Eterna Ventisca: Deshielo

Posted on 24 septiembre, 2010

4


Cuando Edward terminó de dibujar un enorme círculo alrededor mío con una tiza encendió cinco velas verde esmeralda, de las cuales se desprendía un delicioso aroma a mirra y almendras. Yo, por mi parte, permanecía sentada en el centro del arreglo que me recordaba a esos viejos diseños geométricos de las clases de diseño en la escuela. Esperaba impaciente el comienzo del ritual.

Este era el momento definitivo, la hora de la batalla fina contra el espectro que me cambió para siempre. Curiosamente muchas de las personas más maravillosas que conocí fue gracias a este terrible poder traído por la dama de las nieves, eso me llevaba a pensar sobre tantas cosas sobre mi vida. Por difícil que fuera, posiblemente no cambiaría nada en mi vida. Sin embargo, ya no deseo tener miedo a lastimar a las personas que quiero; ya no quiero temer nunca más.

– Ya podemos empezar, Yuki – declaró Edward tras encender la última de las cinco velas –. Aunque he buscado en todos mis libros en los que se habla de este asunto, aun hay muchos cabos sueltos respecto a lo que vamos a hacer, pero creo que si tenemos suerte, con esto conseguiremos adentrarnos en tu mente y encontrar la raíz de tus poderes.

>> Pero será por un tiempo limitado, dependiendo de tu control y la resistencia del círculo.

– No, iré yo sola – dije, ya había tomado una decisión. Edward se me quedó mirando sorprendido.

– ¡Pero, Yuki, es muy peligroso! – Por favor, Edward. Necesito hacer esto, es lo único que te pido. Nos cubrió el silencio, al menos por un instante.

– Y es pedir demasiado, Yuki – gruñó al fin Edward dejándose caer a mi lado, sentado, como yo, en el suelo. Su expresión lo hacía ver cansado, pero la intensidad de su mirada decía todo lo contrario. Nos miramos con fiereza y desafío. Por más que intentará, nada podría cambiarme de parecer. He cargado esta cruz yo sola, y sola voy a terminar con esto. Era mi batalla, mía y de nadie más.

– Con un demonio, ¿Por qué todas las mujeres de esta familia son tan cabeza dura? – protestó Edward cerrando los ojos y echando el rostro par aun lado. No había nada más que hacer. Le esbocé media sonrisa de agradecimientos, que apenas si vio, por comprender mi posición. Me hacía el favor más grande que alguien me hacía en la vida. Pero el parecía no enterarse de ello, otra razón para darle las gracias.

– Entonces tendré que salir del círculo antes de empezar, lo activaré desde fuera cuando estés lista, ¿De acuerdo? – dijo Edward poniéndose de pie.

– De acuerdo – respondí. Con esas palabras recordé algo que hasta el momento había pasado por debajo de la mesa –. Edward, ¿Qué parentesco tenemos en realidad? Antes de responder me sonrió, como un niño atrapado en una travesura.

– Ninguno, Yuki, ninguno. Pero Rose es tu prima segunda… Esos lindos y confundidos ojos grises lo demuestras. Aquí entre nosotros, yo no tenía la menor intención en dejarte quedar. Sin embargo, apenas se enteró, la terquedad de Rose me obligo a quedarme. Prefiero tenerte aquí que dormir en el mueble. Se nota que son de la misma familia.

– Si…

No tenía palabras.

– Tomaré eso como un “ya estoy lista, Edward”. A la cuenta de tres comienza a la función.

Uno.

Cerré los ojos.

Dos.

Junte todas las fuerzas que tenía.

¡Tres!

Edward aplaudió.

Un destello traspasó mis parpados, quedé enceguecida. Me levanté asustada, pero no abrí los ojos. Una ráfaga de viento sobrenatural me envolvió por un brevísimo instante de incertidumbre. Cuando mis parpados se abrieron ya no estaba donde se supone que debería estar, había sido transportada al mero centro de un torbellino de blancura y tempestad. El ojo de una tormenta. Luego pude escuchar el cantar de los pájaros. El torbellino se disipó y la luz se vio recluida a un atardecer. Mis pies sintieron el verde césped. Una extraña nostalgia me llego al fondo del corazón.

– ¿Puedo preguntarte algo? – esa era mi voz, pero yo no había dicho nada.

– Claro.

– ¿Por qué no te asustaste cuando atravesamos juntos esa pared?

Me acerqué a un árbol viejo y verde. Conocía ese lugar, ese laguito cristalino y a ese ocaso… ya viví todo esto.

– Porque no había razones para asustarme – contestaba un joven sentado en la orilla del lago. Junto a él esta una chica mirando la superficie del agua, reflejando los últimos rayos del sol –. Julia, mi hermana, me enseñó que un arma puede que siempre sea un arma, pero lo que en realidad importa es el uso que se le dé. Lo que haces con lo que tienes es lo verdaderamente importante. Contestó el muchacho mirando a la chica confundida, le sonreía para hacerla sentir mejor.

Seth.

– Dices pura tonterías – recuerdo haberle contestado, como así fue. La chica a su lado le quitó la mirada para ponerla al otro lado, le molestaba esa cara siempre optimista. De perfil se notaba que era yo la chica sentada en la orilla junto a Seth.

Esto debía ser…

– No, Yuki, esto no es un simple recuerdo – dijo Seth, el muchacho se levantó y me encaro.

Una repentina ventisca lo arrasó todo. Me escudé la cara con los brazos, el viento era terrible y frío. Las hojas de los árboles salieron volando, arrasadas de raíz, la grama quedó sepultada bajo la nieve, el lago se congeló de pronto y Seth, que aparecía no moverse o ser afectado por el vendaval que le golpeaba su espalda, cambió su expresión por completo. En su cuello una larga bufanda negra era azotada por el viento. Algo más que el frío me hacía estremecer, tenía miedo, mucho miedo.

– ¿Qué ocurre, ya no me recuerdas? – preguntó sacando una pistola larga y plateada, atada a su cinturón por una cadena de reloj. Él se me acercaba con un paso lento y terrorífico. Mientras más avanzaba y más retrocedía –, el lugar al que quieres ir es a la montaña, pero antes deberás enfrentarte conmigo.

Me tropecé con una piedra, caí asustada sobre la nieve, mirando como se acercaba Seth apuntándome con su arma. Sus ojos mostraban aquel mismo odio irracional y rencor que mi cuando supo de la muerte de Julia. Pero ese no era el Seth que yo conocía, no era el Seth real. El Seth real fue quien me enseñó sobre ser gentil, la nobleza y el desinterés, él era más que solo la ira. Seth Blackwood, la persona que me ayudó a encontrarme a mí misma, quien me hizo descubrir la verdad de mi pasado. Él no era esa persona, esa quimera. Esa figura doliente, desesperada por tener venganza, era solo un mal recuerdo, una ilusión. Este falso Seth era mi peor temor…

Tan pronto como me di cuenta de ello el espectro, a poco de dispararme, sonrió esfumándose en medio de las ráfagas de nieve y viento incesantes. Mi corazón se llenó de un gran alivio. Este era el mundo encerrado en mi mente, donde solo yo podría enfrentar sus peligros, si no soy capaz de ganar la batalla es por que la persona llamada Yuki Okami en realidad no existía, y merecía morir.

Me levanté con renovadas esperanzas. Las nevadas había cesado ya, el cielo estaba despejado. Una brillante noche de luna media y con miles de luceros de plata como estrellas. A lo lejos se veía una alta montaña cubierta de pies a cabeza por aquel manto de fría nieve, ese era mi destino: En esa montaña debe estar la dama de las nieves.

Pero antes de llegar debería de cruzar el lago, ahora completamente congelado. Al poner los pies en la superficie helada pude apenas si ver la otra orilla poco antes de perderse en el horizonte, sería una larga caminata. Por lo cual no podía perder más tiempo. Corrí con todas mis fuerzas, faltaba mucho para encarar por fin a la yuki-onna, pero no deseaba esperar más.

La superficie del hielo era resbaladiza hasta no poder más, aunque caminar por ella era algo sencillo cuando sabias como hacerlo. Prácticamente estaba patinando. Todo lo que se veía a mí alrededor era hielo y desolación, todo parecía tan inhóspito, incapaz de sustentar vida: Un solitario desierto congelado en el tiempo eternamente.

¿Esto era mi mente?

¿Todo esto era lo único que podría crear mi alma?

No quería admitirlo… pero la verdad me daba de lleno. Si, esta era yo en toda su envergadura, sin secretos ni misterios ni mentiras, este universo árido me representaba como una fotografía. Aquí yo sería prisionera y carcelera a la vez.

El aire petrificado lastimaba mis pulmones, la piel me punzaba por el frío y las pestañas se me llenaban de escarcha. Que fuera capa de soportar el frío mejor que la mayoría no evitaba sentirlo tarde o temprano, hasta mis poderes tenían su límite. Al fin de cuentas era solo una humana.

Aunque lo sabía perfectamente, este mundo, supuestamente falso, no lo hacía parecer menos real. La realidad sólo existe en nuestras mentes.

¿Qué fue ese ruido?

La lisa superficie del hielo se desquebrajaba bajo mis pies. Me detuve en seco, debí regresar varios pasos mientras un gran fragmento de hielo se abría paso. Dejé caer mi chupeta. Mi cara se encontraba paralizada en una sola expresión de sorpresa.

Cómo era esto posible.

El bloque de hielo se convirtió, moldeó y transformó ante mis ojos en un duplicado exacto de mí. La misma estatura, ropa idéntica, mismo cabello oscuro y ojos grises. Otra yo… llevé mis manos sobre mi boca para evitar gritar, el horror. Podía sentir el forcejeo de mi corazón para salir por mi garganta. Esto era imposible, no era cierto.

Mi duplicado se acercó, tomó la chupeta del suelo. Como deseaba salir huyendo de allí para más nunca saber de este lugar de pesadilla, pero mi cuerpo no me lo permitía, mi cuerpo y… algo más. Si, había algo más, ese era mi deseo de darle punto final a este tormento, eso era, ese fuego en mi interior no me dejaría retroceder ni un paso. Aunque pudiera costarme la vida.

El clon se metió la chupeta a la boca, justo como yo lo haría. Luego me miró sin mirarme en realidad, sus ojos se notaban extraviados, sin brillo, ese duplicado era solo un cascaron vacío.

Apenas podía respirar. El hielo parecía creer en brotes semejantes a retoños de árboles, pilares siempre cambiantes. Una, dos, tres, cuatro… más y más de esas replicas aparecieron detrás de la primera. Sencillamente no dejaban de brotar de la superficie de cristal, como si el hielo estuviera dando a luz, no pude hacer nada, esas copias me rodearon en un círculo cada vez menor.

La primera de las replicas se acercó cada vez más, hasta estar a escasos dos metros de mí. Extendió el brazo, el cual se transformó en una larga hoja de hielo filoso, una espada. Sin mostrar nada más que el vacío de su interior se abalanzó sobre mí.

No podía hacer ninguna otra cosa más que intentar escapar. Usando al máximo mi poder de concentración, sentí como un frío agradable me cubría en segundos. Mi cuerpo se hizo intangible.

Empecé a correr. Pude atravesar a un clon, luego a otro y otro, los podía traspasar como si no estuvieran allí. Al poco tiempo ya les había ganado las espaldas y los dejaba atrás, pero enseguida me siguieron. Me alcanzarían si no hacía nada, eran muy rápidas esas cosas, o yo era demasiado lenta. Dios, el corazón me latía a toda maquina y mis piernas iban tan aprisa como era posible, pero no era suficiente. Mi única esperanza sería llegar a la montaña lo antes posible a la montaña y rezar por que no sean capaces de seguirme en tierra firme.

¡Maldición!

Un escalofrío de horror puro me atravesó la medula, caí de bruces al suelo. Otro clon, aún medio sumergido en el hielo, me tomó del tobillo. Con un ligero forcejeo salió hasta la cintura del hielo para apuntarme con sus dedos, ahora puñales de cristal. Cerré los ojos pesadamente y usé los brazos como escudos, el miedo no me dejó hacer más.

Entonces, a punto de ser herida de muerte, sentí como mis manos se conectaron de improvisto a unos hilos invisibles que se unían con un todo, algo apenas imaginable. Por puro instinto halé de esos hilos. Luego, un inconfundible crujido llego a mis oídos, el tiempo pareció detenerse. Al abrir los ojos vi como una enorme astilla de hielo puntiaguda brotó del suelo y partió por la mitad al clon, el cual explotó en una lluvia de aguanieve.

Cuando pude levantarme ya los otros duplicados me habían alcanzado, demasiado cerca como para intentar salir corriendo. Pero no le presté atención a nada de eso. Miré mis manos, no podía ver ninguna atadura o ligadura, si sentía cientos de hilos unidos a ellas, como una telaraña fantasmal, que me unía con el mundo a mí alrededor… con el hielo.

Era como… era como si el hielo fuera mi títere y yo fuera su titiritero, como si fuéramos uno. Y como todo titiritero, yo tenía el control de mis títeres.

Accioné los hilos a conciencia, y el hielo hizo lo que le ordenaba con mi mente. Una grieta se abrió en el suelo y de ella salieron disparadas agujas de cristal, los clones murieron hechos escarcha; las puntas despedazaron los cuerpos helados de los clones como si fueran mantequilla.

Me di la vuelta, aliviada por haberlos vencido… pero no imagina la persistencia de esas cosas. De la grieta salieron arrastrándose los cuerpos mutilados de los clones. Una pierna por aquí, un torso por allá y unos brazos más lejos. Danzando grotescamente, casi convulsionando, mientras eran regeneradas por el simple contacto con el hielo. Temblaba de puro pánico al ver como, uno a uno, los duplicados se levantaban para ir otra vez contra mí. Esto era una batalla perdida.

Moví otra vez lo hilos, ellos eran arrasados, pero nunca dejaban de avanzar. La telaraña estaba por completo desplegada, el problema era que ahora había demasiadas moscas para ella. Nada se podía hacer, debía retroceder.

Una mano helada me tomó por desde atrás, e encerró en mi brazo. Di la vuelta y allí estaban esos ojos vacíos y grises, idénticos a los míos, como todos los otros clones.

– ¡Aléjate! – grité soltándole un manotón en el rostro a mi captor. Este se hizo añicos, soltó mi brazo y cayó al suelo hecho añicos.

Mi mano…

En mi mano habían crecido astillas de hielo envolviéndola por completo, creando un martillo. Podía sentir el frío y el peso del hielo, pero no me molestaban en nada, era como si solo fuera otra parte más de mi cuerpo. Me enfoqué en el martillo y pude moldearlo con mi mente hasta convertirla en una larga espada. Una navaja de cristal.

Al ver de nuevo a esos seres falsos, artificiales, torpes y sin lugar en el mundo lo supe: no les debía tener miedo. Podía defenderme con estos poderes. Las clases de combate con Julia al fin me servirían de algo.

Pero… los clones de hielo me rodearos. Uno tras otro transmutaron sus brazos en espadas, garras, hachas y bloque de hielo capaces de matar a cualquiera con solo un golpe. Se abalanzaron contra mí con movimientos torpes pero decididos, contenerlos era fácil; no era un arma esa espada de cristal, era una extensión de mi cuerpo el que se movía sin problemas. Los clones caían apenas se me acercaban, sin embargo, eran demasiados.

En un instante en el que baje la guardia me inmovilizaron. No podía dejar de ver como una de esas copias se me acercaba haciendo brotar de su mano una cuchilla congelada, levantó el brazo. Lista para ejecutarme.

Miraba esa cuchilla… lloraba de impotencia. Este no podía ser el final.

– ¡Alto! – grité con todas mis fuerzas y con los ojos anegados de lágrimas.

La navaja de hielo acarició mi mejilla. Me habían soltado, los clones volvieron a ser solo hielo.

Nada de esto tenía sentido.

Tienes el control, Yuki, siempre lo has tenido.

Fui corriendo a la montaña, ahora nada podía detenerme. El viento frío acariciaba mi rostro, el monte de nieve se acercaba con cada paso. La expectativa de ver cara a cara a mi demonio me revolvía el estomago.

La montaña, luego de una larga caminata, se extendía frente a mí; apenas a un par de pasos de distancia. Solo estaba ahí parada, mirándola. No sé si por miedo o para reunir la fuerza necesaria para enfrentar esta última etapa de la aventura. Ya era hora de acabar con esto. Un pie se adelanto al otro, pisaba un suelo petrificado y cubierto por la sabana de la nieve eterna. Ni un árbol ni una flor, ni nada más que el manto blanco y puro.

Sabía lo que debía hacer, de alguna forma lo sabía. Tenía que llegar al pie de la montaña lo antes posible, tendría que buscar mucho antes de poder encontrarla. El palpitar de mi corazón era el único sonido perceptible, el silencio era tan pesado como mil cortinas de hierro. La expectativa me mataba.

Al fin era la hora de las definiciones, entre esta blancura ilusoria enfrentaría, de una vez por todas, a mi demonio personal.

Esas voces, traídas por el viento…

…No puedo decirte sin dudar al menos un poco en donde termina Yuki y comienza ese monstruo…

Una silueta entre la nieve corre, lejos. Llevaba un kimono blanco con estampados de flores de cerezo flotando. La seguí, le gritaba pero no dejaba de correr.

Ella fue quien causo la avalancha…

Antes de esconderse en una cueva, pude ver como la brisa invernal movía con gracia el largo cabello negro de la mujer.

Cuando era niña, una bebé de meses de nacida, hubo una avalancha…

… Estuve a punto de morir algo me salvo la vida, algo mágico. Fue una yuki-onna, una mujer de las nieves, un ser sobrenatural del Japón me rescató de la nieve justo a tiempo y…

Me acerqué a la cueva, y allí estaba ella, esperándome. La hora había llegado y esas espectrales voces no se detenían. Me atormentaban.

Se posesionó de mi… somos una, ella y yo.

Se dio media vuelta. Una mujer de piel blanca, labios rojos y ojos grises; al fin la encontré.

¡Tenía mis ojos!

Si tuvieras que pasar por lo que yo…

Basta.

No hables de cosas de las que no entiendes.

Basta.

No entiendes nada de esto.

– ¡Basta! – exclamé. Las voces se detuvieron.

Hice que en mi antebrazo creciera una astilla de hielo en forma de garfio y sin más me lancé contra ella. Cuando atravesé su cuerpo con el garfio, fue como si toda mi vida me hubiera llevado a esto y al final no quedara nada más para mí que esto. Terminar de un vez por todas y ya. Luego la oscuridad, lo peor de todo es… yo me alegraba de ese resultado.

– ¿De qué sirve intentar matarme? – preguntó una voz a mis espaldas, me volteé nerviosa. Era la dama de las nieves, intacta y mirándome con esos ojos grises. A quien yo había atacado era una estatua de nieve inerte.

– ¡Cállate!

De mis dedos salieron disparados dardos de cristal hacia la mujer, no se movía, no se defendía. Ni siquiera llegaron a tocarla, se hicieron aguanieve a mis pies. Me lancé otra vez contra ella, ¿Por qué no hacía nada para defenderse?

Debajo de mi brotó un torbellino de nieve, quedé apresado de la cintura para abajo y sin ninguna forma de salir.

– ¡Suéltame, déjame en paz! – gritaba. Mis brazos, dos martillos helados, golpeaban el pilar de nieve compacta. Era imposible, no lo podía romper.

– ¿Soltarte, Yuki? – preguntó la dama de las nieves –, pero niña, yo no estoy haciendo nada. Eres tú quien te has provocado esto, desde el principio. Ahora por favor cálmate e intenta salir de esto por ti misma.

Los hilos, los sentía increíblemente tensos, parecían a punto de romperse. Pero apenas le prestaba atención a esos detalles, mi mente sólo se enfocaba en ver a esa mujer, aparentemente inofensiva, quien me lo quitó todo. Tan cerca, casi puedo alcanzarla… casi.

Tienes que salir de aquí, Yuki, no pasaste por todo esto solo para rendirte cuando la meta esta a la vista. Debía calmarme. Poco a poco me fui liberando, solo había que concentrarse en controlar bien los hilos… eso era todo.

Apenas podía sostenerme, estaba agotada. Caí de rodillas y manos, jadeaba; el usar esos poderes ya me estaba cobrando factura. Apenas si veía, la silueta de la dama de las nieves era nebulosa, pero la escuchaba en absoluto detalle. Mi mundo se había reducido al campo del sentido del oído.

– Vez, Yuki, siempre has estado en control, siempre.

Que hipócritas sonaban esas palabras viniendo de ella.

– ¿Cómo puedes decir algo semejante? – pregunté rabiosa, pero mi cuerpo ya apenas si me dejaba hablar –, tú me quitaste mi familia y en su lugar me hiciste un monstruo, ¿Cómo tendría el control de algo si soy lo que soy?

– ¿Serviría de algo pedirte perdón por todo? – preguntó ella.

– No.

Luego el silencio. Apenas lo vi pero pude sentir como ella se sentaba a mi lado.

– ¿Entonces para qué seguir molesta por el pasado?

– Porque duele… me duele no poder recordar el rostro de mis padres, me duele no haberlos conocido. Duele no poder ser normal. Lo único que quiero es poder dejar de preocuparme por si mato o lastimo a alguien por culpa de esto que soy.

>> No quiero ser un monstruo…

¿Lloraba?, si, lloraba.

– ¿Por qué, por qué me tuviste que hacer esto a mí? – le pregunté a la dama de las nieves.

– Porque… yo si soy un monstruo, y tampoco quería seguir siéndolo.

>> Sólo mírame, soy una yuki-onna. Soy un espectro de las nieves, pero no puedo sentir ni frío ni calor ni ninguna otra cosa, estoy vacía, hueca. Pienso y no existo, paso la eternidad causando avalanchas y ventiscas, causando dolor. Y no quería más de eso.

>> Entonces encontré a una pequeña niña, enterrada en la nieve. Sus padres muertos y ella abandonada por mi culpa… esa pequeña no merecía morir, no le había hecho nada a nadie. Además, con ella sería capaz de vivir, de verdaderamente poder vivir y sentir.

>> ¿Acaso soy tan cruel por querer ser más que un monstruo?

No sabía que responderles….

Un repentino vendaval me envolvió, me hizo levantarme, como también hizo la dama de las nieves. El viento, helado y poderoso, me revolvió el cabello que trataba de taparme los ojos; miraba sin parpadear a la mujer con kimono. Me estaba dando la espalda para irse para siempre.

Algo me levantó del suelo; un torbellino de nieve, aguanieve y viento me arrancó de raíz de la montaña. Lo último que supe y vi de ese mundo de ilusiones era la silueta de la yuki-onna alejándose, hacia el olvido.

Luego… solo oscuridad.

Abrí los ojos. Una pequeña luz y una mancha borrosa era lo único que veía. Sin embargo, estaba segura de una cosa: Había regresado al mundo real.

Unas manos me ayudaron a sentarme, pues estaba tirada en el suelo. Me encontraba muy confundida y además el fuerte olor de las velas me hacía dar vueltas la cabeza. Era apenas conciente de los ojos color paja que me miraban preocupados.

– ¿Estas bien, Yuki? – preguntó un muchacho, quien me sostenía para no caerme –. Dime, ¿funcionó?

Con el paso de los segundos lo veía todo más claro. Mi mente comenzaba a asentarse. En efecto, estaba otra vez en la biblioteca iluminada únicamente por la luz de las velas, su aroma a mirra y almendras era muy intenso, y el círculo se había borrado. Era Edward quien me hablaba.

– Si, Edward, funcionó.

Ya caí de inmediato en un profundo sueño. Al fin había logrado lo imposible: amainar la eterna ventisca de mi alma.

Era tiempo del deshielo…

FIN

Anuncios
Posted in: Eterna Ventisca