Capítulo Siete: Un Lobo Prisionero

Posted on 7 marzo, 2011

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Gruñidos, garras, colmillos…

Gritos. SI, gritos indescriptiblemente desgarradores. Volvieron los gritos, pero qué más daba, mientras estuviera en esa oscuridad, en esa nada, no importa quién o cuánto se gritara. Nadie escuchaba,

Mi vida parecía tan distante de mí, un sin sentido, como arrancada de raíz. Nada parecía real, todo una ilusión ¡terrible mundo de pesadillas al que fui lanzado!, corría, o al menos eso creía en mi desespero, con todas mis fuerzas, luchaba por escapar. Un  intento inútil, pero no me quedaba otra cosa que intentar.

Todo otro rastro de esperanza se había ido, o tal vez nunca existió.

¿Dónde estaba?, ¿era una prisión?, ¿había muerto al fin?, ¿Qué había sido de mí?

Confusión y dolor, cualquier otra cosa carecía de sentido para mí.

Héctor… hijo…

Una voz me llamaba

Vamos, despierta… resiste…

Como deseaba obedecerle, como deseaba resistir frente a la oscuridad. Pero no quedaba nada de mí para hacerlo, cómo combatir cuando se está más que vencido.

Sin embargo, deseaba tener esperanzas, le roge a cualquier ser espiritual, habitante del cielo o el infierno, a toda y cada una de las formas de dios que pudiera recordar. Y a todas las pedía lo mismo. Nadie respondía. Estaba solo, solo en la nada.

No podría decir que pasó por mi mente después de eso. Recuerdo odiar a dios, al diablo a todo en lo que la humanidad creía, todos eran mis enemigos, todos me odiaban; así que debía hacer lo propio. Ellos, en su arrogancia, me transformarían en un monstruo que ya no era capaz de imaginar, en algo que la naturaleza no podía concebir, algo fuera de las leyes del mundo; pero lo peor es que en el proceso yo, un niño todavía, sería arrastrado a los más terribles pesares. Un castigo ejemplar, ¿pero qué había hecho yo para merecerlo?

Entonces me di cuenta: Esto no era un castigo de los dioses, para ellos no era posible escucharme, porque no eran reales. Sólo ídolos pintados en las paredes de los templos alrededor del mundo. Todo para buscar un culpable, si, aunque suene tonto era así.

La gente creo a dios para no sentirse solos en este atemorizante universo vacio, para encontrar un responsable de su existencia, de sus dichas y sus desgracias, un ser más allá de nuestro entendimiento que nos protegiera y castigara; algo que pudiera complacer nuestro deseo de justicia en un mundo que hicimos injusto. Un invento, la más grande de las autocomplacencias, nada estaba allí y nada lo estaría nunca.

Esa es la verdad, por más cruel o sombría que parezca.

Y entonces, el inconfundible sabor de la sangre llenó mi boca. Sentí el frío suelo en el que me hallaba tumbado. Magulladuras y moretones en mis muñecas. Alguien jadeaba cerca de mí. Salía de un mundo irreal sólo para entrar en otro.

Mis ojos por fin se abrieron, me escocían tal cual si estuvieran llenos de arena. Lo primero que vi fue un techo gris y mohoso, luego paseé la mirada por toda la habitación en la que me encontraba. De seguro estaba en un sótano abandonado.

Me senté instintivamente, el dolor recorría todo el cuerpo al usar hasta el más diminuto de mis músculos. Era la primera vez que había recibido semejante castigo. Hice una mueca, lo que quería era gritar pero me ardía mucho la garganta, no me dejaba ni hablar.

– Menos mal que reaccionaste, hijo.

Dijo mi padre con las lágrimas a punto de brotarle de los ojos cristalinos. No dijo más nada, se limitó a abrazarme. La molestia generalizada no cambió el hecho que al estar así, entre los brazos de mi padre, me sentía más a gusto y  seguro de lo que hubiera podido imaginar. Él se encontraba allí, conmigo, protegiéndome de esos males que se formaban dentro de mi mente.

Con él a mi lado no sentía miedo ya.

– ¿Qué es lo que está pasando? – le pregunté con el rostro hundido en su hombro.

Me alejó de sí, para decirme lo que tenía que decirme tendría que verme a los ojos, o al menos eso supuse. En la baja luz del sótano se me hacía casi imposible el reconocerlo. Se encontraba despeinado, con los ojos rojos por el cansancio; su rostro se veía golpeado, maltratado. Verlo así,  cuando siempre me pareció un ser invencible, me causaba una extraña y sutil tristeza.

– Papá…

– Descuida, hijo, estoy bien – respondió antes siquiera de que terminara de formular mi pregunta. Me era tan raro que me dijera “hijo”, él siempre me llamaba por mi nombre. Me daba la impresión de que un gran remordimiento le carcomía el pecho –. Eso es parte del proceso; ahora, con cada luna llena, entraras en tu estado “salvaje”, hasta que puedas controlar tus transformaciones.

Yo no decía nada, tampoco me movía o daba otra señal de vida.

– Pero debes saber que no estás solo en esto, ¿me escuchaste?

Hablaba y yo no reaccionaba, tan absorto estaba en pensamientos que ya he olvidado.

– Yo estaré aquí para que nada malo te pase, ¿me escuchaste?

Seguía sin decirle nada.

– ¡Me escuchaste, Héctor!

Gritó por tercera vez. Esta vez me hizo escucharle, sus ojos me miraban con completa determinación. Algo en mi interior gritaba que no podía flaquear de ahora en adelante; que debía ser valiente, pero era tan difícil.

– Si, te escuché – dije en susurros muy débiles. La garganta me dolía demasiado, los ojos me pesaban. Tenía que dormir al menos un poco para no enloquecer, a pesar de que me daba miedo cerrar los ojos.

– Será mejor que descanses.

Mi padre se incorporó, al estar  en toda su altura me hizo sentir que de repente se alejaba de mí; como si fuera un extraño, alguien inalcanzable para mí, sin importar lo cerca que estuviera. Al levantarse e ir a la puerta parecía que estuviera abandonándome. A la merced mi suerte de perro.

– ¡No te vayas, por favor! – grité de alguna manera, estiré la mano, intentando alcanzarle. Pero mi cuerpo maltratado no me dejaba moverme ni un centímetro más – ¡no quiero estar solo!

Entonces mi padre se quedó paralizador frente a la puerta entreabierta. Terminó de salir, la puerta rechinó al volver a cerrarse. Antes de irse me miró sobre su hombro, no pude leer su expresión.

Me tumbé en el suelo. De inmediato me quedé dormido. Otro instante luego, en medio de mis ensoñaciones, empecé a pensar en dos siluetas delicadas. En mamá y en Mina… ¿acaso podría verlas otra vez?

Apenas podía recordar la mirada tierna de Mina, sus ojitos inocentes; la calida risa de mi madre ahora carecía de alegría y sentido, al igual que las largas charlas con mi padre. Era tal cual si nunca hubieran existido, o, peor aún, como si alguien ajeno a mí hubiera vivido esos momentos.

Nada de esto suponía sentido, lógica u orden; sólo caos y anarquía.

Unos ojos dorados, un bosque… corría. Me agitaba.

Entonces desperté.

– ¿Tuviste una pesadilla? – preguntó mi padre.

No presté atención a él o al nuevo aroma que se me hacía agua a la boca. Sólo musitaba con los ojos perdidos en la nada:

– Estaba extraviado en un bosque, un bosque que nunca había visto, buscando un sendero que jamás existió. Me hallaba solo y desesperado, corriendo por mi vida…

– Hasta que aquel lobo monstruoso de ojos amarillos, que no sabes de dónde vino pero a la vez lo sabes, que esta hambriento y listo para atacar. Como si no fuera nada acaba con lo que quedaba de mi alma. Si, la primera vez que me transforme también lo vi.

Por alguna razón esas palabras de mi padre, que me hacían ver que el sufrió lo mismo que yo, me hizo sentir mejor. Él también vivió este tormento, y en vez de sentir lastima estaba aliviado, no me interesaba ser una mal persona en ese momento. Sólo me interesaba saber cómo lo hizo, ¿Cómo es que pudo seguir adelante luego de tanto sufrimiento?

No hablamos mucho hasta que comí. Resultaba que la causa de olor que me hacía rugir el estomago era una hamburguesa que mi padre compró de regreso al sótano, cualquier cosa, no me detuve a mirar que era. Lo único que me interesó fue comer lo más rápido posible, tenía un hambre que volvería loco a cualquiera. Mientras tanto él, mi padre, se levantó del suelo y caminó al centro de la habitación, donde se encontraba una pila de astillas esparcida.

Era la silla en la que, seguramente, me habían amarrado antes de que me transformara. Las correas estaban rotas y los seguros, desgarrados. No necesitaba que nadie me dijera lo que había ocurrido, con ver los destrozos me era suficiente adivinarlo: yo fui quien destruyó esa silla.

– ¿Por cuánto tiempo debo de quedarme aquí? – pregunté cuando termine de comer.

– Falta un par de horas para el cenid, el momento en que la luna esté más alto en el cielo, si para entonces no te has “cambiado” de nuevo significa que lo pero pasó por ahora, por lo que podremos regresar a casa.

>> Pero, a partir de ahora, casa noche de luna llena tendremos que volver a este lugar. Este es tu refugio, el único lugar donde dejar escapar…

Sabía que iba a decir a continuación, aunque el mismo no se atreviera a decirlo. Era algo como: dejar es escapar a ese monstruo, dejar escapar esa cosa que vive dentro de ti, Héctor o algo aún peor. Ahora, todo era diferente que al comienzo. Había comenzado mi camino como hombre lobo. Debí parecerle a mi padre tan estúpido cuando me puse medio histérico al saber que sería un “héroe”, ¿Cómo pude alegrarme en ser algo como un licántropo?

Fui tan ingenuo.

– Todavía recuerdo cuando mis ojos cambiaron de color – dijo mi padre en tono de añoranza –. Arme el alboroto más grande del que te puedas imaginar. No sabes lo aliviado que estaba, ya no sería el único miembro de mi familia que no había comenzado su etapa de cambio. No sería una decepción.

>> Y ahora que lo recuerdo no puedo dejar de pensar en lo tonto de mi actitud, nadie puede sentirse verdaderamente feliz al ver como un hijo pasa por semejante castigo sin sentido, pero mi padre al parecer era la excepción a la regla.

Su familia, creo que esa fue la primera vez que le hoy hablar de su familia. Él se sentó a mi lado y continuo hablando, más bien sólo exteriorizaba sus pensamientos para no caer en un silencio incomodo.

– Al parecer somos un par de idiotas, creer que algo malo puede ser bueno si lo deseas con fuerza no es más que decepcionarse sin razón. Lastima que esta es la vida que nos tocó vivir.

Luego, silencio.

Todo parecía tan fuera de lugar, nada estaba en el lugar en que suponía que debería estar. Y, sin darme cuenta hasta ahora, mi alma se estrujaba un poco cada vez que recordaba aquellos ojos rojos e inhumanos.

– Esa cosa, la que me atacó, era un vampiro, ¿verdad? – dije.

– Qué respuesta es la que quisieras escuchar – respondió mi padre –. No te debería extrañar encontrar una cosa que no debería de existir, el sólo hecho de que existamos es una prueba de que toda mentira tiene algo de verdad y toda verdad tiene algo de mentira.

– Si era una cosa como nosotros, ¿Por qué intentó asesinarme?

– Porque esta en su naturaleza, nuestras razas nacen con un instinto natural para matarnos entre nosotros – contestó con vehemencia –. Desde que existimos matamos o morimos, siempre por culpa de los vampiros.

Me quedé por un segundo o dos, luego dije con toda la fuerza de mi determinación:

– Entonces tengo que aprender lo más pronto posible a pelear contra los vampiros, no permitiré que me tomen por sorpresa nuevamente – ahora podía comprender, al menos en parte, lo que significa ese instinto de matar. Ellos no me quitarían nada, aún si debía mancharme las manos de sangre.

Mi padre me miro con preocupación, pero me di cuenta, incluso antes que él, que en sus ojos brillaba un cierto brillo de orgullo. Sin embargo, la realidad podía más que esos sentimientos.

– No importa cuanto lo desees, o lo que digas o aprendas; no eres rival para un vampiro, al menos no todavía – dijo secamente –. Puede que ya hayas activado tus poderes, pero aún eres incapaz de controlarlos, lo que te hace un objetivo fácil para ellos, y creo que ya te diste cuenta de eso. Sólo podemos esperar a que no aparezcan más vampiros por la ciudad, quizá no tengamos la suerte de antes si algo así sucede.

>> Hasta entonces, será mejor que descanses de toda esta porquería peluda.

Luego de la hora pautada, salimos de ese inmundo lugar, con la promesa de volver de nuevo, de nuevo y de nuevo. Pero al menos, ahora tendría mi escape de esta verdad abrumadora.

Cuando la ciudad se abrió para mí, tan llena de vida, luces y colores; no supe que me pasó o por qué lo hice, pero sé que sonreí. Sonreí con descaro y franca alegría. Florencia seguía allí, tan bella como la recordaba, cómo era posible una cosa semejante. Luego de tanto dolor, luego de conocer tantos monstruos aterradores, luego de sufrir en cuerpo y alma, luego de todo eso el lugar más hermoso que había conocido seguía allí, en su lugar, como si nada. Todavía me deleitaba, tal cual si nada hubiera pasado. El mundo seguía su curso, a pesar de los horrores vividos en aquel sótano.

– ¿Puedo hacer a qué se debe semejante sonrisa? – preguntó mi padre.

– Es que… hay tanta belleza en la vida que da risa que algunos la desperdicien por nada.

Notas: Con esto damos por concluido mi regreso.

Me tarde más de la cuenta por un par de cuestiones, tanto externas como internas.

Pero la más importante de todas es que, al repasar el borrador de este capítulo en físico, cosa que se entiende por el viejo cuaderno garabateado que use para escribir, me di cuenta de una cosa muy importante.

Desde que leí las obras de Anne Rice me e vuelto un completo cursi.

Me abochorna el hecho de que hayan leído esas marramuncias. Cuatro de cada cinco palabras eran sobre los necios sentimientos de Héctor y sus recuerdos recurrentes y retrospectivos, la mayoría que fueron hechos sólo minutos antes de la escena en que lo recordaba. En fin, una cosa exagerada.

Lo más preocupante del caso es que eso, el uso excesivo del monologo interior y análisis de sentimientos, va en contra del estilo de los escritores latinos. Cosa que sigo siendo por más antinatural sean los temas que abordo para un autor de la America española.

Así que me tome algo más de tiempo para cortar las partes menos necesarias y postergar otras para el capítulo siguiente. Lo peor de un escritor es el abusar de uno u otro recurso, así que debo controlar más eso.

Por otra parte, la opinión religiosa que deja ver Héctor es la mía personal, así es como veo yo la religión, aunque, claro ésta, que no lo aprendí por medio de esa experiencia tan traumática, ni mucho menos.

Por lo demás, veremos cuanto tardo en pasar el siguiente capítulo. Lo bueno es que tengo un mes de vacaciones, lo malo es que aún estoy con problemas de conexión al Internet, nada serio pero que me retrasa un poquito. Así que no intenten comunicarse por ningún otro medio que no sea este, porque no les voy a atender. Estoy en mi etapa de ermitaño.

El capi iba hacer mucho más largo, pero ya les fije el por qué es tan corto.

Y la imagen que puse hoy no tiene nada especial, sólo me canse de poner puras cosas otakus por los momentos. Además no conseguí ningún dibujo de alguien encerrado en un sótano sin que rayara en los sadomasoquista.

No venos.

Siguiente Capítulo

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