La Señora de la Mascara

Posted on 26 agosto, 2010

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¿Por qué te convertiría en La Señora de la Mascara, el único artefacto capaz de traer a los muertos a la vida, si yo creyera en algún momento que soy superior a ti?

Venecia, 1505:

La gitana, a la luz de las velas, trazaba un círculo en el suelo con sangre, no la suya, sino la del hombre que la observa detenidamente en la esquina tenebrosa de la estancia apenas iluminada.

“¿Quién eres?”, le había preguntado la primera vez que lo vio. La había interceptado en uno de los muchos y tenebrosos canales de la ciudad.

“En algunos lugares me conocen como el Águila que Vuela, en muchos otros soy el Hijo de Nadie pero nada de eso importa ahora, sólo tienes que saber que no quiero hacerte daño”. Le respondió, luego le extendió la mano.

“¿Entonces qué quieres de mí?”

“Hacer un pacto, pacto que a ambos nos beneficiara…”

Era un hombre mayor, de cabellos y barba de plata; ojos intensos, penetrantes pero teñidos del monstruosos escarlata, un color sobrenatural para una persona, color que revelaba su estado: Un vampiro.

Observaba sin perderse el menor detalle de los movimientos, expresiones y gesto de aquella mujer de espeso pelo negro, rizado y hermoso, la piel con un bello bronceado por el sol y la vida y ojos de un intenso verde esmeralda, como dos pulcras joyas que fueron encerradas en sus pupilas por algún dios antiguo y benevolente. Sus ropas coloridas y de aire latino y árabe eran comunes entre las gitanas. Hechiceras, curanderas y prestidigitadoras que viajaron por todo el mundo desde su Egipto natal, trayéndose consigo tradiciones y magias tan antiguas como las mismas pirámides y mezclándolas con las culturas de Europa y Asia.

Ella se mojaba los dedos con la sangre con la cual dibuja el diseño en el suelo, una copa contenía aquella sustancia infernal. Trazó un enorme arreglo circular adornado con varios símbolos y figuras alargadas y de estilo oriental parecidos a una flecha, colorando con un lenguaje arcano e incomprensible para el vampiro que observaba con mucho juicio y detalle.

La gitana por su parte se movía con tal soltura y gracia sugestiva que parecía estar bailando.

El aire de la oscura, pero amplia habitación, si impregno a los pocos minutos de su perfume a flores de jazmín y lirios. Era una sala sin ventanas ni otros muebles que una sobria mes a de madera repleta de papeles, cajas; un cuchillo, con el que desangraron al vampiro y un voluminoso libro de cuero negro.

– ¿Estas completamente seguro de que esto a funcionar? – preguntó la gitana tras terminar de dibujar el círculo.

Puso la copa, con todavía unas cuantas gotas de sangre, encima de la mesa. Luego volvió a hojear el voluminoso libro, abierto más o menos por la mitad, y, acto seguido, tomó otra vez la copa tras cerciorarse del siguiente paso en el ritual. No debía haber ni el más pequeño de los errores.

– Deberías saberlo mejor que yo – contestó el vampiro acercándose también a la mesa. Tomó un delicado cofre de fresno bellamente tallado y barnizado, una pieza sin duda exquisita –. Luego de esto ambos tendremos lo que deseamos.

Ella no miró al vampiro, a peras de estar a su lado.

– Tú no – soltó la mujer indagando por el rabillo del ojo las expresiones del vampiro, quien pasaba la mano por la urna.

– Pero tendré lo que necesito, y eso es lo que deseo aunque deba de conformarme… una lección que me tomó años y tormentos para por fin aprenderla – confesó él.

Una nota amarga se acentuó en la voz, antes impávida, del vampiro. Pero la gitana no quiso prestarle la menor atención a ello: el aura de decadencia y muerte de ese monstruo la perturbaba al punto de ponérsele la piel de gallina. Mientras antes terminará mejor, o, al menos antes de arrepentirse de esta locura.

Ella fue hacia el centro del círculo recién pintado sosteniendo la copa de aquella sangre demoníaca. Luego esperó a que su consorte en abominación por realizar estuviera preparado; y cuando lo estuvo, apenas unos segundos después, no vino solo con el cofre, tenía consigo también el puñal.

– ¿Qué haces? – preguntó exaltada la gitana mirando la hoja resplandeciente del cuchillo – ya tengo suficiente sangre tuya para hacer el ritual.

– Lo sé, pero la experiencia me ha dicho que siempre es mejor cuando esta fresca – contestó el vampiro con una mueca demasiado parecida a una sonrisa para no serlo, la primera vez que le veía sonreír, la única que le vería. Se acercó a ella, uno frente del otro. Todo estaba listo, ya podían comenzar.

Sin esperar más señal o advertencia, el círculo que ambos pisaban se iluminó  en destellantes tonos escarlata, explosiones rítmicas de luz magia. El vampiro puso el cofre entre la gitana y él, sujetándolo con una sola mano, al tiempo que, con la mano que tenía la daga, se hizo un largo y profundo corte en la yugular. La sangre salió a borbotones rojos y viscosos.

La gitana puso la mano en la tapa del cofre y luego, sintiendo primeramente una penetrante repugnancia, luego un desprecio, se abalanzó hacia la herida y empezó a beber de su sangre maldita. Que horrible era el sabor de esa sustancia.

Para el momento en que las primeras gotas de sangre, como si tuvieran vida propia, se deslizaron por su garganta el círculo de transmutación estalló en un único destello rojo y lacerante de luz y sonido. Esa fuerza brillante y sobrenatural le lastimaba los ojos, a pesar de tener los parpados fuertemente cerrados. El destello se extinguió de pronto con un pesado estruendo que terminó por empujarlos a lados opuestos de la habitación.

El vampiro se incorporó sosteniendo todavía el puñal y el cofre. Se acercó a la gitana y le extendió la mano para ayudarle a levantarse, pero ella no lo aceptó. Se paró sin la ayuda de nadie y se quitó de los ojos unos mechones de cabello negro y rizado.

– ¿Funcionó? – preguntó.

– Sólo hay una forma de saberlo – agregó el vampiro, y sin más se hizo un gran corte en la mejilla, antes de que el primer hilo de sangre se escurriera por la herida la gitana sintió un repentino y punzante dolor en el rostro.

Se tocó el pómulo y se vio la punta de los dedos en seguida, estaban teñidos de rojo. Sintió el corte en su mejilla en completo estupor, luego miró al vampiro, su herida y la de ella, sanaron al mismo tiempo. Era cosa de magia, magia negra. Con los ojos perplejos observó la expresión impasible y serena del vampiro, como si no fuera una sorpresa ser invulnerable a los daños mortales. Ahora compartía esa capacidad de engañar a la muerte, ahora era eterna.

– Funciona, ahora tenemos un lazo – susurró ella acariciando su mejilla recién curada –, tenemos un nexo que va más allá del tiempo o la distancia. Somos uno – agregó, y al descubrir esa verdad sintió un retortijón en el vientre. Era como si una enorme cadena de hierro le hubiera atravesado las entrañas, sin dolor, sólo la fría y física sensación de tener un objeto extraño a su cuerpo.

La mujer encaró al vampiro.

– ¿Espero que no hayas olvidado nuestro acuerdo?, porque ya no hay vuelta atrás.

– No, no lo he olvidado – contestó ella buscando fuerzas para ignorar el peso metálico en la boca de su estomago. Poco a poco su cuerpo se acostumbraba a ese nuevo y desagradable sensación de que una magia prohibida había actuado en ella –. Debo de cuidar por siempre la mascara, en especial de ti. No puedo permitir que nadie se apoderé de ella, pero si llegó a fallar deberé acabar con mi vida: para que la vida de la mascara también se extinga con la mía. Para que nadie tenga su poder.

El vampiro le dio a la gitana el cofre con una reverencia. Después se dirigió a la mesa, de la cual tomó una caja de madera, más o menos grande, cubierta de tierra y mugre.

– Ahora me toca cumplir mi parte del trato, dulce, dulce Esmeralda – dijo él llevando la caja hacia donde esta la mujer parada –. Como te prometí, ahora puedes usar los poderes de la mascara para traer de regreso a tu pequeño niño, otra victima de la terrible plaga.

Él dejó la caja en el suelo a los pies de ella y abrió la tapa sin la más mínima de las ceremonias. Tras evaporarse una ligera nube de polvo cuando se desprendió la tapa  se pudo ver el  interior del improvisado ataúd. Los huesos de un diminuto niño, apenas un bebé de poco meses de nacido, no mayor a un año. Una tragedia, como cada vez que el fuego de la inocencia de un niño se apaga para siempre…, y lo más lamentable de todo es que muchas veces la muerte no tiene que ver con el crimen de la inocencia perdida.

La gitana, llamada Esmeralda, se puso de rodillas frente al ataúd, dejó a un lado el cofre y, con la mano conmovida, acarició el blancuzco cráneo de las tiernas osamentas.

Abrió el arcón y sacó de el una mascara. Esta se estremeció en las manos de la mujer, a pesar de estarla tomando con ambas manos. Por esto, por este preciso instante en el que podría recuperar su retoño, el cual los ángeles en persona decidió robarle por quién sabe que egoísta designio celestial. Por eso decidió aceptar la propuesta de aquella aterradora sombra que la encontró entre los sombríos canales de Venecia. Por esto había sacrificado tanto, pero ahora que podía echar para atrás a la mismísima muerte…

– ¡No!…, no puedo – susurró ella lanzando la mascara al otro lado de la habitación, pero sin romperla. Estaba llorando desconsoladamente – ¡No puedo hacerlo!

El vampiro se quedó en silencio, no se atrevió a mirar a la mujer llorar: ese dolor era sólo de ella y él no tenía derecho de entrar en esa burbuja de desconsuelo. Él se limitó a cerrar con cuidado el pequeño ataúd, ella se lo permitió.

Sin decir ni pensar en nada en especifico fue a recoger la mascara del suelo, intacta y enseñando en su magnificencia el frío de su expresión. Luego la depositó de regreso en un cofre, el cual cerró y dejó en el regazo de la gitana que seguía llorando sin prestarle atención a él ni a más nadie.

A los pocos minutos ella dejó de sollozar  y abrazó con todas sus fuerzas el sarcófago fangoso donde reposaban los restos de su hijo: Despidiéndose de él para siempre. Después lo puso en el suelo.

– ¿Por qué? – preguntó la gitana mirando fijamente la urna que sería su única compañía por los siglos que quedaran –, ¿Por qué no puedo hacerlo?, ¿acaso también lo intentaste?

– Si.

– ¿Y qué pasó?

– La amaba demasiado como para traerla de regresó.

Hubo un pesado silencio, como si todo ya se hubiera dicho. Él se acomodó la capa y se pudo la capucha y se encaminó hacia la puerta.

Esmeralda se levantó de golpe y empezó a gritar.

– ¿Acaso te crees mejor que yo? – dijo a todo pulmón, haciendo que él se detuviera en seco – ¿Acaso te crees superior a mí, Gabriel Valerius?

Él se limitó a mirar sobre su hombro y dijo, antes de que se fuera para siempre de su vida inmortal.

– ¿Por qué te convertiría en La Señora de la Mascara, el único artefacto capaz de traer a los muertos a la vida, si yo creyera en algún momento que soy superior a ti?

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