Oscuridad Brillante, Segundo Acto: La Estrella

Posted on 20 junio, 2010

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Cuando el tercer Ángel tocó la trompeta, una enorme estrella que ardía como una antorcha cayó del cielo  sobre la tercera parte de los ríos y de los manantiales. La estrella se llamaba “Ajenjo”. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y murieron muchos hombres que bebieron de esas aguas, porque se habían vuelto amargas.

Mi corazón parece querer salírseme del pecho, sudó profusamente y mis pulmones me queman, listos para rendirse en cualquier segundo. No podré soportar mucho más así.

William me fuerza a correr por entre la maza de gente atónita que miran al cielo, algunos asombrados por lo que ven y muchos otros aterrados hasta la medula gracias a este fenómeno de la naturaleza. Estoy segura que no todos los días un eclipse.

Él mira al frente, pero por la leve visión de su perfil que tengo puedo deducir que está en extremo preocupado, algo de ese eclipse lo tiene así… pero no entiendo qué. Bien, me tomó por sorpresa todo esto, mas no creo que sea tan alarmante para todo esto, es solo un eclipse…

– ¡Tenemos que darnos prisa! – exclamó William deteniéndose de pronto, me agarra por la cintura y esa desagradable sensación de nausea y de estar flotando en un océano de hielo se adueña de todo mi ser. Mis sentidos se adormecen, no veo, siento, huelo o escucho nada, como estar muerta sin estarlo… es la única forma de describir la experiencia de convertirse en niebla.

Pudieron pasar dos segundos o mil años, no lo sé, mi percepción del tiempo y la realidad tal cual es se me escapó, pero luego de ese instante volví a ser yo, mi cuerpo volvía ser mi cuerpo y mis sentidos reaparecieron, completamente confundidos, pero aparecieron. Cuando por fin puedo tocar el frío pecho de William me separo de él, mis piernas me dejan caer, las nauseas recorren todo mi estomago, es un milagro que no haya vomitado en los zapatos de William.

– ¿Estas bien? – me pregunta poniéndose de cuclillas con su cara bien lavada, lo odio tanto cuando se pone así.

– ¿Tú que crees? – le repuse irritada y con tanto sarcasmo que me hubiera parecido un completo imbecil de no haberse dado cuenta de ello.

– Disculpa por eso, pero es que tenemos algo de prisa – comenta William por lo bajo, me extiende la mano para ayudarme a parar y cuando ya estoy erguida, pero mareada, agrega –, esperemos que el viaje no haya sido en vano.

Me doy vuelta y ambos continuamos por una estrecha callejuela hasta llegar a una avenida curiosamente desprovista de autos, algo muy curioso de verdad… cruzamos la calle y nos paramos en la escalinata que lleva a una nada peculiar casa de dos plantas y de arquitectura de comienzos del siglo XX, muy bonita por cierto. William sube por las gradas de piedra sin vacilar y yo le sigo.

Toca el picaporte tres veces y la puerta se abre como por arte, eso hace un par de meses me hubiera sorprendido, ahora solo es un detalle pintoresco.

– ¿En qué puedo servirles? – preguntó una voz masculina apenas entramos en la casa, esta por completo a oscuras.

– Venimos por algo de información sobre… – pero William no pudo terminar esa frase.

Como destellos de luz ante mis ojos, tres lanzas de plata atravesaron las costillas de William y lo arrojaron contra la pared, inmóvil y sangrando… miro hacia las sombras y veo como una silueta se mueve hacia mí. Actuando por puro impulso junto las manos, de inmediato el amuleto que llevó en el cuello, la puerta detrás de mí se despedaza y transmuta en mil astillas filosas que se proyectan a mi atacante que las transforma en inofensiva arena.

– Disculpa el atrevimiento, pero me quedaré con esto – me dijo la sombra al oído antes de arrancarme el medallón con sangre de grifo… es muy veloz. Escucho un chasquido y unas esposas, que parecen venir de la nada, se atrapan las muñecas.

– Ahora, veamos que tenemos aquí – habla de nuevo aquella voz y de pronto las luces se encienden luego de otro chasquido de dedos.

En medio de la sala, que no parece muy diferenta a cualquier sala diferente, esta un hombre alto, de cabello negro azabache algo despeinado, ojos cafés y barba de varios días. Él, quién quiera que sea examina con escrupulosa curiosidad mi amuleto.

– Sangre de grifo, raro, algo pasado de moda pero práctico – explica con tono despectivo el hombre – muy útil para hechizos simples y una que otra transmutación, pero para las cosas más complicadas se necesita algo más que una juguetito, hace falta estudio y talento que no todos tienen. Al parecer este hominis nocturna se ha conseguido una amiguita interesante – agrega acercándose a mi, me quita algunos mechones de pelo de los ojos con el dorso de la mano –, ¿Cómo es que te llamas, cherí?

– ¡No la toques! – gritó de repente William, al ver su estado cerré de inmediato los ojos y desvié la mirada. Su rostro estaba por completo aterrado y su pecho atravesado por las lanzas cuelga de la pared mientras que sus brazos intentan inútilmente de liberarlo.

– Al parecer falle el tiro, en mi defensa debo decir que estaba oscuro y me tomaron por sorpresa – agrega como si nada el hombre.

– ¡Por favor suéltalo! – grite.

– Por supuesto, como quieras – repuso él, sacándome por completo de base, por lo que no pude evitar abrir los ojos y mirarle – pero antes… necesitará llevar uno de estos – agrega, se para frente de William, quien lo mira con ojos de un odio intenso, le coloca una especie de amuleto en forma de cruz en el cuello – descuida chico rudo, esto sólo nos mantendrá a salvo de ti si se te ocurre alguna gracia.

Él hombre ni se amilana, chasquea los dedos y las tres lanzas se esfuman en el aire. William cae de bruces al suelo, como si fuera una maza inerte.

– Sabía que algo se me había olvidado.

– ¿Qué se te olvido? – pregunté mientras que el hombre mira a William tirado en el suelo a lo largo.

– Que el amuleto convierte al que lo lleva puesto en poco más que un saco de papas. – murmuró el hombre prestándole muy poca atención al pobre y paralizado William – Disculpa el atrevimiento, pero, ¿me podrías ayudar a cargar a este tipo? – me preguntó como si estuviera hablando a una amiga de toda la vida – no es que me preocupe que se lastime, pero no quiero que babee mi piso, es de caoba.

– ¿Cómo quieres que le haga si…? – pero detuve mi indignada pregunta la notar que las esposas que hace segundos me aprisionaban ahora se habían esfumado, en otros tiempo eso me habría sorprendido – típico…

Sin dirigirle la mirada a ese… a ese loco me acerqué a William, que pareciera haber muerto. Apoyo su brazo en mi hombro y el sujeto hace lo mismo con el otro. Arrastramos al pobre William hasta un mueble cercano, intentamos dejarlo de la forma más digna posible, y por digna me refiero a mí, pues a ese sujeto lo tiró como si fuera una bolsa de basura con brazos.

– ¿Ahora me podrían decir quiénes demonios son ustedes? – preguntó, o mejor dicho nos ordeno, el hombre mientras me dejaba sola acomodando a William.

William paseaba con rapidez su mirada de mí al sujeto con una rabia tremenda, mientras que yo le intentaba decir con los ojos que se calmara, por más que fuera si quisiera matarnos ya lo hubiera hecho, ¿no?

Él, William intento hablar, pero su testa no se movió, sólo unos ininteligibles sonidos pude escuchar saliendo de él.

– Supongo que si la bella no quiere responder tendré que preguntarle a la bestia – agregó el hombre acercándose a William, hundió la punta del dedo índice en una de las heridas de William – eso es lo malo de los vampiros, cuando estas a punto de matarlos se regeneran – soltó quitando el dedo mojado con la sangre de William, que usa para dibujar una letra zeta invertida dentro de un diamante.

De inmediato William abrió la boca y grito:

– ¡Te voy a matar maldito!

– Si, como digas – contesta el hombre mirando con flojera la expresión rabiosa de William – ¿ahora si puedes contestarme, monstruo?, ¿Quiénes son y qué quieren?

– Él es William Knight – respondí por fin – y yo soy Isabel Mendoza, ¿contento?

– Me gustaría decir que si, Isabel – refutó el hombre dándonos la espalda y caminando hacia la ventana – pero en esté momento no estoy para visitas, estoy por irme. No me gustan los lugares donde están sucediendo eventos de naturaleza apocalíptica.

– ¿Qué? – susurré incrédula – ¿esto es por el eclipse? – le pregunté a William, quien se limito a asentir – es sólo un eclipse, no es el fin del mundo.

– Lo es cuando este Eclipse lleva más de media hora tapando el sol – agregó el hombre mirando al cielo a través de la ventana.

Sin creer en lo que decía corrí hacia la ventana, alce la mirada y aún estaba. La luna, negra y tenebrosa, ocultando el sol. No había cambiado de lugar desde que la vio por primera vez en Central Park.

– ¿Cómo es posible?

– Estamos ante el final mi niña…

– ¿Cómo sabes todo eso?

– Porque soy Desmond Dantès – contesto el sujeto mirando por primera vez a los ojos de Isabel, quien sintió una intensidad de la mirada de Desmond como la de nadie –, pero eso no es lo importante, la pregunta es, ¿Qué hacen aquí?

– Necesitamos tu ayuda – contesta de improvisto William, con su frente manchada de sangre y su cuerpo inerte. Para mi, y seguramente para Desmond, es evidente que William se está tragando su orgullo – eres el único alquimista lo bastante poderoso para detener esto. Tú tienes el Démonokostor.

Desmond se voltea a mirar a William, quien le lanza una mirada de profunda convicción.

– Sabes mucho para ser un vampiro – contesta Desmond.

– No lo suficiente – agrega William – ¿dinos que es lo que está pasando?

Cuando el tercer Ángel tocó la trompeta, una enorme estrella que ardía como una antorcha cayó del cielo  sobre la tercera parte de los ríos y de los manantiales. La estrella se llamaba “Ajenjo”. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y murieron muchos hombres que bebieron de esas aguas, porque se habían vuelto amargas. – susurró Desmond causando que mi nuca se erizara y mis dedos tiritasen. Sé que he oído eso antes, pero no recuerdo dónde – ¿sabes en dónde sale esa profecía que ahora parece ser una realidad?

– No.

– De la biblia – contestó William con los ojos en el suelo – en el libro de las revelaciones.

– Exacto… al parecer la tercera trompeta ya fue tocada y este Eclipse es el preludio de la caída de la estrella, y Nueva York parece ser su destino… al aparecer a cierto personaje no le ha gustado mucho nuestro comportamiento el último milenio o más, por lo que enviara una estrella que destruirá todo cuanto tiene a su paso, mas sólo la vanguardia – explicó Desmond caminado hacia una librería que antes tome por desapercibido, tomó un libro t mientras lo hojeaba agregó –, luego de que la polvareda se disipe un ejercito inmortal e invencible aparecerá y nos exterminará, a todos y cada uno de los hijos pecadores del señor…

– Demonios – solté William, yo pensaba lo mismo.

– No, ángeles – nos corrige Desmond. Muestra de par en par el libro, donde sale un grabado de miles de hombres y mujeres aladas con pulcras armaduras causando caos y destrucción entre la humanidad – el fin de los tiempos comienza con el arrebato, la salvación de los justos, luego comienzan a romperse los sellos de la plagas de Dios contra los pecadores, quienes será salvados por la trinidad satánica: El falso profeta, el anticristo y Satanás.

>> Luego Dios manda a sus tropas lideradas por Cristo y mil años de gobierno de la virtud… pero nos cabe la pregunta: ¿Por qué provocar en los débiles humanos tanto dolor, muerte y sufrimiento?

– Para expiar nuestro pecados… – respondí yo, siendo de familia religiosa no puedo dejar de defender los ideales que me enseñaron desde niña.

– ¡Mentira! – grita irritado Desmond tirando con fuerza el enorme libro al suelo – nada tienen que ver nuestros pecados en esto… o mejor dicho si. Nuestro único pecado es no amar a Dios con una devoción total y absoluta.

– ¡Es porque nos dejamos influenciar por la maldad del Diablo!

– Apréndete esto, madame – agregó despectivamente Desmond – no existe el bien o el mal para Dios o el Diablo, sólo existen dos seres que buscan tener la completa adoración de sus juguetes, de nosotros. Ambos buscan ser el centro de nuestro universo y no hay cosa  que atraiga más a las personas a un ser superior que las tragedias. La practica les ha demostrado que funciona…

– No, eso no es cierto…

– Querida mia, ¿Por qué te niegas a reconocer la verdad?

– Porque debo creer que hay bondad en alguna parte…

– ¿Nos ayudaras o no? – pregunta William.

– Siempre y cuando mantengas tus colmillos alejados de mi cuello. – respondió Desmond perfilando una leve media sonrisa.

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