Capítulo XLVI: La Ciudad Muerta

Posted on 27 julio, 2010

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Ante ellos se abría un valle formado de grandes piedras rotas, árboles mortecinos y troncos muertos y astillados. La jaula descendió sin ningún problema por el suelo lleno de escombros y cenizas grises. La luna y las estrellas, los únicos testigos de esta destrucción, se veían radiantes en el cielo despejado, ¿Qué clase de acto o criatura era capaz de crear tanta devastación?, ¿Qué horrores se desataron en este lugar?, ¿Cómo fue que un pedazo del Infierno de Dante vino a parar a este bosque?

Para cuando despertaron ya era de noche. William fue el primero en abrir los ojos.

– Estamos cerca – dijo para sí –. Isabel, despierta – agregó poniendo la mano en el hombro de ella.

– William, ¿Dónde estamos? – preguntó a los pocos segundo pensándose los nudillos por sus ojos cansados y que le escocían.

– No tengo la menor idea – contestó William incorporándose a pesar del peso de sus grilletes –, pero si te puedo decir que no estamos más en Inglaterra.

Apenas habían dormido algo así como dos o tres horas a lo sumo. Y se notaban en los ojos con ojeras de Isabel. Ella se mantuvo sentada, se podía ver que estaba muy cansada. William vio por las ventanas medio cerradas del vagan del tren. Sólo se podían ver los borrones de troncos oscuros mientras avanzaban por los rieles. Donde sea que estuvieran estaba en lo profundo de un bosque.

Las cadenas que lo ataban a la pared sonaban al ritmo del bamboleo del tren en movimiento. Alguien se acercaba, no, eran más de uno. A los pocos segundos la puerta se abrió. Isabel se levantó de golpe y se colocó detrás de William. Leviatán y Elizabeth entraron en el vagón acompañados de una decena, entre hombres y mujeres. Obreros, maquinistas y pasajeros. Todos con la misma mirada perdida y distante. Todos atrapados por los ojos rojos, la aureola escarlata en sus pupilas los delataba.

– Ya no están en Kansas, están en Rumania, mis distinguidos invitados – dijo el Príncipe Infernal de la envidia con los brazos extendidos, sosteniendo su bastón y con una sonrisa descarada en los labios que dejaban entre ver sus colmillos –.  Ahora, si son tan gentiles de acompañarnos.

Y con esa frase hipócrita los pobres seres hipnotizados fueron hasta William e Isabel. Sus captores, Leviatán y Elizabeth, los miraban, el primero con un falso aire de gentileza y la otra con una rabia sorda y silenciosa, que amenazaba con estallar a la menor provocación. Los acólitos soltaron las ataduras de William de la pared y cada uno de ellos tomó una de las cinco cadenas atadas a él. Al mismo tiempo que le ponían una esposas, comunes y corrientes, a Isabel. Los llevaron hacia la salida.

– Todavía me debes algo, querida – dijo el Leviatán cuando Isabel pasó a su lado. Estiró la mano hacia ella, pero de inmediato William se interpuso, a pesar de los jaloneos de sus ataduras por parte de los acólitos, usando su propio cuerpo como escudo.

El demonio de la envidia sonreía de tal forma que sus colmillos se mostraban, largos y filosos cual puñales de marfil.

– ¿Qué pretendes hacer muchacho? – preguntó él, pero William no le respondió.

Leviatán cambió de abrupto su expresión, de jocosa a de una crueldad indescriptible. William se hizo un ovillo que los acólitos pudieron mover sin el menor problema. El demonio lo golpeo en la boca del estomago. Isabel miró la escena con un impotente dolor, la forzaron a salir  el vagón. Lanzó un grito sordo. Él, en un estado de semiinconsciencia, fue arrastrado lejos de Leviatán, quien decía.

– No creerás realmente que pueden escapar de nuestras garras con vida, ¿o si? No… tu destino es morir. Y cuando no seas más que la tierra que ensucia mis zapatos tu amiguita será toda mía.

Mientras la arrastraban fuera del vagón Isabel perdió por un instante el equilibrio. El tren se estaba deteniendo de a poco. Por las ventanas se podía ver como los enormes troncos se hacían más nítidos a medida que bajaban de velocidad. Luego, un silbido agudo y artificial. Entonces recordó.

Se volvió. Su bolso, el diario de Altair, su propia libreta de anotaciones… todo lo dejaba olvidado en aquel vagón, perdido para siempre.

Los llevaron a lo que parecía ser la zona de carga. Los metieron, a Isabel y William, en una especie de jaula cuadrada con ruedas, como esas que se veían en los circos de hace cincuenta años. Elizabeth y el Leviatán se metieron, cada uno, en una caja de madera que sus acólitos taparon y clavaron casi de inmediato.

Las cajas estaban colocadas sobre una vieja carreta de madera. Ambas, la jaula y la carreta, fueron arrastradas por los sirvientes hechizados de los vampiros. Las sacaron sin problema del tren y se adentraron en el bosque. Cuando dejaron el tren otros dos hombres se acercaron, también con la aureola roja en las pupilas, también atrapados por el maleficio. Seguramente eran los que trajeron el tren hasta este apartado lugar… ¿pero que lugar era esté?

Isabel miró asombrada como se alejaban del tren para adentrarse de a poco en un bosque de inmensos árboles colosales, de decenas de metros de alto y copas oscuras, cual si fueran los pilares que sostienen la bóveda del cielo. La inmensa maquina que era el tren, a los pocos minutos, se perdió de la vista entre el entramado de troncos oscuros. Así pasaron el resto de la noche: andando, sin prisa pero sin pausa, por entre las altas copas oscuras que ocultaron a la luna y a las estrellas hasta que salió el sol.

El día vino y se fue mientras seguía la caravana. Parecía que los acólitos no se cansaban de andar y arrastras las carrosas, pero, ¿Cómo saberlo realmente?

Puede que estuviesen agonizando del calor, la sed, el hambre, el cansancio o de las cuatro… todo posible y más, pero disimulado a la perfección bajo la cortina del maleficio vampírico.

Poco antes del ocaso la marcha por fin se detuvo, cerca estaba un arrojo y había una colina más adelante. Los sirvientes le dieron a Isabel un plato más de esa repugnante avena y una cantimplora con agua del riachuelo. William, quien se había mantenido inmóvil y en silencio a la colina. Seguramente esperando a que los últimos rayos de sol moribundo se extinguiesen. Esa seria el llamado para regresar a la vida de Elizabeth y Leviatán.

Isabel se tragaba de mala manera cuando el sol sucumbió a la noche. La oscuridad estaba de regreso.

Las cajas simplemente explotaron. Astillas volaron por todas partes y los dos vampiros hicieron su aparición.

Nueve de los acólitos fueron al encuentro de sus “maestros” con los brazos abiertos. Sin miramientos mostraron sus cuellos y, uno por uno, fueron devorados por Elizabeth y Leviatán.

– ¡No! – gritó Isabel desgarradoramente. Se aferró con fuerza a los barrotes de la jaula. William la contuvo entre sus brazos y le cerró los ojos con la mano.

– No veas, Isabel – dijo –, por lo que más quieras no veas esto.

Pasaron varios terribles y silenciosos minutos, en los cuales por suerte Isabel logró calmarse, antes de que la marcha continuara. Fue cuando William quitó las manos de los ojos de ella. Elizabeth y el demonio parecían haberse ido, esfumado del mundo. Pero los que si seguían aquí eran tres de los esclavos, los únicos que sobrevivieron. Isabel no tuvo estomago ni corazón para mirar hacia atrás y ver los cadáveres de las víctimas de los vampiros. Y seguramente William no se lo permitiría tampoco.

Subieron a paso veloz por la colina. Cuando llegaron a la cima los ojos de Isabel y William se llenaron de tristeza.

Ante ellos se abría un valle formado de grandes piedras rotas, árboles mortecinos y troncos muertos y astillados. La jaula descendió sin ningún problema por el suelo lleno de escombros y cenizas grises. La luna y las estrellas, los únicos testigos de esta destrucción, se veían radiantes en el cielo despejado, ¿Qué clase de acto o criatura era capaz de crear tanta devastación?, ¿Qué horrores se desataron en este lugar?, ¿Cómo fue que un pedazo del Infierno de Dante vino a parar a este bosque?

El viento sopló suavemente, levantando la ceniza y el polvo. Isabel profirió un agudo grito al descubrirse un cráneo humano, luego un hueso más allá y otros, de diferentes tamaños y formas a lo lejos, a lo lejos… estaban en un campo de batalla.

Muchos habían muerto. Mucha sangre fue derramada y el fuego cubrió a todos los condenados en este, un gran campo lleno de dolor y tormentos crueles. Casi se podía respirar el aliento acelerado de los que aquí murieron y escuchar sus gritos agonizantes. Isabel estaba llorando y William intentaba consolarla en silencio, poniendo las manos en sus hombros.

Mientras avanzaban las ruedas rechinantes de la jaula pisaban los huesos desparramados por todos lados y levantaba una estela de fina ceniza, la cual volvió el aire muy denso y casi irrespirable.

Pasaron por el lado de un tronco alto y chamuscado, uno de los pocos que aún quedaban en pie. Un extraño impulso se apoderó de Isabel cuando lo vio, sacó mano de la jaula, había dejado de sollozar, y cuando tocó la carbonizada madera…

Sintió como tiras de hierro a sacaban a la fuerza de la jaula y la arrastraban a otra realidad, a otro espacio y otro tiempo.

Era de noche. Estaba en la misma colina y en el horizonte se veía el mismo vale en el que había estado hace tan solo segundos, ¡estaba lleno de vida! Nada de destrucción, de muerte o de cualquier otra cosa por el estilo había caído en aquel sano y exuberante sector del bosque.

Pronto arremeterían, estaban demasiado cerca de la guarida de esas bestias para regresar sin pelear. Sólo esperaban las órdenes de su líder. Era la primera vez que veía tantos de sus hermanos juntos. Clanes y jaurías enteras se habían reunido, de todos lo rincones de Europa llegaron, todos y cada uno respondiendo al llamado de Horacio Martineli. Todos fueron a la colina. Cerca de doscientos, pudo contar.

Un hombre alto, de barba y cabello blanco se adelanto al resto, ¡era él, era Horacio!

Él miró hacia el valle y dijo con tremenda convicción y pasión.

– Mis hermanos, hoy es el día en que los últimos treinta y cinco siglos de guerra por fin terminen. Más allá de este valle se encuentra la cueva de los monstruos que nos han perseguido y matado por tanto tiempo… ¡hemos llegado a la casa de los vampiros! – el ejercito, su ejercito de lobos lanzó tremendo alarido de furia y excitación, también se pudieron oír algunos aullidos ahogados por la gritería – después de hoy haremos pagar a nuestros enemigos por todo lo que nos han hecho: Destruiremos su hogar, acabaremos con sus gobernantes y limpiaremos la faz de la tierra de su sombría existencia.

Más gritos y más aullidos, pero Horacio no se detuvo en su discurso. Extendió los brazos, como si fueran alas y dijo a todo pulmón.

– Por fin nos libraremos de la maldad de los vampiros o nosotros, la humanidad y todo lo que existe será atrapado por la noche eterna.

Un tercer grito de aprobación y, sin ninguna orden, se lanzaron al valle. Hacia la muerte o la victoria. Cientos de lobos; corriendo, aullando y listos para pelear atravesaron el valle, entre los árboles y rocas. Estaban tan cerca de la casa de los vampiros que podían percibir su podredumbre.

Entonces vio como un ángel de alas rojas cayó del cielo. Pero no era un ángel. Los licántropos de inmediato lo rodearon. Él era un niño, poco más de doce años tenía. Su cabello oscuro le llegaba a los hombros y ocultaba en parte su cara ¡sus ojos!, era un vampiro. De inmediato sus alas volvieron a levantarlo en el aire, eran alas de sangre.

Esquivó la primera arremetida de los lobos subiendo un par de metros con un aleteo de sus alas y aterrizando en un peñasco que sobresalía.

– Hoy si que me voy a divertir – dijo con una voz fría y colérica. Sus ojos estaban vacíos, como los de un muerto, o lo estarían de no ser por… era como si lanzara fuego de los ojos, un fuego ardiente y saturado de ira. Entonces lo supo.

Era él, uno de los temibles siete Príncipes Infernales… era Amón, el demonio de la ira.

Sin vacilar uno de sus hermanos fue contra el demonio. Este lo atrapó por el cuello con una sola mano y, ante la mirada iracunda y horroriza del los demás licántropos, hizo que su cabeza explotara, ¿Qué clase de poder monstruosos era este?

No importaba, los demás fueron contra él… lo siguiente que supo fue el calor del fuego. El humo llenaba sus pulmones. Estaba derrotado, tirado en el suelo… ¡no puede ser!, se incorporó, un dolor punzante le atormentaba. No había nadie, todos estaban muertos. Sus hermanos, su familia… todos muertos. Lanzó un grito de dolor penetrante, otra vez se lo habían arrebatado todo, si tan solo…

El demonio se le acercaba, parecía un ser escupido del infierno para atormentarnos.

– Espera, Amón – dijo una voz fría y deshumanizada, el niño vampiro se detuvo – dejemos a este con vida… podría sernos útil.

<<Isabel, Isabel, Isabel… ¡Isabel, por favor despierta!>>

Sintió las manos de William dándole suaves palmaditas en la mejilla. No se había ido a ningún lugar, seguía en la jaula. No era una alucinación o un sueño… ella lo sabía, algo se lo decía, algo en lo más profundo de su alma, que era una visión. Era lo que en verdad pasó… ¿entonces quién era aquella persona que sobrevivió?, ¿Qué había sido de ella?, ¿la habrían matado ya o seguía con vida?

Pero esas preguntas tuvo que dejarlas de inmediato de lado. Hace tiempo que habían dejado el valle atrás. Ahora estaban en un viejo sendero adoquinado, limitado por ambos lado por un bosque de árboles de apariencia lúgubre y tenebrosa… adelante se extendía un castillo…

– Es la Ciudad Muerta – dijo William, también él estaba corroído por el miedo. La primera vez que lo veía tan asustado – el castillo de Baphomet y su corte de demonios… llegamos a la mansión de los dolores.

Notas: En este capítulo uso varias frases de la Divina Comedia. Como por ejemplo “Mansión de los Dolores”, la forma en que describí el valle luego de la batalla y “Un gran campo lleno de dolor y tormentos crueles.”

Como espero que sepan, en el Capítulo XXXIII: Coincidencias William logra convencer a Horacio de lanzarse contra los vampiros… esta es la consecuencia.

Me estoy dando cuenta que, a pesar de estar subiendo el número de vivitas, la cantidad de comentarios esta patéticamente bajo, ¿Qué pasa, damas y caballeros?, ¿tengo acaso que ponerme baboso como en otros blogs, amenazando con dejar de publicar si no comentan?, porque yo no quiero hacerlo.

Durante los últimos mese me he esforzado para traerles algo de calidad, aunque este entre dicho, y para que ustedes pasen un buen rato. Lo único que les pido es que me digan si les gustó o no. Nada más. Pero pueden decir lo que quieran.

Este capítulo lo publique antes para tener tiempo suficiente para terminar todo antes de mi cumpleaños, el 15 de agosto. Cuando pretendo publicar el último capítulo de Crónicas Nocturnas I: La Maldición de la Sangre.

Aunque me salió un como más corto de lo que hubiera deseado creo que me ha salido muy bien, ¿Qué opinan?

Hasta una próxima entrega.

Siguiente Capítulo

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