Oscuridad Brillante, Acto Final: El Destructor

Posted on 20 junio, 2010

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– ¿Ahora qué?

– No lo sé, pero es justamente eso lo vuelve a este mundo un lugar tan maravilloso para vivir.

¡No se posible!

No, no, no, no puede ser…

Nueva York ha desaparecido y lo único que queda de lo que hace poco fue la capital del mundo civilizado es polvo, escombro y desolación. Una nube de polvo gris lo cubre todo… ¿Cuántas personas murieron?…

¡OH, Dios!, ¡cuanta pobre gente!

La onda de la explosión llega hasta nosotros, sobre la azotea de un rascacielos alejado del centro del impacto. William me escuda con su espalda, hundo la cara en su pecho, que ahora se hace el lugar más seguro del mundo y escucho como ciento, miles, de cristales y ventanas se vuelven añicos y caen en una sinfonía de la destrucción… ¡No, esto no es real!

– Esto es mi culpa – susurre y William, como si hubiera dicho la peor de las blasfemias,  me aleja de la seguridad de su pecho sujetándome por los hombros y me mira con una intensidad embriagadora. Sus ojos siguen siendo rojos como la sangre, miro con temor el cielo. El eclipse aún sigue ocultando al sol con una siniestra sombra.

– ¡Esto no es tú culpa! – inquirió William haciendo que entrar en razón agitándome suavemente por los hombros, pero yo no puedo mirarle. Esto es mi culpa por más que el intente negarlo, mía y sólo mía – ¡Es culpa de ellos, esos maldito que honestado manipulándonos por siempre! – agrega agitando mis hombros con más fuerzas –,¡es culpa de ellos y sus malditas riñas por quien idolatramos más!, ¡es suya!

Entonces él me suelta, por fin le veo, pero me da las espalda. Puedo ver como se coloca la mano sobre el rostro y solloza en silencio… me parte el corazón verlo así. Es la primera vez se muestra tan vulnerable, tan humano, tan parecido a mí.

– Ellos son los responsables de todo – dijo William con la voz débil y adolorida, una pequeña fracción del sufrimiento que seguro siente y siempre ha sentido – ellos me hicieron como soy… un monstruo… ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¡POR QUÉ! – grita William alzando el rostro, mirando al cielo en búsqueda de respuestas que nunca llegaran. Su voz está tan llena de dolor y angustia que me duele a mí también – ¿Qué hicimos para que nos trataran como sus juguetes?

No puedo soportarlo más.

Corrí haca la espalda de William y me aferre a ella en un precario abrazo… enseguida el para de gritar. Ambos nos quedamos en un silencio que luego de varios segundos yo rompo.

– No eres un monstruo… no lo eres – fue lo que le dije mientras mojo su chaqueta con mis sollozos – nada de esto hubiera pasado si hubiera terminado con el obelisco antes… es mi culpa… todo es mi culpa… fui una inútil.

– Si… es tu culpa – agrega de improvisto William soltándose de mis brazos y mirándome con sus ojos carmesí – es tu culpa, me has hecho otra vez humano, me has hechizado en cuerpo y en alma, esa misma alma que me has regresado y que tanto tiempo hube extraviado…

– ¿Qué quieres decir? – pregunte… mi cabeza parece que esta a punto de estallar.

– Que eres como el sol, el centro de mi universo y mi debilidad… te adoro, te necesito y te…

Una inmensa ráfaga de luz interrumpe a William y hace que mi corazón, ya de por si excitado, de un vuelco. De la luz aparece un Desmond endeble y frágil… que cae al suelo soltando su cruz de hierro…

William lo atrapa antes de que choque contra el suelo y lo ayuda a recostarse… coloco mis manos sobre mis labios temblorosos. No sé que hacer… a menos que. Llego hacia donde Desmond está al borde del desmayo. Tiene una gran herida abierta y sangrante en el costado. Sin saber si esto realmente funcionara puse ambas manos sobre la herida, quien profirió un suave grito de dolor, aprieto con fuerza y cierro los ojos, en espera de lo mejor. El anillo brilla una vez más y cuando se para el fulgor abro los ojos y retiro las manos.

– Ves que no eres tan inútil como crees – me dijo William mirándome con orgullo, la herida de Desmond se ha cerrado.

Él, Desmond, de ha poco reacciona. Primero abre los ojos, luego se incorpora; primero vacilando y después con más firmeza toma su cruz, el Démonokostor.

– Fallamos. – dijo, más para sí que para nadie.

El silencio nos cubrió de repente. Tenía razón. No importa quien haya sido, nosotros fallamos. El mundo se ha condenado… a no ser…

– No, todavía no – dije caminando hacia ellos.

– ¿Qué quieres decir?

– Que aún tenemos una oportunidad – le contesté a Desmond con una extraña excitación y William, por su expresión, me dice que esta descubriendo lo mismo que yo –. Ya no podemos salvar a las personas de la estrella, pero si podemos detener la invasión lo suficiente para que se pongan a salvo de los ángeles. Quizás, con el tiempo suficiente puede que el ejercito, alguien, pueda organizar u rescate o una incursión contra ellos.

– ¿Esa es tu gran idea?, una misión suicida contra una legión de seres sobrenaturales semi-inmortales – exclama Desmond, poniéndolo así suena ridículo sólo el pensarlo pero no tenemos ninguna otra opción en este momento.

– Tenemos que hacer algo, no importa que nos cueste la vida – dijo de repente William encarando a Desmond que desvía la mirada a los estragos y la enorme nube en forma de hongo. Sobre nosotros empiezan a caer copos de polvo gris, cenizas y escombros como lluvia que nos recuerda el fracaso de nuestra tarea –. Más una vez no pude proteger aquellos que me necesitaban – agrega concediéndome una fugaz mirada –, si hay alguien en ese infierno – y apunta con el dedo acusador lo que queda de la ciudad – estoy dispuesto a sacrificar lo que tenga que sacrificar para que escapen… ¡con o sin tu ayuda!, ¿me escuchaste Dantés?

Desmond se queda en silencio mirando la destrucción que no pudimos detener. Encoge de hombros y nos encara luego de un tiempo.

– Entonces deberé evitar que te hagas daño vampiro – contesta Desmond mostrándose entusiasta pero serio – ¿Qué esperamos?

Y antes de que William o yo pudieras decir algo más Desmond presiona sus palmas en el suelo y otra vez ese círculo no s rodea y transporta acompañados de ese fulgor azulado. Antes de desaparecer pude sentir la fría mano de William estrechar la mía con delicadeza. Algo en esa leve caricia que me lleno de confianza y una casi absurda esperanza que esté terrible momento podría terminar bien.

Cuando la luz se extinguió sólo pude ver tinieblas y sentir una pesada atmosfera que apenas me deja respirar. Todo es polvo y oscuridad. La mano de William me suelta y Desmond me toca por el hombro.

– ¿Podrías darnos algo de aire puro, cherí? – me preguntó Desmond.

Y yo levante la mano con el anillo es respuesta, con su brillo como el del topacio la inmensa cantidad de polvo que nos envolvía se alejo de nosotros, repelida por una burbuja invisible. El anillo se mantiene brillan, pero bajo la mano, la cúpula intangible sigue en su lugar y lo que veo es tan aterrador como no me lo imagine nunca.

Traído de mis propias pesadillas está aquella misma ciudad, la que vi en mis sueños. Es como si el impacto de la estrella no hubiera causado el menor daño… sólo esta se terrible oscuridad, nadie a la vista… han muerto o algo peor. La valentía que tuve algo se esfumo en un dos por tres. El silencio y la soledad me cautiva para siempre en su seno y se apodera de mi pobre corazón, frío, siento frío. Algo me reconforta, una mano en mi hombro, igual de helada de mi pesar pero esta vez me llena de una confianza especial, entibia mi alma.

– No tengas miedo, todo estará bien. – me dijo la voz calmada y reconfortante de William, quien camina a mi lado. Mientras Desmond cuida nuestra retaguardia o nos da algo de espacio. Pero no me importa cuál de los dos motivos será.

– Lo dices como si lo supieras a ciencia cierta. – le repuse a William que mira el espectral vacío en el que nos adentramos.

– Cuando se tiene algo por lo que luchar no importa cuán cuesta arriba está la meta, siempre la alcanzaremos.

– Entonces, ¿Por qué luchas?

William se detiene de pronto, doy un par de pasos más y luego le miro. Sus ojos rojos y profundos se enfocan en mí. Puedo sentir la tibieza de sonrosarme cubrir mis mejillas.

– Yo peleo por ti… no hay nadie más en este mundo por el que yo daría mi vida, sólo por ti.

– ¡Ya casi llegamos, corran! – exclama de repente Desmond.

Él corre hacia nosotros empuñando su arma. Nos rebasa y no tenemos otra opción que seguirlo. Corremos tras de él y William esta a mi lado, protegiéndome y estando ahí, siempre él está para mí. Un pensamiento repentino se adueña de mi mente. Cómo seria nuestra vida si logramos sobrevivir a esto. Qué nos depara el destino…

– ¡Cuidado! – grita Desmond, quien se detuvo sin que me diera cuenta, me sujeta por el brazo justo a tiempo.

Ante nosotros se abre un enorme cráter, la obra del impacto de la estrella. Estamos aquí. Instintivamente y movida por la curiosidad o el morbo levanté lo más alto que pude el anillo que no ha parado de brillar y la nube de polvo que todo lo rodea se disipa de a poco. Mi corazón parece paralizarse cuando veo aquella enorme cicatriz en el suelo, de cientos de metros y como fondo está la inolvidable imagen de la lejana estatua de la libertad. Esta derruida, su antorcha y corona han desaparecido entre las tinieblas y el mar que lo rodea. Me estremezco al ver cómo aquel raro sueño se hacía realidad frente a mis ojos incrédulos.

– ¡Están por salir, estén preparados! – grita Desmond soltando la poderosa cadena de la cruz de hierro. William mira fijo al centro del abismo y yo hago lo mismo.

Allí esta.

Una inmensa y pulcra pieza de metal quemado…esa es la estrella. La imagen de odio de Dios contra su propia creación. Es tan fascinante y terrible el saber todo, todo en lo que creía y pensaba sobre este mundo resulta ser mentira. La terrible presión en mi pecho vuelve. Apenas si puedo respirar… es hora de la batalla.

Un terrible y sobrenatural sonido invade el aire que se envicia de repente, se me estruja el alma de solo escuchar: la melodía de descomunales trompetas.

– No tengan miedo… hoy el martillo de Dios será destrozado. – dijo Desmond agitando su látigo con impaciencia –. Cuando el tercer Ángel tocó la trompeta, una enorme estrella que ardía como una antorcha cayó del cielo  sobre la tercera parte de los ríos y de los manantiales. La estrella se llamaba “Ajenjo”. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y murieron muchos hombres que bebieron de esas aguas, porque se habían vuelto amargas.

La antigua profecía volvió a mi mente una y otra vez, cada vez siendo más siniestra que la anterior. El suelo que piso tiembla acaloradamente y suena la segunda trompeta. La inmensa masa de metal empieza a rechinar y moverse, tintinea y retumba como si en su interior estuvieran gigantescos y oxidados engranajes. La hora ha llegado… si alguien alguna vez me hubiera dicho que estaría en la batalla final por el destino de la humanidad… pero aquí estoy y al ver el rostro decidido y preparado de William no siento miedo.

La tercera trompeta retumba con más fuerza que las anteriores y la estrella se abre de par en par.

Ha comenzado.

Lo primero que supe luego de parar el rechinar de los engranes y la advertencia de las trompetas fue el inconfundible revolotear de alas, alas enormes y después… cientos de armaduras de oro volando, buscando y encontrando a sus victimas, nosotros.

Desmond lanza su arma contra el primer enemigo que se le acerca, la pesada cadena envuelve al ángel, quien eleva a Desmond un par de metros en el aire. Con movimiento en la cruz la cadena se retrae destrozando el cuerpo de ángel que muere al instante. Desmond cae con elegancia en el suelo y va a por otro adversario. Y todo eso en menos de un par de parpadeos y un millar de alas que vuelan hacia mí.

– ¡No! – grita de pronto William, quien se abalanza contra un ángel que iba a arremeter contra mí, con su arma lista para matarme.

Mi cuerpo se paraliza y para mi horror puedo ver como William con sus propias manos destroza el pecho del ángel atravesando su armadura. Al ver eso mi mundo se vuelve lento y espantoso… William, un asesino… ¡William!

Activo los poderes del anillo y cientos de agujas de piedra brotan del suelo evitando que William sea atacado por esa horda de ángeles que iban hacia el. Plumas, plumas vuelan por lo aires. Como una blanca y tersa lluvia que distrae mis sentidos  y me deja ver por completa el alma de William mientras se levanta del cadáver de su enemigo. Sólo nos miramos, sus ojos son tan bellos y aterradores. Está contradicción al principio me confunde, su alma se revela ante mis ojos.

William me da la espalda y continua con su labor de muerte… estoy aquí y debo hacer algo, debo ayudarlos… ¿pero cómo?

Coloco las manos en el suelo agrietado y activo la magia del anillo. Las púas vuelven a proyectarse contra los ángeles que vuelvan y los destruye… William, como adivinando mis pensamientos, se coloca sobre una de las púas. Se eleva por los aires y desde esa posición puede acabar con los enemigos con mayor facilidad. Mata a uno, se hace niebla y arremete con el siguiente. Cada vez que mis lanzas destrozan a un ángel algunas plumas plateadas caen gracilmente… es tan hermoso y viene de un lugar tan terrible. Mi pecho se comprime con cada muerte, cada gota de sangre, cada cuerpo inerte que cae al suelo.

Las alas blancas no paran de salir de la estrella, son interminables… me siguen y ya no puedo mantenerlos más a raya.

Sigo lanzando mis puntas de piedra, pero simplemente, como si fueran de cristal, las destruyen con sus armas y puños… van a por mí. Se levanta un muro de piedra de repente y yo corro. Los escombros del muro destruido por los puños desnudos de un ángel llegan hasta donde escapo… trastabillo y caigo. Me doy la vuelta y miro con estupor como las legiones de soldados alados vienen hacia mí.

Un movimiento de la poderosa cadena y los ángeles murieron. Desmond aparece, un hilo de sangre cruza su rostro, y me ayuda a levantarme. Los enemigos no dejan de aparecer. Desmond mantiene a raya a los ángeles con su látigo mientras que yo utilizo el poder del anillo… usar tanto mi aura empieza a cansarme, empiezo a perder la sensibilidad en mis mejillas y dedos… estoy muy cansada, pero debo continuar.

– ¡Pase lo que pase no te detengas! – grita Desmond encarando a un solitario enemigo que causa problemas.

– ¿Dónde está William? – pregunté. Con el poder del anillo hago brotar del suelo asfaltado inmensas manos que atrapan a los seres alados y los aplastan sin compasión. Trato de ignorar tanto horror, mas es una tarea casi imposible.

– Yo no me preocuparía por él. – agregó Desmond subiendo la mirada, yo hago lo propio.

Un ángel gira como un trompo y se estrella contra un edificio cercano. De la espalda del ángel antes de chocar brinca William que, usando sus dos puños cerrados, derriba a otro de nuestros enemigos antes de caer junto a nosotros. Los ángeles nos rodean. La batalla esta por terminar.

– ¿Qué hacemos ahora? – pregunta William esquivando los lanzazos de varios ángeles.

– Tengo una idea, pero deben cubrirse. – agrega Desmond y de inmediato William se lanza sobre mi, damos un giro en el aire y termino cayendo en el pecho de William.

Miro tras de mi hombro y veo como Desmond  hace que la cruz de metal empieza a resplandecer en rojo al igual que la cadena. Él da giros y giros, la cadena se tensa y se mueve junto con Desmond, destruyendo todo cuanto estuviera a su paso. Una sensación de triunfo me hace sonreír… vuelvo a mirar a William y entonces ocurre.

Mis labios se encuentran con los de él, con sus fríos labios de vampiro. Mis mejillas arden por al sangre que las invaden y mi pulso se acelera. Lo único que queda del mundo exterior son los labios de William y su cuerpo contra él mío. Con una fuego que nuca pude imaginar William juega con mi boca… él lo deseaba tanto como yo…

– ¡Cuidado! – grita de repente William lanzándome desde su costado lo más alejado de él posible. Mientras ruedo por el asfalto veo como los ángeles desarman a Desmond y doblegan a William con la facilidad que permite su mayoría.

Cada pedazo de mi piel se raspa y sangra ligeramente, pero nada de eso importa ya. Me levantó y observo como es que todo ha de terminar. Tanto ángeles, bellos y dorados vuelvan frente de mí, flotando y mirándome. De seguro preguntándose como es que este ser insignificante pudo darle tanta pelea. Veo como William y Desmond forcejean contra sus captores, quienes los tienen por completo atrapados.

– No puedes detener la mano justa de Dios – dijo aquella misma mujer ángel rubia y con el rostro desfigurado – la humanidad es nuestra y nada podrá impedirlo.

– ¡Mentira! – grita una voz repentina, metálica, fría y terrible que parece venir de la nada. Toda yo me erizo y me atraviesa un escalofrío. Aquella voz proviene desde algún lugar a mis espaldas y por las miradas petrificadas de los ángeles yo no soy la única en escucharla.

La tierra tiembla con más intensidad que nunca. Me tambaleo y caigo. Una enorme grieta aparece en la calle. Inmensas montañas se abren pasos como picos terribles que destrozan todo en su búsqueda de un camino… otra vez la nieve de cenizas cae. Mi corazón se estruja al ver lo que mis ojos encontraron sobre la más alta de las montañas.

Primero una enorme pesuña negra, un esqueleto erguido. Un caballo esqueleto de ojos rojo sangre y aliento de fuego. Su jinete es un hombre de piel terriblemente blanca como si largo y laceo cabello… viste una armadura con picos de metal y una capa desgarrada… no puede ser… mi cuerpo espíritu y alma parecen destrozárseme ante tan espeluznante y horripilante imagen… es un demonio… la negrura monstruosa en donde deberían estar sus ojos me lo gritan como mil gritos de agonía.

Aquel ser infernal y monstruo desenfunda su espada de todas direcciones aparecen cientos, si no miles de bestias negras y repugnante que se abalanzan sobre la legión de ángeles. Lo siguiente que veo son garran dientes, sangre combate. Los seres alados se esparcen y acaban con tanto monstruos como pueden, pero son demasiados… el jinete por su parte tira de sus riendas y espectral corcel se lanza contra los ángeles. Con el poder de su espada acaba sin el menor esfuerzo con los enemigos que intentan atacarle.

Giro la cabeza y veo como Desmond y William corren, escapando de la batalla mientras se defienden de los ángeles y bestias que arremeten contra ellos. Voy hacia William y me lanzo a sus brazos, él me alza en el aire abrazándome.

– Todo esto, todo lo que ves no son más que mascaradas, pantallas, velos de engaños e ilusiones, sólo trucos. – dije.

– Que bueno que yo nunca he creído en la magia. – agrega él…

– ¡Demonios! – grita Desmond regresándonos a la realidad.

William me suelta y miro a nuestro alrededor. Aquellas bestias con caras mutiladas y monstruosas, cuerpos mitad bestia, mitad humano; cuya piel es de un enfermizo negro. Sus caras son terribles y babean profusamente completamente llenas con la sangre de sus enemigos al igual que sus largas garras, cual puñales.

El olor a muerte y putrefacción me pega y hace que se me retuerza el estomago, es un aroma insoportable.

– Mantente detrás de mí – susurra William, coloca su brazo entre los demonios y yo, pero estos no se mueven. Esa sensación de frío terrible y estremecimiento me llena de nuevo cuando aquellos monstruos abren un sendero por el que pasa aquel demonio montado sobre un esqueleto y con dos abismos eternos por ojos.

– ¿Qué eres? – pude dejar de preguntar.

– Soy Abaddon, el Destructor – dijo aquel ser espectral con su voz me hace perder toda esperanza y me obliga a pensar en las cosas más horribles… tan tenebrosa es su influencia en las almas de las personas – la humanidad nos pertenece, a nosotros y a nadie más… son nuestros…

– ¿Entonces esperas que nos quedemos callados mientras ustedes deciden nuestro destino por sus malditos caprichos? – grita Desmond adelantándose un par de pasos, sacado completamente de sí.

– Es preciso, está es nuestra guerra y ustedes no son otra cosa que el botín máximo. – contesta secamente el demonio.

Y sin más aquella figura se da la vuelta y desparece como si de niebla dispersa por la brisa se tratase, lo mismo le ocurre a ese ejército de la fatalidad más espantosa que hubiera existido jamás. Todos se van… como una pesadilla luego de despertar.

– ¿Ahora qué viene? – pregunte mirando con un extraño sentimiento que me invadía de improvisto. Las nubes de polvo se disipan por fin, me parece una eternidad desde que sentí por última vez la luz del sol.

Los tres nos quedamos en un profundo silencio. Agotado, como no tengo una idea, Desmond se deja caer en el suelo.

– No lo sé – contesta William luego de mirar al cielo. El eclipse se disipa… la luz del sol toca a William volviendo sus ojos a negro. Él me mira y yo a él. Me toma de la mano y mira feliz al sol que le baña con su brillo –, pero es justamente eso lo vuelve a este mundo un lugar tan maravilloso para vivir.

Fin…

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