Capítulo Tres: Hijos de la Luna, Demonios de la Luna

Posted on 10 septiembre, 2010

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Muchas cosas han pasado, en realidad que muchas cosas. Para serles sincero creo que ha de tomarme mucho más tiempo, del que supuse en un principio, el contarles los eventos trascendentales, relevantes y que marcaron mi vida de forma permanente. Sin los cuales no podría ser quien soy ahora. O al menos mucho más tiempo hasta el momento en el que escape de esa horrible cárcel de monstruos sedientos de sangre que era la mansión de los vampiros.

Un lugar indiscutiblemente monstruoso, cada centímetro, esquina y piedra de ese lugar destila muerte, repugnancia y todo lo oscuro imaginable por la mente humana. Sangre y caos por todos lados. La sucursal del infierno en la tierra. Esos seres de ojos rojos, como la sangre que beben hasta saciarse, son los únicos que pueden competir con nuestros verdaderos adversarios.

Ojos dorados, parecidos a los nuestros… pero con el alma muerta y reemplazada por la furia de una bestia de la destrucción.

Ese es, sin duda, uno de los momentos vitales en mi vida, mi existencia fue marcada por ese evento como un pincel a un lienzo. Fue la primera vez que fui con Danilo y mi, para ese entonces, clan de lobos a la búsqueda de nuestra responsabilidad suprema. Era una despejada noche de luna llena. Nuestros poderes estarían a su máximo tope, pero también los del monstruo que estábamos buscando. Debemos ser cuidadosos en extremo o esta cosa nos destruirá a todos, nos advirtió Danilo antes de partir.

Por toda el área se habían escuchado rumores de un animal rabioso que merodeaba de noche, atacando a cualquier persona que se encontrará. Ya había atacado ha una docena de personas y matado a no menos de cinco. Que forma tan espantosa de morir, ser devorado con vida por esa aberración.

No negaré que al escuchar esas crudas historias de huesos destrozados y tripas desparramadas en todas direcciones ante los ojos desencajados de las victimas aun concientes, estaba aterrado. Al punto que casi entró en un ataque de pánico al saber que tendría que salir al bosque para cazar a esa cosa.

No podía vacilar en esta misión, mi primera misión como parte del clan. Sin ningún temor, Héctor, recuerda que: tu espada es la fortaleza de espíritu y tu escudo, el valor durante la batalla. Fueron las palabras de Elena poco antes de partir del campamento. Esta sería una larga, muy larga noche.

Aunque me había ayuda en algo su apasionado discurso, mi corazón latía fuera de control y mi estomago se retorcía mientras exploraba en la penumbra, intentado encontrar a la criatura, pero a su vez deseando no hacerlo.

Cuando por fin pude oír los aullidos escalofriantes de la bestia sentí como literalmente la sangre se me hacía hielo en las venas. Los habíamos encontrado antes de que volviera a matar, ahora venía la parte difícil: matarlo.

Sin dar tiempo para arrepentimientos nos acercamos, rodeamos a la criatura. Éramos diez contra uno, pero con todo y eso no era una pelea fácil. El enemigo de esta ocasión tenía una fuerza descomunal y una furia animal irrefrenable. Que triste destino el suyo, vivir para matar, destruir y devorar a todo lo que se crucé en su camino. Debíamos acabar rápido con su miseria, después de todo nosotros fuimos los que lo creamos.

Me acerqué y ataqué como mi enseñaron. Apenas y le hice un rasguño. Al ver sus ojos supe que las historias que hoy de mi padre hacía mucho tiempo atrás se quedaban cortas para la realidad que son estos seres malditos.

Debíamos matarlo rápido y procurando no producirle un sufrimiento mayor. Lo último que deseábamos era aumentar su tormento.

Nuestro deber es ante todo matar todos y cada uno de esos seres desgraciados por la mala fortuna, fue lo que aprendí de mi padre y de Danilo, ese tiene que ser el destino de todos los Demonios de la Luna.

Eso estábamos cazando… un Demonio de la Luna.

Conocí el terrible significado que tiene ese titulo para mi gente durante la semana después de recibir la más grande revelación en toda mi vida: que era un Licántropo, un ser sobrenatural capaz de cambiar de forma a voluntad.

En esos días, y usando todo mi poder de concentración, conseguí abrir el enorme libro que mi padre me dio y lo empecé a leer. Para ser franco nunca he tenido mucha afición a la lectura – aunque puedo disfrutar de un buen libro de vez en cuando –, por lo que terminar ese armatoste de hojas amarillentas se me hizo eterno. Y esa forma que tenían de usar el lenguaje hace quinientos años tampoco ayudaba mucha, la verdad; era tan enredad la forma en la que estaban escritos los relatos que apenas si podía entender lo que leía.

Entre los muchos grabados que decoraban el libraco, que para mí eran el mayor atractivo del mismo, hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Era un dibujo de cerca de mil años de antigüedad de dos enormes animales, lobos, peleando sobre un peñasco a la sombra de la luna llena. Ambas criaturas se veían increíblemente amenazadoras, un verdadero combate entre monstruos. Fascinado por tal peculiar escena me fui de inmediato a la siguiente página.

“La historia de cómo el Gran Tristan, señor de los clanes de la Europa Oriental, derrotó a los terribles demonios de la luna llena”, era el titulo del relato, algo largo para mi gusto, pero quién soy yo par criticar algo como un titulo.

Comencé a leer.

El relato contaba – palabras más, palabras menos – la historia de cómo una horrible plaga de muertes atroces, decenas y decenas de homicidios, en su mayor parte campesinos asoló la Europa del Este durante el tiempo de las cruzadas. Gente desaparecía para volver a aparecer días luego con heridas espantosas, hasta superar el desmembramiento, sin duda muerte horribles pero que sólo ocurrían en las noches de luna llena.

Así fue durante más de diez largo y dolorosos años. Nadie dormía seguro de que vería el siguiente día, las mujeres perdían la cordura y los hombres caían en borracheras de días enteros. No había paz en ningún lado. Así fue hasta que el Gran Tristan fue en cacería de lo que fuera el causante de semejante crimen, pero sabía que no podría hacerlo sólo. Por lo que reclutó un gran ejercito de licántropos, el más grande que hasta entonces había existido. La epidemia sólo aparecía pocos días al mes, siempre a la luz de la luna llena. Pasaron semanas preparándose para el momento en que la luna se mostraría tal cual es, el momento en que los causantes volvieran a aparecer.

El día por fon llegó y los monstruos fuero a por sus perseguidores. Seres con la fuerza de mil hombres y la maldad de un demonio, la luna era su madre y su fuente de poder: Eran los demonios de la luna.

La batalla fue cruda, terrible y sangrienta. Pero, luego de muchas muertes y bajas, el ejército de Tristan pudo exterminar a todos esos seres menos uno. El monstruo se escapó hasta un acantilado cercano donde fue acorralado, y cuando estaban a punto de acabar con su vida la luna fue tapada por las oscuras nubes invernales.

Imposible, se dijeron los soldados licántropos al ver como aquel demonio se transformaba en un hombre. El demonio era un licántropo como ellos, pero era uno poco común. Intentaron salvarlo, no pudieron. La luna volvió a aparecer y la bestia salió a la luz de nuevo. Pelearon con todas sus fuerzas pero ninguno pudo contra él, por lo que Tristan lo enfrentó.

“Y cuando la terrible bestia atacó al Gran Tristan este uso todos sus poderes sobrenaturales, y en un solo golpe logró derrotar a aquel terrible demonio, el atormentador y atormentado de los lobos. El único ser comparable con el verdadero enemigo del licántropo”.

Fue el último párrafo del relato que me dejo con más dudas que respuestas. Cuando termine de leer cerré el libro y fui al estudio de mi padre, donde casi siempre se le podía encontrar cuando estaba en casa.

– Necesito preguntarte algo, ¿puedo? – le dije luego de sentarme frente suyo, con el escritorio en medio de nosotros.

– No veo porque no puedas hacerlo – contestó levantándose de su silla –, pero hoy el atardecer es muy hermoso, mejor charlemos en la terraza – agregó poniendo la mano en mi hombro.

Por fortuna la mala apariencia que tenía cuando toda esta odisea inició se hundió en la más prefundo de mis recuerdos, al parecer estaba empezando a aceptar el hecho que sería uno de los suyos, un lobo gigante como él.

Nos sentamos bajo la noche florentina, eran muy bellas las noches en el pueblo en que vivíamos desde que podía recordar. Lo bastante cerca para contemplar la belleza de la ciudad, pero lo suficientemente lejos como para no ser perturbados por el bullicio y el caos de la vida de la Italia moderna.

Desde la terraza se podía ver la hermosa cúpula de la basílica renacentista, el símbolo de la ciudad.

– Ya veo – soltó mi padre al terminar de escuchar mis dudas sobre el relato y sobre esos llamados demonios de la luna –. A ver si puedo explicar este asunto con claridad, porque es algo muy importante.

>> En cierto sentido somos como las plantas, pero en vez de tomar energía del sol, tomamos la energía de la luz de la luna. Nos da fuerza y nos ayuda a realizar nuestra transformación, por eso es que casi siempre nuestro primer cambio de forma ocurre en luna llena. Esa es la razón principal por la cual desde que nacimos como estirpe somos llamados por gran parte de las culturas que conocieron de nuestra existencia como los Hijos de la Luna.

Mi padre se quedó en silencio, esperando a que yo asimilara la información.

– ¿Eso qué tiene que ver con esos demonios? – pregunté aún confundido – ¿Qué relación tienen con nosotros?

– Dime lo que hasta ahora sabes sobre los hombres lobo – pidió mi padre –, ¿Qué es lo que sabes gracias a las películas o la televisión?

No le vi sentido a esa pregunta. Me mantuve en silencio mirando al horizonte florentino, analizando con cuidado lo que me había pedido, buscando en mi mente las cosas que podrían ser ciertas y las que no. Era difícil saber lo realidad y los inventos del cine o la cultura pop actual.

– Bueno – me digné a decir al fin –. En las películas siempre sale que somos vulnerables a las balas de plata, que nos transformamos a la luz de la luna llena y que… que podemos infectar a los demás humanos con una mordida, transformarlos también en hombres lobo. Hay muchas otras cosas, pero creo que son puras tonterías, ¿cierto?

Mi padre me miró con el rabillo del ojo con cierta expresión divertida en la cara. Debí de sonar muy tonto al decir semejantes disparates.

– Para que veas que no todo lo que hay en el cine o en esas tontas novelas de fantasía que están sacando en estos últimos años no son del todo basura – dijo mi padre recostándose en la baranda –. Veras, las balas de plata pueden matarnos porque son balas no porque sean de plata, no lo olvides. Ya sabes la influencia particular que tiene en nosotros la luna… y si, podemos convertir a otras personas en licántropos por medio de una mordida.

>> Esos son los demonios de la luna: Humanos mordidos por un licántropo lo bastante cruel como para mantenerlo con vida, un alma desgraciada que no puede controlar sus impulsos primitivos y que, cada noche de luna llena, se convierte en una bestia incapaz de frenar su hambre implacable por muerte y destrucción.

>> Espero que nunca tengas la desgracia de encontrarte con una de esas cosas. Son mucho más fuertes y feroces que cualquiera de nosotros y la única forma de detenerlos es acabando con su miserable vida… son unos verdaderos monstruos, son el monstruo por excelencia.

Pero si me encontré con ellos, más de una vez… ya habrá tiempo para habla más a fondo sobre ellos. Nuestras victimas y victimarios.

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