Capítulo XLIII: Sombras y Sangre

Posted on 10 julio, 2010

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“¿Ese es el poder de un vampiro de cien años?”, pensó. Manipular las sombras, usarlas de arma y lanzarlas contras quien desees… esto ya es otro nivel, por completo inalcanzable para él.

Una tormenta se acerca, y no viene sola.

– ¿Puedes oírlos, William? – preguntó Elizabeth acercándose a él, derrotado. Miró hacia la ventana y al cielo, su expresión de de completo regocijo, como si hubiera escuchado campanas angelicales. La satisfacción por la victoria se le estampó en la cara.

Elizabeth apretó las garras sobre su garganta, lo levantó. Su cuerpo, poco más que una piltrafa, completamente adolorido, no pudo ni moverse. Pero aún así mantuvo una mirada firme y desafiante para con la vampira, quien sonrió, como si le resultaran graciosas esas bravuconadas.

– Perdón, no te escuche – insistió Elizabeth hundiendo las uñas en las carne de William, su voz era tan dulce, casi empalagosa, que parecía provenir de cualquier otra persona, cualquiera menos ese monstruo. La vampiresa le azotó contra la pared, la cual se desmoronó sobre él – ¿los escuchas, William? – preguntó otra vez, ahora con una voz áspera y enojada. Sus ojos están llenos de odio, rabia y furia sorda – ¿Escuchas cómo se acercan? – preguntó volviendo a golpearle contra la pared – ¿Sientes la proximidad de los acólitos del diablo? – su vuelve a chocar y la pared se despedaza otro poco – Te contare un secreto, ¿quieres? – agregó, su voz volvió a ser dulce y melodiosa y sus facciones se suavizaron. Otra vez era una belleza imposible.

Se estremeció y miró con ojos de oído a la radiante mujer, quien le acercó el rostro. Y, mejilla con mejilla, le musitó al oído con una dulzura y tibieza casi maternales.

– Todos ellos vinieron es por ti, William… y están hambrientos –si no hablaba en susurros sus palabras, tan tiernas y suaves, se perderían para siempre… o al menos eso parecía –, y sólo tu sangre los saciara… pero…

Entonces besa la fría mejilla del vampiro y lamió, con lasciva lujuria su cuello.

– Yo seré la primera – abrió de par en par los ojos y lanzó un grito sordo cuando los colmillos perforan su carne. La sangre brotó de inmediato.

El dolor sólo duró un instante… luego el regocijo. Apoteósico. Cómo es posible que el monstruoso acto de devorar a los inocentes, arrancarles lentamente la vida, pueda ser tan placentero. Era como beber luz y sentir el resplandor viaja por todo el cuerpo. Elizabeth bebió, estaba absorta por la sangre.

Y, por fin, apareció una esperanza. Su cuerpo reacciona.

Logró desprenderse de la vampiresa y la proyectarla a varios metros de él. Cayó con el hombro sangrando y palpitante. Sus ropas se mancharon de escarlata. Apretó con la mano la herida hasta que se cierra, pero ha perdido mucha sangre.

Elizabeth se enderezó, un hilo de sangre se escapa de sus labios, se limpió con el pulgar.

– ¿No te parece fascinante cuánto se puede saber de una persona nada más que por su sangre? – preguntó ella mirando su dedo manchado; lo limpió lamiéndolo, con una placer obsceno – sé que estas hambriento, William. Mantenerte tan cerca de esa humana no te ha permitido alimentarte como se debe… no puede engañarme, todo esta en tu sangre, ella me habla.

El brazo, antes herido, se estremeció y las piernas apenas si podían mantenerle en pie.

– Acaso Gabriel nunca te explicó lo que te ocurriría cuando se pasa mucho tiempo sin alimentarte, ¿o si, William? – preguntó Elizabeth pasándose los dedos por lo labios, voluptuosamente –. Puedo sentir como llegas a ese limite en que el vampiro empieza a perder fuerzas – continuó –, pronto no podrás sostenerte más, la visión se te nublara y caerás en el sueño eterno de la no muerte… no serás otra cosa que una repugnante criatura incapaz de moverte… estas muy cerca, William.

La curvilínea silueta de Elizabeth y el roo de sus cabellos se le hace nebuloso; mas sus ojos, penetrantes en su odio, siguen tan nítidos como siempre. Algo estaba mal, terriblemente mal. El brazo aún resentido le seguía tiritando, como atacado por convulsiones. Trató de sujetar y detener su brazo, pero el dolor y la fuerza de este es más fuerte que él.

– No trates de luchar, William, déjate caer en la misma desesperación en el que debiste caer hace ya mucho tiempo.

Pero se mantuvo en pie. Su rostro se hizo tan blanco como el de un fantasma y la piel se hundió alrededor de la cuenca de los ojos, confundidos y sin luz. Su apariencia era de un ser en agonía y al borde de una muerte liberadora. Todo resulta mejor que seguir en esa desdicha. El cabello le cayó en la frente en mechones sobre el rostro lleno de sudor frío.

Ella le miró, indiferente pero divertida de ese estúpido intento de dignidad, no tenía ningún caso seguir prolongando su fin por el mero uso de la fuerza de voluntad. Cómo Gabriel pudo…

– Qué inconveniente debe ser para ti estar languideciendo, con las fuerzas menguadas – dijo –, mientras que yo me siento con más fuerzas que nunca. – ¿Cómo era posible que su voz fuera tan virginal e inocente diciendo palabras como esas?

Elizabeth, en un abrir  cerrar de ojos, se le acercó. Se miraron cara a cara, separados por tan solo diez centímetros. Sus ojos se encuentran un brevísimo instante. La vampiresa le golpea el pecho con la palma abierta. Este sale volando por los aires contra la pared que termina por desmoronarse. Rueda por el suelo el bosque más allá. Sangre y tierra se mezclaron en su boca. Dolor, sufrimiento, dolor y nada más. Pero aún así se levantó, por más que las rodillas le fallaran. Escupió tierra ensangrentada y miró sin mirar realmente.

– ¿Porqué haces esto? – preguntó de repente, sujetándose el brazo tembloroso, con la voz ronca pero decidida.

Algo pareció romperse en el interior de Elizabeth, su último fragmento de humanidad, de autocontrol, se hizo añicos. Su rostro se lleno de una repentina y ardiente furia.

– ¿Por qué hago esto? – exclamó ella fuera de todos sus cabales. Le miró con sus sangrientos ojos iracundos.  Nunca parecieron algo menos humanos y más monstruosos.

– No tienes la menor idea, ¿cierto? – continuó ella tras una breve pausa –. El gran William Knight Valerius, orgulloso protegido de Gabriel no tiene ni idea – se acercó hacia él con pasos lentos pero firmes, pasó por encima de los escombros. Sus ojos destellaron odio pero él ni se mueve.

– Eso fue hace mucho tiempo – contestó intentando aparentar una actitud recia –, déjalo ir.

– ¡Dejarlo ir!

La voz de la vampiresa, fuera de toda moderación, creó eco por varios segundos. Se pudieron escuchar cristales rompiéndose y cayendo al suelo dentro de la mansión. Sus tímpanos por poco y le estallaron, pero se mantuvo en pie, por pura fuerza de voluntad. Mientras que ella le lanzaba rayos de odio ardiente por cada por de su cuerpo.

– No, William, hay cosas que no se pueden perdonar. – dijo ella repentinamente. Por la fracción de un segundo su voz regresó a un estado de etérea inocencia.

Luego, dolor, un terrible y penetrante dolor. Algo le desgarró la espalda. Ella corrió a atacarle, pero la esquivo saltando. Un borrón negro brotó de entre las sombras y fue tras de él.

En instantes lo alcanzó, intentó evadirlo haciendo un giro en el aire pero las garras, como navajas negras, destrozaron su chaqueta y volvieron gironés su camisa. Al aterrizas, varios metros lejos de Elizabeth, notó cuatro limpios cortes limpios y sangrantes que cruzaron su pecho en diagonal.

– Esos es lo malo de intentar matar a un vampiro, que sanan muy rápido –comentó Elizabeth, casi con ternura –… por lo que sólo me queda una alternativa.

Entonces soltó una sonrisa inocente, pero que a su vez era siniestra y ruin. Sus colmillos perfilaron en todo su escalofriante esplendor. Puso de lado el rostro y más zarpas espectrales se materializaron de las sombras, arremetieron contra él. Se hizo de lado, brincó, se agacho y giró; más las garras siempre lo vuelven a encontrar.

Su espalda se topó contra un árbol. Las garras lo hicieron mil astillas, el tronco crujió y cayó con de la mano de un sonoro estruendo. Él miró a la vampiresa del otro lado del árbol caído.

“¿Ese es el poder de un vampiro de cien años?”, pensó. Manipular las sombras, usarlas de arma y lanzarlas contras quien desees… esto ya es otro nivel, por completo inalcanzable para él.

Se le quedó mirando largo rato, o así le pareció. Cautivado por de cierta forma extraña por el aluvión de de emociones que le llegan desde esos ojos rojos y expresivos, esos ojos de vampira. Le llegan ráfaga, so sólo odio, también pena, resentimiento y… ¿soledad? Si, soledad. Esa misma y aterradora oscuridad que tantas veces había sentido, que lo llevaron al borde de la desesperación. Ese frío en el pecho, en el corazón, que te lleva a lo más profundo del abismo, de donde no hay escapatoria. Todo estaba allí, en las ventanas teñidas de muerte y sangre que son sus ojos.

– Muere, William. – susurró la vampira.

El árbol se hizo añicos. Las sombras se volvieron lanzas negras y fueron a por él.

William, reacciona de una maldita vez.” Se dijo. Esquivó por poco a las sombras. Tambaleándose corrió hacia Elizabeth. Un único pensamiento le carcome… tiene que encontrarla, debe hacer… todo gira en torno a ella, a Isabel. Más sombras atacaron, pero nada más llegaron a rasgar sus ropas. Llegó hacia ellas, quien le lanzón un zarpazo hacia la cara, pero ya no tenía caso. Se había esfumado en la niebla.

Silencio.

– ¿Por qué corres, William? – gritó ella desgarrando el aire. Miró a todas direcciones, buscando el menor rastro de él.

– ¡MO HUYAS, PELEA, PELEA!

Se quedó repentinamente paralizada. Unos helados y firmes brazos la inmovilizaron, y sintió la presión de su pecho en la espalda. Su aliento le acarició el cuello, pero no dijo ni hizo nada para defenderse. Cuando los colmillos le rasgaron la carne lo sintió todo en un instante.

Hubo una explosión dentro de él. Odio, resentimiento, furia, desprecio, indiferencia, amor, placer, placer, placer. Todo junto y mil veces más intenso en cada instante, con cada sorbo de ese elixir maldito.

Cuando hubo saciado su sed se convirtió, se desvaneció, entre la niebla, su única escapatoria.

Medianoche, y nada.

Aún no ha recorrido ni la cuarta parte del bosque; y nada, ni el menor rastro de Isabel. Tampoco ha escuchado más de esos extraños aullidos, pero los truenos retumban en el cielo y cortan el frío fantasmal que parece imponerse. Se estaba desesperando. Si esto seguía así se haría de día antes de encontrarla y sin sus poderes de la noche le será incluso más difícil dar con ella.

¿Y si era muy tarde?, ¿y si esas bestias que mencionó Elizabeth la habían encontrado?, ¿Qué sería de ella?, ¿Qué le harían? No, todo eso es imposible…

Un leve aroma, un suave murmullo lejano. Una pista de ella. La excitación lo llena, pero se mantiene cauteloso. Va a su encuentro esperando, todavía, no llegar demasiado tarde.

Se encuentra con un claro en el bosque justo a tiempo. Allí esta ella, saliendo de los arbustos hacia el claro. Su cabello esta enmarañado, su rostro, lleno de finísimos cortes que ya se cerraron y su rostro lleno de sudor y suciedad. Pero es ella, por más agitada y pálida que se le vea es Isabel.

Cuando sus ojos se encuentran, en lados opuestos del claro, todo quedó en completo silencio. Ninguno se movió, ni dijo nada. La atmosfera silente se hizo eterna. Ya nada del mundo que los rodea se hizo real: Ni los alaridos de las bestias a lo lejos, ni los truenos que desgarran el aire. Sólo eran ellos dos, nada más. Era insoportable tenerla tan cerca y ser tan distantes… son de dos mundo por completo diferentes.

– ¿Cómo puede confiar en ti? – preguntó ella rompiendo con el silencio.

– No puedes.

– ¿Por qué? – quiso saber – ¿Por qué me mentiste por tanto tiempo?

– Yo… yo… yo sólo – pero no puede hablar.

El silencio regresa. No puede encarar, se da la vuelta, la vergüenza no le permite mirarla a los ojos. Entonces su mundo se llena de luz, una luz brillante y calida.

Ella fue hasta dónde el estaba y le tomó la mano. La tibieza de su piel, en comparación de su terrible frialdad, le apenaba, pero también le daba paz. Como si ella fuera el hermoso sol de medio día hubiera llegado para liberarlo, arrancarlo de su prisión de hielo… su calor, su calor le da fuerza.

– Por favor, William – susurro ella, apenas lo suficiente alto para que le escuchará – necesito saberlo.

Reunió todas sus fuerzas y habló con la mayor sinceridad posible.

– Yo sólo deseaba sentirme otra vez humano, aunque fuera por un instante – dijo –, luego de conocerte, de hablar contigo, de verte, no pude resignarme con mi destino, conformarme con es un monstruo…

Isabel le soltó la mano, y la misma fría soledad le invadió el cuerpo.

– Esa no era razón para…

– ¡Claro que si! – grito él de repente, se dio la vuelta y la miro con ojos de odio… ¿Cómo es posible que no lo entendiera? – maldita sea, Isabel, ¡Mírame!… ¿acaso no ves lo que soy?, ¿Cómo querías que te mostrará como soy realmente?, ¡Soy un monstruo!

Pero de repente fue acallado. Isabel, al borde de las lágrimas, le envolvió en sus brazos y se hundió en su pecho. Esa tibieza de nuevo… él se quedó conmovido y anonadado, no supo en un principio que hacer. Luego le respondió el abrazo.

– Yo… perdón. – fue todo lo que pudo decir mientras el calor se fundía en su pecho.

Notas: No sé cómo clasificar el final de este capítulo. No sé si romántico o qué otra cosa… pero creo que me quedó aceptable.

El poder de las sombras es, en parte, por el anime Vampire Knight, pero sólo en parte.

Dentro de un par de capis creo que hondare en la historia de Elizabeth.

Cómo ya deben saber tenemos nueva escritora, de la cual esperó muchas cosas…

Ya sólo faltan 7 capítulos… lastima que este me quedó más corto que de costumbre.

Creo que eso es todo por ahora… y para los que les interese mi Twetter esta para contactarme, hacer comentarios y sugerencias de todo tipo…

Siguiente Capítulo

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