Espinas Negras

Posted on 5 abril, 2011

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París ha caído en desgracia.

Todo comenzó cuando los demonios de ojos rojos salieron de la oscuridad: La noche de los vampiros.

Ahora los muertos andan por las calles. Algo imposible, qué clase de fuerza maligna era la responsable de esto.

Una niña iba caminando por las calles desiertas, su vestido estaba todo sucio y descolorido. Caminaba por entre los cuerpos desmembrados de las personas que no pudieron escapar al horror de la noche anterior.

En el interior de un edificio cualquier estaban unas cuantas personas apretujadas en un abrazo desesperado. Eran los pocos que consiguieron huir a tiempo, pero cada uno de ellos perdió seres queridos a manos de los vampiros.

Los desgraciados se acercaron a las ventanas, miraron con recelo a la pequeña: tenían miedo, tan sencillo como eso. Luego de lo que vieron y vivieron hasta el reflejo de los espejo les parecía aterrador, nadie se atrevía a mover un dedo para ayudar a nadie. Solo se preocupaban por vivir una noche más.

Un disparo y la niña cayó al suelo, una bala le atravesó el hombro. Los gritos al interior del edificio no se hicieron esperar.

– ¡Maldición, fallé! – espetó la tiradora desde el otro lado de la mira del rifle – ¡no!, no te acerques a ella estúpida.

Gritó al ver como una mujer salió corriendo de su refugio a socorrer a la niña, la cual se desangraba sin decir una sola palabra. La tiradora se levantó de su escondite con su rifle listo para disparar. La mujer se abalanzó sobre la niña, bloqueando un tiro limpio.

– Con un demonio – refunfuñó la tiradora con el ojo en la mira telescópica. Esperando una oportunidad.

Desde su posición en la azotea podía verlo todo con claridad.

Un grito se dejó escuchar por todo el lugar. La mujer fue atacada por la niña, quien le desgarró el cuello a punta de mordidas. Tratando de alimentarse de ella., una inferius, un cuerpo vuelto a la vida por medio de la necromancia, un cadáver animado para servir, matar y devorar.

La tiradora se dejó caer de rodillas, soltó el rifle y se tapó los oídos con las manos al tiempo que cerraba los ojos. El escuchar los chillidos agonizantes de la mujer era insoportable.

Desde que escapó del buque de la Hermandad de los Paladines Nocturnos había intentado contactar con otros miembros alrededor del mundo, pero a donde quiera que lograba hacer contacto siempre era lo mismo: silencio absoluto. No podía ser posible, ¿acaso todos los cuarteles fueron atacados?

No podía ser posible. La Hermandad había sido destruida.

Por lo que le quedaba una sola opción: ir París. Allí vivía un mercenario, Aramis, famoso por haber abandonado a los Paladines luego del incidente con el Señor Tenebroso. Ahora se dedicaba a servir de mediador entre los magos y cazadores.

Pero al llegar a la “aparentemente” normal fachada de la casa de Aramis la encontró hecha cenizas, con las abrazas aún calientes. No pudo encontrar a Aramis. Sin embargo, entre los escombros si consiguió salvar un par de cosas de utilidad entre los escombros e iba a necesitarlos más pronto de lo que imaginaba.

Al fin y al cabo ella también era una Paladín Nocturno.

Se incorporó, tomó con fuerza su rifle y apuntó. Un disparó y la pobre mujer dejó de sufrir. Recargó y volvió a apuntar. Cerró los ojos antes de jalar del gatillo. Descansa en paz niña desconsolada.

Su misión estaba clara. Debía encontrar a todos los cazadores que sobrevivieron, tenía que haberlos en algún lado.

La cazadora bajó del edificio, los preparativos para el anochecer eran su prioridad. Cada ocaso parisino era el preámbulo de la batalla. Había muy pocos lugares inaccesibles para los vampiros, los cuales se abarrotaban apenas empezaba a caer el sol. A estas horas los sobrevivientes regresaban de sus expediciones en búsqueda de los pocos alimentos que no habían sido saqueados todavía.

Al llegar al nivel de la calle el sol ya se escondía entre las azoteas de los edificios. Desplegó un mapa de la ciudad, varios tachones aquí y allá le indicaban los lugares libres de vampiros.

Desde su llegada a la ciudad no se había topado casi con vampiros. Parecía que estuvieran preparando algo tras bambalinas, nunca salían de las zonas circundantes del sistema de trenes subterráneos y las catacumbas, a no ser que fuera para alimentarse. Y era en esos momentos en lo que ella atacaba, de uno en uno mataba a todos los que pudiera.

Luego de inspeccionar el mapa escogió su rumbo, preparó su arma y se dispuso a partir. El único carro que seguía corriendo por las calles debía ser el suyo. El ruido del motor atraía a los inferius y les daba a conocer su localización a los vampiros.

Todo era oscuridad en los que otrora se conociera como la ciudad luz. Las calles sin alumbrado público, los edificios devorados por la penumbra, las tinieblas en toda su envergadura, el lugar de donde saldrían los monstruos esta noche.

Una figura tambaleante arrastraba los pies en medio del camino. Ella ni se inmuto, pisó el acelerador. Le pasó por encima al inferius, quien se rompió la espina vertebral y murió, si es que se le puede considerar como algo vivo.

– ¿Qué demonios? – gritó de repente.

El vehículo se estremeció. Algo había saltado al techo. La cazadora giró volante de un lado a otro con violencia, trataba de lanzar al intruso a la calle, pero no lo conseguía. Unas uñas afiladas atravesaron el metal y el tapizado.

Sacó s pistola y disparó cuatro veces al techo, la sangre no se hizo esperar- sin embargo las uñas se hundieron aún más,  se abrió un boquete en el metal. Lo único que pudo ver fueron esos deshumanizados ojos rojos.

Giró a la derecha, pisó el acelerador, el motor retumbó a todo dar. El olor de agua le llegó a la nariz. No había tiempo para pensar en planes alternativos. Abrió la puerta, tomó la primera arma con que se topó y entonces saltó del carro apenas las ruedas tocaron el puente. La cazadora rodó por el pavimento con las manos protegiéndole la cabeza. El auto invadió la calzada para luego precipitarse al fondo del rio.

– Maldito vampiro – espetó con resentimiento tumbada boca arriba en la calle. Su respiración, entrecortada, era el único sonido en los alrededores aparte del acelerado palpitar de su corazón.

En la caída se le lastimaron las rodillas y los brazos, en especial el brazo derecho. Al levantarse las piernas le empezaron a temblar. Caminó, casi arrastrando los pies los pies, hacia donde cayó la pistola, la tomó con la mano derecha, la cual chorreaba sangre.

El olor pronto atraería  a otros vampiros. Se fue lo más rápido que pudo, pero apenas se alejó una cuadra del puente se encontró con un nutrido grupo de inferius. Sabía que no era capaz de correr con esas heridas y tenía un solo cargador en la pistola, lo único que le quedaba era esconderse donde mejor pudiera y rogar por que la sangre no los atrajera.

Cojeó hasta un restaurante abandonado. Ya no quedaba nada para saquear y el refrigerador podía servirle de refugio hasta la mañana.

Pero entonces una mujer vestida elegantemente pero toda mojada, de cabello café y ojos escarlata apareció en una nube de niebla.  La cazadora no le dio tiempo ni de reaccionar antes de que la vampira le diera un bofetón que la lanzara por los aires.

– ¡Maldita zorra! – vociferó la vampira mirando a la mujer cazadora, a punto de desmayarse, con desprecio y odio – ¿acaso crees que una estúpida humana como tú sería capaz de escapar de mí?

La cazadora se arrastró por el suelo en búsqueda de su arma, pero a centímetros de alcanzarla la vampira la arrastró jalándola por los pies.

– No sabes cómo voy a disfrutar bebiendo tu sangre…

Un disparo.

De la nada salió una larga enredadera negra, marchita, disparada directo a la vampira. Una explosión de cenizas y polvo, la mujer vampiro murió atravesada con las espinas negras, afiladas como cuchillas. La cazadora se quedó atónita, mirando con asombro a las enredaderas. Las cuales se lanzaron ahora contra el grupo de inferius.

Las enredaderas marchitas de dividieron en cientos de lianas que atravesaron, despedazaron y cortaron a los inferius en un instante.

La cazadora se levantó con esfuerzo. Ahora la enredadera regresó a las sombras de donde salieron, tan abruptamente como llegaron.

– No creí que hubieran sobrevivientes del buque de la Hermandad, y mucho menos que serias tú, Marina.

Dijo un joven rubio y de ojos grises, quien iba caminando con cierto aire de elegancia y refinamiento hacia la cazadora llamada Marina. Él hombre desconocido vestía todo de negro menos una bufanda blanca alrededor de su cuello.

– Seth, ¿este tú, Seth? – susurró Marina antes de romper en llanto – los demás, todos los demás… están… están muertos, todos muerto.

Ya no le quedaban más fuerzas para soportar su dolor en silencio. Ellos, los paladines nocturnos, eran su familia.

– En eso te equivoca – soltó Seth quitándose la chaqueta para ponérsela delicadamente a Marina en los hombros –. Mientras quedemos nosotros dos la Hermandad seguirá con vida.

Y tras decir eso guardó su pistola en la funda debajo el brazo.

NOTAS:

Con esto damos comienzo a la nueva etapa de Cuentos de lo Grotesco. Recordemos que son historias paralelas concernientes al universo caótico e incoherente que fui construyendo de a poco.

Así que comenzamos con una historia que tiene que ver con los otros dos cazadores relevantes en Crónicas Nocturnas, Seth y Marina. Para aquello que quieran saber más información sobre cómo llegamos a un París caído en el cliché de Resident Evil y todo el contexto del cuento tienen que leer:

Capítulo XIX: El fin de la “Hermandad de los Paladines Nocturnos”

Capítulo XXVIII: La Cripta

El poder todo loco de Seth ya lo conocen, pero no como se activa y demás… tendrán que esperar un poco más para saberlo. Aunque les pued agregar que es algo que se uede calificar como:

¡¡¡MO-MO-MO-MONSTER KILL!!!

Como siempre, en especial en esta sección de mi mundo de monstruos y fantasmas, pueden pedir, decir y agregar lo que deseen con tal de crear una historia que tenga parte de ustedes. Así, tal y como lo oyen, pero sólo atiendo a las ideas que son buenas.

¿Qué personaje creen que se merece un Cuento de lo Grotesco?

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