Capítulo Seis: Un Lobo Despierta

Posted on 5 enero, 2011

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El regreso a clases, en una nueva y desconocida escuela, fue menos problemático de lo que imaginé en un principio. Detesto saber cuando estoy sobreactuando, en especial cuando lo hago frente a la mayor de las trivialidades. Me estaba convirtiendo en un monstruo antropófago, ¿Qué más de que no me gusten mis nuevos compañeros de clases?

En fin. Llegué a tiempo, hice lo que me pidieron los profesores, y hasta conocí a un par de compañeros de los que me hice amigo sin mucho drama de por medio. De hecho, me fue mejor de lo esperado… una chica, bien bonita por cierto, se me acercó casi de la nada y de inmediato cayó rendida a mis encantos. Bueno, no tanto así, pero entre las tonterías que dije y una que otra risita medio fingida hicimos planes para salir los dos el domingo. Si, un muy buen día fue ese.

Con el paso de la semana me di cuenta, algo más lento que quisiera confesar, de la atracción que ejercía sobre el sexo opuesto la magia de… en pocas palabras: al notar que no tenía lentes de contacto ellas casi se derretían ante el color de mis ojos. Al fin le encontré el lado bueno de toda esta aventura. Si tan sólo supieran que es lo que esa que sean de color dorado.

– ¿Por qué demonios no me dijiste antes que mis ojos son irresistibles para las mujeres? – pregunté muy exaltado apenas llegué a mi casa esa tarde, era más fingido o un simple puchero que nada, pero tenía razones para estar molesto – ¿Cómo es que alguien que se digna de llamarse “padre” puede ocultarle algo como eso a su hijo?

Pero frente mi berrinche desproporcionado él se quedó como si nada.

– No es algo para exagerar así, hijo – contestó mi madre secándose las manos de espaldas al fregadero –. Nada tiene que ver el color de los ojos para conseguir citas… recuerdo cuando acepté salir por primera vez con tu padre, él se había puesto rojo al preguntarme a dónde ir… no sabía si aceptarle o no, pero al ver sus modales y galante caballerosidad…

No sé si decirle gracioso, o cualquier otro calificativo, el ver a mi madre caer en el mar de los recuerdos al tiempo que sonreía como una colegiala enamorada, con los ojos brillándoles de forma atontada, mirando a la nada, alejándose cada vez más y más de la cocina de nuestra casa; lugar donde nos encontrábamos. Pero, por alguna razón, recordar esa escena siempre me saca una sonrisa.

– Ya oíste a tu madre, Héctor, no es nada para que exageres – replicó mi padre, quien hasta hace poco miraba fantasear a mi madre con una sonrisita… no les sabría decir exactamente como era, pero era algo cercano entre picara y enamorada, como cuando recuerdas la vez que le robaste un beso a la persona que te gusta .

Él sostenía un emparedado de proporciones ridículas para un hombre de su tamaño, era casi tan grande como su cabeza, que mi madre le acababa de hacer. Eso siempre me sorprendía de él. Su capacidad de comer hasta atascarse y nunca engordar ni un ápice.

– Pero ahora que lo sabes trata de no abusar – continuó haciendo la peor imitación de autoridad hecha en la historia –, lo último que quiero bajo mi techo es a un conquistador sin vergüenza. Por lo pronto, disfrútalo, pero si me vienes con alguna marranada, te quedaras el resto del mes en la silla.

Y con esa advertencia, más en broma que enserio, salió de la cocina dándole una enorme mordida a su aperitivo. Todo esto, mientras mi madre seguía montada en el tren de los recuerdo. Si, definitivamente fue algo gracioso.

La silla, esa cosa sí que me asustaba.

Una semana antes de retomar el liceo, mi padre me llevó en el mayor de los secretos a la parte más avejentada de la ciudad. Llegamos a un edificio que, a todas luces, se veía abandonado desde añales. Según me contó después, él compró ese bloque de oficinas hace un para la eventualidad de mi posible transformación en licántropo. Una especie de refugio.

Cuando entramos por una de las viejas puertas oxidadas me sentí tal cual me estuvieran estrangulando unas manos invisibles en el acto, las podía sentir en mi garganta, pero no ver. Era un lugar verdaderamente inmundo, lleno de polvo y suciedad, con la mayor parte de las ventanas astilladas, si no rotas, e impregnado por un repulsivo olor a putrefacción. Posible mente una que otra rata que decidió este miserable lugar como mausoleo. Un lugar del que, desde el primer momento, no tuve buenos recuerdos.

Bajamos por un par de pisos de sombrías escaleras de concreto, nos adentramos en lo que parecía ser un cuarto de calderas o un sótano. Todo en la penumbra, siempre oscuro.

– ¿Recuerdas lo que te conté sobre las primeras veces en que te transformarías? – preguntó mi padre. Era algo irreal, podía verlo en la oscuridad sin ningún problema.

Al parecer estos ojos de lobo no sólo sirven para atraer mujeres, pensé, además son poseen una excelente visión nocturna. Eso es a lo que yo llamo un multipropósito.

– ¿Eh?, si, claro que lo recuero – susurré regresando de lleno a la realidad de la. Ese lugar me daba un mal presentimiento, me quedé mirando, por el espacio de un suspiro, el suelo lleno de periódicos amarillentos por los cuales caminaba.

Entonces agregué:

– Me dijiste que los primeros cambios de forma no sería capaz de controlar mis acciones, que sería como una bestia, un monstruo como los Demonios de la Luna.

Las manos me temblaban al decir lo que decía, era como reconocer que no había otra opción, como si de antemano tendría que ser así, que sin importar nada más me debería conformar con hacer cosas horribles, todo por ser quien soy. Era tan frustrante sentir como la impotencia te carcome las esperanzas.

Llegamos hasta una puerta, de la cual mi padre tenía la llave, la única que existía, la abrió. Entramos en una tenebrosa estancia, de la cual apenas se podían distinguir sus rasgos básicos. Pude notar un solo mueble: una robusta y sobria silla de madera con gruesos respaldos para los brazos, los cuales además tenían correas de cuero, era tan parecida a las sillas eléctricas que aparecen en las películas de cárceles que se me heló la sangre sólo con verla. No se necesitaba mucha imaginación  para saber para qué era, como luego me explicó mi padre.

– Aquí tendrás que venir cada vez que haya luna llena, una vez que empiece tu fase de transformación espontanea hasta que seas capaz de controlar a la perfección tus poderes – dijo mirando con frío odio a aquella maquina del horror –. Podrían pasar semanas, días o años antes de que seas capaz de mantener una conciencia como tal mientras eres un lobo, por lo que sólo nos queda esperar lo mejor.

Luego me hizo un ademan para irnos, pero no podía moverme, estaba por completo paralizado por un qué sé yo, una cosa aterradora e intangible que me acosaba, algo verdaderamente aterrador. Mi corazón latí desaforado, las rodillas me tembalaban y pronto mi frente fue bañada por sudor frío. Nunca en mi vida algo me había aterrorizado tanto como aquella fea silla de madera, metal y cuero; llena de correas y ataduras, lista para mantenerme prisionero en ella.

Que horrible tortura para mantener al mundo inocente a salvo de mis momentos de mayor locura y mosntruosidad. Por primera vez desde que todo esto comenzó sentí un penetrante miedo al saber en lo que me iba a convertir…

El domingo llegó por fin, y fui a ver una película con la señorita de la que hablé antes, como cualquier pareja de adolescentes torpes en su primera cita, podría decirse. Para cuando la dejé en su casa actuaba como un completo imbécil enamorado, quien ya había dado su primer beso.

Que estúpido parece todo cuando intento colocarlo en palabras sobre un papel. No andaré en más detalles sobre esa dama porque… dejémoslo en que no daré más detalles, ¿está bien?

Caminaba distraídamente por una plaza cualquiera, con la mente alborotada, ya era de noche, mas es significaba todo menos un descanso en la envolvente actividad de la Florencia moderna. Luces por todas partes, todas hermosas, un arco iris artificial me rodeaba. Los autos, lo faros, las casas, el arte; era luz y belleza las que me seguían en cada paso dado por mis pies.

Como amo esa ciudad.

Sin lugar a dudas tiene cierta magia que cala hasta en los huesos. Su historia, su arte o arquitectura; tal vez un poco de todas o quizás ninguna, ¿acaso importa eso?, lo único que sé es que hubiera estado más que contento de pasar el resto de mi vida en Florencia, lo haría sin protestar, pero pronto sabrán que me depararon otras cosas en mi paso por este mundo bizarro.

Siempre que no tenía prisa para llegar a mi casa tomaba el camino más largo que pudiese, pasando en medio de muchas y muy lindas plazas o monumentos, los cuales muy pocas personas conocen. Casi nunca había nadie en ellas para perturbar la paz que se podía respirar. Por alguna razón la gente de ahora no se molestaba en apreciar esos pequeños instantes en los que se podía dejar los problemas atrás, aunque fuera tan sólo por un segundo. Que desperdicio.

Los faroles de corte antiguo estaban desde hace tiempo se encontraban encendidos y la fuente lanzaba brillantes chorros de agua bañada de luz. Una marea de oro liquido en una piscina de cristal.

Me acerqué a la fuente, tiré una moneda. Más por la costumbre que para pedir un deseo. Desde niño, desde la primera vez que recuerdo que mi madre me llevó a pasear en una plaza, aún embrazada de Mina, siempre he lanzado una moneda en la fuente; sólo hacía eso sin pedir nada. Y cuando, por cualquier razón, pedía algo era siempre una cosa sin importancia; como pasar un examen, o que me comprasen un nuevo juguete. Cosas de niño.

Un frío repentino me arropó, y, hasta donde me alcanzaba la vista, todo se llenó de una espesa niebla blanquecina.

Algo me daba mala espina. Mi corazón se disparó de repente y algún instinto primitivo me hizo mirar en todas direcciones, como buscando algo si saber qué era en verdad.

Nunca había visto algo semejante. La niebla se apretujo a mi alrededor, se hacía cada vez más densa, cubrió por completo la fuente y me rodeó, pero siempre manteniendo cierta distancia de mí. Casi parecía tener vida. Un círculo de un metro y medio, y más allá, una blancura espectral.

– Pero qué tenemos aquí – dijo una voz intangible, venía de todos lados y de ninguno a la vez –, ¿acaso un cachorro que se a perdido?, déjame ayudarte a encontrar tu nido.

Podía sentir como la sangre se me hacía hielo en las venas, como sudaba frío y como los latidos de mí corazón incesantemente decían que el peligro estaba cerca… pero no podía verlo, sólo sentirlo. Solos yo y esa bruma, nada más.

– ¿Qué ocurre, mi cachorrito extraviado? – preguntó en tono de burla esa voz fantasmal – ¿acaso le temes a la oscuridad?

>> ¡Pues, así debe ser!

Y en un suspiro toda la niebla se concentró en frente de mí, en un punto del que apareció, cual ángel de la muerte, una mano, rápida y helada, la cual me levantó sujetándome del cuello. Apenas si podía respirar.

Una sensación de horror generalizado me invadió cuando la niebla se disipó. Mi primer encuentro con una de esas bestias de ojos sedientos de sangre.

Un vampiro…

Si, aunque cueste  creerlo, o no tanto, allí estaba él. Una de esas criaturas que solemos identificar con terciopelo, castillos lúgubres y con transilvana. Cómo es posible que nunca antes, hasta ese momento, me había cuestionado la existencia de una cosa como esa, debí haberlo adivinado, que error tan grave.

La verdad es que son tan reales como yo.

Era un hombre de estatura media, con cabello color rojo cobrizo muy enmarañado, de nariz aguileña y ojos rojos, tal cual la sangre, y desprovistos de todo sentimiento o atisbo de vida. Era como ver a los ojos de un tiburón o de un muñeco de cera.

Esos ojos.

Al ver la estampa amenazante y monstruosa de la criatura frente a mí, una oleada de terror me golpeó de lleno, dejándome como si fuera una figura de hielo. A la completa merced de mi verdugo.

¿Qué pasaría?

¿Acaso moriría?

Si, iba a morir, algo en el fondo me lo decía. Ese hubiera sido el fin de no ser por…

De la nada una gigantesca bestia de ojos color ámbar envistió con violencia al vampiro, quien terminó volando por los aires al tiempo que me soltaba. Caí de bruces en el suelo, apenas podía respirar, mientras que los dos monstruos peleaban y forcejeaban lejos de mí, al otro lado de la plaza. Todos mis instintos gritaban para que huyera, que corriera lo más lejos posible, pero algo me hizo quedarme.

El lobo lanzaba zarpazo tras zarpazo con sus enormes y poderosas garras. Pero el vampiro los esquivaba con tremenda facilidad, casi ni parecía moverse. Las fauces del lobo crujían con cada arremetida fallida. Se levantó en sus patas traseras y con las delanteras golpeó al vampiro y todo lo que se encontrará en su camino. Los adoquines del suelo sencillamente explotaron, dejando a su paso una marejada de polvo volando por todos lados.

El vampiro salió volando por los aires, ileso. El lobo lo persiguió con sus enormes fauces abiertas. Vi como el vampiro sonreía, había caído en su trampa.

Antes de que la imponente masa de dientes como navajas consiguieran atrapar al vampiro este había desaparecido, otra vez envuelto en aquella espectral niebla. En un instante se re materializó en el suelo. Tomó por la cola al lobo, haciéndolo azotarse contra el suelo adoquinado, el cual se desmoronó bajo el peso de la bestia. El vampiro había ganado la batalla.

Se estremeció todo su ser al sentir el chispeante destello de los ojos del lobo derrotado. Me estaba suplicando que huyera, pero no podía hacerlo. La fuerza de pronto me regresó alas piernas. Fui corriendo hacia ellos con el puño cerrado y listo para hacer la primera estupidez que me pasará por la cabeza.

– ¡No lo toques! – le ordené al vampiro antes de que diera su golpe de gracia.

De alguna forma me desarrope de mis miedos e instintos de supervivencia y le lance un puñetazo dirigido a su rostro enfermizamente pálido. Ya no me importaba nada, sólo deseaba hacerle daño, algunos dirían que por venganza, pero yo no estoy tan seguro. El vampiro se dio la vuelta, un movimiento que me pareció eterno, y atrapó mi puño sin que yo pudiera hacer absolutamente nada para evitarlo.

¿Cómo es posible que pudiera moverse tan rápido?

– ¿Qué tenemos aquí? – preguntó socarronamente el vampiro – ¿acaso el cachorrito pretende aprender a como usar sus garras?, aún te falta mucho por aprender… lastima que para ti ya no habrá nada más.

Entonces…

En mi brazo libre se acumuló una extraña calidez, una fuerza que hacia sentirme poderoso y frágil a la vez. Aunque esa sensación duró menos que un suspiro, recuerdo perfectamente como, en mi mano había un fuego incandescente, mientras que en el resto de mi ser se abría paso un frío aletargado; algo sorprendente y que, al cabo de los años, tuve que aprender a controlar y volver a sentir, ¿Cuántos más misterios esconden los hijos de la luna?

Sin pensar en nada más que la extraña fuerza que envolvía mi cuerpo dejé caer mi puño contra el vientre del vampiro. Una ráfaga de viento cortante salió de mi puño. Mil cuchillos invisibles. Como si fuera papel y cristal, el cuerpo del vampiro se desintegró; sangre, huesos, piel y demás salieron disparados en todas direcciones, bañando de rojo la plaza destruida. La ultima cicatriz del combate.

Lo poco que quedó del vampiro se volvió gris y quebradizo. Su mano muerta todavía sostenía mi puño cuando todo lo que alguna vez había sido se hizo una nube de ceniza que cayó a mis pies. Lo único que quedó de ese monstruo fueron sus ropas desgarradas.

Que frío sentí entonces. Al ver reducido a la nada a aquel monstruo, que hasta entonces suponía imaginario, un escalofrío atravesó mi espalda. Caí de bruces al suelo, había perdido la sensibilidad en todo el cuerpo. Era como morir y estar consiente hasta el último suspiro, el último instante en que la luz se extinguiera de mis ojos. O al menos así es como yo lo vi y lo sentí.

Parecía estar tan cerca del final… pero, por alguna extraña razón, no tenía miedo de lo que podría ocurrir después. Era tan extraño. Siempre imaginé que reaccionaría completamente diferente al encontrarme con la muerte; no sé, algo más combativo o temeroso. Al más que esperar como si nada hubiera a lo que temer, ¿será que, en realidad, no hay nada a que temerle al cortarse el hilo de la vida?

¡Héctor, hijo!

Era la voz de mi padre, él era el aquel lobo que me defendió, y ahora era quien me ayudaba a incorporarme del suelo ruinoso. Su rostro, la plaza, las calles y caminos oscuros, nebulosos desde mis ojos agotados. Estaba en un letargo entre el sueño y lo que podría considerarse la muerte. Cerrar los ojos, eso era todo lo que pedía.

Si, eso era, cerrar mis pesados parpados, sin importarme que pasaría cuando lo hiciera o si alguna vez podría volver a abrirlos.

Pero el delicado velo de sueño desapareció de pronto. Una llamarada me envolvió, devoró y consumió sin compasión. Ninguna herida nueva, o al menos no en el cuerpo. Un dolor terrible, como miles de agujas al rojo vivo hundiéndose en mi piel, quemando todo a su paso, hasta llegar al lugar más profundo de lo que soy.

Mis dedos se crisparon se cerraron en el brazo de mi padre. Pude ver el dolor de mi padre al encontrarme en semejante condición, eso lo decía todo. Algo muy malo estaba pasándome. Hormigas de lava se paseaban por mi pial. Fuego y agonía por todas partes.

¡Había forcejeos!

Gritos, podía escuchar gritos horrible. Como si alguien fuera torturado, y sabía quien era el que gritaba.

¡Vamos, Héctor, resiste!, estamos muy cerca. Solo una cuadra más.

Era algo imposible. Me dejé caer de rodillas. A la sinfonía de gritos se unió el ruido de ropas rasgándose. El sabor a vomito llegó a mi nariz, y el agrio sabor de la bilis llenó mi boca.

Todo lo que veía eran formas extrañas, siempre cambiantes, y el palpitar grotesco de mi mano… cambiando, mutando, transformándose.

¡Hijo, quédate conmigo!

Un pasillo… unas escales… una puerta.

Mis sentidos eran una amalgama de dolor y sinestesia retorcida y confusa.

¡Ya casi llegamos!

Pero ya era muy tarde.

¿Cómo me ha podido pasar algo semejante?

Una marejada de fuerza, primitiva y salvaje, me arrancó de la realidad de un tajo. El fuego se extinguió y me encontré de repente en una gruta tenebrosa. Sólo oscuridad, oscuridad y nada más…

Dos destellos de oro brillante fueron la advertencia. Una bestia oculta en las sombras me devoró.

Héctor había muerto.

Pero un nuevo Héctor tomó su lugar…

Héctor, el licántropo…

Notas: Nuevo capi, en el siguiente se explicará mejor todo lo pasado. Espero haber hecho una narración de mi transformación de hombre a monstruo. Perdón por tomarme estas vacaciones, pero creo que me pasa siempre en esta época navideña, no me provoca hablar de monstruos y esas cosas. Pero ya retomamos el hilo.

Espero que me perdonen. La primera pelea de la serie, pero no será la última.

Claro, cuando Héctor dice “La verdad es que son tan reales como yo” es obvio que me estoy burlando y hechon en cara que los vampiros  y los hombres lobos son poco más que una alucinación colectiva de los medievales oscurantistas, sólo eso.

Nos leemos luego, espero que sea más pronto que tarde.

Por cierto, la imagen de hoy es la de, sencillamente genial, Elfen Lied. No puedo creer lo otaku que me ha hecho ser el ver ese anime, pero en fin. Para despedirme, ahora si, debo decir: ¡Nana es tan linda…!

Siguiente Capítulo

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