Delirios en el Teatro de las Quimeras Nº 1

Posted on 31 agosto, 2010

2


Hola, mis compañeros en la locura:

Si hay algo que me ha marcado desde comienzos de este hermoso año 2010 ha sido, sin lugar  a dudas, el buscar crecer y encontrar mi propia forma de ver y entender el mundo que me rodea, mi propia filosofía se podría decir. Y ese cambio monumental en mi retorcida mente creo que se debe al hecho de que, entre Marzo a este bello Agosto, he leído algo así como 13 novelas… nada mal para un puberto de 18 años, aunque ya tengo que quitarme ese titulo… para una próxima será.

Me tomare la licencia de decir que he buscado plasmar mi propia, digamos, sabiduría y criterios en un espectro de temas muy variados… si, aunque no lo crean, sé sobre más cosas que sobre monstruos y ser megalomaníaco.

Razón que me lleva a escribir este, mi primer tratado – en falta de un mejor nombre – sobre mi forma de ver el mundo y la condición humana en toda su gloriosa magnificencia. Además para mostrarles otra página de mi diario de locuras, quiero mostrarles estos pensamientos, en los que creo con todo el corazón, para que cuando pasen los años poder releerlos y saber si es que tuve o no razón o si de alguna forma cambiaron mis convicciones. Lo más posible es que ahora este equivocado, pero quiero pensar que no.

Y que mejor lugar para llevar a cabo esta empresa que en mi teatro de las quimeras, donde yo soy maestro de ceremonias, espectador y protagonista.

Todo comienza con una pregunta esencial, la pregunta que nos hemos hecho desde la primera vez que alzamos la mirada para contemplar el firmamento en búsqueda de respuestas.

¿Qué y quiénes somos?

No existe respuesta absoluta ni simple, como nada en la naturaleza de lo que es ser un humano.

Somos la mezcla perfecta entre lo natural y antinatural, la materia y lo espiritual, la ciencia y la magia: somos el alma que y los ojos que aprecian las bellezas de todo cuanto nos rodea.

Eso es lo que nos diferencia con los demás animales: puede que un perro, un gato o un león vean hacia el cielo; pero solo nosotros somos capaces de reflexiones sobre nuestro origen, el por qué estamos donde estamos, penar en la enorme hermosura de la naturaleza y soñar sobre los que nos depara el por venir.

La humanidad no es otra cosa que la suma de todas las historias, artes, ciencias y culturas desde el inició de nuestra especie. Nada se puede comparar con la humanidad, por lo que debemos admirarla y protegerla como nuestro más precioso tesoro, porque lo es. Todos no somos que un diminuto punto, trazó o pincelada en la monumental obra que nos hace humanos.

Nada nos diferencia y, a la vez, todo nos distingue. Somos iguales y a la vez no lo somos.

La igualdad es, ni más ni menos, que la garantía que todo hombre, mujer y niño tiene el mismo peso y valor a la hora de de pararse sobre las ciegas balanzas de la justicia que tanto idealizamos.

La justicia existe; pero sólo en nuestros ideales, deseos y ensoñaciones. Lo que si existe es la ley, la que consideramos justa o injusta, y con ellas intentamos crear lo más parecido a la justicia, pero que no es, en si, lo que desde los inicios de la civilización conocemos como la justicia.

La justicia, como el amor eterno, es un ideal. Los ideales nunca se harán realidad, pero no por eso dejan de tener un peso fundamental en nuestras vidas. Si no tenemos ideales no tenemos nada sobre lo que soñar, si no podemos soñar dejamos de ser lo auténticamente humano.

Las preguntas nos hacen buscar respuestas; los crímenes, castigos; la anarquía, orden; y la barbarie, civilización…

Y fue precisamente en búsqueda de esos sueños de piedad y amor incondicional que nos imaginamos hace mucho tiempo atrás que un ser magnánimo, celestial y fuera de todas las limitaciones de la carne y el tiempo era nuestro creador, salvador y guardián eterno. Él nos daría las respuestas que tanto nos quitaban el sueño, Él castigaría a los malhechores, Él traería el orden duradero y será la roca de la civilización perfecta. Él, el comienzo y final de todo.

Como antirreligioso que soy no crean que vine a cambiar sus creencias…

Pero…

¿Y si todo es una mentira?, ¿y si no es más que una fantasía?, ¿y si todas las religiones están basadas en dioses de papel y promesas falsas?

Piénsenlo… pero antes pónganse la mano en el corazón, cierren los ojos y pregúntense, de una vez y por todas, ¿acaso eso importa?

Ahora indaguen, húndanse en el centro mismo de sus almas sin temor a encontrar lo que están buscando.

Vamos, hagámoslo todos.

Una de las frases más bellas y trascendentales que he escuchado en mi vida fue dicha hace más de quinientos años por una de las mentes más brillantes de todos los tiempos: Galileo Galilei.

Él dijo:

La biblia nos enseña como llegar al reino de los cielos, no como son.

Y es así…

Las religiones del mundo nos enseñan los valores del amor y la hermandad a través de historias inspiradas en un ser que fue la respuestas a nuestras preguntas hace cientos de años atrás.

¿Qué vale más?

Que fuéramos hechos de barro y una costilla o toda la magia y el simbolismo que ha inspirado grandes y bellas obras gracias a esa historia imposible.

Que un hombre admirable fuera capaz de resucitar a los muertos o el mensaje de paz e igualdad que vino a traer al mundo.

Que un ser omnipresente pueda hacer cosas que van más allá de la compresión y el poder de cualquiera de nosotros o que, alrededor del mundo, miles de personas marquen la diferencia con sus pequeñas acciones por la simple convicción que su fe ciega en un mundo mejor pueda ser cumplida si todos buscamos hacer el bien…

Ahora díganme, ¿Qué vale más?

¿Acaso importa que el ser que llamamos Dios sea tan solo una quimera?

No, no importa. La gente necesita creer en algo. El concepto que tenemos de Dios, sea o no un dios de papel, no debe ser el del creador supremo y eterno. No, tiene que ser el del símbolo de la bondad y de todo lo bueno que puede legar a ser la humanidad. La inspiración de las maravillosas cosas que somos capaces de hacer… por el tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo.

Al final de cuentas, si Dios en verdad existe, es porque no somos se lo permitimos.

¿No les parece irónico que alguien como yo, un ateo empedernido que no cree en nada más que en la humanidad, hable de semejante forma de Dios y la religiosidad?, creo que si, pero este es el papel que me tocó interpretar. Y como es ya la costumbre, en todo lo que me propongo trato de ser lo mejor que pueda.

Mi último consejo, si es que alguien como yo tenga el derecho de darles consejos es.

Nunca, ni cuando te encuentres en la hora más oscura, dejes de tener fe en algo, porque algo debes de saber: No existe oscuridad tan penetrante o soledad tan pesada como para doblegar el fuego de tu espíritu.

Anuncios
Posted in: Divagaciones