Eterna Ventisca: Copos Blancos

Posted on 13 septiembre, 2010

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Hola, soy Yuki… y, bueno, soy una peculiar mezcla entre una humana y un ser sobrenatural del Japón.

Si, lo sé, todo esto suena como una pésima novel de corte fantástico con una chispa romántica y un trillado triangulo amoroso, pero les puedo asegurar que esto no es otro de esos cuentos, francamente los detesto tanto como ustedes. O tal vez si lo sea, sin embargo como estoy yo en el ojo del huracán creo que eso le da un toque más interesante… eso sonó demasiado pretensioso, no fue mi intención.

Gracias a un evento, del cual no deseo hablar por los momentos, gané ciertas peculiares habilidades increíbles, pero que nunca podrán compensar lo que tuve que sacrificar por ellos.

A los diecisiete años tuve que dejar los estudios, nunca pude terminar la universidad, por culpa de mis peculiares dones. Me sentía tan mal por ello, y por tantas  cosas más que permanecía días enteros sin salir de mi habitación. Casi siempre llorando en silencio.

Los Blackwood, las únicas personas que podían entender por lo que estaba pasando, se habían esfumado de mi vida sin chistar, ellos tenían su propia tragedia con la cual lidiar. Seguramente lo último en lo que se preocuparían es en la amiga de su primo, a la que habían visto de vez en cuando, siempre trayéndoles tantos problemas como sean posibles.

Parecía como si nunca me hubiera topado con ellos.

Me odiaba por ello y por tantas cosas terribles que hice, ¿Por qué tuve que vivir en lugar de ellos?, no era justo. Ellos debieron sobrevivir a la avalancha, no yo.

Los días se hicieron semanas y las semanas meses, nada podía sacarme de la fosa de desesperanza en la que me había hundido desde aquel día terrible, no para mi.

Seth, Julia murió…

– Yuki, desde que regresaste de tu viaje te he visto muy triste – dijo mi abuela, mi única familia y con quien vivía desde que era una niña, en una de esas contadas ocasiones en las cuales salía de mi guarida para desayunar como dios manda –, por favor, hija, dime que te pasa. Déjame ayudarte.

Me mantuvo en el mayor de los silencios. Detestaba con todo el corazón el mentirle a mi propia abuela, pero no podía dejar que se preocupara debido a mis poderes sobrenaturales. Este era mi problema y no me perdonaría nunca si metía a mi abuela en el.

– Estoy bien, obaasan – le contesté mirando a mi plato, no tenía cara para verla a los ojos. Desde que tengo memoria siempre le decía obaasan, abuela en japonés –. Sólo estoy algo decaída porque no he recibido noticias de Seth o Sophie desde que se fueron, es todo.

Era horrible hacerle esto, mentirle de esa forma tan descarada. O no del todo. Desde que llegué de Japón no había tenido mayores noticias sobre los Blackwood.

Tomé un vaso de jugo de naranja y subí a mi habitación sin decir nada más. Me lastimaba sentir la mirada triste de mi abuela siguiéndome en casa paso que daba fuera de la cocina. Fui a mi cuarto, cerré la puerta con cuidado y me apoyé en una pared, ensimismada en la nada. No quería llorar, pero el vacío en mi pecho intentaba estrujar las lágrimas por la fuerza. Me tumbé en el suelo con los ojos cerrado. Saqué de mi bolsillo una chupeta y me la metí en la boca, lo único que me ayudaba a combatir los nervios.

Que horrible círculo vicioso era todo esto, tan patético, pero no sabía como salir del vértice, ¿Cuánto más podría durar así?

Por suerte no fue mucho…

Mientras me encontraba tumbada en el suelo, pensando en todo y en nada a la vez, un brillante destello azul me encegueció de repente; sorprendiéndome, o mejor dicho, asustándome. Los reflejos hicieron levantarme de golpe y sin ver lo que estaba pasando.

– No hace falta que grites, sé que me extrañaste pero no es para tanto.

Esa voz ¿gritar?, yo no recuerdo haber gritado…

– ¿Qué forma tan fría de tratar a una vieja amiga? – yo conocía esa voz. Mis ojos salieron del encandilamiento y vi como frente a mí estaba parada una con el cabello rojizo y corto e intensos ojos verdes.

¡Sophie!

Corrí hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas. Estaba tan feliz por verla de nuevo, apenas podía creerlo. Con su aparición algo en mi despertó de nuevo. Esperanza. La vaga esperanza de que todo fuera como era antes.

Todas las tardes, luego del colegio iría junto a Seth a la casa Blackwood, en el mismo barrio donde vivieron personajes tan ilustres como Bram Stoker y Oscar Wilde. Pleno centro del Londres histórico. Charlaría de todo un poco con Sophie mientras jugábamos ajedrez Jane y yo… siempre me dejaba ganarle la tercera partida, pero nada más esa.

Entonces recordé algo importante, fundamental, que en medio de la sorpresa y alegría por tener a Sophie de regreso se me había pasado por alto. Algo que no debía ni podía olvidar.

Sin decir ninguna otra palabra, ni mirarle a la cara, me despegué de ella.  Levanté la mano y le solté una bofetada con toda mi rabia, como si fuera alguien que hubiera sido ultrajada, pues así me sentía. Al fin había podido desahogar todo aquel rencor acumulado en ese solo acto. Ella se quedó sin palabras, se llevó la punta de los dedos a la mejilla roja y me miró confundida con sus grandes y verdes ojos vidriosos. Buscando respuestas que no podía preguntar con la voz.

– ¡Por qué se fueron sin decirme nada, idiotas! – le reclamé, con razones para estar verdaderamente molesta con ella –. Apenas regresamos a Londres me abandonaros, me dejaron, así sin más. Después de todo lo que pasamos juntos, creía que éramos amigos…

Tantas otras cosas tenía para decirle, la mayoría hirientes o groseras, pero no pude hablar más. Algo me contuvo, el cariño por Sophie, supongo. Las lágrimas más de frustración, o de rabia, que de cualquier otra cosa inundaron mis ojos empezaron a salir y no dejaron de brotar.

Las ilusiones de que todo volvería a ser como antes se esfumaron tan pronto como aparecieron. Nada, absolutamente nada podía ser igual, mi relación con ella y los demás Blackwood había cambiado… porque no sabía si podría perdonarles.

Sophie se abalanzó sobre mí, me envolvió el cuello con sus brazos. Ahora ella me abrazaba, y ella también estaba llorando.

– Yuki… yo, sé que no tengo cara para decirte esto, pero te pido disculpas; tienes razón al estar molesta conmigo – dijo Sophie, me apretaba contra ella con fuerza, como si eso fuera a remediar algo –. Desde que murió Julia… no sabemos que hacer ahora. Seth esta devastado y Jane busca de mil maneras posibles mantener a la familia adelantes. Ha sido muy difícil, pero eso no excusa el como te tratamos.

Luego el silencio nos envolvió en su abrigo, pero no era para nada un silencio incomodo. Era como si ya todo estuviera dicho y los rencores olvidados. Las dos dejamos de llorar eventualmente.

– ¿Soy yo o realmente esta haciendo frío aquí? – comentó Sophie extrañada al rato.

A mí también me pegó de lleno una inesperada brisa helada; pero claro, a mi no me afectaba tanto como a ella. Esto no era normal, pero para mi si. Esto debe ser o muy bueno o muy lamentable… creo que es mas bueno que malo, al menos así ya no me puede sorprender todas las cosas bizarras que veo tan a menudo, no, esto es muy malo. Subimos al mismo tiempo la mirada y, aunque cueste trabajo creerlo, estaba nevando sobre nosotras.

Si, tal como se escucha, pequeños y helados copos blancos meciéndose en el aire en una grácil caída por toda mi habitación.

Silenciadas por tan extraño acontecimiento nos miramos a los ojos. Hasta para nosotras esto es algo nuevo. Luego, nos reímos como unas tontas. Carcajada tras carcajada. Este tipo de cosas, que superaban todos los estándares de lo raro, sólo me pasaban cuando tenía a un Blackwood cerca.

Como cuando casi se me sale el traje de baño mientras hacía clavados con Jane en la piscina que, apenas toqué el agua, se transformó en una pista de hielo… aún no se si reírme o llorar a la hora de recordar como fue que me sacaron de allí.

– Tengo que aprender a controlar mis arranques de frialdad – solté sonriendo. No sé como funciona esta cosa de mis poderes, pero de alguna forma conseguí que dejara de nevar, al menos algo funcionaba por fin. El resto de la nieve se evaporó y la temperatura se normalizó, como si nada hubiera pasado.

– Menos mal que mencionaste ese detallito – contestó Sophie soltándome para desplomarse en mi cama, otra vez con su típica sonrisa en los labios, volvió a ser Sophie. Tal y como la recordaba –, para eso es que estoy aquí. Como ya sabemos un tanto más de tus súper geniales poderes sobre el agua y el hielo y otras cositas ahora debemos enseñarte como usarlos de forma correcta, para que no ocurran más incidentes “helados”.

>> No tenemos mucho tiempo para perder, así que es hora de irnos.

Abruptamente ella se levantó, me tomó de la mano y prácticamente me arrastró hacía la puerta. Tenía más fuerza de la que parecía a simple vista.

– Necesitamos enseñarte lo más, pronto posible, en cualquier momento puede ocurrir otro incidente como el de la piscina… y esta vez quizás no contemos con un martillo neumático – susurró Sophie, se agachó y tomó el vaso con jugo de naranja que había traído de la cocina, a medio derramar y congelado en su totalidad.

– Como iba diciendo – continuó Sophie dejando el vaso en mi mesita de noche para luego arrastrarme escaleras abajo –, la próxima vez tal vez no este a la mano los bomberos y un martillo neumático, por lo que tienes que aprender a evitar esos pequeños accidentes.

– ¡Espera, no me has dejado ni empacar! – le exclamé con la voz más baja que tuve. Lo último que quería era que mi abuela me viera siendo secuestrada por una loca pelirroja con la fuerza de un marinero.

– ¿Cuál ropa? – preguntó Sophie mirando por encima del hombro. Esas palabras me dieron muy mala espina, por lo que puse instintivamente los ojos en mi habitación.

¿Por qué nada de este me extraña?, cualquier otra persona se hubiera sorprendido algo así.

Como por arte de magia todo mi guarda ropa, mis cosas y mi humilde biblioteca habían desaparecido, así no más, ya no estaban. Hice una mueca de resignación, mientras Sophie me seguía arrastrado hacia la puerta principal.

– Obäsan, voy a salir un rato, luego de te llamo – conseguí gritar antes de salir de la casa casi por la fuerza. No puedo creer que esta chica, más bajita que yo, me pueda jalonear como si fuera de trapo.

– ¡Sophie, espera!

– No hay tiempo para eso.

– Pero…

– Tampoco para eso.

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