Capítulo XLV: Retratos de la Doncella Sangrienta

Posted on 23 julio, 2010

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¿Qué es esto que siento?, se preguntaba. Estaba haciendo lo correcto, salvar a William de ese estado de monstruosidad, alejándolo del abismo donde aguarda la bestia de su interior, evitó que fuera atrapado por ella. Tenía que salvarlo, tenía que hacer el sacrifico, y aceptaba el precio que pagaba, ¿entonces por qué era presa de esa confusión de culpa y deleite?

Lluvia. Ella odia la lluvia.

La lluvia le recordaba la noche en la que la habían traicionado.

– Debemos ayudarle, Elizabeth – había dicho su amado, siempre con ese tono tan condescendiente y calma. A veces le irritaba tanto que fuera tan pasivo – ha pasado mucho tiempo viviendo como un animal, sin rumbo fijo, sin normas, sin control sobre si mismo, lo más bajo que puede caer uno de nuestra especie.

– ¡Por supuesto que no, no tenemos que hacer absolutamente nada por él, y tú los sabes, Gabriel! – exclamó ella – sabes tan bien como yo que hay cientos, quizás miles de vampiros errantes por todo el mundo, cientos de monstruos que viven para matar y nada más, ¿Qué tiene este de especial para querer ayudarlo?

– Ya he tomado una decisión, Elizabeth – sentenció él, luego de una pausa. Nunca antes le había hablado con semejante autoridad – a partir de hoy tendremos un muevo habitante en esta mansión, lo único que te  pido es que trates de llevarte bien con él.

Ella se limitó a cruzar los brazos y desviar la mirada, un simple puchero. Su amado perfiló una media sonrisa; una sonrisa que siempre le derretía el corazón, por más enojada que estuviera. Entonces él salió de la biblioteca, su lugar favorito en toda la casa, para ir a buscar a ese “nuevo habitante”, a buscar a aquel intruso en lo que hasta ahora era su mundo perfecto.

La puerta se abrió a los pocos minutos y su amado entró con el brazo rodeando los hombros de un hombre alto; de cabello oscuro, sucio y enmarañado. Sus ropas eran poco más que harapos malolientes… y sus ojos, ¡Dios! Eran tan rojos como los de ella; pero eran distantes, vacíos, sin el menor rastro de algún pensamiento racional. Una bestia que toma la forma humana para cazar a sus víctimas desprevenidas, así era como le llamaba Gabriel a los demás vampiros, excepto a ella. Y sin duda aquel despojo de no-muerto era una de esas bestias.

– Elizabeth, quisiera presentarte a William Knight…

Se sacó de la cabeza aquellos recuerdos que la llenaban de rabia y resentimiento. Caminó por la penumbra del oscuro y estrecho pasillo. Abrió la puerta frente a ella y entró, sosteniendo con una mano la bandeja que traía consigo. Maldito Leviatán, hacerle llevar comida a esa humana… maldita sea por no dejarla matar a esa mujer… que desagradable tener ahora que cuidarla… ¿para que la querrá el Rey del Terror?, si es sólo un saco de sangre como todas las demás humanas.

El compartimiento del tren estaba a oscuras. Se perfilaban unos finísimos rayos del sol del ocaso por las cortinas cerradas, más ceniza que de costumbre por la lluvia que empezaba a terminar. Ella, esa despreciable humana, estaba acostada en uno de los bancos de madera frente a la ventana. Se mecía de tanto en tanto al ritmo del bamboleo del vagón mientras recorría a toda velocidad por los rieles.

Para mañana en la noche estarían en pleno centro de Europa del este; y dentro de dos días llegarían a la “Ciudad del Dolor” y el plan de su rey, del Rey del Terror, estaría por fin completo.

Mientras la miraba, dormida y vulnerable, sus ojos no pusieron instintivamente en un punto en especial: Su cuello, frágil y herido. La venda en su cuello, manchado de sangre aún fresca. El olor era embriagador… y la vulnerabilidad de esta desprotegida víctima la llamaba, le gritaba a usar sus colmillos. Pero había algo más. El deseo… si, el deseo incontrolable de estrecharla entre sus brazos y desangrarla por el solo hecho de verla morir en una lenta agonía era más fuerte que nunca por saber que el acto de beber su sangre hasta secarla destrozaría a William como nada más lo haría.

Si, era eso. El poder hacerle sufrir de esa manera, separarle de algo tan preciado para él, como él le había arrebatado a quien había amado y luego…,  era un incentivo incluso más tentador que la sangre en sí.

Sus colmillos, largos y sedientos, sobresalieron en una sonrisa siniestras. Dejó la bandeja en una mesita cercana. Ya no le importaron las órdenes del Rey del Terror, le importaba un bledo. Se acercó a ella; ese cuello, suave y jugoso, le gritaba; la llamaba a tomarlo. A hundir los colmillos en el, a secarlo, a dejarla sin una sola gota de sangre en sus venas.

Le apartó el cabello de la nuca. Si, esa sangre, tomarla sería la venganza perfecta contra William. Lastima que él siga inconsciente todavía. Lastima que no estaría aquí cuando él despierte y vea la rosa marchita que alguna vez fue su quiera humana.

¡Fuego!, fuego en su rostro ¿Qué ha hecho esa humana? Se apartó de ella, fue a la seguridad de las sombras. Se había hecho la dormida y abrió la cortina de una de las ventanas, dejando entrar la luz opaca del sol entre la lluvia.

Isabel se incorporó de improvisto. No podía creer lo que estaba viendo. El lado derecho del rostro de la vampira estaba quemado de una forma horrible. Era como si su piel fuera un lienzo pintado que se estuviera descascarando. Pedacitos de piel muerta y hecha costras de cenizas caían al tiempo que sanaban sus mejillas. Dejándola como en un principio, de una belleza imposible.

– Dale gracias a Satanás que te quieran con vida, perra – masculló Elizabeth sin atreverse a acercase más a Isabel, para no recibir más heridas por el ardiente sol. Tomó el respaldo de un asiento con los dedos tensos, la madera de la que estaba hecha crujió –, pero cuando se te acabe la suerte. – agregó, apretó la mano y el espaldar de tabla se hizo añicos entre sus dedos blancos y perfectos.

Elizabeth fue hacia la puerta, pero algo la detuvo. Miró por encima de su hombro y dijo, causándole a Isabel un escalofrío que le recorrió la espalda.

– Tienes más suerte de la que crees – casi sonaba triste, o eso creyó Isabel. Ella, Elizabeth, miró al fondo del vagón y agregó – cuando él despierte, con toda la sangre que ha perdido en las últimas horas, será una bestia incontrolable y hambrienta… por tu bien esperemos que las cadenas resistan.

Sin decir otra cosa la vampiresa se fue azotando la puerta con tanta fuerza que la ventana de esta es rompió.

Isabel miró al fondo del vagón.

El rostro se le puso tan blanco como el de un fantasma se le revolvió. Sobre un gran charco de sangre seca estaba tirado William, como si fuera una basura cualquiera. Estaba atado a la pared del fondo por grilletes y cadenas gruesas de acero por el cuello, las muñecas y los tobillos, todos manchados con su sangre. Isabel se levantó de inmediato y fue hacia él.

Intentó usar sus poderes, no pudo.

Cuando llegó hasta él y lo tocó. Su cuerpo, frío y endeble, estaba desparramado en el suelo en un estado de inconciencia. Se veía tan débil y vulnerable. No, no, no…, ese no podía ser William. William no podía ser esa persona moribunda, de ojos hundidos y ojerosos y piel de un blanco completamente enfermizo.

Isabel se sentó en el suelo y colocó con sumo cuidado la cabeza de William en su regazo. Le peinó los cabellos, completamente enmarañados y revueltos, con los dedos para despejar su rostro y ojos entreabiertos. Estaba despierto.

– No deberías tentarla a matarte… Isabel – dijo, fue poco más que un susurro apenas audible.

Él abrió los ojos un poco más, eran rojos. Mostrábanse firmes, profundos, fuertes. Todo lo contrario al resto de su cuerpo. Si, él era William, no había duda de ello.

– ¡William! – musitó Isabel triste. Su labio le temblaba, al borde de las lágrimas – ¿Qué fue de ti?

Él le sonrió, aún podía sonreír.

– Sólo estoy algo casado, eso es todo – dijo William.

Isabel medio sonrió. Acarició el cabello de William con un cariño casi maternal, y a él pareció conmoverlo. La mirada se le posó por pura intuición en su muñeca izquierda. Se levantó la manga de la camisa. Apenas se notaba ya el fino corte y los dos pequeños puntos donde los colmillos donde William los encajó luego del ataque de Vittorio. Él comprendió de inmediato sus intenciones.

– ¡No! – gruñó de inmediato. Tomó con su mano temblorosa la muñeca de Isabel y, con un notorio gran esfuerzo, la apartó. Se incorporó lentamente, apoyó la espalda contra la pared y desvió la mirada.

– ¿Por qué no? – preguntó ella.

– Ya has perdido mucha sangre – dijo William dejando caer los brazos bajo el peso de los grilletes –, por favor, come algo… Elizabeth dejó algo para que puedas pasar el día.

Isabel volteó la mirada, en una cercana mesa estaba una pequeña bandeja sobre la que descansaba un plato hondo y lo que parecía ser un pan duro. Fue hacia la mesa, se sentó frente a la bandeja u con un gran esfuerzo probó una cucharada de lo que había en el plato, una pasta que parecía ser avena, no podía negar que tenía hambre, mas eso no evito que esa cosa le diera asco. Se terminó la avena en cinco minutos, de haber tardado un segundo más, es seguro que hubiera vomitado.

Mientras Isabel comía, William se estremecía en una evidente agonía. Su rostro se crispó, una mueca de dolor desgarrador. Apretó las manos contra su pecho arrugando su camisa entre sus dedos tensos. Parecía como si las entrañas se le estuvieran derritiendo, como si hubiera bebido hierro fundido.

Isabel mi podía soportar verlo así, sufriendo en silencio y de una manera tan aguda. Se levantó de su asiento y fue hasta él. Sin vacilar volvió a mostrar su muñeca y él la miró con ojos de odio. Pero ese odio era más para él, para su debilidad, que para ella.

– ¡No! – gritó William, apartándose de nuevo la muñeca de Isabel –, ¡ya no te voy a quitar nada más!

Isabel se quedó en silencio por un segundo. Luego siguió insistiendo, si era necesario que él terminara detestándola para siempre con tal de sobrevivir, estaba dispuesta ha hacerlo.

– ¡Por favor, William! – argumentaba ella –, ¡te estas muriendo!

– ¡No me importa!

– ¡Pero a mi si, no quiero que mueras!

Él la sostuvo por los hombros firmemente por los hombros, la hizo acallar.

– Por favor, no insistas… no puedo hacer, no me lo pidas. Nunca podría perdonármelo – fueron las palabras de William, que si bien no persuadieron del todo a Isabel, si tocaron una fibra sensible en su interior.

– Pero, William…

Las cadenas de pronto se tensaron, crujieron. William se arrojó con violencia contra Isabel. Ella se echó para atrás, con el corazón dándole un vuelco, trastabilló y cayó de espaldas, apenas lo suficientemente lejos de él. Las cadenas chirriaban mientras William agitaba los brazos, un estado casi de convulsión. Por encima se percibían un sonido chirriante y de leves crujidos, estaba castañeando los dientes. Mostraba los colmitos con descaro. Su rostro mostraba a un ser de apariencia humana, pero sólo era apariencia… esa cosa era un monstruo, una bestia hambrienta y sin el menor refreno. Había dejado de ser William para convertirse en un vampiro.

William… no, ese no era William. Ese vampiro que tiene la cara de William se mantenía de pie, mirando con sus ojos por completo deshumanizados a Isabel, una mirada lasciva y hambrienta. Tiraba y tiraba, pero las cadenas y grilletes lo mantenían alejado de ella.

– ¡William! – musitó ella con timidez, la criatura ni le respondió. Una sola y triste lágrima recorrió por su mejilla.

Ella se incorporó, sin importarle el miedo o la debilidad repentina de sus rodillas temblorosas. Miró a los ojos a la bestia que luchaba por alcanzarla. Sus ojos se le hicieron tan vacíos y salvajes, tan faltos de esa luz especial que antes tenían. No podía soportar ver a William así… verlo transformado en un monstruo. Respiró hondo, cerró los ojos y fue corriendo hacia él con los brazos por delante.

Sintió el frío del pecho del William, él se dejó empujar hasta toparse con la pared. Luego con los ojos aún cerrados se quito de golpe el vendaje del cuello, mostrándose así los dos pequeños puntos rojos por donde la vampiresa había rasgado su carne.

Isabel mantuvo los parpados cerrados fuertemente. Las piernas por fin le fallaron, dejaron de soportar su peso. Cayó de rodillas haciendo que William se sentará, arrastrado por el peso de ella como si no fuera más que un títere de trapo y estopa. Ella estaba llorando, y lo peor de todo era que no sabía el por qué.

Unos dedos engarrotados la atraparon, la rodearon, en un abrazo helado; delicado pero firme. Él la acercó a su cuerpo.

Que frío se siente, pensó Isabel. Sus pechos y manos se apretaron de apoco en el cuerpo de William. Una mano helada la asió por la nuca, lo que le provocó un leve escalofrío. Las lagrimas pararon, el latir acelerado de su corazón la calmó… no podía sentir nada más que la fría piel por debajo de las ropas; aunque ya lo sabía, no dejó de sorprenderle la falta de toda vida en el pecho de William. Su mejilla, fría y suave, acarició la de Isabel hasta que se detuvo a centímetros del objetivo, el cuello. Unos cuentos mechones de cabello le cosquillearon la nariz y os labios.

Una parte de él seguía negándose, pero pronto sucumbiría. Era inevitable.

– ¡Perdóname, William! – musitó.

Luego… los colmillos reabrieron la herida y la sangre volvió a brotar, esta vez, a la boca de William. La sensación era indescriptible para ella. Una marejada de adrenalina inundó su cuerpo, haciendo que toda sensación de dolor que pudiera haber existido no sólo desapareciera, sino que fuera reemplazada por un bienestar casi obsceno.

¿Qué es esto que siento?, se preguntaba. Estaba haciendo lo correcto, salvar a William de ese estado de monstruosidad, alejándolo del abismo donde aguarda la bestia de su interior, evitó que fuera atrapado por ella. Tenía que salvarlo, tenía que hacer el sacrifico, y aceptaba el precio que pagaba, ¿entonces por qué era presa de esa confusión de culpa y deleite?

Deseaba esto, estar entre sus brazo, darle su sangre… pero al mismo tiempo lo odiaba, lo odiaba demasiado… ¿Por qué?

El corazón le dio un vuelco cuando, después de haberse saciado, los colmillos de William la soltaron. Hubo un instante de silencio. Él suspiro.

– Debo de parecerte el ser más patético y detestable que has visto – dijo William suavemente. Sus rostros estaban uno al lado del otro, por lo que ella podía escucharle perfectamente, era como si le estuviera contando un secreto al oído –. No he sido capaz ni de mantener una simple promesa… prometí protegerte y lo único que he hecho es arrojarte de lleno contra esta realidad de monstruos y sangre… debes estarme odiando.

– Si, lo sé – dijo Isabel con un hilo de voz muy fino – debería hacerlo, pero no te odio… trato pero no puedo.

William hecho para atrás la cabeza, apoyándola contra la pared.

– No entiendo como es que me detesta – dijo.

– Yo tampoco lo entiendo.

Los brazos de William la rodearon de nuevo. Esta vez con una ternura y delicadeza enorme, como si temiera romperla si usaba su fuerza sobrenatural, hacerle un daño irreparable con el roce más leve. La estrechó entre sus brazos, pero no dijo nada, ni lo más mínimo. Pasaron varios minutos así. Sintiendo la tibieza y el frío de sus cuerpos, escuchando el silencio del corazón de uno y el palpitar acelerado de la otra. Isabel, sonrosada,  se apartó de William, y, aunque al principio se negó sin palabras, finalmente la dejó ir.

– Tienes la camisa manchada – dijo por lo bajo William mirando el suelo mientras ella se levantaba –dejaron tu morral en el vagón, por suerte no se mojó cuando…

Entonces se quedó en silencio. Isabel supo que estaba recordando aquel suceso. Como ese vampiro, al sumergirse en el lago, se transmutó en ese engendro con tentáculos, y como esos grises y viscosos apéndices lo atraparon y llevaron a las profundidades.

Isabel se topó con el bolso en uno de los bancos junto a la ventana. Cuando lo abrió, para buscar una blusa nueva, se percató que aún estaba el diario de Altair, no se lo habían llevado. Lo hojeó… un terror indescriptible le recorrió desde la medula hasta la más diminuta fibra de su ser.

– La carta no está, William – dijo con la voz temblorosa – se la han llevado.

– Me extrañaría que no fuera así – contestó William por lo bajo – a Elizabeth nunca se le escapa nada.

– ¿Elizabeth? – preguntó Isabel, al tiempo que se quitaba la camisa anchada con sangre ya seca, sangre de anoche.

– La vampira que acabas de ver se llama así. Elizabeth Sforza.

– Elizabeth Sforza – repitió Isabel mientras se ponía una nueva blusa –, esperemos que no nos siga cuando nos escapemos.

– No podemos escapar – dijo William – no puedo soltarme de estos grilletes o transformarme en niebla y tú no tienes el medallón. Estamos atrapados aquí…

– Pero tenemos al menos que por lo menos intentarlo – arguyó Isabel luego de abrocharse la blusa – no podemos simplemente esperar como unos estúpidos a que vengan y nos maten – agregó molesta.

– No tenemos posibilidades – gritó William mirando, repentinamente, a Isabel a los ojos – esos dos vampiros que viste son seres mucho más poderosos que yo. No tenemos la menor posibilidad de escapar… él es uno de los Príncipes Infernales, el está a otro nivel y…

Pero se detuvo antes de mencionar a Elizabeth.

– Y ella… quién es ella, William – preguntó Isabel – ¿Conoces a esa tal Elizabeth, o no, William?

– Ella fue y sigue siendo la única persona que fue maldecida con la sangre del vampiro por Gabriel – dijo William, se notaba que ese era un tema doloroso para él –. Ella ya tenía cien años viviendo con Gabriel antes que yo fuera salvado por él.

Entonces se quedó en silencio. Quizás un mal recuerdo. Isabel se acercó a él, se puso de rodillas y se sentó a su lado.

– ¿No quieres hablar de ello, cierto? – preguntó Isabel –, porque si es así…

– Sólo sé lo que me contó Gabriel luego de que ella se fue – inició su relato William –. Ellos se conocieron en Viena. En una fiesta de mascaras, como estaban de moda en esos días. Ella era una especie de aristócrata de Millán.

>> Como podrás imaginar a Gabriel le conmovió su belleza… dijo que le recordaba tanto a los dos amores de su vida que no pudo evitar desearla. Esa misma noche la arrastro al mundo de la noche entre vals y bailarines. Me dijo que pasaron años viajando por toda Europa, hasta que la Gran Guerra los obligó a asentarse en Inglaterra, en la misma mansión que hasta ayer estaba en pie.

>> Lo que ocurrió antes de mi llegada lo desconozco casi por completo. Gabriel nada más me dijo que fueron felices, cada quien a su manera… aunque no pudo evitar que el deseo por la sangre humana de Elizabeth fuera aumentado hasta el punto que, durante la segunda guerra mundial, causaba masacres en pueblos de Francia, Rusia y Polonia, aldeas enteras desoladas para alimentarse hasta que se hartaba… claro esta que cuando encontraban sus destrozos los culparon a la guerra.

>> Así se ganó fama entre los de nuestra especie: todos la conocían como la Doncella Sangrienta.

>> Lo último que supe de ella es que una noche, un par de meses antes de que yo llegará a la mansión, desapareció. Nunca, antes o después, vi a Gabriel tan decaído.

>> Fue ella quien me obligo a volver a vagar por el mundo.

– ¿Por qué? – preguntó Isabel luego de un breve silencio.

– Un semana después de que Gabriel muriera y que descubriera que el sol no me hacia daño, ella se apareció en la mansión. Creo que me culpó por la muerte de Gabriel, me atacó… por poco me acaba… apenas logre escapar en esa ocasión… ahora no creo poder hacer lo mismo. Sus poderes han aumentado a un nivel que me podría haber matado sin el menor esfuerzo… pero por alguna razón se contuvo, aunque ya no creo que lo vuelva a hacer… por eso debemos tener cuidado y esperar el momento adecuado.

– ¿Qué quieres decir?

– Que lo único que podemos hacer ahora en descansar, reponer energías y esperar hasta la noche.

Luego de decir eso miró por la ventana a los dorados rayos del sol de ocaso. Esas sombras, no podía dejar de recordar a esas sombras cortantes y aterradoras. Le asustaban, si, le asustaban. Pero le asustaba más lo qué harían con ellos y al lugar a dónde iban. Sólo le quedaba la incertidumbre.

Notas: Tengo muchos anuncios que hacer, pero los dejare para la nota final.

En este capítulo nos adentramos un tanto en la historia personaje de Elizabeth Sforza, la Doncella Sangrienta, tema del que les puedo asegurar se hondará más.

Creo que me llegó la inspiración con el evento de William devorando la sangre de Isabel.

Lo que me recuerda que: Desde el incendio de la barcaza y la masacre en la misma he intentado hacer al personaje de William un tanto más oscuro. Por una razón fundamental: A partir de un par de meses atrás me di cuenta que todos mis personajes masculinos eran iguales.

Eso es todo, y para los que siguen el desenvolvimiento de esta historia, les sugiero que estén muy pendientes de los anuncios que se darán dentro de poco… por los momentos les digo que ustedes, los lectores, podrán elegir los poderes que quieran para nuestros licántropos… aunque deberán esperar al artículo oficial…

Hasta pronto.

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