Eterna Ventisca: Nevadas

Posted on 15 septiembre, 2010

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– Su nombre es Edward Elric. Su familia lleva más de cinco generaciones practicando el arte arcano de la alquimia. Afortunadamente, al parecer es un primo segundo o tercero tuyo… o algo así. Lo importante es que conseguimos contactarlo y, luego de contarle sobre ti y tus dones tan particulares, él ha aceptado recibirte en su casa.

– Entonces, ¿Dónde es que vive? – pregunté tras escuchar con sumo detalle las explicaciones de Sophie.

– En la selva negra.

¡Queda en la parte más remota de Alemania!

Repetía una y otra vez las palabras de Sophie mientras me lamentaba en silencio en la parte trasera de una anacrónica carreta tirada por un viejo caballo. Desde ahora haré todo lo posible por reprimir los recuerdos sobre lo que tuve que hacer para llegar hasta aquí antes de que este amable campesino accediera a llevarme hasta esa maldita mansión en medio de la nada.

¿Qué clase de loco se le ocurre construir una casa en un bosque espeso, a kilómetros de toda civilización?

Pasé horas y horas escuchando una tanda interminable de anécdotas o historias o qué se yo en un indescifrable parloteo en un alemán muy tosco por parte del conductor de la carreta, por lo que sólo me limité a sonreír de vez en cuando y asentir como una tonta, ¿Qué más podía hacer?, ¡no le entendía ni papa!

Esto es sin duda lo más extraño que me ha pasado en la vida… y eso ya es decir mucho.

Cuando la noche amenazaba con llegar y obligarme a dormir en esa carreta llena de heno y olor a estiércol de caballo, cosa que evidentemente no era algo que quisiera hacer, una monumental casa se dejo ver en medio de las filas interminables de árboles y forraje espinoso. Enserio que ese Edward Elric vivía en una mansión.

¿Cómo es posible que existiera una cosa así en medio de un bosque como este?

– Se lo agradezco mucho – le dije al conductor de la carreta antes de irse por donde vino… francamente me sorprendería si es que él en realidad llegó a entender mis palabras. Idea reforzada al ver como se alejaba sonriendo y despidiéndose agitando la mano, como si yo fuera una sorda muda.

Así que me quedé sola frente a la imponente fachada de la mansión de dos plantas de alto y un enorme portal de roble barnizado. Era una casa de verdad gigantesca. Parecía abandonada, pero estaba demasiado bien cuidada para estarlo. Los vidrios limpios, la escalinata despejada y uno que otro arbusto ornamental en la entrada. Muy bonito todo, sin duda.

Me podría quedar un buen rato esperando afuera, no me molestaría en lo absoluto seguir observando tan esplendido lugar.

– Ya temíamos que no llegarías antes del anochecer, menos mal que no fue así – dijo una voz de hombre, me asusté como pocas veces en la vida. Por poco trastabillo y me caigo –. Vamos, la cena estará lista dentro de poco. Tiempo apenas suficiente para un rápido recorrido por la casa.

Me di vuelta. La puerta estaba abierta y parada en el marco de la misma se encontraba un muchacho más o menos de mi altura, y eso que no soy tan alta, de ojos y cabello color paja, con una sola trenza como peinado y vistiendo una túnica roja, pantalones negros y guantes blancos. Su edad… no sabría decir con exactitud, era joven, pero algo en él me decía que no lo era tanto.

– ¿Eres Yuki, verdad? – preguntó el muchacho con una sonrisa enorme en los labios, así parecía hasta más joven que yo.

– Si… perdón, es que el viaje fue muy largo, y también muy extraño – respondí acercándome medio confundida a la puerta y al muchacho –. Esperó no causar molestias mientras estoy aquí.

– Para nada, ahora entra, por cierto, mi nombre es Edward – dijo dejándome entrar con caballerosidad.

¿Edward? De seguro debe ser el hijo del alquimista que busco, Edward es un nombre bonito para un hijo. Mientras caminábamos hacía la estancia principal pensaba en que tan mayor debería ser ese alquimista. Para ser tan poderoso como para que Sophie o Jane lo escogieran como la única persona capaz de ayudarme con mi problema debe de ser un hombre bastante mayor.

– … Y por allá esta la biblioteca – comentó Edward mientras paseábamos por los interminables pasillos y corredores de la mansión, y para ser franca, este lugar me había sorprendido desde que puse un pie en él. No estaría mal quedarse a vivir aquí por un buen tiempo.

Pero al ver la basta, basta, basta, basta biblioteca, llena hasta más no poder de libros de todo lo que pudiera meterse en uno quedé con la boca abierta y las babas saliendo a cantaros de mi boca, literalmente hablando. Creo que se me cayó al chupeta, daba igual.

– ¿Puedo dormir aquí, primo? – pregunté, seguramente con los ojos echando chipas al ver tantos libros juntos, ¿Qué puedo decir?, me encanta leer.

– Por desgracia eso no se podrá – dijo una voz melodiosa de improvisto –, ya esta listo tu propio cuarto. Es hora de cenar.

Entonces vi a una linda joven vestida con un bello vestido oscuro, cabello negro y ojos grises idénticos a los míos. Se acercó a nosotros con cierto estilo al caminar muy elegante.

– ¿Enserio, Rose?, de todas formas ya habíamos terminado con el recorrido – dijo Edward. Ahora que los veo de cerca, ambos se ven muy jóvenes, casi de mi edad. Deben de ser hermanos.

– Mucho gusto, soy Yuki Okami – dije al extenderle la mano a la esa chica Rose, pero ella en vez de eso me abrazó como si nos conociéramos de toda la vida.

– Es un placer tenerte aquí, esperamos poder ayudarte de todo corazón.

La cena fue… ¿Cuál sería la forma más correcta de decirlo?, ¡completamente fabulosa!

Quien sea que haya cocinado sabe lo que hace…

– ¿Y cuándo podré conocer a Edward Elric?, quiero decir, a su padre – pregunté durante el postre. Pocas cosas en la vida suben el espíritu tanto como una buena comida. Luego de terminar me empecé a comer otra chupeta, ya que no me acordaba donde puse la anterior. Hacía tiempo que no me sentía tan satisfecha.

Ambos se quedaron en silencio, se miraron como confundidos por un instante antes de reír, como si les hubiera contado un chiste.

– Ya lo conociste, Yuki – respondió entre carcajadas Rose.

– ¿Enserio?

– Si, soy yo, Edward Elric, el famoso alquimista a tus servicios – dijo el chico con una enorme sonrisa que mostraba todos sus perlados dientes. Enserio que tiene cara de niño – ¿acaso no se te ocurrió que yo era el Edward Elric del que te contaron?

– No, yo pensé que los dos eran sus hijos.

Debió se un chiste muy buen el que dije, porque ambos se rieron incluso con más fuerzas todavía. Esto se estaba poniendo más confuso de lo que creía, ¿Qué les parecerá tan gracioso?

– Rose es mi esposa, dentro de unos meses cumplimos de años de casados – soltó Edward enjugándose las lágrimas por tanto reír.

– ¡Qué! – exclamé de repente –, ¿Cómo puede ser que estén casados si son unos chicos aún?

– Pero tengo veinticinco, y ella veintitrés.

– Entonces como puedes ser tan…

– ¡No lo digas! – rogó de pronto Rose.

– … bajito.

– Y lo dijo – comentó Rose poniéndose las manos sobre el rostro en señal de cansancio.

– ¿A quién le dices enano? – grito Edward fuera de todo autocontrol, brincó encima de la mesa y me apunto con el dedo de forma acusador, su rostro parecía un enorme seño fruncido. Casi parecía una caricatura.

Por la tremenda sorpresa eché para atrás mi silla, cayendo de espalda como un costal. Cuando me levanté, adolorida todo del la espalda para abajo por semejante golpe, encontré con que casi todo el cuerpo de Edward, a excepción de la cabeza y los brazos, estaba envuelto en una cristalina coraza de hielo que lo había congelado, en más de un sentido, en la extraña postura en la que se encontraba al principio de su rabieta. Si no fuera por lo serio de esta situación me reiría por la posición tan poco digna de Edward.

Por suerte Edward se descongelo muy fácilmente, al tiempo que me hizo una pequeña demostración de lo que es la alquimia. Tiritando como un cachorro mojado, Edward junto sus palmas para luego apoyarlas en el hielo. Después un destello, y una explosión de vapor nos envolvió. El hielo se había derretido en su totalidad.

Tras descongelar a Edward, gracias a un milagro no le dio ni un resfrió, Rose lo hizo sentarse frente a una chimenea encendida, envuelto en tres pesadas mantas y bebiendo a sorbos un chocolate caliente.

– Ahora entiendo perfectamente para que viniste aquí, pero para la próxima no hagas una demostración en mí, ¿quieres, Yuki? – dijo Edward sorprendentemente de buen humor. Miró tras de su hombro, sonriéndome como si nada hubiera pasado.

Yo estaba en el marco de la puerta, mirando contrariada como casi lo mató, de no ser…

– No es para que pongas esa cara, fue solo un accidente – se apresuró a decir Rose poniendo en mis manos otra tasa con chocolate –, además, fue culpa de Edward por hacer una de sus escenas.

– Perdón por eso, es la costumbre – se disculpó Edward bebiendo sonrojado un gran sorbo de su chocolate –. No me gusta que se burlen de mi estatura. La última persona que lo hizo… mejor no te digo, no quisiera que tuvieras pesadillas por mi culpa.

Si sé lo que me conviene, será mejor no decir nada sobre la estatura de Edward.

– Sophia Blackwood ya nos habló sobre la falta de control que posees sobre tus poderes… debimos ser más precavidos. Los sentimos – se disculpó esta vez Rose.

– No, fue todo mi culpa… ustedes no tuvieron nada que ver.

– Eso es cierto, Rose – dijo de mala manera Edward, algo me decía que los modales se habían acabado, no podía culparlo –. Pero también es cierto que estamos aquí para evitar que algo así vuelva a pasar. Por lo que sería bueno si nos dices como obtuviste semejantes habilidades.

Sabía que este momento llegaría tarde o temprano, hora de decir la verdad.

– Cuando era niña, una bebé de meses de nacida, hubo una avalancha, y el auto en donde iba con mis padres se volcó. Nos había cubierto la nieve.

>> Mis padres murieron en el choque, fue algo instantáneo, pero yo resulté ilesa. Pasé dos días dentro del auto medio enterrado.

>> Cuando estuve a punto de morir algo me salvo la vida, algo mágico. Fue una yuki-onna, una mujer de las nieves, un ser sobrenatural del Japón me rescató de la nieve justo a tiempo y…

No podía continuar, no podía hablar más. Era lo más terrible en toda mi vida, en cada instante de mi vida debía recordarlo, pues esto malditos poderes no me permitían olvidar. Esto que nunca pedí me torturaba y hacía que lastimara a todas las personas a mí alrededor.

– ¿Qué pasó, Yuki? – preguntó Rose colocando delicadamente la mano en mi hombro.

– No puedo hablar de esto, no todavía – musité mirando al suelo con los ojos anegados de lágrimas, las cuales pugnaban por salir.

Me fui corriendo de ese lugar sin esperar contestación o palabras de nadie. Caminé sin rumbo fijo, daba igual a donde fuera, era lo mismo. No existía lugar donde escapar de mi misma. De alguna forma encontré el camino a mi habitación. No, no quería saber más, hablar más, pensar más, nada más sobre estos poderes de hielo.

Frío, frío en el alma. Eso es lo único que me había dado.

Cerré la puerta y me tumbé en el suelo. Estaba llorando en silencio. Un par de lágrimas se deslizaron de mis mejillas hasta mis palmas abiertas, dos gotitas transparentes y tibias. Cerré los ojos deseando ser cualquier otra persona en el mundo, cualquiera que no tuviera que cargar con esta sentencia.

Abrí los ojos, nada había cambiado. Uno, dos, tres copos blancos flotaron hasta caer es mis manos. Apenas rozaron mi piel se derretían, confundiéndose con mis lágrimas derramadas. Todas eran gotas cristalinas.

La forma en que mi alma lloraba… dejando caer una nevada de ensueño.

Basta…

Basta…

¡Basta!

Cerré los ojos desesperada, ya no quería ver más de ese espectáculo tan bello y doloroso. Otra vez los recuerdos me apuñalaban el corazón con su invisible hoja de hielo. Cuando abrí los ojos la nieve dejó de existir.

El horror no se había ido, nunca se iría, solo se durmió por ahora. Me quedé en un rincón sin poder dormir, si cerraba los ojos ella podría ganar la batalla y todo comenzaría de nuevo. Debía vencerla de una vez por todas, ella no es más fuerte que yo. Me mecía mirando fijamente a la nada, nada haría que volviera a nevar.

Yo soy Yuki…

Yo soy Yuki…

Yo soy nieve…

¿Nieve?, el reconfortante frío me envuelve, no deseaba abrir los ojos nunca más. Solo deseaba dormir, solo eso. El frío me lo perdía con su canto de sirenas. No quería resistirme.

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