Capítulo Cuatro: Un Lobo Heroico

Posted on 1 octubre, 2010

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Dudo mucho que alguien más que otro hombre lobo pueda entender en toda su envergadura los cambios y transformaciones fantásticas y terribles, en la misma proporción, que sufrí.

A los diez días de tener los ojos teñidos de oro, amanecí con un horrible olor pegado a la nariz. Era como el olor a perro mojado, impregnado en toda mi ropa y mi cama. Cuando me levanté, asustado como era de esperarse, y quité las sabanas me encontré con que mi colchón estaba repleto de un grueso pelo negro, como si hubieran trasquilado a un San Bernardo sobre mí mientras dormía.

– Descuida, hijo – dijo mi padre con calma, me encontró en pleno ataque de neurosis aberrante –. Es parte de tu desarrollo como licántropo, es un cambio parcial. Te creció el pelaje durante la noche y volvió a la normalidad antes de amanecer, suele pasar de vez en cuando. Es algo natural.

Es obvio suponer que no me trague esa explicación sin pies ni cabeza, pero debí de aceptarla, no tenía otra opción, ¿Qué más podía hacer además de confiar ciegamente en mi padre en esta extraña fase de mi vida?

De por si la pubertad, sola, ya era un fastidio. Pero ahora, con toda esta basura en que fui inmerso, debía de soportar el peso de convertirme en una peluda y antropófaga, incapaz de controlar su sed de sangre… ya para ese entonces empezaba a pensar que esto posiblemente no era tan genial como lo pensé en un primer momento. Estaba dejando de ser divertido.

Apenas podía reconocerme cada mañana cuando me paraba frente al espejo sobre el lavabo del baño para cepillarme los dientes. Me sentía extraño al ver ese brillante tono ambarcillo en mis pupilas, no me acostumbraba a ese color. La prueba de mi existencia como hombre lobo.

– ¿Hasta cuando vas a seguir usando esos lentes de contacto? – solía preguntarme Mina, mi hermanita. Y cada vez que lo hacía se me quedaba mirando, moviéndose en varios ángulos, para molestarme. Esa niña.

Cuando ella se ponía en ese plan, no muy lejos se podía escuchar las risitas reprimidas de mi madre. Supongo que le hacían gracia su inocente palabrería, y, debo admitir que a mi también. Mi hermana es una de esas personas de las cuales no puedes enojarte con ella, sin importar las tonterías que diga o haga. Sencillamente te saca una sonrisa. Así es como siempre se sale con la suya.

Aunque intentara no prestarle atención a esa necesidad de Mina de preguntar por “mis lentes de contacto”, siempre conseguía sacarme de mis casillas. Al menos me apartaba por unos instantes de mis preocupaciones. Debo agradecerle a esa pequeña revoltosa.

Otros cambios, más incómodos, se presentaron en los siguientes meses fueron un repentino gusto por la carne cruda, una extraña sensación en la parte baja de la espalda – podía sentir como si tuviera cola – y una total incapacidad para dormir durante la noche, era como si tuviera menos energía cuando sol estaba en el horizonte. Como si mi reloj interno se hubiese puesto de cabeza.

Sin embargo, y he aquí la parte buena de todo esto, me sentía con más fuerzas que nunca, como si pudiera arrastra un autobús por mi cuenta. Estaba ebrio de una energía que nunca antes había sentido.

Pero como la desperdiciaba…

Me pasaba las noches encerrado en mi cuarto, leyendo y releyendo los viejos libros de mitología medieval. A pesar de que la mayoría de ellas me parecían un sarta de ridiculeces, paparruchas, tonterías sin pies ni cabeza. Mientras, los días los gastaba en asediar a mi padre con toda clase de preguntas, en casi todos los casos, sumamente frívolas y triviales. No puedo creer que le haya preguntado si sentía alguna obsesión por perseguir gatos o atacar a carteros. Que cosa tan idiota, pero muy de vez en cuando me sacaba de la manga un pregunta autentica. Esas eran las que se molestaba en contestar.

En definitiva, con tantos cambios bizarros y escritos fuera de la realidad pase semanas enteras sin salir de mi casa, y ni cuenta me daba de ello. Solo pensaba en todo eso, los recordaba repitiéndome que esto debía ser un sueño o una alucinación. Nada de esto podía ser real. Todo, desde mi cumpleaños, era nada más un producto de una imaginación descarriada.

Un día cualquiera, en el que yo estaba tumbado en mi cama mirando idiotizado el techo, mi madre tocó a mi puerta.

– Hijo, ¿podrías acompañarme a la ciudad para hacer algunas compras? – preguntó ella cuando le abría. Tenía la música a todo volumen, intentando distraer mi mente de tantas cosas que me pasaban al mismo tiempo.

– ¿No puedes llevar a Mina?

– Tu hermana fue a la fiesta de una amiga. Además, necesito que te pruebes algo de ropa, estas creciendo mucho últimamente. Y no ayudo que amanezcas siempre con la ropa rasgada, casi parecen rasguños.

>> ¿No será que otra vez tienes escondido un gato de la calle en tu habitación, como cuando tenías ocho años?

Ambos sonreímos descaradamente, no sé por qué.

– No tendría que haberlo escondido si me hubieras dejado tener mascotas.

Mi madre mi miró con autoridad y gracia. Habló con calma y de no ser por lo que dijo en si, pensaría que me estaba regañando.

– Te lo dije entonces y te lo vuelvo a repetir: con tu padre ya tenemos animales suficientes en esta casa.

Nos reímos como unos tontos, como no los habíamos hecho en un buen tiempo.

Salimos de la casa escoltados por unas cuantas carcajadas de más. Era una hermosa tarde italiana la que cubría la ciudad donde el Renacimiento tuvo nacimiento. Fuimos a comprar las provisiones y a conseguirme algo de nueva ropa, no era mentira eso de que estaba creciendo más de la cuenta. Fue una jornada llena de chistes, risas y sonrisas. Hacía mucho que no pasaba tan buen rato con mamá. En esas memorables horas olvidé por completo mis problemas y todas esas cosas que amenazaban con volverme loco.

Entrada la tarde, luego de terminar con todo lo por hacer, nos sentamos placidamente en una de las muchas plazas de más de doscientos años para comer un helado de fresa y chocolate. Como acostumbrábamos hacer cada vez que salíamos solos a la ciudad.

Un ritual que teníamos desde mi infancia temprana.

– Héctor, ¿Cómo te sientes respecto a todo esto? – preguntó mi madre tan de improvisto que no supe a ciencia cierta que contestarle, entenderán que no es precisamente un tema agradable para hablar con tu madre –. Ya sabes, sobre, tú me entiendes. Tu padre me ha dicho que lo estas tomando mejor de lo esperado, pero quiero saber si enserio estas bien o solo finges para no preocuparlo.

Puede darme cuenta casi de inmediato, no se sentía cómoda en lo absoluto con el tema de los hombres lobo, y no podía culparla. Esa misma impotencia, y culpa, debe sentir cada madre que ve a su hijo sufrir por culpa de la mala fortuna. Ver a tu único hijo convertirse en un monstruo no debe ser para nada agradable.

– Bueno… yo – tartamudeé mirando la mesa donde nos habíamos sentado. Me era imposible mentirle a ella, a todos menos ella. No tenía la menor idea que decirle para confortarla, porque yo mismo no sabía como me sentía o si algo que dijera no la preocupara.

Era todo tan confuso. La euforia del comienzo se había esfumado, pero no del todo, al ser golpeado de lleno por la realidad, algo muy diferente a los cuentos con superhéroes y esas tonterías que uno suele creer en la inocencia de la juventud. Dudaría, aún ahora, al decir si me encontrada aterrado o feliz. Nada más sabía que no sabía nada, así de sencillo. Mi futuro era un campo oscuro y nebuloso, que me aterraba explorar.

– ¡Olvídalo, hijo! – suplicó de pronto – mira lo que estoy haciendo: te traigo a la ciudad para escapar de tus problemas por un rato y terminó metiendo la pata. No le prestes atención a esas tonterías que dije. Será mejor comer otro helado antes de irnos a casa, ¿te parece uno de vainilla?

No pude evitar sonreírle.

– Me parece excelente.

Un helado de vainilla después íbamos de regreso al estacionamiento en donde dejamos nuestro auto. Otra vez me encontraba en un estado de paz excepcional, ese era el efecto mágico que tenía el helado en mí. Era mi kriptonita. Nos detuvimos cerca de un paso peatonal, la luz estaba en rojo y los autos pasaban sin problemas.

Lo que ocurrió luego pasó tan rápido que me sorprende poder recordarlo con tanta claridad.

Del otro lado de la calle, entra la multitud a la espera del cambio de la luz del semáforo, se encontraba una chica de más o menos mi edad junto a un grupo como de seis perros. Debía de ser una de esas personas a quienes les pagan para pasear las mascotas ajenas. Tenía las manos llenas de correas y los perros eufóricos no dejaban de tironear. En un instante de descuido uno de los perros se le escapó y fue corriendo de lleno al tráfico, en plena hora pico.

La chica, por puros reflejos, fue a perseguirlo. Así que no se dio cuenta del auto que venía directo hacia ella.

En una holeada de valor, o deseo suicida, solté las bolsas y atravesé la calle de alguna forma extraña, salí ileso. El perro había escapado. Me lancé, sin pensarlo dos veces, sobre la muchacha y ambos dimos a parar en medio de la acera, entre los ladridos incesantes de los perros y las miradas aterradas de los transeúntes. Nos salvamos de milagro.

Mi corazón latía como loco y respiraba aceleradamente. Por el susto cerré los ojos cuando, prácticamente, me tiré sobre la chica y al abrirlos me encontré tirado sobre ella, quien me miraba a los ojos. Su rostro estaba todo colorado.

Muy lentamente bajo la mirada, la seguí con los ojos, ¡que bochornoso fue aquello!, allí estaba yo: Sobre ella y con las manos en cada uno de sus pechos. Este tipo de cosas solo deben de pasarme a mí,  tratando de salvar a alguien termino acosándola. Al notar ese pequeño detallito el corazón me brincó a la garganta, sentí como la sangre se me agolpaba en la cara por la vergüenza. Debí parecerle un tomate con ojos.

¡Que vergüenza, que vergüenza, que vergüenza!

Me levanté con la mayor velocidad y torpeza posible. Le extendí mi mano para ayudarla a incorporarse; la lengua como que se me anudó dentro de la boca, pues no podía decir nada. Ella se paró por su propio pie, solo para luego…

– ¿Sólo te abofeteo y se fue? – preguntaron aguantando las risas, no por mucho tiempo más, mi padre y Mina cuando se los conté. Estaba de regreso en casa y con la mejilla todavía sonrosada, esa chica tenía fuerza.

– ¡Estoy tan orgullosa de mi pequeño! – exclamó mi madre estrujándome, casi sacándome el aire de los pulmones.

– ¿Cómo puedes decir una cosa así? – preguntó molesta Mina, mi hermanita, azotando la mesa con las palma – ¡Ahora mi hermano es un acosador sexual, tendremos que encerrarte en la cárcel por siempre, con tal que no ataques  a otra mujer indefensa!

– ¡QUÉ…!

– No digas tonterías, Mina, mi niño es todo un héroe.

Y el circo siguió así por un par de días más.

– ¿Puedo pasar? – preguntó mi padre, parado en el marco de mi puerta.

– Claro, por qué no.

Sin tomarse mucho tiempo pasó. Se sentó en una silla frente a mí, acostado en mi cama y mirando el techo fijamente, como si en el color blanco de la pintura se encontrara un misterio que solo yo podía descifrar. Su voz fue clara y concisa.

– Héctor, estoy muy orgulloso de ti. Salvaste la vida de esa jovencita… de forma poco recomendable, pero lo hiciste.

– ¿Sabes qué?, ya no me importa lo que paso – dije irritado sin razón. Me levanté de la cama, para sentarme en la orilla. Mirando de frente a mi padre, con una sonrisa en los labios.

– Por eso mismo estoy orgulloso. A pesar de saber que fue una gran cosa, no se te ha subido a la cabeza – arguyó mi padre –. No se hacen buenas acciones por reconocimiento o para poder presumirlas, se hacen porque son lo correcto.

– Eso suena mucho a los mensajes de las películas animadas de Disney – dije con sarcasmo dejándome caer en la cama.

– Tienes razón, dejémoslo es que estoy orgulloso de ti, ¿de acuerdo?

– Si así me dejas de molestar. No crea que sea para tanto el haberle tocado los senos a una desconocida.

Notas: Espero que me hayan extrañado.

Ahora bien, ha habido una reciente sequía en las aventuras del licántropo Héctor. Y ya comenzó la temporada de inundaciones. Bien por eso.

Como, con cada minuto que pasa, se me ocurren nuevas y más grandes estupideces, de ahora en adelante cada capítulo llevará la palabra “un lobo” en su titulo. Ejemplo: un lobo vomita, un lobo se baña, un lobo se sienta en la letrina, un lobo come chocolate, un lobo en una orgía.

Las posibilidades son infinitas.

Quiero darle el más absoluto de los agradecimientos a las personas que gastan su tiempo en leer las cosas con las que yo desperdicio el mió. Oficialmente el me de Septiembre, además de ser el aniversario de este absurdo, es el mes con más visitas hasta la fecha, con 3,919 personas atrapadas en las tinieblas. Una buena cosecha de almas, mi amo estará contento cuando empiece la zafra.

Con mucho más por venir, creo que tendré que trabajar mucho para superar la marca actual. Por un octubre que superé las 4000 entradas.

¡QUE ASÍ SEA!

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