Oscuridad Brillante, Tercer Acto: Las Entradas

Posted on 20 junio, 2010

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Todo es negro, lo demás dejó de existir…

El frío se desvanece con el resto de mis sensaciones…

Soy muda, sorda, indiferente y ciega…

Me sumo en el eterno letargo de la noche… mi hora ha llegado…

No puedo creer lo que esta ocurriendo, todo es un mal sueño… ¿Cuántas veces ha dicho eso sólo para entender que era real lo que mis ojos veían y mis sentidos me mostraban?

Debemos hacer algo. Tiene que haber algo que pueda detener la llegada de la estrella y de los ángeles… es aún más terrible saber que peleamos contra los que deberían ser los buenos, ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?, ¿no pueden ser los buenos, buenos y los malos, malos?, ¿acaso es cierto lo que nos habrá dicho Desmond?

– Isabel, por favor quédate quieta, estas mareando.

Las palabras de William me regresan a la realidad. Estamos solo él y yo, a espera de Desmond que subió hace unos minutos a la planta alta de su la casa. Desde hace más tiempo del que me pude dar cuenta estuve caminando en círculos por la sala, así de nerviosa estaba y sigo. Por su parte el pobre William sigue postrado en el mueble de forma incomoda, a mi parecer.

– Perdón – me disculpe mirando ansiosa la escalera, este no es momento para desperdiciar el tiempo en tonterías –, ¿no se ha tardado demasiado en lo que sea qué esté haciendo?

– Es creo.

– ¿Lo necesitamos realmente?

– Más de lo que te puedes creer y mucho más de lo que nos conviene. – respondió William.

– No entiendo que te hace pensar eso – dije volviendo a rondar alrededor de la sala nerviosamente.

– ¿Aparte de por el hecho de que él solo pudó darnos una paliza a los dos con una facilidad que nos hace parecer incompetentes?

– Si…

– Él es un Dantés, por eso es que lo necesitamos – contestó William mirándome fijamente, algo en sus ojos, un no sé qué, me hizo detener y prestar atención en todo lo que decía –. Edward me contó una vez de su él y su familia. Son el clan de alquimistas más antigua de la actualidad, todos unidos por un objeto que ha pasado de generación en generación durante cerca de quinientos años… el Démonokostor.

– ¿Qué?

– El Démonokostor, el arma robada directamente de las garras de uno de los generales infernales – dice la voz de Desmond, me volteo y miro cómo baja por las escaleras. Lleva ahora puesto algo parecido a un traje de guerra de hace como mil años –. Y ahora, en un irónico giro nos ha servido por cinco siglos ha matarlos. De hay proviene su nombre “látigo mata demonios”. Si ya terminaron de hablar tonterías tenemos un mundo que salvar… un día de trabajo cualquiera.

Desmond me encara y puedo precisar mejor su uniforme. El un sobretodo rojo sangre con hombreras de metal plateado. Sus pantorrillas y antebrazos están protegidos por piezas de armadura que terminan es puntas de metal filoso. Se ve realmente imponente, listo para la batalla.

– ¿Listos para la batalla? – pregunta Desmond poniendo las manos en su cintura, de reojo puedo ver que en su cinturón de cuero cuelga una cruz de metal opaco… no creo que eso sea del todo útil si es que vamos a pelear contra ángeles.

– Casi – responde William con sarcasmo –, sólo tengo que solucionar un pequeño problema… ¿pero cuál será?… oh, si… ¡soy un maldito vegetal!

– Descuida, sólo hay que quitarte el amuleto.

– ¿Eso es todo? – pregunté. Me volteé hacia William y le arranque el collar del cuello. Enseguida se levantó y corrió hacia Desmond que lo tomó por el cuello y alzo por los aires como si William estuviera hecho de de aire.

– Tendrás que esforzarte más, vampiro – dice fríamente Desmond que tira a William contra la pared –, como te darás cuenta yo tengo más tiempo en el negocio de lo que piensas.

– En algún momento te descuidaras y serás todo mío.

– Algún día, pero ahora tenemos cosas que hacer caballero – agregó Desmond mirándome de improvisto – hay cosas más importantes que hacer… la buena noticia es que podemos detener todo esto antes de que empiece…

– ¿Y la mala? – pregunte y sentí como William se paraba a mi lado, mas no le vi por lo absorta que estaba en la conversación.

– Que si fallamos lo más posible es que moriremos… y todo estará perdido.

– Prefiero desperdiciar mi vida intentando hacer la diferencia que hacerlo de cualquier otra forma. – dijo William.

– Yo también… – dije, y era verdad. Mi vida no me parecía en este punto, cuando todo lo demás esta por extinguirse, un precio alto para poder salvar a los demás.

– Entonces somos tres – aseveró Desmond acercando se ha William y a mí – en la ciudad han dispuesto tres puertas, creadores de brechas que les permiten a los ángeles abrir un puente entre los planos celeste y terrestre, así es como traerán a la estrella. Si los destruimos podemos evitar que ataquen, mas puede que sólo ganemos tiempo.

– Si podemos salvar una sola vida valdrá la pena.

– Que irónico que lo diga un vampiro – agrega Desmond, casi en tono de cumplido –. Por suerte en la ciudad está las tres entradas, pero quiero dejarles claro que esas cosas estarán protegidas por cosas tan poderosas que dudo que podamos vencerlas… esto va más allá de la capacidad que todos tenemos juntos.

– Eso significa… – susurré intuyendo el plan de Desmond.

– Que debemos darnos prisa, usar el factor sorpresa y huir lo antes posible… – completa mi frase William, pero sé que dice eso para animarme, es casi imposible que sobrevivamos a este día.

– No sabemos cuándo estará abierto el puente por lo que tendremos que separarnos y atacar al mismo tiempo las tres entradas.

– Entonces no se hablé más. – exclama con falsa excitación William, de seguro está tan preocupado como yo nuestro futuro. Me aferré con fuerza al hombro de William, a sabiendas que ahora venia el golpe helado de transformarse en bruma – la niebla no es tan rápida, pero es lo suficiente para dejarlos en los sus puntos a tiempo. – lo sabía.

– Nada de eso, yo viajo con más estilo – soltó Desmond tronando los dedos. De repente y sobre nuestras cabezas aparece un círculo de transmutación azulado que nos invade con su luz.

Al instante siguiente me encontré en una solitaria callejuela frente a una puerta destrozada de madera. Mi sexto sentido o cómo quieran llamarle me dijo que debia entrar… pero sin mi relicario de grifo no puedo hacer nada… ¿Qué voy a hacer ahora?… Desmond es un maldito.

En mi mano, en mi dedo índice para ser preciso, esta un anillo de una piedra profundamente negra sobre plata con una notita que me quite del dedo y leí:

“Es un anillo de ónice, debe darte más poder y control sobre tus transmutaciones que el collar de grifo. Creo que te gustará.

Con cariño

Desmond”

Con ese problema resuelto, con un leve resquemor sobre éste anillo, pero sin tiempo para descubrir sus poderes pase la puerta derruida y me adentré a lo desconocido.

El lugar parece estar abandonado desde hace mucho tiempo. Caminó por un largo corredor pintado de un blanco tan antiguo que la pintura se cae en muchos lugares, dejando a la vista los ladrillos y el cemento. Las luces amarillentas sobre mi titilan y se apagan sin ritmo alguno, como el palpitar temeroso de mi corazón. Con cada paso que me acerco un frío espectral se apodera del lugar hasta el punto que mi piel se pone de gallina, aunque también pudiera ser por el miedo que me acongoja, y mi aliento se ve blanco y nebuloso con cada suspiro que doy.

Me detengo, hay una puerta en mi camino. Más allá hay un horror esperándome, algo de poderes terribles y malignidad aún mayor. Todavía puedo correr, huir, alejarme. De nada sirve negar la verdad, lo que más desean mis piernas es darse la vuelta y escapar de todo, nada puedo hacer contra algo tan superior. En algún momento debía de darme cuenta que era imposible seguir luchando contra fuerza que apenas puedo entender y mucho menos detener.

Estoy sola y perdida ante un ser que supera a todo lo mortal… no puedo ganar.

Mis pies cumplen mis deseos más fervientes: retroceden, de un paso a la vez, pero lo hacen. Puedo huir, debo huir.

“No hay peor miedo que el que nos imponemos nosotros mismo, porque esa es la verdadera quimera de la mentiras”

Es imposible.

Es la voz de William la que me habla. Esas palabras se me hacen tan familiares, pero nuevas; triste y a la vez valientes. Algo me hace recuperar el terreno perdido. Un fuego se enciende en mi pecho, nada parecido había sentido antes…

Cuando estoy a centímetros de tocar el helado metal de la puerta esta se abre por si sola. El interior parece la guarida de un animal salvaje. Pero mi nuevo y más poderoso valor evita que retroceda: me dirijo a la boca de la bestia y no me asusta.

Solo hay sombras y nada más…

Todo es negro, lo demás dejó de existir…

El frío se desvanece con el resto de mis sensaciones…

Soy muda, sorda, indiferente y ciega…

Me sumo en el eterno letargo de la noche… mi hora ha llegado…

¡No, No, No!

¡Esto no puede terminar así!

Y mi alma, cuerpo y espíritu vuelven a unirse. Una luz color topacio lo baña todo, levanto el brazo para intentar protegerme los ojos, pero la luz me pega con más intensidad. Cierro los ojos  a medias y me encuentro con que el fulgor proviene del anillo. Miro a lo lejos y sigue aquel manto de tinieblas, es como si fueran cortinas de sombras, una cúpula de oscuridad para encerrarme.

Debo encontrar una forma de salir.

Intento concentrarme, buscar la forma de hacer que el anillo funcione. Si tiene el mismo sistema que el relicario sólo hay que… ¿Qué ocurre?

Funciona.

Las sombras se desquebrajan y quiebran… fisuras de luz azulada se dejan ver hasta que se termina por pulverizar todo rastro de aquel funesto mano.

Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy en un cuarto sin ventanas y que estaría en completa penumbra, a no ser de un extraño obelisco en medio de la habitación. De alguna forma extraña ese monumento produce una ligera luz azulada y… ¿está flotando?… ¿Qué serán esos jeroglíficos tallados en la piedras?

– Esta tiene que ser la puerta… ¿ahora cómo lo destruyo?

– No puedes…

Fue una voz fría, metálica y terrible la que habló… todo cuanto me rodea desaparece, engullido por la terrible oscuridad. Las sombras se adueñan de mí. He dejado de existir… sola, soy un espectro… todo es confusión, caos, espacio… lo eterno e infinito.

¿Qué soy?

A nadie parece importarle.

¿De dónde vengo?

No lo recuerdo.

¿Qué esta pasando?

Sólo Dios lo sabe… porque Dios es el que me hace esto.

¿Por qué hace esto?

– Porque lo merecen… todo ustedes lo merecen.

Es esa misma voz terrible la que escucho. Todo lo que me queda es el escuchar y pensar.

– ¡Eso no es cierto! – grite o pensé, no puedo diferenciar la una o la otra… todo es igual y todo es diferente.

– ¿Eso crees? – pregunta con sarcasmo aquella metálica y deshumanizada voz, la se me erizan los bellos de la nuca al escuchar ese espantoso sonido – homicidas, ladrones, violadores y pederastas… ninguno de ellos merece vivir… lujuriosos, hijos de la gula, codiciosos, iracundos, perezosos, envidiosos y soberbios… cada uno de ustedes los humanos han despreciado el regalo del creador. Su amor y perdón eterno.

Eso no es cierto… no lo es.

– Claro que si lo es… sé lo que piensas, fuiste, eres y serás… nada sobre ti se escapa a mi entendimiento Isabel Mendoza. – cada una de las palabras son como puñal de hielo eterno en mi espíritu.

– ¡Mentira! – grite – ¡si Él nos ama tanto!, ¿Por qué nos quiere destruir?

– Porque todos han herido su corazón, sus faltas nos imperdonables. Ahora Ajenjo vendrá y purgará al mundo de los pecadores y los justos serán salvados por la sabana blanca que los protegerá… los soldados santos destruirán al mal y todos seremos felices.

– ¡En está ciudad hay buena gente, gente que no merece morir!, ¿también los sacrificaras junto con los malos?

– ¿Qué es una ciudad en comparación con todo el mundo salvado de la corrupción?

¿Cómo puede ser?, es mentira… nada puede valer tantas vidas…

– ¡William y Desmond detendrán todo esta locura!

Por un breve instante hubo silencio.

– Aprécialo con tus propios ojos…

Luego de esas palabras frías y atroces sentí como recuperaba mi ser… es una sensación única, agria, amarga pero cautivadora. Mis pies parecen flotar, solo hay oscuridad y silencio. Entonces dos espejos se materializan entre las sombras y en  frente de mí. Mi reflejo se apenas perceptible en la liza y opaca superficie.

Como si fueran fantasmas y quimeras de los dos aparecen dos imágenes que me arrancan el alma del cuerpo… todo esta perdido.

Desmond, completamente desarmado, está contra una pared inmovilizado con cadenas y suspendido como un Cristo a punto de ser flagelado. Tiene la cabeza caída y frente a él se impone un alto guerrero con armadura de oro y alas blancas… no puede ser… es un ángel.

– Nunca pensé conocer a un Dantés en persona… ¿Qué te ha hecho dejar de ser la mano derecha de Dios? – pregunta el ángel con una voz melodiosa… que hermosa melodía proyectan sus cuerdas vocales.

– Que Dios usará su mano izquierda para mutilar su diestra – contesto Desmond con una voz muy cansada… un hijo de sangre y saliva corre por la comisura de sus labios. Esta muy mal herido…

Pero eso no es nada…

Mis rodillas pierden su fuerza, mi boca se seca y una lágrima recorre mi mejilla con su tibieza. William… no, William…

– Espero que no sientas resentimiento, William – era la voz de un hombre de sobretodo negro y muy parecido a William.

– Claro que no… ¿Por qué haces esto, Alanegra? – contestó William. Parece que se conocieran… eso lo hace más… no puedo ni pensarlo.

William, oh Dios, William. Es pisoteado por ese hombre, Alanegra, con el rostro lleno de sangre, las ropas rasgadas y seguramente muy herido. Esta derrotado, débil y a punto de morir. Que horror, que horror. Mi corazón se siente como si estuviera aprisionado por tiras de hierro. Cada vez se me hace más difícil respirar, me apoyo con las manos, puedo ver como mis lágrimas caen… ¿Qué es este sentimiento?

Es como si mi alma sintiera el dolor de William, su pesar, su tristeza e impotencia… y es horrible. Me intento arrancar el corazón apretando mi pecho con los dedos crispados, pero no puedo dejar de experimentar esa terrible presión que cada vez se aprieta más y más.

¿Por qué?

– Así deben ser las cosas, Su sabiduría es infinita y sus designios son irrevocables – espeta aquel hombre que está por matar a William – nadie puede detenerle… y yo soy su esclavo.

– Una vez me dijiste que no te dejes arrastra por la estela de desesperanza que esta por sumir al mundo más pronto de lo que todos quisiéramos… ¿de qué me sirvió si estas por hacer lo mismo? – pregunta William exaltado, entonces algo libero mi corazón. Miro hacia el espejo, algo también esta ocurriendo en el espejo de Desmond, pero William atrae por completo mi atención – ¿de qué me sirvió estar con Isabel, cuidarla y… y amarla?

– Eso ya no importa más, si la obra no termina con esté acto ella puede causar que baje el telón – susurra Alanegra… qué me ocurre, qué es este calor en mi pecho, mis piernas dejan de tiritar, algo me está dando fuerzas, ¿pero qué? –. Qué caso tiene buscar hacer más larga la novela… todo tiene su final, así tienen que ser las cosas.

– Puede que tengas razón – le responde William. De a poco me levantó y miro la expresión decidida de William y la de su oponente que parece vacilar –, puede que estemos cerca del final de esta historia, pero cada final significa un nuevo comienzo. Yo quiero estar cuando inicie esa nueva historia… tú también puedes estar en ella… sólo debes elegir hacerlo.

Entonces Alanegra vaciló y con un movimiento fue hacia un obelisco que destruyó que sus propias manos. Su poder es tremendo.

Mis piernas recuperan su fuerza y el anillo en mi dedo recupera su brillo perdido. Afincó la mano que lleva el anillo en el espejo donde aparece William y este comienza a agrietarse… lo último que puedo ver es a Alanegra decir:

– Es hora del último capítulo de esta obra… y lo que viene es una tragedia.

Ya va uno, faltan dos. Podemos conseguirlo.

Y sin más aparece un tifón de plumas azabaches antes de que el espejo se hiciera añicos y desapareciera. Cada instante que pasa el anillo brilla con más intensidad que antes. Mi atención se centra en el espejo restante, Desmond levanta la mirada y un sentimiento de victoria me llena el pecho.

Las lustrosas garras metálicas de Desmond se cubren de un  espiral carmesí de diseños en un lenguaje incomprensible para mí, las líneas de manuscritos rodean con intención de culebra los antebrazos de él con un rojo fuego que saca de base al ángel. Una explosión destroza las cadenas y Desmond cae al suelo esquivando con agilidad la arremetida de la espada del ángel que atraviesa con la pulcra hoja la pared. Desmond rueda por el suelo y cuando se incorpora saca la cruz de metal de su cinturón y, como si fuera una espada, la agita contra el ángel cuya guardia esta baja. De repente del apunta de la cruz aparece una enorme cadena de metal envuelta en filosas esquirlas de acero rojo, bañados de sangre de sus enemigos.

La repentina cadena, que parece tener vida propia, se enreda en el brazo del ángel. Es halado por Desmond y la figura alada vuela por los aires hasta chocar contra el obelisco, el tercero y último de ellos.

– ¡No podrás cambiar nada! – grita con satisfacción el ángel que escupe sangre con aire despectivo.

– Tendremos que intentar para saberlo. – sentenció Desmond antes de azotar con su látigo al ángel que murió en una explosión de luz dorada. Un segundo latigazo resuena y el pilar de piedra flotante es vuelve añicos…

¡Solo falta uno!

El espejo se destruye y ahora estoy sola con la oscuridad.

Con fuerza de granito y velocidad de ráfaga mi cuello es atrapado por un espectro que me alza por los aires. Las sombras empiezan a disiparse. Con los ojos entrecerrados por el dolor y la repentina falta de aire empiezo a distinguir de nuevo aquella tenebrosa habitación y al obelisco flotante, el único que resta. Mi captora, puedo verla, es un mujer vestida de armadura de oro que combina con su cabello rubio y ojos azules. Es un ángel también.

– Aquí se termina todo, que Dios se apiade de tu alma. – espeta con rabia la mujer alada. Puedo sentir como soy comprimida cada vez más contra la pared, la mano de la mujer que se aprieta más y más y la caótica brisa producida por el revolotear de las enormes alas del ángel que le mantienen en el aire… todo se me hace nublado. Es como si la vida se me escapara por los pulmones.

Intento golpear  a la mujer en el rostro. Una explosión de luz y el aire que invade mi dolorida garganta.

Caigo al suelo con los ojos llorosos y la conciencia medio perdida. Miro hacia la mujer que se agita de dolor agarrando su rostro con ambas manos. El anillo no para de desprender su luz.

¡Ésta es mi oportunidad!

Presiono mis manos contra el suelo y junto con el incremento de la intensidad del fulgor de la piedrecita negra una masa de columnas de varillas de metal y concreto arremeten contra la mujer ángel que queda aplastada contra el techo, presionada por mil y un pilares. Ahora veo que su lozano rostro ha sido desfigurado y chamuscado por la acción sobrenatural del anillo. Debo darme prisa.

Corro hacia el obelisco y usando los poderes del anillo logró destruirlo. Este se fisura y cae como simple arena.

– Ya es muy tarde, la estrella ha llegado. – dice el ángel antes de desaparecer de su prisión de concreto.

Siento una mano en mi hombro y un frío penetrante, más está vez no es sólo por ser transmutada en niebla. No puede ser… lo hice demasiado tarde. Los mareos y nauseas se ausentan esta vez. La pesada carga de la culpa me tritura el alma… es tarde.

Unos brazos delicados me rodean. Mis pies se estremecen, pero no es por el dolor que me invade. Puedo ver por el rabillo del ojos y sobre el pecho de William sobre el cual me apoya una enorme nube gris en forma de hongo, caos, muerte y destrucción y luego solo una vista nebulosa del mundo y el sonido de mis lamentos. Las lágrimas empañan mi visión.

Acto Final: El Destructor

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