Eterna Ventisca: Rocío

Posted on 14 septiembre, 2010

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– No puedo creer que me hayas arrastrado hasta acá – musitó Sophie algo irritada, con las brazos cruzados. Que descarada… yo soy la que debería estar molesta en todo caso, pero que se le va a hacer.

– ¿En qué puedo servirte, Yuki? – preguntó el señor de la tienda; como siempre, del otro lado del mostrador lleno e dulces de todas formas y colores.

Lo conocía desde que llegué al vecindario, y siempre que podía decía que mi amor por los caramelos ayudó a poner su negocio en marcha, claro que yo no lo creo pero no puedo negar que puede que haya algo de verdad en ello. De niña sí que me gustaban los dulces… menos mal que siempre lo hacía a escondidas de mi abuela.

– Lo de siempre, John – le contesté sonriendo, como cada vez que iba a su tienda. Algo en el lugar siempre me ayudaba a mejorar mi humor, supongo que son los recuerdos de una buena niñez –. Tengo que viajar de improvisto, por lo que necesitaré mis provisiones de costumbre… tú me entiendes.

– Como si fueras sangre de mi sangre – agregó él sacando de debajo de su anaquel mi, de antemano reservada, bolsa llena de chupetas, todas de un sabor distinto que la anterior, listas y esperando a mamá para que fuera por ellas. Descuiden, ya llegué – y como te vas por un tiempo, ten dos más, cortesía de la casa.

– ¡Gracias! – exclamé radiante, tomando la bolsa con ambas manos – Sophie… – agregué volteándome para verle de forma suplicante – como me sacaste de mi casa así, sin más, no me diste tiempo para tomar mi monedero…

No hacía falta decir más. Sé que está mal que lo mencione pero nadie, en especial Sophie, puede decirme no cuando hago esos ojitos tristes. Y esta no sería la excepción.

– ¿Nunca has pensado que tal vez, y solo tal vez, comes demasiadas de esas cosas? – comentó Sophie medio de mal humor. Habíamos llegado a una plaza, por lo que nos sentamos en un banquito cercano para ver pasar el tráfico londinense.

– Cada quien tiene sus vicios – le contesté con dignidad y de inmediato. En realidad que lo mencionara no me molestaba, mas quería dejar en claro que primero tendría que cortarme, destriparme y esparcir mis restos llenos de gusanos por todo el mundo antes de dejar mis chupetas – yo no trato de cambiar los tuyos y tú no tratas de cambiar los míos – repuse sacándome de la boca la piruleta que llevaba desde que salí de mi casa.

– ¿Vicios, yo? – preguntó Sophie aludida por mi comentario. Me limite a sonreírle, volví a poner la chupeta en mi boca y apoyé la espalda en el respaldo de la banca – ¿Qué clase de vicios tengo yo?, si se puede saber.

Enserio que hoy era un día estupendo, muy lindo en verdad. Y me lo estaba perdiendo, eso y todo lo demás, por una estúpida depresión… ¡Dios!, actuaba como las niñas idiotas que tanto odio. Fui una verdadera tonta.

– ¿Yuki?, tierra llamando a Yuki – soltó Sophie en tono preocupado, agitando frente a mi cara su mano – aún no me has dicho cuales son mis llamados “vicios”.

– Me extraña que no los sepas por ti misma, ¿sabes? – dije, regresando a la realidad –. No creo que se te haya olvidado que por poco llaman a la policía en esa convención de comics, ¿recuerdas?, porque yo sí.

Sophie me miró distraída y sonrió algo apenada, y con razón de estarlo, todavía recuerdo a ese pobre chico… no creo que su trasero volviera a ser el mismo luego que Sophie terminó con él. Creo que se sonroso un poquito, aunque puede que sea impresión mía.

– ¡Eso fue culpa de ese cossplayer ignorante, para que sepas! – argumentó Sophie en su defensa, pero ya había escuchado esa historia tantas veces que me cansaba – ¿Cómo se atreve ese degenerado imitador de los Power Rangers que Superman era mejor personaje que Batman?, se nota que esas mallas que usaba, aparte de no dejar nada a la imaginación, le obstruía la irrigación de sangre al cerebro.

– ¿Acaso no sabes lo raro que suena eso viniendo de una bruja?

– ¡Hechicera, Yuki!, por qué siempre tengo que repetirte que soy una hechicera.

Sabía lo mucho que le molestaba que le dijeran bruja, por eso era tan divertido hacerlo. Aunque no tenga moral para decirlo, puesto que debo estar en una escala más alta en el rarometro de monstruos.

– Ahora que lo pienso – dije mirando al cielo azul lleno de diminutas betas de algodón suave – ¿ahora qué voy a hacer?, ¿Cómo es que me vas a enseñar a controlar mis poderes?

El grito de Sophie me taladró el tímpano, licuó mi cerebro y salió por el otro oído junto con un chorro de sangre y pedacitos de materia gris revuelta. Sí, estoy exagerando, pero exagerando, pero enserio que grito fuerte.

– ¡Jane va a matarme! – exclamó por todo lo alto. Todos los transeúntes que por allí pasaban se le quedaron viendo, y, por consecuente, a mi también: La linda e inocente chica de ojos grises intentado calmar a la loca pelirroja. Tantas veces ha pasado esto que ya ni me hace gracia.

– Sophie… por favor…

– ¡No hay tiempo para tonterías! – volvió a gritar. Me tomó de la mano y corrió conmigo a rastras, lo más rápido que sus pies le permitían. Y si no le seguía el paso lo más seguro es que me terminaría arrancando el brazo. Condenada fuerza de esa niña.

– ¿Qué ocurre?

– Luego te explicó, ¡Taxi, taxi!

Pero ninguno se paraba.

– ¡Que se detengan! – gritó ella… y otra cosa que debería sorprenderme, sino asustarme, pero que no lo hizo, sucedió. Como por magia. Ya debería dejarme de tanto sarcasmo.

Pero es que no existe ninguna otra frase que pueda describir mejor lo que pasó después. Y es que como por magia todos los vehículos en una cuadra a la redonda se detuvieron de golpe, apagados de la nada. Al ver cosas así no puedo dejar de recordar que nunca, bajo ninguna circunstancia, debo hacer enojar a Sophie…

– ¿Y yo soy la que tiene que aprender a controlarse? – pregunté sarcástica.

– No fastidies…

Sophie atravesó la calle llevándome a rastras, como un niño es llevado por su madre, la cual más bien parecía un estacionamiento ahora. Abrió como si nada la puerta del primer taxi desocupado que se encontró y me hizo una señal para que entráramos en él. Así lo hice, se notaba que ya no tenía mucha paciencia para nadie.

– Por favor, al aeropuerto – le pidió Sophie al conductor amable, pero acaloradamente –, ¡ahora!

Y otra vez… como por magia, el taxi arrancó; y el conductor, que estaba a punto de convertirse en un fiera, se alivió al ver que otra vez el auto estuviera en marcha. Ahora, hacia el aeropuerto.

– ¿Ya puedo saber por qué todo este circo? – pregunté una vez estuvimos en la autopista.

– En realidad, el circo es un efecto secundario, lo importante es que, como Seth ya me contó que las transportaciones mágica te revuelven el estomago, elegimos para ti un medio de transporte más “convencional”, un avión.

– ¿Para qué?, si es para ir a un lugar donde enseñarme, ¿no pueden hacerlo en Londres?, ustedes deben saber lo suficiente de estas cosas como para empezar, ¿no?

– Por desgracia no – contestó Sophie de forma contundente –. Jane y yo apenas estamos en el nivel elemental. Aunque lo intentáramos no podríamos ayudarte; es más, creo que terminaríamos haciendo más mal que bien.

>> Por suerte para ti, tras una pequeña investigación hemos encontrado un buen maestro para ti. Eso es lo bueno, lo malo es que vive en Alemania. Y al parecer tiene algún parentesco contigo.

– ¿Cómo crees que me puedo ir a Alemania? – pregunté verdaderamente alarmada –. Aun soy una menor, no puedo viajar a ningún lado sin el consentimiento de mi abuela… y ni siquiera me dejaste decirle nada.

– Por eso no te preocupes, son detalles insignificantes…

– ¿Insignificantes? – repetí incrédula y a punto de lanzarme sobre Sophie para estrangularla con mis propias manos, sí, eso lo resolverá todo –, hablamos de cruzar media Europa, no de escaparme para ir a una fiesta sin permiso.

– Descuida… Jane lo tiene todo calculado, no hay razones para tu histeria, Yuki – me intentó calmar Sophie, muy mal de paso – ella modificará la memoria de tu abuela para que crea que si te dio permiso y para que firme las formas necesarias para tu viajes. También llenará los vacios, con tal de que no se preocupe mucho por ti.

No sé si ese plan era o muy brillante o muy retorcido.  Cuanto se me antojo lanzar un grito a los cuatro vientos. Pero de alguna forma conseguí refrenarme. Seguro que ya estará hecho todo y en mi posición no podía hacer nada al respecto. Tal vez así sea mejor. Me hundí en el asiento del taxi, completamente resignada.

¿Algún día podría acostumbrarme a este tipo de cosas?, era eso o tendría que  distanciarme de Sophie, con tal de mantener mi restante cordura a salvo. Que predicamento en el que me había metido.

– ¿Quién será esa persona, quién me enseñará? – pregunté decaída. Odio no poder tomar las decisiones en cosas como estas. Por qué no me pudo decir algo antes…

– Tienes mucha suerte, Yuki – contestó Sophie haciéndose de la vista gorda a mi repentina depresión –, luego de revisar unos papeles y otras cosas de las que nunca me enteré el nombre exacto, Jane encontró que una rama de tu familia cuenta con un Alquimista, uno muy poderoso por cierto, quien al saber de su parentesco y de tu necesidad por ayuda se ofreció de inmediato a recibirte en tu casa para enseñarte todo lo que necesites para controlar tus poderes.

– Eso suena muy sospechoso – comenté mirando a Sophie por el rabillo del ojo – ¿Por qué un alquimista, sea lo que sea eso, accedería de buenas a primeras entrenar a una desconocida?

Sophie contestó de inmediato… pero algo me dice que no me está diciendo todo.

–  ¿Acaso no has oído decir que la sangre es más densa que el agua?

 

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