Capítulo XLVII: Hijos de la Luna, Hijos de la Noche

Posted on 31 julio, 2010

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¿Qué tiene esta humana que te hace querer destruirla? – preguntó Elizabeth volviendo a tener aquella sensual y serena expresión –. Dime, William, ¿le harás lo mismo que le hiciste a Gabriel? Te aprovecharas de ella, de su confianza y poco a poco la irás secando… pero no sólo le arrebataras la sangre. También le quitaras sus sueños, deseos, su ser y hasta su deseo de vivir. Y entonces sólo entonces dejaras que termine su miseria, ¿verdad que harás eso, William?

La peste no le dejaba descansar. Le taladraba la nariz y le revolvía el estomago. Aunque tampoco le permitía cerrar los ojos la enorme y desesperada presión que le oprimía el corazón muerto.

William estaba hundido en lo más profundo de la desesperación.

Se la habían llevado de su lado, y no había hecho nada para impedirlo. Recordaba una y otra y otra vez aquel momento, al tiempo que golpeaba el suelo de la inmunda celda de piedra en la que lo encerraron. Había dejado una visible mancha roja en donde ponía el puño, pero hace tiempo que dejó de sentir dolor al hacerlo.

Cuando entraron en el nido de monstruosidad que era la Ciudad Muerta el terror le recorrió la espina dorsal. Habían sido llevados a una dantesca escena de una plaza adoquinada, coronada por lo que parecía ser una fuente. Vampiros, de todos lugares y tiempos, los estaban esperando. En las torres, en la plaza, en las escaleras y portales, en todos lados se encontraban, cual parvada de fatalidad. Algo de importancia trascendental debe de estar ocurriendo en estos momentos para haber reunido tantos bebedores de sangre en un solo lugar.

Cientos de ojos escarlatas tenían su mirada fija, no en William, en Isabel.

Las palabras de Edward no podían ser ciertas. No, todo era una mentira.

Una fragancia en particular lo cautivo de inmediato. Ese aroma lo hechizaba. El inconfundible olor a oxido metálico y delicioso, la esencia misma que representa el mayor de sus placeres y la peor de sus penas. Era sangre.

El aire, intoxicado por completo con ese olor, le enchinaba la piel cada vez que respiraba. Pudo intentar de aguantar la respiración, pero ese aroma… era tan tentador y divino que simplemente no podía dejar de olerlo. Isabel también podía percibir la peste a sangre, y le desagradaba por completo. Pero estaba demasiado asustada e impactada por la legión de vampiros que no pudo ni moverse.

Cruzaron por el centro mismo de la plaza. Pasaron al lado de la fuente. El aura seductora le llenaba los pulmones a William. Isabel, a quien apenas percibía, se encontraba por completo horrorizada. Con los ojos turbados veía como la fuente escupía aquel líquido carmesí. Borbotando y cayendo al estanque de piedra.

Como deseaba William esa sangre. Cada célula de su ser le ordenaba que se metiera de lleno en ese estanque rojo, beber hasta reventar, hundirse para siempre y más nunca salir. Era tan tentadora… era sangre humana…

¿Cuántas personas, víctimas inocentes, habría tenido que morir para llenar ese estanque del horror?

Los chorros de tibia sangre se elevaban por los aires con el ritmo de un corazón acelerado. Pasaron por fin la fuente, para alivio de William, quien estaba al borde de perder el control de su cuerpo. Se adentraron en una estancia oscura y apestosa, a heno y estiércol de caballo. La boca pestilente de un animal salvaje, y ellos eran su aperitivo. Las sombras eran casi absolutas, pero eran mitigadas por la luz anaranjada de una que otra antorcha, esparcidas por las paredes.

Un grupillo de vampiros harapientos abrieron la jaula y sacaron a los prisioneros. William intentó detenerlos, pero eran demasiados y lo doblegaron antes de que pudiera defenderse. Los llevaron en silencio por corredores en penumbra y llenos de la peste de la humedad. William sólo podía ver la espalda de sus captores y el suelo por donde caminada.

De pronto y sin que se diera cuenta, llegaron a una bifurcación. Y fue cuando los separaron. A él lo llevaron al camino de la izquierda y a Isabel a la derecha. Isabel gritaba, intentaba soltarse de ellos, pero no pudo.

No podía perdonárselo, no, no podía. No hizo nada para evitar que se la llevaran, sólo se dejó arrastrar hacia la celda en la que ahora se encuentra. Sus gritos, los gritos desesperados de Isabel cuando se la llevaban… había sido inútil.

Lo llevaron sin ni la menor resistencia a una habitación rustica, con varios muebles de cuero y una chimenea de ladrillo. En uno de los sofás, estaba sentada, con la espada en uno de los brazos y los muslos en el otro, Elizabeth mirando el fuego con sus bellos ojos escarlata, tan bellos como toda ella. Se había cambiado la ropa a un sobrio vestido blanco. Miro sobre su hombro y vio a William a sus carceleros.

– Ya era hora que llegaras William – dijo la vampiresa posando la mirada de William  a un sofá cerca de ella.

– Prefiero estar de pie – contestó William sintiendo como sus ataduras se aflojaban un poco.

– Como desees – soltó Elizabeth levantándose con elegancia del mueble. Va hacia donde William se encuentra. Lo mira y pone las manos en su pecho y agrega – tienes mucha suerte, William. Por alguna razón has despertado la curiosidad del Rey del Terror, luego de que terminen con tu amiguita quiere tener una reunión contigo… mientras me tocó cuidar de ti.

Elizabeth se acercó a William y le respiró en la oreja izquierda.

– Tienes suerte de que me prohibieron hacerte daño…

– ¿Dónde esta Isabel? – espetó William, que hasta entonces se había mantenido en silencio.

– ¿Dónde crees que esté?

– No te lo preguntare otra vez – advirtió – ¿Dónde esta Isabel?

Entonces tomó las manos de Elizabeth y la apartó lo más que pudo de él. La vampiresa cambió su expresión, de coqueta a colérica, y se quitó a William de encima, sólo para abofetear a William. Ella inició las garras en la mejilla de William, provocándole un corte profundo en la misma. Él se quedó inmóvil mientras un hilo de sangre brotó de la herida que termino sanado.

– ¿Qué tiene esta humana que te hace querer destruirla? – preguntó Elizabeth volviendo a tener aquella sensual y serena expresión –. Dime, William, ¿le harás lo mismo que le hiciste a Gabriel? Te aprovecharas de ella, de su confianza y poco a poco la irás secando… pero no sólo le arrebataras la sangre. También le quitaras sus sueños, deseos, su ser y hasta su deseo de vivir. Y entonces sólo entonces dejaras que termine su miseria, ¿verdad que harás eso, William?

>> Llévense a este perro maldito, asqueroso y traicionero a la celda. Que esté con los suyos.

Y entonces lo llevaron a este asqueroso hoyo. Esa peste es cada vez mayor.

Su puño estaba manchado de su propia sangre y la mugre que cubría toda la mísera jaula. A varios metros más arriba esta un inmenso traga luz, el objetivo de eso era más que previsible: Esperar a que llegará el medio día, para que cualquier miserable vampiro muriera de la manera más lenta e insoportable que pudieron idear.

Pero al parecer se les olvido el hecho que a William el sol no le producía el menor daño.

Un tintineo de cadenas. Una puerta metálica se abrió y un rugido poderoso lleno la atmosfera, tanta fue su fuerza que William fu lanzado contra la pared. Cayó con el cabello alborotado y miró hacia la puerta recién abierta. De la penumbra aparece un inmenso lobo de ojos de ámbar. Un licántropo.

La bestia caminó al interior de la jaula, de seis por seis metros, lentamente. Gruñía y mostraba sus colmillos parecidos a puñales de marfil. William se incorporó muy despacio, intentando no provocar ninguna arremetida por parte del licántropo. Apenas había lugar suficiente como para que ambos pudieran moverse sin tocarse.

El licántropo lo veía con ojos de un intenso odio. Caminaron alrededor de un círculo invisible, cada uno analizando la fuerza de su adversario y planeando una estrategia para atacar.  El licántropo mantenía la cabeza gacha, las orejas atrás y los dientes expuesto. Los gruñidos de la bestia furibunda era lo único que se dejaba escuchar en la reducida prisión.

De pronto el lobo se lanzó contra él. Las zarpas de la bestia pasaron a centímetros de su rostro, pero logró esquivarla saltando por encima de la criatura… el licántropo apoyó las patas delanteras en el muro, luego apoyó las traseras y, impulsándose, invistió a William en el aire. William se golpeó la espalda en la pared opuesta con tanta fuerza que esta terminó agrietándose.

William se levantó justo a tiempo para evitar el golpe de la garra del licántropo. Garras y dientes fueron a por William, este logró esquivarlos y bloquear la mayoría de ellos, apenas podía esquivar los golpes en el reducido espacio que tenía. Quedó aprisionado contra la pared, apenas pudo esquivar un zarpazo contra su rostro que término rasgando la dura piedra como si fuera mantequilla. William se agachó, deslizando por entre las piernas del lobo, hasta terminar de espaldas a él.

El lobo se volteó en un instante y arremetió contra él. Pero logró evadirlo, el costado de la bestia se azotó contra el muro. William de inmediato le lanzó una patada en la cada, pero las mandíbulas de lobo apresaron su pantorrilla y lo empezaron a agitar en el aire mientras sentía el penetrante dolor de su rodilla dislocándose. Luego de varios segundos tomó impulso y lo arrojó contra el suelo. William se apartó del lobo justo antes de que lo volviera a atrapar con los dientas.

Pisó con fuerza y otra vez el dolor le penetró por la espina al volver a encajársele la rodilla. Ambos se quedaron inmóviles por un instante, ambos volvieron a analizar la fuerza de su adversario. William apenas podía creer lo que estaba viendo. Era casi como si el lobo estuviera adivinando sus movimientos. Entonces se miraron a los ojos.

El ámbar y el rojo se encontraron, y casi se pudo haber dicho que estaban hablando sin palabras.

Y ahí fue cuando William descubrió cual podría ser su última esperanza. No solo de librarse de la batalla, sino también de llegar a rescatar a Isabel. Pero sólo tendría un intento. Otro ataque directo del lobo y estaría acabado.

Respiró con calma y pausadamente. Dándose valor para lanzarse contra la bestia que gruñía y arañaba el suelo, sacándole filo a sus garras.

William gritó con fuerza y fue al ataque. El licántropo arremetió contra él, justo como esperaba que hiciera. William se arrojó directo hacia la cabeza del lobo, esquivando sin problema sus garras. Tomó con las manos su hocico y, usando la fuerza del lobo en su contra, pudo derribarlo, dejándolo de espaldas.

Entonces ocurrió…

Uno de los más curiosos poderes de los licántropos. William, aprovechando ese mínimo instante de vulnerabilidad, había logrado volcar varias imágenes y pensamientos en la mente del lobo. Una forma muy eficiente de comunicarse sin usar ningún lenguaje y sonido. Nada más la voz de su mente.

En silencio pudo contarle de Isabel y de cómo los habían atrapado. De lo que pensaba que podrían hacerle y lo mucho que necesitaba que lo ayudara para salvarla del Rey del Terror y su corte de Demonios.

Pero William también sintió la indescriptible sensación, pues no hay palabra para calificarse, de recibir y ver los pensamientos y recuerdos de un extraño, como si fueran propios.

Supo su nombre, él ya lo había conocido. Pero ahora sabía que era Héctor, un miembro del clan de Horacio, como, según sus recuerdos le decían, era el único que había sobrevivido a la furia de Amón y como ha pasado la última semana atrapado, bajo la merced de lo vampiros. Los seres que más ha odiado.

A William se le erizo los bellitos de la nuca al mirar el fue, la muerte, toda la destrucción que aquel ángel infantil con ojos de demonio había hecho. Ese era el poder de Amón, el demonio de la Ira.

Luego fue arrancado de las memorias del Licántropo y regresó a la pestilente cárcel de piedra. El licántropo, Héctor se había levantado, pero seguía en su forma de lobo. Él rodeo a William, lo analizaba con el mayor de los cuidados, para que nada de él pudiera sorprenderlo. Después se encararon, otra vez sus ojos se miraron. Entonces fue cuando William sintió que era seguro hablar.

– Juntos podemos salir de esta celda, podemos huir.

El aire se lleno de un silencio tan denso que casi se podía ver o tocar. El licántropo pasó por el lado de William y este se tiró al suelo al ver que arremetía contra él. El lobo se estrello contra la puerta de madera reforzada con tiras de hierro. William de inmediato comprendió.

Se incorporó y, ahora junto con el lobo, se lanzó contra la puerta que terminó cediendo. No rota, sino arrancada de sus bisagras. Mientras el polvo se asentaba William y el lobo fueron corriendo por entre los pasillos húmedos del castillo. William miró por una ventana. Faltaban un par de horas para el amanecer, apenas tiempo suficiente para encontrar a Isabel y escapar.

Subieron una escalera de piedra. Llegaron sin ningún problema al nivel superior, guiados por la única fragancia humana de todo el lugar. Apenas llegaron al corredor, idéntico al que ya habían pasado, una oleada de vampiros fue contra ellos. El lobo se adelantó y los destrozo sin el menor problema. Con un zarpazo tres de ellos murieron al instante y con una mordida atrapó a otro y lo partió al medio. Al instante el torso y piernas muertos se hicieron ceniza.

William brincó el lomo del lobo. Llegó hasta sus enemigos lanzando una parta en el aire. Le dio en la cabeza a uno de los vampiros con tanta fuerza que William pudo sentir como el hueso se desintegraba bajo su pie. Los demás vampiros murieron a los pocos instantes y golpes de William y el licántropo.

Entonces más vampiros aparecieron. Pero se mantuvieron en el mayor de los silencios, únicamente le estorbaban el paso a William y su compañero. El silencio los envolvió y los llenó de un resquemor por lo que iba suceder a continuación.

El silencio fue roto por el sonar de unos zapatos sobre el suelo de piedra. Eran pisadas sobrenaturales que parecían llegar de ningún lado y de todas partes al mismo tiempo. William se volteó y ahí estaba él. El mismo hombre alto y moreno, de cuerpo musculoso y rostro cuadrado, con aquella apariencia del medio oriente que le hacia parecerse mucho a Aramis. Era él, ese mismo demonio. Asmodeo, la lujuria.

Los vampiros hicieron una reverencia a uno de sus siete príncipes, todos menos William, quien miraba a ese ser de ojos sangrientos y poderes más allá de la comprensión con un odio que pocas veces había experimentado antes. El licántropo se mantuvo a la raya de toda la situación.

– Veo que todavía te acuerdas de mí, espectro – dijo el demonio de la Lujuria despectivamente y refiriéndose a la escala más baja en el mundo de los vampiros, a la que pertenece William – esperemos que tampoco te hayas olvidado de esto.

Y entonces, un delgado hilo de sangre se deslizó por entre los dedos de Asmodeo, de la cual brotó un martillo negro. La sangre era el arma y el arma era la sangre. William sintió el más profundo de los terrores, la última vez que vio aquel inmenso poder apenas había logrado escapar con vida. Y esta vez quizás no contará con la misma suerte.

De pronto el licántropo se dio la vuelta y rugió. Un rugido poderoso y completamente animal. William y los demás vampiros a sus espaldas tuvieron que taparse los oídos. Asmodeo fue arrastrado por la fuerza del alarido y el martillo simplemente se desintegro. Luego miró a un lado y sus ojos de oro fundido se toparon con los de William.

<<Yo lo distraeré, ve por ella…>>

Le había gritado el licántropo sólo con la fuerza de su mirada. Acto seguido fue contra el demonio, quien se estaba incorporando. Reinició la batalla.

William giro sobre sus talones, encarando a la legión de vampiros. Usando a su favor la confusión reinante se abrió paso matando a cuanto bebedor de sangre le pasaba por el frente.

Con cada paso que daba el aroma de Isabel se hacía más fuerte.

Subió otros dos niveles en esta casa del horror que parecía no tener fin. Y llegó hasta un amplio corredor iluminado por más antorchas, el cual terminaba en unas puertas dobles de hierro. William sin vacilar fue hacia las puertas y las abrió.

Por fin la había encontrado… pero no estaba sola.

Notas: Para empezar quiero dedicar este capítulo a Tormenta Oscura, el nuevo proyecto de un amigo de la casa. Roberto.

Hoy se vislumbraron varios poderes nuevos de los Licántropos. De los cuales ondearemos más adelante.

Esté capítulo se llama Hijos de la Luna, Hijos de la Noche por la pequeña alianza entre un Licántropo (El Hijo de la Luna) y un Vampiro (El Hijo de Noche).

Ahora se preguntaran ¿Guillermo, por qué Asmodeo, el demonio de la Lujuria no fue una mujer? y la respuesta es muy simple la verdad. Lo que ocurre es que la primera vez que metí en la trama a Asmodeus (en el Capítulo XXIV: El Advenimiento del Monarca Vampiro) no se me había olvidado el hecho de cual pecado representaba. Por lo que se quedó así. Pero descuiden, también hay Princesas Infernales, pero aún no han aparecido.

Como no pude encontrar una imagen adecuada de una matanza entre hombres-lobo y vampiros tuve que inventar la escena con Elizabeth para poner a Olivia Wilde súper bella sentada en un mueble. Perdón pero soy un hombre muy débil en cuanto a mis cheries se trata.

El capítulo de hoy no fue tan largo como hubiera deseado, pero debo decir que creo que las escenas de pelea me quedaron muy bien.

Si, este es el mismo Licántropo que sobrevivió a la batalla del capítulo anterior.

Para despedirme quiero decir que me siento muy feliz de que las primeras imágenes del concurso de cabeceras estén llegando.

Hasta un próximo capítulo y nos vemos en los comentarios.

Siguiente Capítulo

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