Capítulo Cinco: Un Lobo que Aprende

Posted on 2 noviembre, 2010

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Como ya pudieran dar cuenta, desde ese momento en que dejé de ser tan sólo otro muchacho más, para pasar al bando de los seres que no tienen explicación por la ciencia moderna, no he tenido una, digamos, existencia del todo tranquila. Pero antes, tuve que pasar una muy, pero muy cansadas vacaciones de verano. Aunque intente reprimir los recuerdos de esas terribles semanas, sencillamente no puedo.

Debe ser porque, de alguna forma que no he conseguido entender hasta la fecha, el cerebro sólo suprime de los recuerdos los momentos verdaderamente tristes, desgarradores y terribles. Ninguna de las cuales puedo usar para calificar mis “días de ocio”, a no ser que quiera sonar como un bebé llorón. Eso no quiere decir que no fue un mal momento, porque lo fue, sólo que de una forma más sutil y, para mí en particular, más odiosa. Puedo resistir el dolor más o menos, pero apenas consigo soportar las estupideces y las cosas que no les veo la menor razón de ser.

Y todo gracias a la extraña obsesión de mi padre por hacerme leer sus gigantescos libros llenos de garabatos, grabados y toda clase de información relacionada con los hombres lobo. Toda una pérdida de tiempo. Salir de la escuela para tener que entrar de lleno a pilas de esos voluminosos y anacrónicos libros más viejos que mi casa y, posiblemente, media Florencia, es tanto más cansado de lo que se pueden imaginar. Para colmo de males, su gran mayoría, estaban escritos en un lenguaje tan arcaico, enredado, rebuscado y tedioso, que me tardaba más en buscar en los diccionarios lo que significaba una palabra extraña, cada tres oraciones, que leyendo el texto en sí.

Aunque, para ser precisos, lo que me reventaba de toda esa situación fue la enfermiza certeza de que estaba perdiendo mi tiempo en algo carente de toda lógica. Tan sólo me bastaba hojear un par de páginas para saber que eran puras ridiculeces, por lo que iba de inmediato a la siguiente.

Francamente, o las personas de la Edad Media eran realmente crédulos o eran sencillamente un grupo de imbéciles sin cerebro.

¿Cómo es que alguien en su sano juicio podría creer que una granizada pueda ser obra  de las brujas?, o, lo que claramente es tuberculosis, con ataques de vampiros. Pero lo peor es que, algún idiota pensó que, al arrancarle el corazón a un cadáver, incinerarlo y darle de beber a los enfermos sus cenizas sería un remedio efectivo. Menos mal que la humanidad ha avanzado mucho desde esos tiempos.

Pero, entre toda esa parvada de estupideces sin sentido, mi favorita es la falsa creencia de que, si bebías el agua empozada en la huella de un lobo durante la luna llena terminarías por convertirte en un hombre lobo. Algo, sin lugar a dudas, completamente fuera de la realidad, pero bueno…

Bien, puedo aceptar lo del séptimo hijo, pero lo del agua no, es que es tan… mejor omitiré mis comentarios al respecto por esta vez. Sólo para no herir sensibilidades.

Por suerte para mí, aunque decir “suerte” sea sólo un eufemismo, luego de acabar con la cansina tarea de leer aquellos repulsivos mitos medievales me topé con una serie de documento, tratados, ensayos e enciclopedias que si me resultaron muy interesantes. Por lo que los leía complacido, en especial luego de tan cruda experiencia de antes; en cierta forma resultaban fascinantes, tanto así que los continué leyendo incluso luego de volver a la escuela en septiembre.

Como era de suponerse, me cambiaron de escuela, todo para no crear suspicacias  a mi repentino cambio de pupilas, de negro a dorado. Eso sin duda hubiera parecido sospechoso.

En todo caso, y dejando para un próximo capitulo mi regreso a clases, los nuevos libros de los que ya he hablado, los cuales mi padre me hacia leer casi religiosamente, eran los más recientes de todos los que me mostró, eso en comparación con los de mil o más años. Estos contenían de forma muy cruda o sutil todo lo que se pudiese saber sobre un tema muy en particular: todo lo concerniente a los seres sobrenaturales, analizados con el mayor criterio en el uso del método científico, si es que sobrenatural y ciencia se pueden mezclar.

Era, y sigue siendo mi deber, el aprender lo más posible sobre mi especie y sacarla del lago de la ignorancia donde había sido hundida hace ya tanto tiempo atrás. Por lo que me he tomado el atrevimiento de enumerar una pequeña lista en la que explico buena parte de lo que aprendí durante mis meses de aprendizaje de la mano de la estricta supervisión de mi padre. Pero no se confíen del todo por lo que les voy a contar, ya que soy consiente de que todavía me faltan muchas cosas por aprender, y muchos otros secretos ocultos bajo la luz de la luna por develar.

Para empezar, describí que existe una confusión entre los dos géneros de hombres lobo: los que son como yo o mi padre, que obtienen su poder por el legado sanguíneo; y los que los que son forzados a ser monstruos por los efectos de la luna llena en ellos. Pero, también hay una tercera estirpe, son las personas que consiguen los poderes de un licántropo gracias a una especie de talismán.

No sé si es que en realidad existen los magos o algo que se le parezca, pero si son tan reales como yo no debería sorprenderme descubrir que pueden convertirse en lobos a voluntad usando uno de esos amuletos. Por lo que, por el momento, me quedó con las dos razas que conozco: Los Hijos de Luna y Los Demonios de la Luna.

Por unos reportes médicos, escritos durante la Primer Guerra Mundial, se llegó a la conclusión de que podemos convertir a un humano en un Demonio gracias a que en nuestra sangre y otros fluidos corporales existe una especie de mutación que hace a nuestro ADN tener una relación simbiótica con un virus, que invade a los nuevos huéspedes junto con el mismo gen que nos cambia a nosotros. Una especie de Sida para lobos; si, mal chiste. Aunque sólo puede infectar a la posible descendencia en el acto sexual; al parecer el virus esta más concentrado en la sábila y la sangre. Y sólo la infección ocurre cuando el virus llegar al torrente sanguíneo. El por qué ocurre esto, todavía no estoy muy seguro.

En el informe no dice tal cosa, pero esta es mi hipótesis. Si el virus sólo puede sobrevivir en la sangre y la sábila, y no en el semen, explicaría porque no se transmite como otras enfermedades semejantes.

Lo que me lleva al siguiente punto.

No estoy completamente seguro de la existencia de los licántropos hembras, y no he tenido el valor de preguntarle a mi padre antes de que nos separáramos. Todos los relatos e historias que he leído no hablan sobre muchas mujeres, pero eso era de entenderse en una época tan discriminatoria como la Edad Media. Aún así debo agregar que no veo razones para que una mujer no pueda contener el gen licántropo tal y como yo lo hago.

Somos, los hombre lobo, criaturas eminentemente nocturnas, pero no porque el día nos cause algún daño o el sol sea dañino, todo lo contrario. Supongo que en eso, y en otras cosas más nos parecemos a los lobos de verdad, al fin y al cabo, ellos también salen de cacería más que nada durante la noche. Pero nuestra razón es menos poética. Resulta que nuestros hábitos se deben a que, durante la noche, somos mucho más fuertes durante la noche.

Alguna extraña cualidad en la luz reflejada por la luna no sólo nos hace más fácil la transformación, también nos llena de más energía, casi como si fuéramos plantas. Lo que significa, y como era de esperarse, que nuestro punto máximo de poder se encuentra durante la luna llena. El centro mismo de nuestros poderes es ese, la luna.

Por alguna extraña lógica, por completo ilógica, las pieles de lobo tienen la cualidad de cambiar con nosotros. Por lo que son una prenda fundamental para un licántropo.

Eso explicó el porque, en Navidad, me regalaron un pantalón corto bien peludo y de apariencia incomoda. Cosa que no me hizo gracia, debo agregar… bueno, lo hizo un poquito; en especial cuando mi revoltosa y liadísima hermana dijo.

– ¡Mira, Héctor, te regalaron un disfraz de Tarzan!

Como podrán comprender, ese lindo día navideño, ocupará para siempre mi lista de momentos bochornosos, dejando en un segundo lugar todas mis demás vergüenzas presentes, pasadas y futuras, hasta el día en que me muera.

¡Un momento!

¿Cómo es que llegamos a hablar de mis trusas de piel?

En fin…

Volviendo a lo importante. Descubrí, y quise dejar esto cerca del final, que es un mito, además uno muy idiota, el que las balas de plata o ser herido tres veces por un cuchillo de plata nos mata en el acto. Es una mentira. Somos tan vulnerables como cualquier otro ser humano viviente, sólo que tenemos un poco más de vello para protegernos. Lo que si es cierto, y eso me sorprendió en verdad, es que al parecer somos increíblemente alérgicos a una especia de flor silvestre que crece en el mediterráneo. Tanto así que puede hasta regresarnos a nuestra forma humana. Es algo increíble.

El mundo de los licántropos tiene su propia organización y escala social… hasta tiene sus propias leyes.

Alrededor del mundo hay clanes, asambleas o cofradías de lobos. Al menos dos por país, además de toros grupos nómadas, que suelen ser los más grandes. Son tan diferentes como se les puede imaginar, el uno del otro. Lo único que tienen en común son dos cosas. Que es una estructura donde el más fuerte, y en consiguiente, el que puede proteger mejor a su clan, es el líder del mismo; y la otra cosa es que siguen las mismas leyes elementales.

El escalón más bajo de esta compacta cultural es el de los proscritos o traidores. Los que abandonan su clan y le dan la espalda a los suyos. Ese es el lugar donde nos encontramos mi padre y yo. Pero sólo es admitida si abandonas el clan, no si naciste fuera de él. Esto último me calmó, porque a los traidores se les debía asesinar en el acto.

Aún así, un día cualquiera, le pregunté a mi padre si alguna vez había pertenecido a un clan, o si al menos conocía a otros licántropos. Él me respondió:

– Si, yo me crié en un clan de lobos. Mi madre y padre eran licántropos, al igual que todos mis hermanos. Pero, siendo poco mayor que tú, decidí escapar. Nunca más he sabido de otro hombre lobo que no sea yo. Pero… con el paso de los años te darás cuenta que no puedes escapar de tus raíces tan fácilmente.

– ¿Qué te hizo desear escapar? – le pregunté.

Entonces él se levantó y me despeinó con cariño. Luego dijo, antes de salir de su estudio.

– Cuando seas mayor te lo contaré, todo.

Y así mi padre salió de la estancia donde nos encontrábamos, sin decir una palabra más. Debí suponer que escarbar en su pasado sería, por lo menos, incomodo par él, pero, ¿Por qué?

Mi raza esta llena, como ya se abran dado cuanta, de historias ancestrales de tantas generaciones en el pasado que ya se pierden a la vista y de los registros. Y las más importantes de todas, son las llamadas “Leyes de la Jauría”.

Me tomaría páginas enteras el enumerar todas, y cada una de estas normas, la mayoría de las cuales son obsoletas, pero algunas todavía se aplican. Son un total de 115 reglas, pero sólo pondré unas pocas. Con las tres leyes fundamentales será suficiente. Además así les doy un carácter un tanto más dramático.

La primera es, obviamente, el mantener el secreto no sólo de la existencia de los licántropos, sino de todo el mundo en el que no relacionamos. Los humanos no pueden saber de nuestra existencia.

La segunda norma es destruir a todo Demonio de la Luna sin vacilar, y también acabar con cualquier peligro para la existencia de nuestra estirpe.

Y la tercera es: mantener el honor y las tradiciones de los clanes de hombres lobo. No dejar que mueran lo que somos y como somos. Nunca.

Notas: Perdón por la demora, es imperdonable, pero al menos ya esta aquí algo nuevo.

El siguiente capi será el primero de acción en esta nueva etapa de crónicas.

Nos vemos… por cierto, todos mis comentarios o las palabras dichas por Héctor está para un solo propósito: El demostrarle mi odio degenerado a todo lo que tiene que ver con la Edad Meda… excepto por el Señor de los Anillos, aunque no sé si es del todo medieval. 

Siguiente Capítulo

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