Capítulo Dos: Ojos de Oro

Posted on 3 septiembre, 2010

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¿Nunca han sentido que, aunque cuando lo vives se te hace eterno, a la hora de recordar un momento, unos cuantos días o una semana esta te parece que fuera tan solo un instante en tu vida?

Eso me pasó a mí en los siete días luego de recibir aquella increíble revelación: ¡no puedo creer que haya pasado una semana tan de prisa!

Y lo más importante…

¡No podía creer que haya pasado una semana y que yo sea un hombre lobo!

Si no fuera porque mi padre, luego de convertirse en un enorme animal sobrenatural, fue quien me explicó con toda calma y lujo de detalle la naturaleza autentica de mi condición no me hubiera creído ni una sola palabra… Si hubiera sido cualquier otra persona quien me hubiera dicho eso, y a pesar de que era muy crédulo para esa época, francamente creería que ese sujeto tenía serios problemas psicológicos o un trauma desde la niñez. Ya no tiene caso pensar en lo que pudo y no fue al final, ¿cierto?

Si, al menos en una insignificante parte, les ha interesado como inicia el relato de mi vida y aventuras seguramente deben de estar preguntándose cómo fueron los siguientes siete días, mi primera semana como licántropo.

Pues, les puedo asegurar que no fue poca cosa lo que me pasó. Y esa es la razón principal por la cual me sorprendo que las cosas se me hagan tan deprisa en mi memoria.

Fue una semana de cambios inesperados y muy repentinos… lamentablemente la mayoría de ellos un tanto vergonzosos. Como cuando escupí una bola de pelo del tamaño de una pelota de golf en medio de la cena.

¿No que se supone que me convertiré en un lobo gigante y poderoso, no en un gato súper desarrollado?

Y es que apenas el día después que supe en que me convertiría los cambios empezaron a sacar de balance mi existencia. Como todos los días me alisté para ir a la escuela, la rutina de estos últimos días del año escolar. Me faltaba nada más arreglar la corbata para estar listo cuando mi madre se apareció en el portal de mi puerta.

– ¿A dónde cree que va, caballerito? – me preguntó con su acostumbra y deslumbrante sonrisa en los labios, observaba divertido como batallaba con la inerte corbata para hacer el estúpido nudo… como odio tener que usar corbata, debe ser la prenda más inútil que se haya inventado.

– A ningún lado si no puedo terminar de ponerme esta cosa o si me terminó suicidando por accidente – exclamé malhumorado buscándole el truco al nudo de la corbata, ya estaba cerca del punto en que mi frustración es tanta que termino arrojando la corbata al suelo… lo sé, porque me solía ocurrir al menos tres veces por semana. Repito, odiaba ese degenerado uniforme escolar que me forzaba a usar corbata.

Mi madre se acercó a mí con esa linda sonrisa tan típica en ella, acompañada de un peculiar brillo en los ojos, que hasta ayer eran los míos también. Me quitó la corbata sin esfuerzo alguno y miró de cerca el extraño nudo que había improvisado.

– Desde que tiene ocho años las usas, y aún no puedo entender como es que no sabes todavía como anudarte bien la corbata – dijo desenredando la maraña que hice. No me preocupaba nunca aprender a hacer ese nudo, no pretendía usar corbata más lejos del colegio y así fue.

Entonces ella me miró al rostro y se quedó en un abrupto silencio. Se veía confundida, en un descuido dejó caer la corbata, se deslizó entre sus dedos. La recogí del suelo y ella, mirándome ya algo repuesta, me dijo con una pizca de sorpresa impregnada en la voz.

– Tú padre me advirtió sobre esto, pero no pensé que se notaria tanto y tan pronto.

Como era más que de esperarse, me asusté de inmediato y fui corriendo hacia el baño. Quién me podría decir a ciencia cierta que cambios podrían ocurrirme por culpa de mi estado de hombre lobo. Quizás la cara se me llenó de vello, o me crecieron enormes colmillos de perro o tal vez mis orejas se parecían a las de un elfo, ¿Cómo saber qué pasaría?

Cuando llegué al baño mi corazón quería salir de mi cuerpo por mi boca, junto con algo de bilis, otros cuantos órganos y/o algo de vomito que también quería salir desesperadamente; pero pude resistir las nausea.

Me tuve que apoyarme en el lavabo para no caer, la rodillas me temblaban por el susto, ¡mis ojos! Cuando me vi frente al espejo sobre el lavamanos encontré un a un joven asustado, tan pálido que parecía enfermo, el cual apenas si podía reconocer, ¿ese era yo?, no era posible… Mis ojos, que hasta ayer eran marrones, como los de mi madre, ahora refulgían en un tono ámbar brillante… ese color no debía significar nada bueno.

– ¡Qué carajos! – grité a todo pulmón antes de correr escaleras abajo, recorriendo todo la casa como un loco maníaco. Apenas si me di cuenta cuando pasé al lado de mi madre, pero lo que si note era como se sonrojaba al escucharme decir tremenda obscenidad.

Era un crimen imperdonable en esa casa usar semejante vocabulario, por suerte no me reprochó luego. Supongo que me dio una pequeña concesión al verme en semejante estado, pero sólo por esta vez.

Creo que debí darle la vuelta a la casa como dos o tres veces antes de serenarme lo suficiente como para saber en donde buscar ahora. De inmediato bajé de nuevo las escaleras y fui al fondo de la estancia. Llegué al estudio de mi padre tras armar un escándalo como el que no se había visto nunca antes en esa casa.

Tanto así que mi hermanita, lista y radiante para otro día en la escuela, me persiguió hasta el marco de la puerta de la estancia privada de mi padre. Su santuario. El único lugar en la casa donde nadie podía molestarlo, para absoluta y completamente nada.

Pero claro esta, y como ya se pudieron haber imaginado, que esas reglas me interesaban un pepino en un momento tal y como el que estaba viviendo. No me importaba ser castigado hasta estar en la edad para estar en la universidad, sólo quería saber que significaba que mis ojos hubieran cambiado como por magia su color de un día para otro. Por lo que entré en el estudio como alma que lleva el diablo… ahora que lo pienso, tal vez, y sólo tal vez, estaba haciendo una tormenta en un vaso de agua, aunque repito, solo “tal vez”.

– Por favor, hijo, para la próxima trata de tocar la puerta antes de derribar mi puerta – me pidió mi padre con la mayor de las cortesías. Se limitó a quitarle los ojos de encima a un periódico que estaba leyendo para mirarme de pies a cabeza, muy analíticamente.

Se veía tal y como siempre era su costumbre. Paciente, apacible, un poco aparentando ser distante ante los demás aunque siempre se encontraba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera o tal sólo a escuchar lo que tuvieran que decir.

– Mina, corazón, ¿podrías dejarnos a solas a tu hermano y a mí por un momento?, tenemos algunas cosas sobre las que charlar muy seriamente sobre algo – pidió mi padre con su marcado aire paternal irradiándolo todo.

La pequeña Mina se nos quedó mirando en silencio, por un solo instante antes de responderle:

– Claro, pero a Héctor se le va a hacer tarde para ir a la escuela.

– Descuida nena, tu hermano no ira a clases hoy. Quiero pasar el resto del día teniendo una larga conversación con él.

Se notaba que ella había sido picada por el gusanillo de la curiosidad, pero no se atrevía a preguntar que era lo que pasaba.

– Ya escuchaste, jovencita – dijo irrumpiendo en la escena mi madre, empujó a mi hermanita sin fuerza ni malicia lejos de la puerta. Agregó –. Es hora de desayunar, no queremos que cierta señorita si llegué tarde a la escuela.

– ¡No es justo!, Héctor puede faltar a clases nada más porque ahora le dio por usar lentes de contacto… ¿me dejarían quedarme en la casa si me hiciera poner un arete en la nariz?

– No, llamaría al sacerdote para que te exorcicen…

– Que mala eres…

Se les podía escuchar discutir mientras se alejaban, seguramente iban hacia la cocina. Esas alharacas que solía hacer mi hermanita siempre me ayudaban a relajarme y subirme los ánimos, y esta vez por suerte no fue la excepción.

No pude evitar esbozar una tímida sonrisa al mirar el arco de la puerta donde antes estaba.

– Niños – dijo mi padre medio suspirando y medio riendo –. Esa hermana tuya me va a quitar más de una vez el sueño cuando sea mayor, sólo ruego para que aún falten muchos años para eso, o mejor, para que ese día nunca llegué.

Él dobló el periódico que antes leía y lo dejó sobre su escritorio, gesto con el que a su vez me indicó para que me sentara en la silla frente de mí, la única desocupada.

– Supongo que no tengo que explicarte el por qué vine para hablar contigo con tanta prisa, ¿o si? – dije con cierto sarcasmo cuando me hube sentado. Con toda la escenita de Mina y la voz suave de mi padre, conseguí por fin serenarme lo suficiente como para mantener una conversación como se debe.

Mi padre se quedó en silencio y reclinó su silla. Seguramente estaba ordenando lo mejor que podía las palabras en su cabeza antes de soltarme la bomba.

– Ese es el primer paso de tu transformación – contestó mi padre al rato – traducido del latín significa literalmente “ojos dorados” u “ojos de oro”. Durante la Inquisición utilizaban el color tan particular de nuestros ojos para identificarnos como licántropos, aunque muy raras veces conseguían atrapar a uno de los nuestros.

>> El cambio del color de los ojos es la prueba indiscutible que te convertirás en uno de los nuestros, Héctor. Tenía la esperanza de que no fuera así, debido a que la fase de transición suele comenzar con la pubertad. Esta es la primera vez que recuerdo que ocurra tan tarde.

– ¿Qué quieres decir con eso? – pregunté confundido, y por una extraña razón, algo ofendido – ¿acaso había forma de no convertirme en hombre lobo?, quiero decir, tu eres uno, ¿eso no significa que por ser tu hijo necesariamente lo soy también?

– No necesariamente, hijo – respondió –. La licantropía puede compararse con cualquier enfermedad o defecto genético. Se pasa de generación en generación, como todas las demás. Y como toda enfermedad hereditaria, hay veces en que en los hijos de los enfermos no se presentan los síntomas, en otros casos si se presentan. Eso quiere decir que los genes se pasan de forma pasiva o activa. La probabilidad de que un hijo de licántropo también se convierta en uno es de uno de cada siete alumbramientos.

Yo sabía algo sobre las enfermedades hereditarias por algunas clases en el colegio, a las cuales no le había prestado atención. Cómo iba a saber que me serían algún día útiles.

– Entonces, si no hubiera presentado los primeros síntomas no seria necesario tener que decirme que tengo como papá a un hombre lobo, ¿verdad?

– Ahora, no. Tarde o temprano tendría que decírtelo, cuando fueras mayor y empezaras a crear tu propia familia. Para que estuvieras prevenido de lo que podría ocurrir. Pero, cuando tu hermana me contó que, poco antes de que te fueras a dormir, tus ojos se hicieron brillantes y amarillos supe que no podía esperar más. Era necesario instruirte desde ahora en todo lo que se haya que saber sobre nuestra especie, Héctor. Eres uno de esos siete hijos que presentará todos los cambios hasta convertirte en un licántropo. Serás un Hijo de la Luna.

El silencio inundó el estudio de improvisto. No les podría decir cuanto tiempo estuvimos así o qué era con exactitud lo que rondaba por mi mente en esos momentos. No sé si estaba asustado o entusiasmado, o sorprendido, tiste o feliz; nada, no sabía nada. Mi memoria no llegó a fotografiar ese preciso y crucial instante, aún ahora sigue en blanco.

Lo que si recuerdo es que mi padre se levantó de su silla, fue a su librería, de donde tomó un gran u viejo libro que puso sobre el escritorio, justo frente de mí. Era un libraco viejo y de hojas amarillentas, por lo menos tenía 700 páginas, y con una portada que parecía estar hecho de madera forrada en cuero marrón.

– ¿Para qué es la Biblia de los cavernícolas? – pregunté mirando el libro que se me hizo innecesariamente grande. Ahora si que no pude contener mi sarcasmo, esa cosa parecía ser mucho más vieja que mi casa.

– Allí podrás encontrar todo lo que necesites saber, y tal vez más, sobre la historia de la raza de los hombres lobo – contestó mi padre – la mayoría de los escritos del libro datan de hace más de quinientos años. Que lo disfrutes.

Sería una lectura bastante pesada…

– ¿Esto es realmente necesario? – dije intentando evitar tener que leer semejante librote – ¿no sería mejor que me contarás todo lo que debería saber, así nos ahorramos algo de tiempo?

– Puede que como lo dices sea mejor, pero tienes pésimos hábitos de lectura, incluso para los promedios de la juventud de hoy en días – respondió mi padre como si nada. Se volvió a sentar en la silla del otro lado del escritorio –. Ahora será mejor que vayas a desayunar, además que tienes que guardar tu uniforme. A partir de ahora estas de vacaciones, pero tendrás que ver al menos dos horas de clases conmigo todos los días, ¿alguna pregunta por los momentos?

Me tomó un buen rato pensar en qué preguntarle, y cuando por fin lo tuve dije:

– ¿Cuánto falta para… tú sabes?

– Es difícil saberlo. El lapso promedio esta entre los seis meses y un año, años y medio si tiene suerte, para la primera transformación completa.

NOTAS: segundo capítulo, y esta vez no creo que haya mucho que decir en estas notas.

La imagen que ven encabezando este capítulo es la del protagonista de un anime llamado Black Cat, me la encontré por coincidencia y quise ponerla. La historia se me hace algo interesante por lo que veremos que tiene para ofrecer.

Por cierto, me rehusó a poner la redundante palabra “capitulo” en esta segunda temporada las Crónicas Nocturnas. Por lo que sólo verán el titulo, sin más ni menos.

La primera parte de la vida de Héctor – Conociendo al Hijo de la Luna – durará aproximadamente diez capítulos y se unirá con el punto culminante de La Maldición de la Sangre más o menos en el 25 o 30, entre ese limite me lo imagino hasta los momentos.

El berrinche de Mina es parte de mi repentino sentido del humor renacido.

Sigo con algunos problemas técnicos por este lado del charco, por lo que apenas puedo escribir las entradas a tiempo, así que no esperen muchos comentarios de mi parte.

Y sin más me despido con una propuesta que les tengo: Mientras más comentarios me dejen en este capítulo más me apresuraré para publicar el siguiente capí… es su elección el leer como sigue la historia, si lento o rápido.

¿Qué eligen?

Siguiente Capítulo

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