El Castigo de Amel

Posted on 18 agosto, 2010

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 ¡Ellos no necesitan la justicia del más allá, la necesitan ahora. En este preciso instante se la ruegan a nuestro Padre, entre lamentaciones de hambre y  los sollozos por los ultrajes que han sufrido!

Un torbellino de plumas negras llega de la nada y envuelven al hombre, que en realidad no es un hombre. Las plumas azabaches lo aturden, hieren y acorralan contra el inmundo callejón de la miserable de la ciudad entre sombras. Puerto Príncipe de noche, un espectáculo horrible y fascinante en parte iguales.

Las ratas caminaban por todos lo rincones, esquinas y recovecos ocultos por la oscuridad. Las calles llenas de fango, tierra, charcos, asfalto y muerte. En las calles anárquicas y las pequeñas construcciones marginales los cadáveres se apilaban de forma simplemente atroz, la putrefacción era la protagonista. Aquello no era un pueblo ni una ciudad: era un grupo de edificios improvisados y que se desplomarían con la menor de las brisas. Las consecuencias de la pobreza y la ignorancia.

Cuanta muerte, cuanto caos, cuanta desolación… cuanta desesperanza, se podía sentir en el aire enrarecido por los muchos olores repugnantes que se mezclaron en una sola y espantosa peste.

El hombre, jalado por el ciclón de plumas sobrenaturales, fue alzado contra un muro de ladrillo agrietado y pestilente a orines y vomito. Su cuerpo y la pared parecían uno solo, no podía moverse. Indefenso miró a su atacante, el cual se apareció, materializado de la nada, en el torbellino de plumas negras que se disipó a sus espaldas al acercarse más a su nueva víctima.

– Ha llegado tu hora, Antonio – dijo el hombre de cabello y ojos oscuros y gabardina de cuero también negro.

Sin recibir más respuesta de su víctima de ojos escarlata  que un escupitajo en los zapatos y una mirada de odio visera. Entonces él, de un solo zarpazo, atravesó el pecho de aquella bestia de apariencia humana con las manos, más parecidas a garras que a otra cosa; le había arrancado el corazón de golpe. Este se volvió cenizas entre sus dedos, mezclándose con la sangre oscura. El cuerpo se desintegró en un fino polvillo gris que se lo llevó el frío aire del caribe.

El verdugo se quedó en silencio, escuchando la sinfonía silente de la agonía de los hombres y mujeres intentado sobrevivir en una tierra olvidada de Dios, los sin ruidos del sufrimiento humano. Se fue caminando, muy despacio, de la inmunda calle fangosa para poder deleitarse o sufrir de las miserias del mundo, le daba igual.

Las casas parecían de cartón, y posiblemente lo eran. En cada lugar que veía había escombros, cadáveres, basura, vagabundos o todas juntas. A su derecha se dejó ver un antiguo campo deportivo, pero que ahora era el último refugio de los sobrevivientes de la catástrofe. Las carpas hechas de todo cuanto pudieron procurarse, bolsas, cartones, papel, sabanas, lo que fuera para medio librarse de lo peor de las inclemencias del clima y del peligroso sol de estas latitudes.

Eso es lo que era, el nido de toda la decadencia y miseria heredada desde que desterraron a sus opresores, hace ya más de doscientos años, sólo para matarse y destruirse a si mismo con intención fratricida.

Un aleteo. El verdugo se detuvo en medio de la calle asquerosa y solitaria, los miserables dormían. Un hombre a sus espaldas rompió el silencio mortal de la ciudad.

– ¿Puedo preguntar que haces aquí, Amel? – dijo con una voz suave y melodiosa. Las alas se silenciaron pero el hombre, al que se refirieron como Amel, no se volvió a mirar a su repentino acompañante.

– Te podría preguntar lo mismo, Uriel – dijo el hombre de la gabardina mirando al cielo nocturno sin expresión alguna –, pero en tu caso es especialmente curioso. No todos los días se puede ver a alguien de tu categoría pasearse por lugares como estos.

Entonces se dio la vuelta y miró Uriel. Era un joven de cabello castaño cobrizo y ojos cafés, llevaba una anacrónica armadura, como las que Alejandro magno usaba cuando conquistó medio mundo. Pero lo más increíble de aquel alto joven eran las dos enormes y pulcras alas blancas plegadas en su espalda; no parecían hechas de plumas, sino más bien de un extraño metal brillante aun en las sombras de las calles sin iluminación publica. Era un ángel como él, pero no cualquier ángel, era…

– ¿A qué se debe la visita al mundo de los mortales de un tan prestigioso arcángel como tú, Uriel? – preguntó el hombre de gabardina.

– Creo que ya debería saberlo, Amel – contestó el arcángel sin prestarle atención al tono descortés y áspero del otro. Los ojos de Uriel y todo su ser desprendía un extraño brillo que iba más allá de lo natural – ¿Qué crees que haces con exactitud? Sabes tan bien como yo que no puedes seguir interfiriendo en el orden natural de las cosas. Las leyes son claras: No debemos actuar en este plano, para no desviar el curso de la justicia.

Pero el hombre de gabardina fue hacía él ángel y lo silencio con sus exclamaciones:

– ¿Acaso crees que a estas personas tendrán alguna vez justicia verdadera? – gritó tan alto que fue sorprendente que los refugiados en sus lechos de basura no se despertaran por el escándalo. Nadie pareció oírle, excepto Uriel.

– Puede que aquí no, pero si en el reino del Señor – contestó el otro, impávido.

– ¡Ellos no necesitan la justicia del más allá, la necesitan ahora. En este preciso instante se la ruegan a nuestro Padre, entre lamentaciones de hambre y  los sollozos por los ultrajes que han sufrido! – soltó Amel mirando con furia la calma chocante del otro ángel y su apariencia celestial, la cual hacía notar más las miserias de esta ciudad muerta.

– ¿Y enserio piensas que con lo que estas haciendo lograras darle justicia a esta gente? – preguntó Uriel tras una breve y pesada pausa – ¿crees que haciéndote de cuanto vampiro errante te encuentras cambiaras algo en el mundo?

– ¡Ellos contradicen la naturaleza, deben morir para ser juzgados!

– Los vampiros son recipientes vacíos – arguyó Uriel –, sólo son cuerpos malditos por siempre. Sus almas murieron en el momento en que sus ojos se llenaron de sangre. No tenemos nada que buscar de ellos, y tú lo sabes, Amel.

Ambos se quedaron en silencio, Uriel sin mostrar emoción alguna mientras que el hombre de la gabardina contemplaba al ángel con ojos de furia asesina.

– Mi nombre no es Amel – dijo el hombre de gabardina retrocediendo sin quitarle los ojos encima a Uriel – ¡YO SOY ALANEGRA!

Y sin más le aparecieron dos enormes alas de azabache que lo alzaron por los aires dejando a su estela plumas negras que flotaron perezosamente.

El amanecer se dejaba entrever en el horizonte de casas ruinosas y escombros. El ángel de la muerte lo observaba desde uno de los pocos edificios altos que quedaban en la ciudad, sentado en el borde y con sus enormes e imposibles alas desplegadas. Respiraba la paz de los que ya habían perdido todo lo demás. Era una imagen triste, la decadencia máxima del hombre, pero a su vez le infundía de una extraña fuerza.

A penas podía creer que, luego de tantas calamidades, desastres y tragedias, ellos siguieran levantándose cada mañana para buscar un futuro mejor; todos salían a las calles por el pan de cada día, aunque fuera viejo y rancio, indagaban entre los escombros por unos zapatitos por más raídos que estuvieran para cubrir sus pies descalzos, hacían lo que fuera necesario para proteger a sus familias… ese era el poder de la perseverancia del hombre, o su necedad para sobrevivir a las desgracias y era la única cosa que podía renovar las esperanzas de Amel para con la humanidad.

Mientras veía a como el sol matutino se alzaba despacio y le daba luz a la ciudad de los condenados él recordaba. La única parte de su vida eterna que le venía a la memoria cada vez que cerraba los ojos.

Aquella pobre pero hermosa mujer, abandonada y vulnerable ante las inclemencias de un mundo primitivo y salvaje, como es difícil de imaginar en nuestros días. La encontró en una árida planicie, desterrada de que fue su hogar por querer justicia. Ella era de largo cabello rizado, color de paja, que le llegaba a la mitad de la espalda, de rostro bellísimo y bronceado, pero todo palidecía a la hora de llegar a sus ojos, eran como él nunca los había visto antes: inteligentes y decidíos como no había igual.

Sabía su misión, mas titubeó al ver la indefensa víctima de la maldición. Se acercó a ella y sin más hizo el acto más monstruoso que en sus diez mil años de existencia había realizado.

– De nada sirve recordar aquel evento, Amel – dijo la voz de Uriel a sus espaldas. Alanegra se incorporó y, con un movimiento rápido de sus alas, le lanzó una lluvia de plumas azabache.

Uriel plegó sus alas frente a él que interceptaron las plumas parecidas a saetas mortales, como si fueran su escudo.

– Tú eres Amel, designado por el padre de todas las cosas como su Ángel de la Muerte – dijo Uriel volviendo a poner sus alas, blancas y metálicas, a ambos lados de su espalda –, eres su espada para completar el ciclo de natural, estar a sus órdenes y designios hasta que el tiempo llegué a su fin. Pero debido a tus faltas debes de ser castigados de forma ejemplar.

– Por lo único que debería ser castigado es por desatar este mal en la tierra, no por tratar de erradicarlo – dijo Alanegra sin inmutarse.

Uriel se acercó a él y, tomándolo por completa sorpresa, lo abrazó.

– Por el poder del Plano Superior, se te castiga a perder tus alas – dijo Uriel – ya nunca más se te conocerá como Alanegra, serás Amel por siempre.

El ángel de muerte perdió la fuerza de todo el cuerpo y Uriel lo soltó. Se dejó caer del edificio, intentó usar sus alas, pero estas de desintegraban y sus plumas negras se desprendían y flotaban mientras que su dueño caía al vacío.

La segura muerte de la Muerte.

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