Oscuridad Brillante, Primer Acto: El Eclipse

Posted on 20 junio, 2010

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” Todo esto, todo lo que ves no son más que mascaradas, pantallas, velos de engaños e ilusiones, sólo trucos…”

Llueve.

Eso es lo primero que pude notar al ver en el horizonte esta nebulosa ciudad, la capital del mundo moderno y, ahora centro del evento más triste de todos: el final de todas las cosas.

– ¿Estás seguro que es aquí? – pregunté mirando por la ventana del avión mientras este se dirige al aeropuerto.

– Todo indica que si – me contesta William, sentado a mi lado – pero nunca se puede estar por completo seguro cuando se habla de estas cosas. – agrega mirando por la ventana por entre sus lentes oscuros, para disimular el rojo intenso de sus ojos.

Y por “estar seguro de estas cosas” se sobre entiende que él habla de si podremos detener lo que sea que estén planeando los demonios y su señor…

Aún se me hace confuso el cómo es que terminamos en este lugar. Cómo es que, de un simple sueño llegarnos a tomar una avión y viajar más lejos que el Atlántico. Recuerdo que todo comenzó…

Era de noche, lo recuerdo bien.

Estaba caminando, perdida, desorientada. A mi alrededor solo había soledad y angustia. La bruma a penas me dejaba ver la calle en donde me encontraba, a los lados se veían las figuras borrosas de los rascacielos. No hay nadie; ni autos ni personas, nada, solo estoy sola conmigo y soy mi propia atormentadora.

Mi pecho duele de manera terrible y descorazonada. La soledad es una cortina de hierro que oprime mi alma sin la menor clemencia. Todo es niebla y terror, terror y niebla. No sé cuánto tiempo estuve deambulando o cuántas veces grite en búsqueda de alguien tan desdichado como yo, lo único que recuerdo es que, entre la asfixiante muerte silente de ese laberinto de calles desiertas, un rumor de olas rompiéndose y el olor de la brisa salina me guiaron a la orilla de una lago o un río enorme, no pude distinguirlo bien.

Entonces, la bruma se disipa de a poco y deja ver a lo lejos en una isla del otro lado de aquel cuerpo de agua a una mujer. Con su brazo extendido y su silueta medio oculta por la niebla que se rehúsa esfumarse. La mira y le grito, pero no me parece escucharme, mis gritos hacen eco, pero nada.

Pase gritando y llamando por algo menos de diez minutos antes de que me garganta se diera por vencida… solo recordarlo me hace estremecer.

Miro por última vez a aquella lejana persona y mis ojos se llenan de fuego.

Las nubes se evaporan en un tris y dejan ver como una enorme bola en llamas fulgurantes que destrozan a la mujer y se dirigen justo hacia mí…

… Entonces es cuando desperté.

No puedo decir qué significan esos sueños o si son algo más que los disparates de mi imaginación.

Sólo sé que este presentimiento que tengo desde que tuve esa pesadilla, o mejor dicho, la certeza de que Nueva York estará en medio de una tormenta implacable que ahora nos atrae a William y a mí, como abejas a la miel.

Al llegar de aeropuerto, la lluvia ya se estaba apaciguando, tomamos un taxi y emprendimos el camino a nuestro destino.

Tal y como me lo imaginaba las calles, donde quiere que volteo, están llenas de actividad, ajetreo y vitalidad, es una ciudad hermosa. Los rascacielos que dejan como pilas de tierra a la torre de babel, edificios corporativos y bancos de tal elegancia como no he visto nunca. Todo es luz y color, fuerza y perseverancia, todo lo que hace grande a este país y en especial a esta ciudad plasmada en las caras de los transeúntes que veo al pasar.

Ojala no estuviéramos aquí solo para evitar que este monumento viviente a la humanidad fuera destruido, hay tanto para ver, compartir, escuchar y saber de este lugar que podría pasar toda la semana en vela, recorriendo estas maravillosas calles y no habría raspado ni la superficie de lo que tiene para ofrecerme. Recuesto la frente contra el vidrio y miro como la oportunidad de pasearme por estas famosas avenidas se me escapa de las manos. Siempre tenemos que ir y evitar que muera todo cuanto respira en manos de un monstruo arcano o una invasión de qué sé yo… Qué raro suena todo esto.

Si hubiera pensado o si alguien me contará que estaría en esta situación o que me vería donde me veo ahora lo más seguro es que hubiera dicho que eso eran puras locuras, cosas imposibles y disparates en el sentido más literal que pudiera existir, todo sacado de una mala película de los años ochenta… pero eme aquí, tan apartada de mi anterior, simple y aburrida vida.

Cuanta diferencia con mi nueva realidad.

Si bien he vista y experimentado cosas únicas, algunas veces luchado y muchas otras huido de bestias asombrosas, conocido criaturas fascinantes que superan toda ficción y estado en medio de aventuras que seguro muchos han deseado alguna vez vivir, a pesar de todo eso o por todo es – he ahí el dilema – hay mañanas en las que siento no poder más con esto, como si no pudiera dar un paso más, deseando abrir los ojos y estar de regreso en mi cama, mi casa, mi vida.

– ¿Emocionada de estar en la Ciudad más grande del mundo? – me pregunta William cortando con el silencio que se mantenía en el taxi desde hace varios minutos, él está mirando por el parabrisas el día a día de la ciudad. Se nota que esta entusiasmado, aunque intente ocultarlo.

– Casi tanto como tú – le contesté sonriendo.

Aunque quizás nunca se lo diga es él, William, el que hace todo más llevadero. Al ver su rostro siempre alegre y enérgico, sus ojos, sean negros o rojos,  como la noche o como la sangre, eso es lo de menos, sé y entiendo que él siempre estará, él me protegerá a pesar que eso le cueste la vida… aunque soy yo quien por lo general termina salvándolo a él.

El taxi se detiene de improvisto. William abre la puerta y sale, rodea el vehículo y tras pagarle al chofer me abre la puerta y con caballerosidad me extiende la mano para que yo también salga. Un tímido sol se asoma por entre las nubes que se disipan.

– ¿Qué ocurre? – pregunte.

– Tendrás que salir para averiguarlo – contestó William sonriendo con mesura, manteniendo sus prominentes colmillos ocultos.

Sin reflexionar en cuestiones que no van al caso tome su mano y, apenas cuando hube sacado la mitad del cuerpo, la tibieza de los rayos dorados de la tarde entre las cortinas de nubes grises. En el trayecto del aeropuerto hasta este lugar la llovizna había menguado y los últimos rastros de que alguna vez llovió se esfuman en el cielo.

– ¿Ahora puede saber que ocurre? – interrogue a William mientras el se hace de nuestro equipaje y mira como el taxi se marcha.

– Por supuesto – apunta él asiéndose mi mochila en el hombro, extiende el codo como los caballeros de antaño y yo, divertida por la expresión seria pero a la vez alegre de William, lo tomó – sabes, hemos pasado muchas cosas este último año – agrega William como si él fuera un maestro y yo su alumna más destacada. Ambos caminamos y yo no le quito los ojos de encima, cruzamos la calle en un abrir y cerrar de ojos –, no todas fueron malas experiencias desde luego… aún recuerdo nuestra semana con los chimpancés pulpos devoradores de babosas… que días aquellos, pero volviendo al tema – se excusa retomando el hilo de sus ideas mientras que yo le sonrío, así es él, casi siempre de tan buen humor –. Creo que nos merecemos unas pequeñas vacaciones de salvar al mundo, y por nosotros me refiero a ti y por vacaciones, a un pequeño paseo por el parque, y por salvar el mundo me refiero a… si, a eso, a salvar al mundo.

Nos detenemos y él mira al frente por varios segundos hasta que la curiosidad me gana yo también mire y pude sentir los ojos de William escrutando mi expresión al ver la entrada de Central Park abrirse ante mí… debió ser muy chistosa la cara que puse, porque William no dejó de sonreír hasta que llegamos a una bella fuente de piedras, aquella que siempre aparece en fotos y postales.

Nunca pensé estar en un lugar, a pesar de soñarlo tantas veces. Es como si William leyera mis pensamientos… y ahora que lo pienso no puedo descartar del todo esa teoría… y sobre todo al ver a los de Cre…

Apenas puedo creer  estar en un lugar como este. El solo cada vez brilla con más fuerza y llena el aire de una tiesa y paz. Todo es perfecto, la plaza, las fuentes y jardines, las personas, los perros que se pasean, las cascadas y bancos, todo hacia donde volteo reboza de alegría y vida. Paseamos por un sendero que bordea un lago por el que pasan barcos de paletas, se me hizo tan romántico, en especial al ver al fondo una especie de capilla o bóveda de piedra caliza que da al lago… todo parece sacado del en cuento.

Aunque sea un imposible todo se me hace único e inolvidable. No me deja de sorprender la capacidad de William de crear esta atmosfera cargada de paz y tranquilidad refrescante, un pequeño sitio en este inmenso mundo, una diminuta burbuja ideal para nosotros dos… francamente me da igual como lo hace, solo disfruto este paseo de serenidad.

Las nubes terminan de irse, dejando a su paso el cielo más azul y hermoso que pudiera existir y un sol radiante y amarillo, que lanza cortinas de luz clara y dorada que lo bañan todo con una belleza divina e invaluable.

– ¿Cómo haces todo esto? – no pude evitar preguntar al subir por un puente de piedra que atraviesa un estrecho canal en el lago, desde donde se ve en primer plano el lago, el verdor de los campos y las copas de algunos árboles y a los lejos los inconfundibles pero nebulosos contornos de los rascacielos.

– ¿Hacer qué? – replica William con tono sorprendido, me mira por entre sus lentes oscuros.

– Ya sabes… – solté sin saber bien como expresarme y causando que William sonriera tímidamente pero divertido – todas las cosas asombrosas que haces…

– Bueno, con ese tipo de vocabulario no creo poder darte una respuesta apropiada – me interrumpe William, no detenemos en medio del puente y miramos el lago apacible y silencioso –, pero si te puedo decir una cosa – agrega encarándome y posando sus ojos ocultos por los lentes y pude sentir como mi corazón empezó a latir de forma descontrolada.

– ¿Y qué seria eso? – pregunté tras de una breve pausa y acercándome un paso a William.

Él se quita los lentes mi posa sus penetrantes ojos oscuros en mí.

Me acercó más y mi pecho en respuesta da un salto increíble. No puedo creer lo que esta pasando.

– Que todo esto, todo lo que ves no son más que mascaradas, pantallas, velos de engaños e ilusiones, sólo trucos – aseveró esbozando una sonrisa en los labios, apenas siendo visibles sus colmillos.

– No que seríamos sinceros el uno y el otro – le recordé con un tono que hasta a mi me sorprendió por lo informal y carente de toda exaltación, todo lo contrario a como me encuentro –, entonces para qué tantos trucos.

Él no hace más que mirarme divertido, el viento me coloca un mechón de pelo en la frente que ahora no me molesta en lo más mínimo.

– Para aparentar que soy lo mejor que te ha pasado en la vida…

– Lastima que nos logrado darme esa impresión – solté. Sin antes estaba sorprendida, ahora estoy por completo atónita de oírme tan coqueta y de estar tan cerca de William.

– Entonces tendré que esforzarme más – contesta William, me acerca a él al tomarme de las caderas, mientras que yo me apoyo en sus hombros, como si estuviéramos bailando.

Nuestros cuerpos se tocan en un delicado abrazo que hace que toda yo me estremezca. Un leve escalofrío recorrió mi espalda cuando la fría, pero suave mano de William  al rozar mi mejilla y quitarme el mechón de los ojos.

En este punto mi corazón palpita con el ritmo de mil tamborileros y a juzgar por su mirada él esta consiente de ello… la tibieza en mi rostro me dice que me estoy sonrosando. Es tan injusto que pueda leer como si fuera un libro mientras que él se mantiene tan misterioso, tan controlado… no es justo…

Él se acerca más, tanto que nuestras narices se acarician la una a la otra y entonces, a un agonizante instante de besarnos algo revienta nuestra burbuja de paz…

Un repentino velo de sombras se adueña de todo cuanto nos rodea. William se tensa de pronto y hace que nos separemos, no puedo creer lo que ven mis ojos.

– Esto es imposible – solté asombrada, todo es cubierto por la oscuridad.

Entonces William mira el cielo y yo hago lo mismo al notar su expresión de sorpresa y hasta podría decirse que de miedo.

En medio del cielo, en camino de encontrarse con el sol, una enorme esfera de negrura espectral… algo me dice que esto no va a salir bien.

Apenas la sombras nos terminó de cubrir deje caer la mirada hacia William, quien hizo lo propio.

– William, tus ojos – espeté, mientras las demás almas ven asustadas, confundidas y maravillas por igual este fenómeno, como la luna le roba el día al sol, nadie se dio cuenta de cómo los ojos de William, en cuestión de segundos se inyectaron de sangre, haciendo que sus pupilas pasaran de un negro profundo a un rojo intenso, otra vez eran ojos de vampiro.

– Es imposible – repetí por completo incrédula, mirando los ojos carmesí de William.

– ¡Tenemos que darnos prisa! – se apresura a decir William, me toma  de la mano y, forzándome a correr, no puedo evitar mirar tras de mi hombro por última vez mientras cruzamos el puente.

Allí esta.

Un eclipse.

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