Capítulo XLI: Los últimos y sangrientos días de Mammón, la Avaricia

Posted on 24 junio, 2010

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– No, Blade, esto es sólo el comienzo – dijo de improvisto una voz monstruosa, fría y familiar. Se dio la vuelta, pero ya era tarde.

Aquel vampiro, su verdadero enemigo ya lo tenía en su poder. No podía contra el poder de sus ojos.

– Pronto, nos volveremos a ver – dijo aquel vampiro. Con sus uñas parecidas al cristal se cortó la palma de la mano y con sus poderes le forzó a beber del maldito liquido que de su mano brotaba –, y cuando eso ocurra mi creación estará completa…

– Pronto, nos volveremos a ver – dijo aquel vampiro. Con sus uñas parecidas al cristal se cortó la palma de la mano y con sus poderes le forzó a beber del maldito liquido que de su mano brotaba –, y cuando eso ocurra mi creación estará completa…

– Hoy debe ser mi día de suerte – dijo aquella voz que tantas dificultades y desventuras en los últimos meses. Ese tono sínico y victoriosos resulta peor que mil agujas bajo las uñas –. Ahora, sin hacer nada estúpido date la vuelta muy lentamente.

Isabel, en cuya nuca esta el cañón de una escopeta, se lanza al suelo en un desesperado intento de escapar. Afinca la mano en el suelo y, accionando los poderes sobrenaturales del relicario, lanza un enrome peñasco contra su enemigo. Quien destruye el proyectil con la fuerza de un culatazo. Una nube de polvo cubre el rostro de su atacante y cuando se disipa los ojos de la joven se turban y asustan como pocas veces en la vida.

Aquel sobretodo de cuero negro, sombrero de vaquero y rostro intangible y amenazante nunca se le hicieron tan reales como ahora. Es como si, luego de tantos menos huyendo y escondiéndose, en esté preciso momento estuviera reconociendo por primera vez a su enemigo.

– Blade…

– ¡Donde esta el vampiro! – grita el cazador sin la menor cortesía y mirando con un marcado desprecio a la indefensa Isabel… o no tanto. Ella, invadida por una repentina rabia ciega usa todos los atributos sobrenaturales del talismán de grifo y ataca a Blade una y otra y otra vez. El cazador esquiva sin problema, lo que le da la oportunidad a la joven de incorporarse y correr, lo más rápido y lejos posible. Blade, cuando ya no hubieron más proyectiles, casó una extraña pistola de su abrigo y disparó… di inmediato Isabel cayo de bruces al suelo.

Sólo hay sombras y agotamiento. La cabeza le duele hasta más no poder, los miembros los tiene dormidos e inutilizados, una ligera tibieza le acaricia el rostro y el cuerpo. Tan atonda está que no puede hablar ni moverse. Pero puede escuchar chispazos y el danzar de lenguas de fuego subiendo y bajando. Con un esfuerzo titánico logra entre abrir los ojos, los parpados le pesan como cortinas de hierro.

Lo primero que distingue es una pequeña hoguera. Cenizas rojas y débiles llamaradas suben por los aires escoltados por una suave humareda traslucida. Tiene cierta belleza mística en su baile, pensó Isabel todavía sacada a la fuerza de la realidad. Sube un poco la mirada y encuentra una bóveda de piedra rustica y agreste, de alguna manera está en una cueva…

De repente se acuerda de todo. De William y sus engaños, de aquella vampira que le reveló la verdad, tan evidente ahora que ella la vergüenza por estar tan ciega le carcome, y el más nítido de los recuerdos: el rostro agresivo del cazador mirándole, desnudándolo con la mirada, viendo y desgarrando su alma desprotegida. Entonces las fuerzas le regresan junto con un aluvión de adrenalina. Se levanta alterada.

– Ten – dejo la voz fría e indiferente del cazador  poniendo al lado de la muchacha una hoja sobre la que descansa un pedacito de carne que Isabel no supo de qué animal era – debes tener hambre, te hará bien.

Blade apenas le concede una breve mirada, lo suficiente para perturbar a la joven que se la lanza a la espalda mientras este se sentaba. Por un momento Isabel se queda a la expectativa, el cazador se queda inmóvil, hasta que él le mira por detrás de su hombro sin mostrar enojo o alguna otra emoción.

– ¡No quiero nada de ti! – gritó Isabel con una mezcla de dignidad y reclamo de niña malcriada. Ambos se miraron. Ella con intensidad y decisión mientras que él con desgana. Al final de varios segundo Blade se sentó junto al fuego sin volver a mirar al la joven – espero que no tengas frío, ¿estás bien así? – agregó mirando a un punto cerca de Isabel y ella se voltea a mirar también. Sus piernas están abrigadas con el sobretodo de cuero del cazador.

– Yo…, tú. – tartamudea Isabel sin saber que decir o pensar o siquiera mirar.

– Si te da hambre aquí hay un poco más de carne – agrega el cazador cortándole a Isabel. Deja otra hojita con hoja en el suelo, puesto que el anterior se había llenado de tierra; luego se recuesta lo mejor que puede en el suelo, cruza los brazos, cierra los ojos y se coloca el sombrero sobre los ojos. Isabel se levanta procurando hacer el menor ruido y camina hacia la salida de la cueva que no está muy lejos –, por cierto, puse una trampa en la boca de la cueva. Si intentas salir te puedo asegurar que esa carne asada se vera mejor que tu pie. – agrega el cazador deteniendo en el acto todas las pretensiones de escapar de Isabel, quien se aplasta contra la pared dura de la caverna sin saber dónde estaba ni cómo escapar. Si hubiera prestado un poco más de atención hubiera visto como un lave media sonrisa divertida se esboza en los labios de Blade debajo de su sombrero.

Durante poco más de una hora u hora y media Isabel se debatió, abrigada confortablemente con el abrigo de cuero, si tomar la carne o no. El hambre le estaba matando de a poco, pero aquella comida que el cazador de mala gana le ofreció era un símbolo y ella no se dejaría doblegar por el nunca, ni por todos los festines del mundo. Pero luego de media hora más las tripas pudieron más que el corazón y tomó la carne que ahora se le hacía la cosa más apetitosa que pudiera existir. Su apariencia aunque extraña no la convenció lo suficiente como para no probarla, en especial con ese suculento aroma que tenía. Primero mordió un pedacito que se tardo en masticar y degustar; en realidad no sabe nada mal, concluyó Isabel que se dio un festín un tanto acelerado para el gusto de los altos comensales.

– Yo no comería tanto si fuera tú – dijo de pronto Blade por debajo de su sombrero –, la carne de gorila zombi puede causar terribles diarreas con pesadillas.

Por un instante, un muy largo y tormentoso instante la caverna se quedo en silencio únicamente mitigado por el chispear del fuego, e Isabel, quien ya se había comido la mitad estuvo a punto de vomitar.

– Descuida, era una broma, es sólo carnero.

Ese chiste de mal gustó le hizo a Isabel querer volver a lanzarle la carne, pero está vez el la cara. Pero decidió mejor no hacerlo, el hambre la volvió algo más sensata.

– No me hizo gracia.

– Lo sé. – se apuro a contestar Blade aún con la cara cubierta sobre su sombrero de vaquero.

El silencio se hizo incomodo.

– ¿Puedo preguntar que me pasó? – preguntó Isabel cuando acabo de comer y abrigándose un tanto mejor con el abrigo de cuero. El frío estaba empezando a entrar en la caverna.

– Sólo un dardo con veneno de araña piedra destilada – explicó el cazador mirando el interior de su sombrero –. Pensaba utilizarlo con tu novio vampiro, pero me obligaste… de hecho me sorprende que estés despierta, esa cosa puede tumbar a un elefante por tres días. – agregó, causándole un leve rubor en las mejillas al referirse a William como su “novio”, pero luego se sintió tonta al reaccionar así.

– ¿Cuánto tiempo estuve dormida?

– Cuarenta y cinco minutos.

Isabel se pasó la mano por el pecho y no está.

– ¿Dónde…?

– Espero que no estés buscando esto – repone el cazador mostrando el amuleto con sangre de grifo meciéndose en su cadena, aprisionada en su puño – nunca fui bueno para eso de ¡ABRA-KADABRA! Y demás, por suerte nuca lo necesite. Mas, si se lo suficiente para saber que lo que hiciste fue alquimia, una transmutación, lo que es imposible sin un círculo.

– Con el amuleto puedo transmutar ni la ayuda del círculo, pero sólo cosas sencillas y sin el menor chiste – explica Isabel recordando alguno de los pasaje del libro que le dio Edward en Londres. Parecíale ya tanto tiempo atrás –, nada más puedo cambiar la forma de compuesto rudimentarios, mientras que con el círculo…

– Únicamente quería saber cómo hiciste eso, no hace falta que me recites tus libros de brujería – interrumpe de forma descotes Blade, quien guarda de nuevo el relicario en su bolsillo.

– ¿Por qué tienes que ser tan antipático? – preguntó Isabel. Una extraña puntada le hace querer saber más sobre aquel hombre huraño, temible y de apariencia tan intimidante – ¿Qué he hecho para que seas así?

– Ayudar a que escapara es monstruo. – contestó con un tinte de odio bien marcado.

Isabel se queda en silencio. Como si aquella noche en su oficina ocurriera otra vez ante sus ojos se acaricia la mejilla, la misma que Blade, en un arranque de ira, le abofeteo.

– ¿Qué tienes contra los vampiros? – preguntó de pronto Isabel rompiendo con el silencio –, ¿acaso son tan malos?

Balde, atacado por una repentina cólera, se incorpora y quita el sombrero del rostro para mostrar sus penetrantes ojos llenos de rabia. Se acerca a Isabel, quien retrocede asustada. A dos pasos de ella se detiene, algo más calmado, mira de reojo a Isabel y se da la vuelta. La rabia volvió a contenerse y ahora regresa la expresión despectiva.

– ¿Por qué te empecinas en defenderlos? – dijo por fin Blade colocando la espalda sobre la pared de la caverna y mirando el baile vigoroso de las lenguas de fuego –, ¿acaso no entiendes que lo único que hacen esos monstruos es matar, engañar, traicionar y alimentarse?, no son más que bestias que con forma humana. ¿Qué ves en ellos que te ha convencido ser su protectora?

Isabel se queda en silencio. Trata de recordar, buscar algo que le de la razón, algún indicio de bondad en las criaturas que reinan el mundo en el que estuvo inmersa por tantos meses. Le vienen a la mente las numerosas acciones de valor de William, su generosidad, hasta su sentido del humor… pero nada de eso compensa todo lo que hizo: el engaño se hace más doloroso al estar convencido de las buenas intenciones de William.

– Ves, no nada, sólo bestias – agregó el cazador. Se levanta, toma su escopeta, que hasta entonces estaba recostada contra la pared de la cueva,  y camina hacia la entrada para quedarse hay, esperando a que algo o alguien intentara acercarse – es increíble que ese vampiro no te haya matado con el único motivo de saciarse con tu sangre.

– ¡William no seria capaz!

– ¿Cómo puedes estar segura? – con esa única respuesta del cazador Isabel volvió a quedar callada por la verdad que le golpea en la cara. Ya nada es verdad y no puede estar segura de lo que es mentira, es un estado de terrible incertidumbre junto con la amarga sensación de haber sido engañada por tanto tiempo.

– Eso no responde a mi pregunta – agrega Isabel molesta, pero avergonzada a la vez – ¿Por qué odias tanto a los vampiros?

Blade se queda en silencio por varios minutos, evaluando si contarle su trágica historia o no.

– Ellos mataron a mi familia, a todos – contesta secamente cuando ya hubo decidido. Isabel le pega de lleno una pena, su comportamiento ha sido todo menos apropiado, lo juzgo creyendo que era un psicópata homicida cuando es todo lo contrario. Luego de tanta mentira Isabel no puede juzgar bien lo que es y no es verdad. Y en consecuencia se siente miserable.

– Yo… no sabía… lo siento.

– Claro que no – espeta el cazador haciendo sentir peor a Isabel –, nadie más que Aramis y un puñado de personas más lo saben. Mi padre ya había muerto cuando lo encontré… tenía la garganta desgarrada, bañado en un charco de su propia sangre… pero mi madre… la vi desangrarse en los asquerosos brazos de ese maldito vampiro, cuando la soltó ya le había arrebatado hasta la última gota de vida. Me sonrió con sus colmillos llenos de sangre antes de esfumarse… por eso es que cazo a esas malditas bestias, porque sé hasta que punto nivel llega su perversión.

El cielo, la montaña y todas las culpas y emociones negativas que alguna ves existieron parecen caerle encima en un aluvión que le desborda el alma y le hace sentir tan miserable y despreciable como la bestia que torturo a tal nivel al cazador, quien se le queda mirando tras de su hombro. Eso era lo peor de todo. Ella podía soportar esa vergüenza y sensación de haber sido injusta con Blade, de no ser por la mirada fría y aparentemente indiferente de él. Ella, en búsqueda de un refugio de esa presión que le subyuga el pecho, desvía la mirada al suelo al borde de las lágrimas… ¿Por qué nada puede tal cual parece?, ¿Qué razón tiene el destino para hacerle malas pasadas tantas veces y tan seguido?

– Yo… yo.

– No digas nada más – agregó repentinamente el cazador evitando lo que seguro acabaría en una muy sentimental y posiblemente degradante disculpa – yo no quiero ni busco tu compasión ni que te sientas mal por lo que me pasó. Tu lastima no cambiara lo pasado hace quince años. Sólo necesito que me digas donde ésta ese vampiro, nada más, luego puedes ir a dónde quieras.

Mientras hablaba Blade regresó la mirada a la oscuridad más allá de la caverna. Una ligera brisa, que acaricio su tez, le provocó un presentimiento o, más bien, la certidumbre de que algo muy peligroso y terrible se acerca. Una sensación ya habitual para él antes de la batalla.

– No puedo, no puedo traicionarlo – soltó Isabel luego de una pausa, con los ojos fijos en el suelo y el corazón desgarrado en dos: una parte que desea delatar a William; mientras que la otra, por alguna razón incomprensible, aún desean protegerlo de aquel hombre a quien temía y odiaba por igual, pero que ahora le parecía sólo intimidante e indiferente.

¿Cómo es posible que esos dos seres, el demente que le abofeteo absorto en su ira asesina y el hombre frío que ahora vigila con cautela, sean la misma persona?

Isabel estaba tan absorta en sus pensamientos y contradicciones internas que no se dio cuenta del cambio de Blade. En silencio apretó el puño con tanta fuerza que las unas se le enterraron en la mana, un hilo de sangre se deslizo hasta el suelo en laxas gotas rojas. Por su parte, la mano que sostenía la escopeta, se encerró en la culata del arma, la cual se astilla. Las pequeñas puntas de madera se le entierran en la palma. La furia silenciosa y ardiente se adueña de él. Trata de reprimir aquella explosión iracunda, sabe muy bien de lo que es capaz de hacer en momentos así… y también sabe que lo más seguro es que termine arrepintiéndose. Debe conservar todas sus fuerzas, ese enemigo desconocido llegará antes de que acabe la noche.

El cazador deja de inspeccionar la noche en el bosque y los rayos de luz ceniza cayendo sobre las copas de los árboles. Seguramente no hay mejor posición defensiva en todo el bosque. Se puede ver en toda la arboleda hasta el espejo de agua del lago al fondo. Encima de una montaña. Pero lejos de la mansión de Gabriel, la cual se mantiene en tan oculta de día como de noche de todos los ojos que supieran en donde buscar.

– Espero que cambies de opinión – soltó Blade, haciendo que Isabel plantará la mira asombrada en él. El paladín nocturno encamina al interior de la cueva y se sienta cera del fuego dejando a un lado su escopeta para prestarle atención a un bolso militar del que comienza a sacar municiones y armas de todas formas y tallas.

Isabel mira la calmada meticulosidad con que Blade limpia sus armas y las prepara para una guerra.

– ¿Quién eres? – pregunta la joven, palabras que salieron de su mente sin poder evitarlo.

– Soy Demis, un Paladín Nocturno, nada más.

– ¿Cómo puedes ser sólo eso?

– Es la vida que conocieron mis padres y los mismo pasó conmigo – contestó Blade cargando una pistola destellante, como de plata –, ser un cazador es lo único que he sido y seré. Ya no puedo cambiar, aunque quisiera.

– Eso no es cierto, siempre puede elegir vivir una vida nueva.

– Eso es sólo una quimera que inventan para hacernos sentir dueños de nuestro propio destino, cuando la verdad es que somos como insignificante arena que se la lleva el viento. – arguyó el cazador sin mirar a Isabel, cargar los peines del pistola consume toda su atención –, desde que mis padres se hicieron cazadores de monstruos ese vampiro estuvo destinado a matarlos y, al hacer eso, yo estuve destinado a su vez de buscar vengarme de él. – lo que decía era tan frío, calculado y siniestro que a Isabel se le estremeció la espina. El que estuviera hablando de esa forma de la muerte de sus padres, casi como si les estuviera culpando de ello, se le hace tan incomprensible. Pero luego de meditarlo en silencio entendió que era una forma de ocultar su pesar: es mejor culparlos por dejarlo sólo, que alguna fuerza invencible decidió su muerte que la simple casualidad.

– ¿Y lo has conseguido? – preguntó Isabel. De algo estaba segura, que nunca entendería, pase el tiempo que pase, al cazador – ¿conseguiste vengarte de él?

Como si hubiera sido ofendido de una forma imperdonable, el cazador se levanta y se vuelve a la entrada de la cueva. Se hubiera ido del todo de no ser por la mano repentina de Isabel, quien le tomó por la muñeca. Blade se queda paralizado e Isabel mira la espalda ancha de ese hombre terriblemente apenada, odiaba sentirse así.

– Perdón… creo que y he dicho muchas veces eso hoy, ¿no? – pregunta Isabel incomoda por la conducta casi de estatua de Blade –, te juzgué mal y por eso me disculpo… no pido que aceptes mis disculpas, sólo que sepas lo que en verdad lo siento.

– No, no tienes que hacerlo – agregó Blade sin moverse ni un ápice –. En todo caso soy yo el que te debe de pedir perdón – repuso –, si por algo tuviste razones para odiarme es por mi propia culpa.

– Yo…

Pero ella no logró terminar aquella frase. De alguna manera, por desgracia ya conocida por ella, una fuerza intangible y una luz blanca tan intensa como cien soles le arrancó de raíz de su cuerpo, su vida y su realidad. Cuando por fin sus ojos vieron más que la blancura estaba desconcertada y con un espectral frío recorriéndole la espalda, uno de esos escalofríos que dicen que el peligro ésta cerca. Sus sentidos son más agudos que de costumbre, dónde quiera que esté es en lugar muy oscuro y que le llama a la acción.

Los truenos destellaban en el cielo, procurando un brillo azulado de vez en cuando, pero lo suficiente para saber que estaba en una oscura arboleda. Todo lo que puede ver es el camino fangoso adelante y el enorme castillo que se levanta más adelante. Su nariz percibe el inconfundible olor metálico de sangre, madera podrida y la penetrante peste de la muerte. Nada de eso le incomoda ni perturba en la menor forma, nada cuanto veía se le hace real y a su vez tampoco una ilusión o fantasía. Es como si aquellas desconocidas imágenes se mezclaran con sus recuerdos en algo muy parecido a los sueños. Algo cautivador pero que no puede comprender, clasificar o entender.

Aquella persona, que es y a la vez no es ella, se acerca al tenebroso castillo. No hay nadie a la vista, mas la nauseabunda peste de sangre y muerte se intensifica y le llena de una silenciosa y potente rabia, que oculta un deseo igual de repugnante pero controlable. Como una cautelosa sombra se adentra en el castillo; todos los pasillos, corredores y senderos están sumidos en la negrura. Con cada paso el cuerpo se le tensa, alistándose para el combate inminente. La sangre es su guía, su penetrante aroma lo arrastra hacia una enorme puerta metálica por la que se destila la única luz en el castillo. Tras respirar una gran bocanada de aire, cargada del aroma de su enemigo y la presa de éste, entra en el inmenso cuarto.

La peste a sangre viene de un piscina escarlata que ocupa todo el recinto y esta dividido en dos por un puente de piedra que lleva a un trono de piedra sobre el que esta estado su enemigo. Con los labios manchados de rojo, su mirada de sangre sobre las decenas de victimas blancas como fantasmas y su apariencia mortecina le dijo que ese era el ser que ha estado buscando por tanto tiempo. Corrió hacia él, sorteando los cadáveres y sin perder tiempo apuntó y disparó en ráfaga. Cada impacto desgarró las ropas del vampiro, quien, sangrando y con los ojos conmocionados se levanta de su trono de piedra.

Más y más disparos de su confiable escopeta y, a pocos pasos entre ellos, el vampiro cae de rodillas, al borde de la muerte. Se acerca al monstruo y lo mira con una rabia indescriptible.

– Este es tú final – dijo con rabia y satisfacción en partes iguales –, Mammón.

– ¿Por qué, maestro? – fue lo único que pudo decir el vampiro. Se dejó caer y antes de que su cuerpo tocara el suelo lleno de sangre este ya era una pila de cenizas.

– No, Blade, esto es sólo el comienzo – dijo de improvisto una voz monstruosa, fría y familiar. Se dio la vuelta, pero ya era tarde.

Aquel vampiro, su verdadero enemigo ya lo tenía en su poder. No podía contra el poder de sus ojos.

– Pronto, nos volveremos a ver – dijo aquel vampiro. Con sus uñas parecidas al cristal se cortó la palma de la mano y con sus poderes le forzó a beber del maldito liquido que de su mano brotaba –, y cuando eso ocurra mi creación estará completa…

– ¡Basta ya!

Tan inexplicable como vino se fue aquella visión. Isabel cae en el suelo, con los ojos trovados y por completo confundida. Mientras que el cazador esta como si nada hubiera ocurrido, mira el exterior de la cueva con ojos escrutadores.

– ¿Cómo hiciste eso? – se limita a preguntar Blade

– No lo sé – contesta Isabel sin prestar mucha atención, su mente se encuentra demasiado alterada para hacerlo –. Fue un recuerdo, tú recuerdo, ¿cierto?

– Si, del día que encontré al que creía el vampiro que asesinó a mis padres – dijo Blade sin mirar a Isabel –, se llamaba Mammón, era el Príncipe Infernal de la Avaricia… pero – agregó cerrando otra vez el puño con fuerza.

– Él no era, ¿verdad? – preguntó la joven recordando aquel segundo y aterrador vampiro.

– No, pero algún día lo encontraré… aunque me cueste la vida.

Notas: Mammón es uno de los 7 príncipes del infierno, de los cuales cada uno representa uno de los 7 pecados capitales: En el caso de Mammón, la Avaricia o Codicia.

Esperemos que les haya gustado el capi…

No hay mucho sobre lo que comentar… díganme si me equivoco.

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