Capítulo Diez: Un Lobo Perdido

Posted on 29 marzo, 2011

12



La sensación… es algo indescriptible.

No crea que pueda existir nada más liberador que correr por los bosques, senderos, llanos y campos, sin otra limitación que la fuerza de tus piernas. Era sencillamente algo fuera de este mundo. Para los ojos de cualquiera sólo habría un lobo salvaje abriéndose paso en la espesura.

Pero para mí, el licántropo, parecía la perfecta retribución al dolor de mi alma.

El aire, lleno de vida, inundándome los pulmones, el suelo bajo mis patas, el paisaje siempre cambiante; sorpresivo, imponente, la naturaleza parecía despejarse para dejarme pasar. Todo lo implicado con este nuevo cuerpo de lobo era, y sigue siendo, fascinante.

Nada se le escapaba a mis nuevos ojos, lo veía todo; era capa de escuchar hasta el menor murmullo. El mundo ya no me era indiferente, a mí alrededor sentía una compenetración casi mágica. Pero estas maravillas eran opacas por algo.

Estaba escapando. En ligero aroma a sangre y pólvora quemada, un respiración fría y regular, los pasos ágiles de un hombre acercándose con sigilo. Corrí para alejar el peligro de ellas. Siempre estaba cerca. Aunque desde hacía días no lo veía, su presencia era algo tangible en los alrededores, con cada instante que pasaba se me acercaba otro poco. Cada quien representaba a la perfección su papel: el un cazador y yo su presa.

Una semana, una semana como lobo, una semana huyendo del hombre de abrigo de cuero negro, una semana siendo perseguido por él, el asesino de mi padre. Sin comer, sin dormir, sin volver a ser aquel Héctor de antes de todo esto. Ahora existía otro Héctor, un licántropo.

Un pensamiento recurrente, un preocupación.

Mina.

Yo la vi, ella también los tiene. No es posible, se supone que era uno de cada siete hijos. Aún así los vi. Sus ojos eran de oro líquido. Ella era un licántropo, al igual que yo.

¿Qué pasaría ahora?

Una niña arrastrada por su sangre a la desventura. Pobre de esa niña, su padre muere el mismo día que descubre la autentica monstruosidad de su hermano, el cual la abandona a su suerte y a la merced de la bestia que se ocultaba dentro de ella.

Una madre triste, una madre llora, una madre mira impotente como su hija es consumida en cada luna llena, el dolor de ella es el suyo propio. No duraría tan dantesca visión, el dolor y el miedo serían más fuertes que el espíritu de la niña. Una navaja, un par de cortes en las muñecas y todo habría terminado. Dejaría de sufrir por fin.

¡No!, es no podía pasar de ninguna manera.

Cerré los ojos en señal de desconsuelo. Por más que lo intentase nunca he logrado hacer brotar de estos ojos de lobo las lágrimas, por más triste o desamparado, afligido o embargado por el dolor, nada me hacía llorar. Pero apenas volvía a ser humano me acurrucaba en cualquier rinconcito para dejarme llevar por el llanto por horas enteras, hasta que conseguía desahogarme.

Si estuviera con Mina, si pudiera protegerla de ella misma, tal vez no tendría que pasar por todo ese dolor sola… tal vez, solo tal vez, sería capaz de salvarla.

Culpa, ¿así se sentía la culpa?

¿Grité?, si, grité con todas mis fuerzas. Un alarido a todo pulmón desgarrando el silencio del bosque. Caí de rodillas, completamente agotado, sudaba por cada poro. Apoyé la frente en el suelo húmedo y cubierto de musgo. Sentí como cada fibra del cuerpo me rogaba por descanso, pero no me importaba lo cansado que estuviera. Sólo recuerdo que golpeaba el suelo una y otra vez, temblaba, gemía. Al fin era capaz llorar mi dolor.

Con cada puñetazo era como si fuera un espectador de patético y humillante acto que estaba ocurriendo. Golpe y golpe, Héctor aporreaba otro poco su puño sangrante. Un pobre joven exhausto se debatía por seguir, pero no hallaba las fuerzas para hacerlo, pero todo eso era un engaño.

Por terrible que pueda sonar, lo cierto es que deseaba morir. Rendirme, ¿Qué importancia podía tener si dejaba o no este mundo?, ¿acaso algo sería diferente con o sin mí?, después de todo, sólo soy una persona pequeña e insignificante.

Me tumbé en el suelo, dormir y no despertar, ¿acaso era mucho pedir?

Fui llevado por la maquinilla de mis recuerdos. Un niño es llevado a una habitación de hospital del cual el nombre he olvidado.

– ¿Adónde vamos, papá? – pregunté pasándome los nudillos por mis ojos cansados, había estado todo el día en una sala de espera.

Llegamos al pie de una cama. Mi madre, sentada en la cama, sostenía con un especial cuidado un bulto de sabanas rosas. Mi curiosidad infantil se despertó de inmediato. Subí a la cama para mirar que había en ese paquete tan cariñosamente cuidado sin importarme nada. Apenas podía ver, por lo que estiré la mano para hacer a un lado los trapos.

Con que cosita tan linda me encontré. Una manita, tibia y sonrosada, se apropió de mi dedo índice. Lo miraba y sostenía como si fuera un juguete. Una nena de ojos brillantes me saludó en el lenguaje universal de las miradas. Lo más bello que nunca vi, un calor reconfortante me invadió. Y no pude hacer otra cosa que sonreír mientras se llevaba la manita, con todo y mi dedo, a la boca. Adorable.

– Ella es Mina, tu nueva hermanita – susurró mi madre común tono de voz amoroso como no hay ninguno, un canto celestial.

Ese calor, esa luz llena de magia iluminaba mi camino en esta, mi hora más oscura. Una revelación que llenó de vida mi cuerpo, mente y alma. Pude levantarme sin esfuerzo.

Escuché una detonación. Me lancé hacia delante.

Mis sentidos se pusieron alertas. Vi como una figura, apenas un borrón, fue hacia mí con una tremenda velocidad. Apenas pude esquivar un par de cuchilladas repentinas, dispuestas a matar. De un salto conseguí apartarme del hombre de gabardina negra, ileso.

Nos vimos directo a los ojos. Sacó su pistola y comenzó a disparar. Me eché sobre el pecho, una enorme explosión de poder impregno mi cuerpo y ya era un lobo otra vez. Los disparos me persiguieron de cerca, buscaba de esquivarlos, y apenas si lo conseguía. Di un giro brusco, me abalancé sobre él. Mis mandíbulas se encerraron en el arma. El dolor atravesó mis costillas.

Un tajo, largo y profundo, del puñal desgarró mi costado. Aunque cojeaba seguía en pie, con la mirada fija en aquel hombre con ojos de asesino. Arremetió en mi contra. Podía verle, sentirle, intuir por donde vendría el golpe, pero no era capaz de detenerle o esquivarle. Parecía estar amarrado al suelo por cadenas de hierro.

¡Reacciona, idiota!

Con un esfuerzo atroz conseguí brincar hacia atrás, el filo sangriento del puñal por poco y me corta el cuello. Caí a varios metros del hombre. Nos volvimos a mirar los ojos. Dos fieras enfrentándose, sólo uno pasaría de esta noche.

Preparé mi alma para matar o morir, ambas posibilidades me aterraban. Temblaba bajo mi piel de lobo, ¿Por qué me aterraba quitarle la vida a alguien, cuando la mía propia estaba en riesgo?

Hice reparo de toda la fuerza de mi espíritu. Una llamarada infernal inundó mi conciencia y liberó a la bestia. El odio irracional, que sensación de desahogo tan maravillosa. Eso era, lo odiaba, tenía derecho a odiar a ese hombre con todo mi ser y nunca sería capaz de perdonarlo, a él ni los que se les parecieran.

Los instintos me hicieron abalanzarme contra él. El fuego se condensó en mi puño, apenas me di cuenta de que volvía a ser humano. Un puñetazo directo a su pecho, sabía que con eso iba a matarlo. Mil y un pensamientos me atraparon y, por un instante, dudé.

Sólo eso necesitaba el cazador. Desvió mi arremetida, me tomó con fuerza por la muñeca y me derribó. Azote el suelo como si fuera un costal, apenas podía respirar por culpa del golpe y la herida en el costado. Escupí sangre e intenté darme vuelta. El hombre se paró a mi lado apuntando su pistola al espacio entre mis ojos.

– Por qué…

¿Yo dije eso?

– Así deben ser las cosas, los monstruos como tú deben ser exterminados.

Cerré los ojos, esperando morir con la imagen de la sonrisa radiante de mi madre, la alegría de Mina y los recuerdos del corazón de oro de mi padre.

De repente un rugido atronador eclipsó todo lo demás, cortó el aire como una espada. Apenas pude ver como otro lobo sobrenatural aparecía de la nada, envistió al hombre alejándolo de mí.

Ladeé la cabeza, el hombre y el lobo se debatían en una danza de movimientos violentos.  El lobo gruñía, mostraba los dientes, un animal salvaje. Con un movimiento descuidado se dejó ganar la espalda.

En ese instante un segundo lobo saltó sobre el hombre, lanzando por los aires y con la mano atrapada en las fauces de la bestia.

– Descuida, estas a salvo ahora –escuché decir a una voz femenina, era increíble, por alguna razón las palabras de esa mujer desconocida me llenaron de paz.

– Danilo, mira su brazo – volvió a hablar mi rescatadora – ¿Cómo lo ha podido dejar así el brazo ese paladín nocturno?

– No, no fue el cazador el que le hizo esto – respondió el hombre llamado Danilo – el muy idiota condensó la energía en su puño, pero sin dudas aún no sabe como hacerlo. Le estalló en la cara, es una suerte de que todavía este vivo.

De qué rayos estaban hablando.

– Eso es imposible, es muy joven como para hacer algo como eso.

– Quizás solo fue cosa de suerte, o tal vez nos topamos con un talento extraordinario. Tuvo suerte de que lo encontráramos antes de que el cazador acabara de jugar con él. Aun puede salvarse.

– ¡Ya oyeron, nunca dejamos a un hermano a su suerte!

Enseguida me levantaron del suelo. Ya no sentía dolor, solo un cansancio tremendo. En algún momento me dormí en los brazos de mis captores.

¿Amigos o enemigos?

Luego habría de averiguarlo, por los momentos necesitaba descanso.

NOTAS:

Con esto comenzamos la segunda parte, de cinco, del El Diario del Licántropo.

En lo personal me hubiera gustado más pompa en la pelea, pero eso fue lo que conseguí, que no esta del todo mal.

No tengo ni la más remota idea que más poner, por lo que me despido por ahora, adiós.

De última hora:

Saben, esto lo iba a publicar el Viernes, como trataré en un futuro publicar todos mis capis, pero luego de que ayer fuera el día con más visitas en la historia de mi blog, con 373, no pude dejar de agradecerles con esto. Sigan así, no se detengan…

Siguiente Capítulo

Anuncios