Capítulo XLVIII: El Bosque de los Condenados

Posted on 4 agosto, 2010

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De los cuervos, sus plumas, sus picos y ojos, patas y alas, al tiempo que se acumulaban y esparcían en el trono, fue apareciendo una silueta humana. Una criatura amorfa y oscura que se desparramó en el asiento. Sus gelatinosos miembros se definieron, la masa oscura fue formándose en ropas igualmente negras y lo que era una cosa repulsiva terminó siendo un hombre inmensamente pálido, de cabello rubio platinado y ojos terriblemente fríos y teñidos de sangre. Era él, el soberano y patriarca eterno de todos los vampiros pasados, presentes y futuros…

<<Es hora de que despiertes, mi gema>>

Esa voz tan calida y suave, ese clamor tan dulce, esa luz que parecía emanar de cada silaba pronunciada la sacó de su letargo. Pero cuando abrió los ojos el paraíso ideal e imaginario en el que se refugió, de repente, se le escapó entre los dedos.

Había vuelto a la realidad.

Estaba tumbada a lo largo, en un piso de piedra frío y duro. Intentó levantarse, las cadenas chirriaron. Su tobillo estaba atrapado por un grillete. El olor era algo insoportable y penetraba su nariz. Una mezcla de carne en descomposición, sangre y mugre, mezcladas de una forma tan grotesca que impregnaba, saturaba, el aire. Cuando abrió los ojos el horror le recorrió cada célula de su ser.

Se encontraba en una estancia, más larga que ancha, sin ventanas y con una sola salida. Una enorme puerta de acero. La poca luz del lugar provenía de antorchas humeantes en las cuatro esquinas de la sala que lleva a un pedestal donde se corona un trono de granito espléndidamente tallado. O lo hubiera sido de no haber estado donde en efecto está. Isabel se echó contra la puerta, estaba cerrada, inamovible.

Se puso llorar desconsoladamente.

Donde estaba el trono de piedra había un puente, también de piedra que llevaba a la puerta, pero a ambos costados de la estancia y sobre el puente yacía un espeluznante lago rojo carmesí. Un lago de sangre profundo y pestilente. En la superficie Isabel, a pesar de tratar de apartar la mirada, pudo ver decenas de cadáveres flotando en su propia sangre. Todos pálidos, esqueléticos, de ojos hundíos y en estado a putrefacción.

¿Cuántos murieron?, ¿Cuántos han perecido por el hambre monstruosa de los vampiros?

Isabel lloraba, lloraba por ellos, por todos los condenados que murieron y quedaron sumergidos para siempre en un lago formados por ellos mismo. Lloraba las lágrimas que ellos habían derramado, su llanto era el mismo llanto que el ellos, el mismo que lanzaron a los cuatro vientos en un intento de derretir el corazón helado y muerto de sus verdugos… sólo pensar en eso le desgarraba el alma.

– No llores más… pronto todo habrá terminado – fueron palabras de tono y voz infantil, susurros al oído de Isabel.

Una especie de maleficio en esa voz la hizo dejar de llorar de repente. Se incorporó asustada pero curiosa. Buscaba con la mirada la fuente de esas palabras consoladoras y siniestras en su significado, cosa que no le pareció para nada contradictorio. Se le hacían canciones de querubines, de espíritus o de su mente que por fin cayó en el abismo de la enajenación, ¿era eso, por fin se había vuelto loca?

– No… no estas loca – respondió la voz, ¿habían leído su mente o es que en su confusión estaba pensando en voz alta?

De detrás del respaldo del monumental trono de piedra salió, con lo brazos en la espalda y mirando a techo, un niño de no más de once años; con el cabello negro azabache, la tez blanca y el perfil inocente y perfecto. Isabel pensó que era un diminuto ángel que estaba aquí para rescatarla… o al menos hasta que el niño la encaró, dejando ver sus ojos escarlatas y por completo vacíos. Era un vampiro.

La sangre se le congeló a Isabel al ver como el niño demonio bajaba del pedestal para ir hacia donde ella estaba. Sus piececitos descalzos chapoteaban cuando pisaban y su apariencia engañosamente inocente y desprotegida le daba, sin lugar a dudas, un aspecto mucho más monstruoso que los demás vampiros que ella había visto.

¿Qué clase de ser retorcido le hace eso a un niño?

– No debes temer… todavía – dijo el niño vampiro con ojos dulce, pero vacíos, tan parecidos a los que yacían en el lago de sangre que se extendía bajo el puente de piedra – pronto mi rey llegará y la razón por la que has nacido te será revelada… pronto, la llave nos abría el portal y nuestro señor reinará por el tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo.

El vampiro le acarició la mejilla. Sus manos eran fuertes, pero suaves y delicada, como si fueran de granito envueltas en seda. Afuera pudo escuchar un tumulto. El niño se apartó de ella como un fantasma.

Hubo una tremenda explosión y una nube de polvo que la envolvió, por poco y la puerta le hubiera caído encima, esta salió volando contra el niño vampiro que la esquivo sin el menor problema, la puerta cayó destrozando parte del pedestal, mas sin dañarse el trono en lo más mínimo.

De la nube de polvo salió William. Sus ropas estaban sucias y rasgadas y su rostro, por completo desencajado, hacía notar de manera aterradora el odio y miedo que lo poseían. Sus ojos rojos y furibundos fueron de Isabel al niño en menos de un pestañeo. Y cuando ella volvió a abrir los ojos él ya estaba del otro lado de la sala.

Con demencial velocidad arremetió contra el niño vampiro. Este esquivó sin problemas el zarpazo de William a su rostro haciendo aparecer unas enormes alas rojas y brillantes que, de un solo aleteo, lo levantaron por los aires para luego dejarse caer sobre el espaldar del trono negro, como un ángel sangriento e imponente.

– ¿Crees que con un ataque tan simplón como ese pueda contra mí, Amón, el príncipe de la ira? – preguntó burlonamente el niño vampiro. Sus ojos de pronto se llenaron de odio y luego de sorpresa.

Una fuerza lo golpeó desde su espalda y lo lanzó hacía adelante. William fue hacía él y logró darle un buen golpe en la mejilla que lo lanzó hacía el lago de sangre. Pero el niño se desintegro en la niebla y volvió a aparecer de espaldas a William.

– ¡Como te atreves, TE MATARÉ! – gritó antes de lanzarse contra William. De sus manos se desprendieron centellas rojas.

William se volteó a tiempo para esquivar el ataque. Su chaqueta rozó la mano chispeante de Amón y esta, simplemente, se desintegró, esfumada. Sin rastros de quemadura ni nada, nada más dejó de existir.

Él se echó para atrás, esquivando los ataques del niño vampiro que le corroían más partes de la chaqueta que terminó cayéndosele de los hombros. William se puso de lado y logró ganarle el perfil de Amón, tomó al niño por el antebrazo, esquivando sus manos chispeantes y lo alzó del suelo. El niño primero lo miró con ojos asustados, pero luego cambió la expresión a una sonrisa sórdida y aterradora, llena de oído. El brazo entero de Amón se encendió en relámpagos rojizos que apartaron a William de él.

El príncipe de la ira se quedó parado en el mismo lugar mientras que William fue deslizándose un par de metros más lejos.

Un hilo de sangre se deslizó por la mano de William. Miró de su mano al niño vampiro completamente atónito. Su mano y parte del antebrazo estaban chamuscados, se podía ver el músculo, aquellas fibras rojizas, y más abajo los huesos. Era un dolor penetrante y horrible. Su piel no sanaba, era como una quemadura infernal, una herida eterna.

Apenas dándole tiempo de responder el demonio de la Ira fue otra vez contra él, con las garras destellando otra vez relámpagos tenues y rojizos. Pero una voz lo detuvo de pronto.

– Déjanos solos, Amón – dijo.

El niño vampiro de pronto recuperó la compostura, regreso a su estado cuasi angelical, hizo una reverencia a nadie en especial y se esfumó envuelto en una nube de neblina.

William fue corriendo hacía Isabel y, con la mano saludable, rompió el grillete que la aprisionaba. Ella hundió la cara en el pecho de él, en parte para no tener que ver más aquellos cadáveres suspendidos en el lago de sangre y en parte por la franca alegría de saber que William vino a por ella.

Pero su calma duró poco.

En todos lados y direcciones aparecieron cúmulos de niebla negra, un humo oscuro y espeso, no mayor al tamaño de un puño y que no se evaporaban. Los cúmulos se arremolinaron alrededor de William e Isabel. La mano chamuscada empezaba a cicatrizar, pero muy lentamente al tiempo que esta sangraba profusamente.

– Quédate detrás de mí – le ordenó William a Isabel. Con cada vuelta el torbellino negro tomaba más consistencia hasta que se pudieron escuchar lo aleteos, los manchones de niebla negra se convirtieron en una parvada de cuervos. Una sola conciencia en cientos de cuerpecitos, las aves de pronto dejaron de danzar en torno a los dos y fueron contra el trono de granito.

De los cuervos, sus plumas, sus picos y ojos, patas y alas, garrar y colas, al tiempo que se acumulaban y esparcían en el trono, fue apareciendo una silueta humana. Una criatura amorfa y oscura que se desparramó en el asiento. Sus gelatinosos miembros se definieron, la masa oscura fue formándose en ropas igualmente negras y lo que era una cosa repulsiva terminó siendo un hombre inmensamente pálido, de cabello rubio platinado y ojos terriblemente fríos y teñidos de sangre. Era él, el soberano y patriarca eterno de todos los vampiros pasados, presentes y futuros…

Era Baphomet, el Rey del Terror.

Luego, silencio.

Haciendo todo lo posible para controlar sus emociones, en especial para dominar un miedo paralizante que lo atacaba, William  fue hacía su último y sin lugar a dudas más poderoso enemigo. Dispuesto a matar o morir. Baphomet tan sólo tuvo que levantar una de sus manos blancas y fantasmales para hacer que William no sólo se detuviera, sino que además fuera jalado por cadenas invisibles hacía la pared contraria. Isabel simplemente se quedó pasmada, sin creer lo que veían sus ojos. Se tiro al suelo, aparentemente, abatida, derrotada.

– ¿Cómo? – gritó William fuera de sus casillas e intentando librarse de sus ataduras intangibles.

– Me sorprende que no sepas hasta que punto pueden llegar los poderes de un Hijo de la Noche – comentó Baphomet con una voz vacía y deshumanizada mientras se levantaba de su trono con ligereza –. Se llama necromancia, muchacho estúpido, el arte mágico de controlar a los muertos a voluntad…

Tras decir eso el monarca vampiro chascó los dedos y de las profundidades del lago de sangre salieron los muertos. Sus movimientos eran toscos, como si fueran marionetas controladas por un torpe titiritero. Sus cuerpos, enclenques y pálidos, mostraban los estragos de la muerte. Todos mostraban las dos grotescas marcas en sus cuellos, justo por donde les habían arrancado la vida.

La horda de bestias sin alma se apiñaron en el puente e hicieron que perdiera de vista a Isabel. Él se retorció con más violencia, pero nada, como si la pared y él fueran uno.

– Nada más hay una diferencia entre ti y estos engendros de la naturaleza, William, ¿sabes cuál? – prosiguió Baphomet alzándose por entre su ejercito de difuntos –, que tú has logrado hacer algo que ha nuestra raza le ha sido velado: el evolucionar.

>> De alguna manera has podido caminar impunemente entre los humanos a la luz del sol. Eres único, William. Por eso es que sigues con vida todavía. Gracias a ti nuestra última debilidad será vencida. Cuando por fin mi plan este completo y mi señor allá por fin escapado de su prisión llegará a este, su reino, y yo, su general, mandaré sobre un ejército de demonios diurnos… y todo, te lo debemos a ti…

William estaba mudo, su mente hecha gironés no podía cumplir con la simple función de unir palabras. Únicamente se limitaba a negar con la cabeza.

– ¿Acaso no lo crees? tan sólo piénsalo. Si no fuera por ti no hubiéramos recuperado la valiosa carta que Gabriel, hace ya tantos siglos no arrebató. Y más importante aún, si no fuera por tu imprudencia no hubiéramos sabido de tu querida Isabel y su poder… ella es ahora nuestra llave. La Maldición de la Sangre, como tú y esa humana llamaron al poder de la noche, ahora la has transfigurado en la Solución Final para todos aquellos que moraban bajo su maleficio.

El silencio de los no vivos, no muertos se adueñó del salón hasta que…

– ¡Yo no contaría con eso! – gritó Isabel terminando de dibujar el círculo de transmutación, el único que había aprendido de memoria, hecho con la sangre de William que le había bañado las manos. Apenas estuvo terminado éste comenzó a brillar y una enorme honda expansiva lo arrasó con todo.

Los muertos vivientes fueron destrozados, hechos añicos y partes irreconocibles, los muros se agrietaron  y las antorchas se apagaron.

William se liberó del hechizo de Baphomet y fue corriendo a por Isabel. El Rey del Terror lo encaró. William le lanzó un puñetazo con el brazo lastimado y de pronto, sin saber como, este se volvió una navaja que golpeó al monarca vampiro por completo sacado de base. Un escape milagroso. Aquella arma sangrienta duró menos de un segundo y cuando se esfumó William se sintió terriblemente agotado.

¿Qué fue eso?

– ¡Que no escapen! – gritó Baphomet incorporándose en un tris.

Pero él ya se había lanzado de espalda contra un muro agrietado, protegiendo el cuerpo de Isabel con el suyo, el cual terminó cediendo. Lo siguiente que supo fue que caían de uno de los flancos del castillo. Más a lo lejos se podían adivinar los primeros rayos de amanecer. Aún quedaban esperazas.

Cuando cayó, junto con Isabel, lo hizo sobre un extraño bosquecillo que lindaba del castillo. Algunas ramitas le salpicaron en la cabeza y él miró de arriba abajo en donde se encontraba. Era un bosque cuyo forraje no era verde, si no obscuro, las ramas no eran rectas, sino más bien nudosas y entrelazadas, no había frutos, sólo espinas venenosas. Un agudo y suave llanto hacía eco en el lugar, debía de ser Isabel. Pobre. De seguro esta agotada.

William fue corriendo por el bosque a toda la velocidad que le permitía su cuerpo cansado y el denso amasijo de ramas y follaje. Con el paso de los segundos el llanto se hizo más y más fuerte e Isabel se aferraba con más fuerza del cuello de su camisa. Entonces algo, un aroma para ser precisos, lo detuvo. El inconfundible hedor de la sangre humana, pero no era la de Isabel.

Un escalofrío le recorrió la espalda, se volteó y ambos vieron como, de las ramas que habían roto para hacerse paso, manaba aquel líquido escarlata.

– ¿Por qué nos hacen esto? – preguntaron al mismo tiempo cientos de voces tristes y apesadumbradas, las voces de los árboles que lloraban desconsoladamente.

– ¿Qué ocurre, William? – preguntó Isabel mirando los extraños troncos de apariencia mortecina con terror.

Qué pasó…

Quiénes son…

Dónde estamos…

Preguntaban una y mil veces, entre sus lamentos, el bosque. Las hojas en las copas se agitaban.

– ¿Qué ocurre? – gritó a todo pulmón imponiéndose a los llantos incesantes – ¿Quiénes son ustedes?

Hubo un breve silencio y otra vez las voces hablaron, todas al mismo tiempo y ritmo.

– Somos el Bosque de los Condenados… una vez fuimos seres humanos, hombres y mujeres como ustedes, pero por culpa del emperador de todos los monstruos y su consorte diabólico somos lo que somos. Somos el Bosque de los Condenados. Ahora padeceremos siendo el sustento de los vampiros por el resto de nuestro eterno tormento. No vemos ni sentimos más que el dolor… somos el Bosque de los Condenados.

– ¿Quién les hizo esto?

– El mago… sólo lo conocemos por el nombre de “El Señor Tenebroso Nabreius”. Sus ojos eran los de una serpiente sangrienta y su lengua viperina pronunció los maleficios que convirtieron nuestra carne en madera y dolencias…

Pero William apenas escuchó esas palabras, puesto que estaba corriendo de nuevo. No faltaba mucho para el alba, para su salvación, y debía procurar la mayor distancia entre la mansión de los dolores y ellos. El dolor le corroía la mano, pero sabía que pronto terminaría de sanar.

Antes de irse para siempre de aquella casa del horror miró el Bosque de los Condenados tras de su hombro y el dolor le volvió a invadir, mas esta vez era un dolor que recibía en su corazón. El dolor de saber que tantas almas inocentes sufrirían un destino peor que la muerte y que no podía hacer nada para evitarlo… una lágrima de escarlata le surcó la mejilla al saber que nunca podría liberarlos de ese oscuro destino.

Notas: Aunque me encantó la aparición de Baphomet, creo que me excedí un poquito, ¿Qué creen ustedes?

El bosque de los condenados, en su descripción y concepto, esta inspirado en el castigo que reciben los que se suicidan según Dante en su Divina Comedia.

La frase la solución final… ¿no creo que sea necesario mencionar que es como Hittler le llamaba al exterminio sistemático y brutal de los judíos, o si?

Además la frase de Amón: Tiempo, Tiempos y la Mitad de un Tiempo es una referencia bíblica, esa frase aparece dos veces, en dos libros de la biblia (libro de Daniel y las Revelaciones), siendo considerada por el una de las más grandes mentes de la historia – Isaac Newton – como esencial para predecir la fecha del fin del mundo.

El Señor Tenebroso Nabreius, nombre que es la mezcla del nombre de dos demonios, tendrá un papel muy importante de ahora en adelante, aunque no sabría decir hasta que punto y cuando empezaría su relevancia, el punto es que la tendrá. Y para los que no lo dedujeron, él es la misma persona que creó los Inferius en París y quien vio Blade en las catacumbas.

Estoy por completo conciente que la pelea fue algo absurda, William no creo que hubiera sobrevivido de no ser porque le he tomado algo de cariño y que lo necesitó para las siguientes aventuras, pero trate de no hacérsela tan fácil.

Nada más quedan dos capítulos y todavía queda mucha tela por cortar… el telón está por caer…

Siguiente Capítulo

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