunca saber de ella. Pero no podía hacerlo. Mi mano se encerró en ella, no iba a soltarla.

Con cada segundo transcurrido las sombras se despejaron por si solas. Otra vez estaba rodeado de lobos con disfraz humano, en un bosque cuyo nombre nunca sabría y frente a ese hombre de ojos visearles en su odio hacia mí, odio por siempre correspondido.

Alcé el brazo, me convertí en una cosa sin mente ni conciencia, sólo un ser dispuesto a cumplir su propósito sin importar lo correcto o incorrecto, moral o inmoral de ello. Bajé la mirada, no era capaz de encararlo. Aun así pude sentir un ligero cambio en aquel hombre. Un palpitar en la sien y el pecho, un resquemos profundo. Me gritaba como campanadas, me restregaba en la cara que al fin me mostraba como era en realidad.

– No eres mejor que yo, monstruo – soltó el cazador con desprecio.

El odio, marejada de fuego infernal, se adueño de mí.

Hale del gatillo. La mano ya no me temblaba. Un disparo, una detonación destruyó aquel silencio fúnebre, a la expectativa. Cómo es posible que la muerte fuera algo así. Tan solo una bala, pequeña e insignificante, en el espacio entre sus cejas y aquel hombre, causa de mi odio eterno y mis futuras pesadillas, ya no era parte de este mundo.

No recuerdo que pensé, sentí, dije o balbuceé. Solamente sé que solté la pistola, se liberó de mis dedos laxos. Me desplomé de rodillas, ya no tenía fuerzas para nada. Miraba horrorizado mis manos, era un asesino, y esas manos salpicadas de sangre de mi victima me condenaban como un verdugo.

Lloraba, lloraba y miraba mis manos manchadas. Las lágrimas no tardaron en caer sobre la sangre derramada. El dolor intentando limpiar mi pecado; pero ese tipo de estigma nunca desaparece, se queda grabado a fuego en el alma y la memoria de la gente.

– Vamos, ya no necesitas ver esto – escuché la voz de Elena cerca. El sentir como sus delicadas manos tocaban mis hombros, ayudándome a levantar, fue una sensación por completo irreal.

A pesar de lo reconfortante del contacto de la calida piel de Elena eso no mitigaba el gran pesar de mi espíritu. Una sombra enlutada me perseguía.

Por qué, por qué, por qué, por qué…

Escuchaba esa interrogante repetirse una y otra y otra vez, sabía perfectamente que no era Elena quien lo decía. Ella me dejó en la tienda donde había estado antes. Me ayudó a acostarme en el suelo con pieles. Pero luego se fue sin mirarme o decirme nada. Y le agradecí de ello en mis adentros. Lo menos que quería era hablar con nadie; deseaba era olvidar, encerrar en el baúl más secreto y seguro bajo cinco llaves que luego botaría.

– Sé lo que piensas – puede escuchar decir a Danilo del otro lado de la cortina que separaba la tienda del exterior. En efecto, él estaba sentado dándole la espalda a la misma.

>> Sé que piensas que soy cruel por haberte forzado a hacer lo que hiciste, sé lo mucho que me debes odiar por ello, como odias a ese hombre por lo que te hizo a tu familia y a ti, en especial a ti, por el solo hecho de existir.

>> Pero, aunque no lo creas, era algo necesario.

– ¡No lo era! – grité. Ya no me quedaban lagrimas que derramar, pero si rabia y dolor para sentir en el fondo del corazón.

– ¿Acaso en realidad crees que no era necesario ver al mundo tan cuál es? – preguntó Danilo en voz baja, sin embargo sonaba como si me estuviera recriminando por algo –, ¿acaso hubiera sido mejor dejar libre a ese cazador para seguir matando a los nuestros?, ¿eso hubiera sido razonable?, ¿acaso crees justo mantenido ajeno del mundo fuera de esa burbuja donde tu padre proscrito te puso?, ¿acaso crees que no merecía ser vengado?

Me tapé las orejas con las manos, no quería escuchar más.

– Debo regresar a casa.

– ¡Regresar para qué! – gritó de improvisto Danilo levantándose, notoriamente molesto –. Regresar, y después qué, ¿esperar como una avecilla perdida a que otro cazador venga y termine el trabajo?, ¿Hacerte el de la vista gorda mientras los tuyos mueren?, ¿esconderte, como un perro cobarde, de la verdad para mantener tus comodidades?

>> No, tú eres un licántropo, y debes de estar con los otros licántropos. Pelea con nosotros, y no habrá más noches solitarias para los nuestros. Ese es mi sueño, y el de todos mis hermanos. Pero para eso te necesitamos, Héctor, ¿Qué me dices?

Cerré los puños en mi regazo. Dije con un hilo de voz lo que quería creer de todo corazón.

– Le prometí a mi padre que cuidaría de ellas, lo prometí.

Luego el silencio. Apenas era un muchacho lastimado que consiguió, casi a cuesta de su propia vida, de alejar el peligro de sus seres querido. Y ahora querían que ese joven fuera parte de una batalla de la cual no sabía nada. Ahora lo tenía todo claro, esos pensamientos infantiles de antes eran quimeras, sea o no sea un hombre lobo me resultaba imposible ser un héroe para nadie. Tonta fantasía que por fin se esfumó.

– Entiendo, si así son las cosas no te presionaré más –dijo Danilo dándose por vencido, o eso parecía –. Elena cuidará de ti hasta que esas heridas sanen. Pero déjame decirte una cosa: cuando salgas de este bosque para regresar a tu cómoda vida de niño privilegiado serás considerado como un traidor.

Entonces se fue. Me quedé en silencio absoluto hasta que llegó Elena.

– Esfuérzate en salir de esas heridas – dijo sentandose a mi lado –. No te abandonaremos cuando más nos necesitas, pero cuando nosotros te necesitemos tu nos daras las espalda a nosotros.

Al poco tiempo me dormí. Pero aún así todo lo que vi y sentí hoy no me abandonó. Nunca lo harían.

NOTAS:

No sé como describir el capítulo de hoy, las explicaciones se empezaran a dar de a poco y todo lo demás, pero en fin.

Lo importante ahora es el qué opinan luego de la primera semana de mi orgia colectiva de publicación diaria.

No se olviden de contestar la encuesta, hasta el próximo capítulo. Mientras, nos vemos en los comentarios.

Siguiente Capítulo

Anuncios