Capítulo XLIX: La Cacería ha Concluido

Posted on 7 agosto, 2010

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“… Ahora no era otra cosa que un remitente lejano de tiempos mejores, sus torres desmoronadas, sus muros caídos y frisos cuarteados eran pruebas de que el tiempo no pasaba en vano para nadie… o al menos para nadie que siguiera las leyes de la naturaleza. Esa simple verdad le causaba un cierto pesar a William: Aunque hayan pasado cientos de años de que hasta el último ladrillo de ese castillo se hubiera partido y hecho escombro, mucho después de eso, él, un vampiro, un ser antinatural y grotesco, seguirá como es ahora, joven y sediento de muerte eternamente.”

William se detuvo entre unos matorrales. La ciudad de vampiros y horrores se había perdido en el horizonte, más él sabía que estaba mucho muy lejos de estar en un lugar seguro… podía sentir como algo, algo malo, se acercaba con velocidad sobrenatural.

Sus pies le pesaban tal como si fueran de plomo y concreto, y el infierno que se desataba en su pecho y garganta amenazaba con arrancarle la poca cordura que aún le quedaba. Pero nada de eso importaba, su mente sólo estaba enfocada en huir con ella, ponerla a salvo… Esos pasos lejanos pero que se acercan, completamente desarraigados de la tremenda velocidad en la que avanza, debía huir de esa cosa.

Isabel, pobre y dulce Isabel, se encontraba dormida entre los brazos de William, ha pasado por tantas cosas y ha estado tantas veces de llegar a su límite pero siempre lograba sorprenderlo, ¿Cómo era posible que una mujer de apariencia de frágil y delicada pudiera ser tan fuerte como ella?, ¿Cómo?

William se dio un instante para aminorar la marcha. Ya casi se podían adivinar los primeros rayos del sol de la mañana, faltaba poco para que toda esta locura termine. Pasó un par de arbustos frondosos y sintió como pisaba algo duro, muy diferente al suelo del bosque, sus pasos al caminar provocaban un leve chasquido. Salió de entre los arbustos, estaba caminando en una plaza adoquinada.

Más allá de los árboles y matorrales se abrió un amplio claro en el bosque. La plaza era atacada por insistentes brotes de hierba que se hacían un espacio entre los adoquines y piedras. En medio de la plaza abandonada se alzaba una estatua de un jinete. El imponente caballo de cobre azul verdoso se encabritaba eternamente parándose sobre sus partas traseras mientras el coloso del jinete, de expresión valentonada, sostenía con una mano las riendas de su bestia y con la otra su sable desenvainado.

A las espaldas de la estatua y mientras William se acercaba a esta, se extendían, primero una, luego dos y tres, después decenas y por último cerca de un centenar de viejas y derruidas chozas y casas grises y decadentes. La palabra “ciudad fantasma” nunca antes había resultado tan apropiada para calificar lugar alguno en el mundo. Y en segundo plano, como un gigante y moribundo centinela de eras pasadas, se dejaba ver sobre una alta colina un castillo.

Seguramente debió de verse esplendida aquella antigua fortaleza, una perla en lo alto de la colina. Pero ahora no era otra cosa que un remitente lejano de tiempos mejores, sus torres desmoronadas, sus muros caídos y frisos cuarteados eran pruebas de que el tiempo no pasaba en vano para nadie… o al menos para nadie que siguiera las leyes de la naturaleza. Esa simple verdad le causaba un cierto pesar a William: Aunque hayan pasado cientos de años de que hasta el último ladrillo de ese castillo se hubiera partido y hecho escombro, mucho después de eso, él, un vampiro, un ser antinatural y grotesco, seguirá como es ahora, joven y sediento de muerte eternamente.

William se apartó de la estatua y fue hacia la ciudad, sus pasos causaban un ligero eco, tanta era la soledad de todo este lugar oscuro y abandonado.

Con cada paso y cada silencio William sentía una extraña opresión en el pecho. Los techos derruidos, las paredes agrietadas, las casas en ruinas y los objetos desparramados en todos lados, abandonados por sus dueños, todos y muchos otros objetos que presentaban una apariencia dolorosa le hablaban, le contaban sus historias sin palabras.

De una forma inesperada y que envolvió cada uno y todos sus sentidos, las imágenes llegaron a los ojos y mente de William.

Sin saber como, él supo y comprendió que en tiempos pasados este fue un pueblo prospero y feliz, las terribles guerras entre hermanos ya habían concluido… todo parecía propició para esas pobres almas que sufrieron en nombre de sus creencias. Pudieron reconstruir su humilde pueblo y construyeron una hermosa estatua para su salvador y monarca.

¡Larga vida a Vlad III, hijo de Dracul!, gritaban.

Con los años los horrores de la guerra, la tortura y el genocidio quedaron en el olvido o por lo menos se alejaron de sus moradas. Su centinela, su guardián moraba en la colina y los protegía de los males que pudieran llegar…

O al menos eso pensaron…

Nadie sospechó nada durante los primeros días, pero las muertes de jóvenes, doncellas y niños mientras dormían los aterraban. Nada más había un indicio de la causa de sus penosas muertes: Dos marcas blancas y redondas en el cuello de las víctimas.

El terror y la desesperanza se adueño del pueblo… y entonces los demonios fueron lanzados del infierno para atormentarlos. Cientos de bestias con apariencia humana y ojos de sangre salieron de los bosques y se saciaron de toda persona, hombre mujer o niño que  no hubiera conseguido hacerse de una cruz o de un lugar en el cual refugiarse.

Cuando los rayos del sol sobresalieron de las montañas lo que vieron los pocos y aterrados sobrevivientes les desgarró el corazón. Sus hijos, hermanos, padres y esposos estaban tirados, cual basura, en toda la plaza, en las azoteas y en sus casas. Muertos, todos muertos. Muertos en las callejas, muertos en las alcobas y recamaras, muertos en todos lados, muertos en las alma de los vivos… para esa misma tarde se fueron de aquel valle que los acogió por generaciones, para más nunca volver.

Los vampiros habían iniciado su reinado.

William se estremeció al pasar por las casas abandonadas y derruidas de los antiguos pobladores que murieron por causa de la llegada de los vampiros. Casi podía escuchar sus voces, sus lamentos, sus llantos y pesares suspendidos en el tiempo para siempre.

Entonces fue arranco por su letargo, ¿Cómo es posible que un sonido tan simple puede tener un efecto tan paralizante en él?

Se quedó paralizado, ya sabía lo que significaba aquel chasquido metálico. No intentó moverse o escapara… por curioso que le pareciera esta vez estaba dispuesto a atender a la llamada de su verdugo. El cañón de la escopeta se apoyó en su nuca, no podía ni quería escapar.

– Tarde o temprano llegaríamos a este punto, ¿no es así Blade? – preguntó William sin moverse ni un milímetro, inconscientemente apretó los dedos tono al brazos y pantorrillas de Isabel. Ella seguía dormida –: Ya no hay más lugar donde esconderse o escapar… ya terminó el juego este juego del gato y el ratón, la cacería ha concluido.

El cazador se quedó en silencio por un instante, parecía una estatua inamovible.

– ¿Por qué hiciste todo esto? – preguntó el cazador por fin – antes de que te vayas a lo más profundo del infierno quiero que me respondas qué te llevó a todo esto: eres un maldito vampiro, ¿Qué razón tenias para hacer todo esto?, ¿Para qué fuiste a Ruan?… ¿Por qué mataste a Aramis?, ¿Por qué?

William se dio la vuelta lenta y quedamente. Encaró al cazador sin el menor temor en los ojos. Blade miró a la dormida Isabel y luego enfocó los ojos en William, siempre apuntándole a la cabeza.

– ¡Respóndeme, con un demonio!, ¿Por qué convertiste a Aramis en una bestia como tú?

– Hace alguna diferencia si sabes o no quien mató a Aramis, no es mejor sólo culparme de todo y acabar con esto de una buena vez. ¡Vamos, Blade!, esto es lo que has deseado desde hace meses. Acabar conmigo, destrozarme, no dejar ni rastro de que una criatura inmunda como yo hubiera existido alguna vez, ¿no es cierto?, ¡Entonces cumple con tu cometido!

Blade se quedó en silencio, inmóvil y con los ojos puestos en William. Cuando de pronto… una mano tomó el cañón de su arma y la apartó de ellos.

– Por favor no hagas esto, Blade… William no fue, él no fue.

Fue Isabel quien habló, por un instante miró a Blade con ojos suplicantes antes de volver a caer en un sueño profundo. Ambos, Balde y William, se quedaron en silencio y mirándose mutuamente los ojos. Era como si nunca antes se hubieran visto verdaderamente o es que había algo que cambió sus perspectivas completamente. Si, era eso. Ella los unía de una forma incomprensible para ambos.

– Aún no has contestado mi pregunta – comentó Blade con resignación bajando, de una vez por todas, su arma – ¿Por qué hiciste todo esto?, por qué correr tantos peligros, por qué viajar por medio mundo tan sólo para parar a Ruan, ¿Por qué te la llevaste contigo?

William se quedó en silencio, pensativo, un par de segundos antes de hablar.

– Supongo que esto te parecerá absurdo y hasta estúpido, pero hice todo esto con tal de… con tal volver a ser quien era antes. Creo que me salió mal el plan. No descubrí ni como es que obtienes la fuerza ni una forma para matarte, ni siquiera pude cumplir la promesa que le hice a ella de protegerla de todos los males que, cual si fuera Pandora, abrí para ella. Sin duda conseguí lo que quería, volví a ser como era antes. Cambié pero no cambié en nada: No soy más que un vampiro mediocre que intenta fingir ser un humano.

>> Supongo que viniste a matarme, si no era así ¿para qué venir a la cueva del lobo?, creo que ya te he dado razones suficientes para querer acabar conmigo. Nada más te pido que, antes de que lo hagas, me dejes llevar a Isabel a un lugar donde ninguno de esos monstruos pueda volver a hacerle daño. Sólo te pido eso.

Otra vez el silencio. Los pasos, los pasos habían regresado para atormentar a William de nuevo… se estaban acercando, al igual que esa presencia.

– Sé lo que piensas, Blade, porque yo también lo he pensado – agregó William al ver que el cazador no decía nada –. Más de una vez me he dicho que no importa lo que haga o diga no puedo cambiar lo que he hecho y en lo que he convertido su vida. Pero si hay algo que he descubierto estando con ella es que, sin importar que tan horrible sea lo que haya hecho en mi vida pasada, siempre se puede obtener la redención. Creo que es eso lo que me diferencia de los demás seres de mi especie: El querer ser perdonado por mis crímenes, aunque sé que nunca lo conseguiré.

Los pasos.

Tic tac, tic tac…

Se hacían cada vez más fuertes.

– Ahora te toca a ti responder a mi pregunta, ¿para qué viniste a este lugar olvidado de Dios? – preguntó William. Los pasos empezaban a desesperarlo.

Blade se quedó en silencio un rato más antes de por fin decir algo.

– Porque le prometí a Aramis antes de morir que la salvaría de ti o de cualquiera que fuera quien la estuviera amenazando.

Entonces los tronco a lo lejos crujieron y los escombros desprendieron tierra y escombros. Algo enormemente poderoso acababa de llegar. Balde y William miraron a la plaza. Un ejército de muertos vivientes se aprecia de entre los árboles; con sus rostros demacrados, sus cuerpo inutilice y sus ojos carentes de toda vida o conciencia. Y entre ellos se abría paso una figura encapuchada y nefasta, era el Rey del Terror.

El cazador se dio la vuelta y fue contra ellos.

– ¡Vete de aquí, yo los detendré lo suficiente! – gritó sobre su hombre a un William paralizado, este último se dio la vuelta y corrió colina arriba. Hacia el castillo.

Los muertos se movían con pasos torpes e imposibles para personas vivas pero que a su vez resultaban increíblemente seguros y fluidos. Blade disparó ronda tras ronda de su escopetas a sus enemigos, al tiempo que se lanzaba contra ellos, eventualmente se quedó sin municiones; por lo que sacó de su abrigo, luego de arremeter un buen par de golpes, que fracturaron algunos cráneos, con la culata de su escopeta, un par de pistolas que disparó contra las oleadas de zombies que se lanzaban contra la plaza. Con cada disparo uno de esos muñecos caía al suelo, mas otros tres parecían tomar su lugar.

Así sin más fue rodeado en segundos, por lo que debió soltar sus pistolas y recurrir al combate cuerpo a cuerpo. Desenfundó su cuchillo y empezó a desgarrar a todo muerto viviente que se le acercaba. En un abrir y cerrar de ojos la sangre y las partes a medio pudrirse comenzaron a esparcirse por el suelo agrietado. Lo estaban rebosando, asfixiando.

Con mucho esfuerzo se abrió paso entre las legiones de muertos y logró subir a la estatua. Los seres se apiñaban y golpeaban contra el pedestal de la estatua pero no podían alcanzarlo. Blade tenía que idear un plan y rápido. Es cuando se da cuenta que en algún momento entre el forcejeo y la lucha le habían arrebatado su sobretodo.

Una silueta se lanzó por los aires y fue directo hacia él. La estatua se hizo añicos y Blade rodó por el suelo entre los restos de los muertos vivientes que volvieron a su estado inerte e inanimado. El conjuro que pesaba sobre ellos se había roto.

El cazador se levantó sosteniendo todavía su cuchillo. Miró a la plaza y sus ojos se enfocaron de inmediato en la alta figura vestida de negro y encapuchada.

– ¿Quién eres tú? – gritó él pero no tuvo respuesta.

Blade se lanzó contra la figura, la cual avanzaba lentamente hacia él. Le lanzó una puñalada, pero el ser atrapó su muñeca y lo lanzó por los aires. Cayó de nuevo al suelo, un hilo de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios. Se incorporó a toda velocidad y fue otra vez contra aquella silueta que otra vez lo derribó. El dolor punzante y la falta de aire lo embargaron, se le había roto una o varias costillas.

Se volvió a levantar y fue otra vez al ataque, su paso era lento y sus fuerzas habían sido mermadas. El efecto de su última dosis de sangre se agotó. El ingenuo ataque del cazador fue bloqueado por su enemigo encapuchado, quien apretó con tanta fuerza la muñeca de Blade que terminó soltando su puñal.

– ¿Qué eres? – preguntó airadamente el cazador lanzándole un puño a la mandíbula al encapuchado que tan sólo tuvo que lanzarlo lejos de él para evitar el golpe.

Blade cayó de espalda y, de algún lugar en lo profundo de su ser, consiguió las fuerzas para levantarse. Miró con intensidad a su agresor y aunque no podía verle el rostro, pudo sentir como sus fríos ojos se posaban en él.

– ¿Cómo es posible que ya me hayas olvidado, Demis? – preguntó el encapuchado con una voz fría y deshumanizada – toda una vida de cazar monstruos y enfrentarse a las bestias más temibles de la creación, todo para encontrarme, y ahora que estamos cara a cara de nuevo no me reconoces… debo decir que eso es una falta de respeto.

La figura levantó sus manos blancas y demacradas y de un solo golpe se quitó la capucha. Los ojos de Blade se abrieron como platos al ver aquel rostro pálido, ese cabello largo y rubio platinado y esos ojos rojos y carentes de todo sentimiento humano. El rostro de Baphomet era mucho más espantoso y horrible para él que para cualquier otra persona en la tierra.

Lo había encontrado… toda una vida de cacerías por fin ha concluido.

– Tú… tú… fuiste tú – tartamudeó Blade retrocediendo, invadido por el terror, se trastabilló y cayó al suelo.

– Al fin recuerdas, ¿verdad Blade?, ¿o debería llamarte por tu nombre, Demis? – preguntó Baphomet acercándose, paso a paso, al atemorizado cazador – tantos años han pasado y todavía puedo sentir como el cuello de tu padre se despedazaba entre mis dedos, ese sonido me invade cada vez que cierro los ojos… y tu madre…

– ¡Maldito, te mataré! – gritó Blade incorporándose y lanzándose contra el vampiro que lo volvió a arrojar al suelo.

– … Si, cómo olvidarme de tu madre. Su sangre fue la más deliciosa que he probado en mucho, mucho tiempo. Como disfruté arrancarle la vida con cada sorbo de su sangre caliente y apetitosa.

>> Ahora mi plan esta por completarse y ni tú ni tu amigo vampiro me podrá detener… por lo que sólo te quedan dos opciones, Demis: O te dejas de estupideces o sufrirás como nunca antes has sufrido en toda tu existencia, luego te convertiré en uno de mis acólitos y harás todo cuanto de ordené… incluso matar de la manera más sádica posible a tu linda y adorada Marina, ¡Oh, si!, ¿acaso creías que algo se me escaparía a mi, El Rey del Terror?

>> Yo he estado en esta tierra desde antes de que la escritura fuera inventada y seguiré aquí mucho después que tu y todo lo que has conocido no sean más que polvo, escombros y memorias olvidadas. Yo soy lo eterno…

Baphomet se quedó a un metro escasamente de Blade, sus ojos parecían asustados, los de un niño a punto de ser azotado. El cazador metió la mano de su chaleco y sacó un pequeño interruptor negro.

– Prefiero continuar con las estupideces – dijo por fin Blade presionando el botón rojo.

Y lo último que supo William del cazador fue que una nube de polvo grisáceo que se elevó por los aires en la inconfundible forma de hongo… pero ya no había tiempo para preocuparse de él, el amanecer estaba más cerca que nunca y debía alejarse lo más posible de aquel campo de batalla.

Notas: esta se podría considerar la batalla final o algo por el estilo.

Como se podrán imaginar, yo escucho a mis lectores, el último capítulo si que será en las ruinas de un castillo.

Falta sólo un capi… Dios, la espera me corroe la tripas… eso si que sonó grotesco.

Si viajamos en el tiempo, cuando mis escritores eran más tontos que ahora, recordaremos que William fue a Ruan a buscar una forma de matar a Blade y todo eso, pero en un descuido cósmico de mi parte, todo dio un giro absurdo y ya sabes lo que pasó…

Me quise poner filosófico y dejar un mensaje, pero creo me faltó algo, creo fue en la conversación entre Blade y William. No sé, ¿Qué dicen, me faltó algo?

La imagen simplemente me fascinó.

Por otro lado les debo decir que el capítulo final será tan grandioso que no tendrá notas, por lo que en este capi dejaré en claro lo que haya que decir.

No, Isabel no se muere con el suceso en cuestión.

No, William volverá a aparecer.

Si, es Héctor.

Y… no puedo decirles si Blade esta vivo o muerto, deben esperar a ver que pasa.

Además que posiblemente el capi final no sea tan largo como quisiera.

Eso creo que es todo.

Siguiente Capítulo

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