Capítulo Uno: Nací

Posted on 1 septiembre, 2010

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Llámenme Héctor.

Una bestia hambrienta corre por los bosques, su tamaño es atroz, su fuerza es inconcebible y sus instintos lo controlan. Se ha convertido en una de las criaturas… mejor dicho uno de los monstruos legendarios de la historia, un licántropo. No, no es una invención de sus ojos o de la mente retorcida del autor de este escrito.

Pero, ¿Cómo es posible? ¿Quién es este ser que aparece en la luna llena? y para quien desee saber qué es un licántropo… bueno, hay dos respuestas: La complicada y la simple. La complicada tendré que contarles una historia un tanto extensa, pero si quieren la simple. Aquí esta:

Ese ser era o, al menos solía ser, yo.

¿Cómo?

¿Cuándo?

¿Dónde?

Para responder esa incontable maraña de preguntas que se deben entretejer en sus mentes debo de regresar diez años en el pasado, el momento en que la historia merece comenzar. Así es, ahora empieza la respuesta complicada. Cuando era apenas un joven de entre catorce, cuando comenzó lo que irónica o sarcásticamente he decidido llamar mi aventura. Antes de que el mundo de las bestias de la noche se abrieran ante mis ojos.

Nací siendo licántropo – ese es el nombre oficial, y el que no ofende a los demás de mi especie, aunque a mi me da igual –, como lo fue mi padre y mi abuelo y de generación en generación hasta que las huellas de estas sangre maldita se vuelven borrosas.

El día en que supe quien era fue el día de mi cumpleaños número quince. Tuve una alegre fiesta, con mis amigos y familiares… ya supongo que se podrán imaginar toda la escena, la típica fiesta de cumpleaños, nada más que eso. Podría decir que ese fue el día en que se esfumo mi inmadurez, pero eso seria una falacia, ese solo fue el primer paso en mi camino tan precoz para convertirme en hombre.

Solo diré que fue un día muy querido entre mis recuerdos, el cual fue tan cercano de tantas cosas nuevas y momentos sombríos, que le hizo sin duda aumentar su brillo. Todo lo demás que podría decirse sería una inmensa e innecesaria sarta de cursilerías que no tengo ganas de escribir, por lo que lo dejaré así, ¿vale?

Más tarde esa misma noche, mi padre se acercó a mi cama y mi despertó. Luego de protestar por unos instantes me terminé por levantar. Sin molestarse en responder las preguntas que le hacía, todavía medio adormilado, me puso un pesado sobretodo sobre mi pijama… si, que cliché se escucha pijama. Dejémoslo en ropa para dormir. El punto es que cuando bajamos las escaleras hacia al sala y para cuando mi padre abrió la puerta yo estaba demasiado cansado o adormilado para prestar atención a lo que hacía.

Para cuando volví a recuperar mi conciencia estábamos, mi padre y yo, a un claro en el bosque que lindaba cerca de nuestro hogar en la bella Florencia, la ciudad del Renacimiento, de filósofos y artistas.

– Ya llegamos hijo – me dijo, al parecer y, de alguna forma que simplemente no logró recordar, me encontraba sentado junto a un tronco caído. Mi padre, erguido en toda su altura, se hallaba frente a mí. Mirándome con sus penetrantes ojos dorados.

Siempre me había gustado el color de sus ojos. Un rarísimo tono ámbar en sus pupilas, casi dorado. Por la simple y burda función de la genética, yo terminé heredando los también lindos ojos de mi madre, de un color avellana intenso… pero mi padre me legó varias otras cosas que ya me tocara contar, dentro de poco algunas y más tarde muchas otras.

– Te tengo que contar algo, hijo – susurró mi padre en tono casi audible. El frío me pellizcaba las mejillas, fue lo que me termino de despertar. Me pase los nudillos por los ojos adoloridos por la falta de sueño mientras el hablaba.

– ¿Qué pasa? – pregunte. Me parecía muy curiosa su apariencia, en completo contraste con su semblante de siempre. Bajo la poca luz que había se veía como demacrado, apenado, triste, algo le causaba un gran sufrimiento pero no me quise preguntar qué, pero pronto lo sabría.

– Lo ultimo que hubiera querido para ti era que cargaras con mi misma suerte, con esta maldición – dijo el de manera lúgubre, me estaba asustando y se dio cuenta de ello. Nunca antes lo vi, en ese estado de angustia –. Pero no es tan malo cuando te acostumbras – agregó en un tono más normal pero aun me hacia sentir mal –, como a mi, se te fue concedido un poder que va más allá de todo lo que has visto antes, Héctor.

– Papá, ¿Qué tienes? – le pregunté, estaba asustado y con frío, se me entumían todas las partes de mi cuerpo que no estaban cubierta. El rostro, las manos y pies. Mi padre esbozó una débil media sonrisa, tan falsa que hasta un niño se daría cuenta de eso.

Mi padre aspiró una gran bocanada de aire y dijo las palabras que cambiaron mi vida para siempre.

– Eres un  licántropo, Héctor – en un primer momento y durante los siguientes días no pude comprender la magnitud de lo que había dicho ¿Qué clase de juego tonto era esto?, pensé. Pero al ver el rostro serio y cruzado por una aflicción que trataba de aparentar de mi padre comprendí que esto era todo menos un juego.

No sé cuanto tiempo nos envolvió el silencio.

Recuerdo claramente lo primero que pensé, fue…

¡Increíble, soy un hombre-lobo!

A pesar de mi edad; no era más que un niñito inmaduro, por lo menos. Y tienen que entender que ese es el sueño de cualquier niño, tener superpoderes, algún talento sobrehumano que te distinga de los demás… y creo, al menos para ese entonces, que convertirse en uno de esos seres, mitad lobo mitad hombre, que salen en las películas entra en el estereotipo de un superpoder.

– ¡Genial! – grité entusiasmado, luego de unos segundos de silencio. Todo el sueño se había ido, no entraba en mí, podía hacer como en los programas de la tele, ser un lobo y pelear con monstruos para salvar al mundo, ser un héroe – ¿me convertiré en un lobo?, podré aullar y todo eso…

Mi padre asintió, estaba tan entusiasmado que no me percate de la cara de mártir de mi padre. Yo tan sólo brincaba y gritaba sin prestarle atención a más nada, ni al frío ni a mi padre ni al escozor de mis ojos.

– ¿Cuándo?, ¿Cómo?…, tendré cola o que sé yo.

– No sé exactamente como ni cuando pasará el cambio, pero si te puedo decir que nunca ha ocurrido antes de los dieciocho años – contestó mi padre, esos ojos dorados y tristes me hacían recuperar la compostura – así que será mejor que ya empieces a aprender lo necesario de tu raza y tus poderes, también como controlarlos.

– ¿Para qué? – pregunté.

– ¿Qué caso tiene poder atravesar una pared de un golpe si no sabes como hacer? – respondió en tono sombrío. Francamente sus palabras, y casi puedo verme con la cara de idiota, me iluminaron los ojos como los de un niño en una juguetería, ¡podría romper muros! – por otro lado, siempre ha sido parte de la naturaleza innata del hombre la curiosidad por saber su origen y lugar en la creación. No me iras a decir que no te causas ni un poquito de curiosidad el saber el cómo es posible que nosotros existamos, ¿o no?

Me quedé en silencio por un segundo, asimilando lo más rápido posible el alubión de información que amenazaba con saturar mi cerebro.

– ¿Existamos?, ¡Eso quiere decir que también eres un hombre-lobo!, ¿verdad? – le pregunté extasiado. Ese señor que estaba parado delante mió, que tanto se parecía a mi padre se veía tan frágil, tan apenado, endeble no era mi principal protector y maestro, sino que se me hizo de pronto un completo desconocido.

Él me dirigió una débil sonrisa y lo que ocurrió luego fue sin duda lo más fantástico que viví hasta entonces.

Su piel se oscureció y se comenzó a llenar de un espeso pelaje negro azabache por su cuerpo entero, el cual cambiaba y se transformaba ante mis maravillados ojos. Se apoyó en sus brazos y sus piernas, que se estiraron mientras que su cara se alargo y sus orejas se hicieron puntiagudas y fueron a la parte superior de su cabeza de animal. Y para terminar su transformación le apareció una cola. Mi padre se había convertido en un lobo frente a mí.

Fue, como ya dije anteriormente, lo más increíble que vi en mi vida. Me levanté del tronco y con timidez me acerqué al animal que me miraba sin moverse un ápice. Aunque no sentía mis pies, ellos me llevaron muy despacio hacia donde estaba aquel atentado a todo lo que yo creí alguna vez real y fantasía… ¡Era increíble estar frente de aquella, la primera bestia sobrenatural que vi en mi vida, pero no sería la última ni mucho menos!

Me acerqué a una distancia prudente del enorme animal que, a pesar de estar en cuatro patas, era más o menos de mi altura de hombros. Y eso que yo era alto para mi edad… no, no me molestaré en describir lo que es estar frente a otro de mi especie y admirar su tamaño, puesto que no hay palabras para describirlo.

De pronto sentí su poderosa mirada. Mi padre, quien me miraba dentro de su cuerpo de lobo. Con eso enormes ojos, ojos de lobos que siempre me han parecido extrañamente expresivos, y de color ámbar clarísimo, casi brillan en la oscuridad.

– Papá… ¿eres tú? – tartamudeé. Paralizado por un resquemor natura a lo desconocido. No podía creer lo grande que era, yo diría que si se parase en sus cuartos traseros alcanzaría tres metros de alto, si no es que más. Estiré tímidamente mi mano y él lentamente se acercó a mí, dejándome acariciar su cuello musculoso y su tupido pelaje.

Podía escuchar el latir de mi corazón, el rítmico redoblar de pausados tambores de guerra. Retrocedí un paso asustado por la enorme criatura, de su tamaño y aparente fuerza antinatural. Luego, lentamente se comenzó a acercar, su hocico acarició mi mano y fue en ese preciso momento cuando supe que el aun seguía siendo mi padre. Fue un momento extraño y de un significado que sin dudas cambió nuestra relación por el resto de nuestras vidas, no fue sólo un toque, pude sentir como me hablaba y contaba de tantas cosas que le hubiera tomado días hacerlo con palabras… mi primera experiencia con aquella curiosa magia me confundió tanto que me tomó semanas poder ordenar de manera entendible ese aluvión de imágenes y sentimientos que me llegaron con esa simple caricia. Simplemente fascinante.

Me le acerqué sin miedos y le empecé a acariciarle el fuerte y peludo cuello al tiempo que él movía la pata cual perro mimado. Nunca le he pude sacar si hizo eso porque le gustaba que le rascaran el cuello o para quitarme los resquemores que me quedaban. Pero en fin, era como tener una mascota nueva y era más o menos eso lo que parecía, sólo que esta mascota me podía castigar si no hacía mi tarea.

Él se me acercó más  y me rodeo un par de veces con largas zancadas, pidiéndome algo, hizo un ademán con la cabeza y supe a que se refería. Sin decir nada me subí a su lomo y el comenzó a correr hacia el bosque, el aire frío no me dejaba escuchar y me punzaba la cara, mis dedos entumidos se sujetaban precariamente, me podía caer en cualquier momento, pero estaba tan… tan feliz, alegre, extasiado que lo único que podía ver y sentir era los interminables borrones de los árboles cuando los pasábamos, el frío del viento en contraste con el calor del lobo y mis propios gritos de éxtasis.

¡WOW!

Hay, en el lomo de mi padre, corriendo con completa libertad me sentí como nunca antes me había sentido. Algo indescriptible sin lugar a dudas, algo que era mío y de nadie más, algo fuera de todo lo que antes y depuse he conocido.

¿Esto era en lo que me convertiría? en un lobo, ágil, fuerte, justo y valiente. Me preguntó que otros poderes tendría.

En algún momento debí de haberme quedado dormido pero aferrados firmemente en el lomo de mi padre. Cuando volví a abrir los ojos estaba en un lugar muy diferente al bosque en el que había estado.

En menos tiempo del que me pude dar cuenta, y menos del que hubiera deseado regresamos de vuelta a nuestra casa. Mi padre se colocó pecho tierra y me baje de su espalda, corrí a la puerta, entre alegre y rápidamente a la casa. Mis pensamientos eran un revoltijo cuya única cosa en común era todo lo que había visto, oído y percibido de una u otra forma en estos pocos minutos, horas, segundos, siglos, ¡que importaba!

Entré en la sala sin mirar a ningún otro lado mientras que mi padre se mantenía a mis espaldas. Comencé a correr por todos lados y a brincar en los muebles, gritando y gimiendo. En retrospectiva sé que mi reacción fue exagerada… bien fue una completa falta de juicio y consideración, ¿feliz?

– ¡Héctor! – me susurró mi padre, alzó los brazos para detener mi barullo. Ya era otra vez humano y en algún momento se puso uno de los abrigos colgados en el perchero sobre su torso desnudo, y no sé si deba decirlo, pero lo diré, mi padre parecía uno de esos modelos masculinos, alto y fornido, supongo que no suena tan mal viniendo de su hijo ¿no? – vas a despertar a Mina.

– Querrán decir que la despertaron – dijo mi madre, bajando por las escaleras con una pequeña de poco más de ocho años, mi hermana Willhelmina, el nombre de mi abuela, pero todos le decimos Mina. Era la viva imagen de mi madre, de cabello rojizo y ojos avellana, mismo ojos que los míos. La pobre había tenido pesadillas desde hace unas semanas para acá, por lo que siempre iba a cuarto de mis padres cuando algo la despertaba en la noche. Ella era una pequeña tan diferente a los demás niños de su edad, casi nunca la veía llorar, molestar o siquiera exaltarse; era tan callada pero extrovertida, como si nada la molestara o al menos lo suficiente para que hacer que reaccionara de mala manera.

– Bien, Héctor, es hora de irte a la cama – dijo mi padre, colocó su mano en mi hombro y agregó – y recuerda de lo que hoy hablamos.

Asentí, y sin protestar ni decir nada salí de la sala y subí por las escaleras pero antes de llegar a la puerta de mi cuarto pude escuchar a mi madre decir.

– ¿Ya le contaste? – se veía preocupada mientras mi hermana balbuceaba.

¿Acaso ella también sabía la naturaleza de su condición?

– Si, a partir de ahora a Héctor le tocara convertirse en hombre – contestó mi padre –. Esa será la parte más difícil de todo el proceso, tener que dejar atrás todo y tener que madurar tan pronto.

Y les digo una cosa: Tenía razón.

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