Capítulo XL: La Doncella Sangrienta

Posted on 10 junio, 2010

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La vida es mi tortura y la muerte será mi descanso

Isabel, cansada, tanto por el ejercicio como por las emociones de hoy, deja su sable sobre una cómoda, cierra las cortinas dejando la habitación en completa oscurana, se recuesta tras quitarse los zapatos y cierra los ojos para intentar tomar una pequeña siesta antes de cenar.

Con todos estos, enfrentamientos, ataques, apariciones y desafíos contra seres nocturnos y bestias de la noche a Isabel ha comenzado a ganar el hábito de dormir de día y estar activa de noche, casi como William. Lo que ha provocado que ahora se siente adormilada a toda hora y el estar con el alma como aletargada.

Apenas hubo cerrado los ojos cayó en un profundo y su vez frágil sueño.

Ya no tenía más esas espantosas pesadillas sobre muerte, caos y destrucción como antes. Lo que era un alivio como no tienen idea. Ahora, en el lugar de esas premoniciones del fin del mundo, ella soñaba con escenas  en las que ella corre por unos arbustos y zarzas hasta que llega en la orilla de un lago que les por completo desconocido y a la vez familiar. Las playas del lago, sobre el que cae una tempestad, son de grava y piedras de rio que oscilan entre diminutas a enormes. Cerca de la orilla esta una alta figura de espaldas, guiada por un repentino instinto ella corre hacia la silueta, esta se da la vuelta y ve que el rostro de William se ve tatuado por una desfigurada expresión de terror.

Isabel se detiene en seco, todo el cuerpo le empieza a temblar. Él intenta decirle algo, pero antes de que pudiera pronunciar la primera silaba la superficie del lago estalla y salpica en todas direcciones para darle paso a unos grises y grotescos tentáculos que atrapan a William y lo arrastran al agua… entonces es cuando se despierta.

Pero en esta ocasión algo más la trajo de regreso del reino de Morfeo.

Ven – ese fue el susurro que Isabel escucho, como traído del mundo de los sueños a la realidad. Era una voz fría pero melodiosa, inocente aunque descarada, suave a su vez imperante. Todo eso en tan solo una palabra que se esfumó en un tris en el aire y la memoria de Isabel.

Ella se levanta, con la mente perdida en algún lugar de espacio, se puso los zapatos y salió de su habitación, casi hipnotizada. Sin saber a dónde va o por qué esta encomiándose hacia quien sabe dónde, Isabel sigue un rastro invisible, inodoro, incoloro, que no puede sentir ni oír, pero que causa le un extraño sentimiento, si es que se le puede dar ese nombre, llega sin la menor duda hacia la puerta de la habitación de Gabriel.

Ha sido conducida por esa imperceptible aura hacia el pomo parecido a oro, lo toma. Al sentir el frío metal se sintió algo recelosa de abrir esta última barrera con lo desconocido. No sabe que puede estar esperándole, pero por ese llamado tan sutil aunque clamoroso, le produce cierto resquemor que le comprime el espíritu. Por otro lado no ha sabido nada de William en lo que podrían ser horas y lo más posible es que ella sola no pueda contra sea lo que sea y que este del otro lado del portal sin la ayuda del vampiro.

Escucha un fuerte estrépito, como cientos de cristales rompiéndose y cayendo en suelo y hechos trizas. Ela abre de par en par la puerta y entra, no hay nadie, la habitación esta por completo vacía. Corre hacia la sal de los espejos y entonces se encuentra con que William esta siendo estrangulado por una mujer que lo mira con una mirada que carece de toda humanidad.

Ella, una vampiresa, el destellante tono rubí de sus ojos lo indica, es una mujer esbelta de tez blanca nieve, de rizado cabello rojo, como sus gruesos y sensuales labios, en los que se perfilan sus dos filosos y blanquecinos colmillos. Por un instante Isabel se quedó abrumada, mirando la pura y voluptuosa belleza de la vampiresa. Hasta el punto que llegó preguntarse si siempre fue tan bella o el convertirse en una hija de la noche y la sangre la hizo tal como es ahora: sensual y hermosa.

– Isabel… corre – dice William estrangulado por la mujer, intentando sacarse del agarre, pero sin resultado, es de acero.

De inmediato Isabel recupera la razón, junta sus manos y las pone en el suelo, el medallón brilla y una lluvia de púas de piedra vuelan por los aires desde la pared tras de ella, todas apuntando a la mujer que mira a Isabel con ojos confiados. Ella se vuelve niebla, la cual es disipada por las mil y un espinas que se destrozan junto con los espejos de otra de las paredes. William cae de bruces y mira de inmediato a Isabel, pero ya es muy tarde.

– Parece que te encontrarse una zorra que sabe mostrar los dientes, William – dice la voz femenina y seductora de la vampiresa desde las espaldas de Isabel. La joven es inmovilizada por la vampira que se le pega a al espalda – veamos que otros trucos te sabes, ¿quieres? – agrega con sadismo mientras le retuerce el brazo, sin causarle un daño grave, mas si mucho dolor, Isabel grita y William se incorpora, sus ojos muestran miedo, están en sus manos.

– Elizabeth, déjala ir – pide, o más bien suplica William acercándose un paso a la vez, con mucha calma hacia la vampira y su victima, impotente.

– De eso no te preocupes William, te regresare a tu noviecita dentro de poco – contesta Elizabeth, vuelve a causarle un terrible dolor en el brazo a Isabel, quien siente que se le romperá en cualquier segundo, las lagrimas comienzan a brotar de sus ojos – solo déjame jugar un poquito más con ella… ¿Isabel?, ¿te llamas Isabel?

– Vete al infierno, zorra – le contesta ella.

– Ah, William, tienes que enseñarle modales a tu mascota… –  y sin más la vampira le tuerce más el brazo a Isabel, quien vuelve a gritar – sabes, tú no eres tan diferente a mi, por eso aún no te he matado – agrega pasando la lengua por la mejilla de Isabel y luego pellizcando su piel con los dientes.

– No soy como tú, ni nunca lo será – responde Isabel contundentemente.

– Si supieras cuán equivocada estas – susurra Elizabeth en el oído de Isabel – ¿no es así William? – agrega mirando al vampiro que esta inmóvil, mudo e imposibilitado de hacer algo para rescatar a la joven.

Isabel mira al vampiro y encuentra algo extraño en su mirada.

– No esperaba menos de pupilo de Gabriel, eres tan maldito como él – continua Elizabeth al ver que William no decía nada para defenderse. De pronto Isabel siente una asfixiante presión en el pecho, aunque solo por un instante brevísimo.

Nada parecido a lo que había sentido antes, era como su una intensa rabia y enojo el golpearan en la boca del estomago, pero solo para ocultar un dolor mucho más intenso y una soledad embargadora… emociones tan fuertes que ella apenas pudo controlarlas.

– ¿De qué habla? – le pregunta Isabel a William.

Él no dice nada.

– Que tu querido William te ha engañado – contesta Elizabeth, Isabel puede sentir su fría respiración que se pasea en su nuca mejilla y oreja – todo lo que te ha dicho y hecho ha sido solo para mantenerte bajo sus garras… todo… todo ha sido una mentira. – agrega la vampira, con cada palabra libera un poco el brazo de Isabel.

– Eso… no es cierto. – musita la joven con la mirada perdida.

– Si no me quieres creer pregúntale a él… él nunca te amó. – susurra la vampira con suavidad y crueldad, arroja a Isabel a los brazos de William quien desaparece junto con Isabel en una nube de neblina.

– ¡Suéltame! – grita Isabel, mareada por la transición de niebla a su forma normal. Se encuentran en el enorme comedor de la mansión, todas las luces están apagadas y la noche ha caído, con su manto de oscuridad cubriéndolo todo.

William se hecha un lado, la vergüenza evita que pueda mirarle a la cara.

– Eso… eso significa. – intuye Isabel mirando como William se cae cada vez más hondo en un poso de penas y decepción – ella tenia razón… – agrega dando un paso hacia atrás, ya no puede confiar en el, pero enseguida ese desconfiar es apartado por una ardiente rabia hacia ese hombre, a ese monstruos que mira al suelo, suplicando en silencio perdón como un niño pequeño.

Ella corre hacia el y, cerrando los puños, golpea su pecho. Llora, más por el engaño, que por la rabia… ¿Cómo pude ser tan idiota?, piensa una y otra vez.

– ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué? – pregunta gritando Isabel, cada golpe se hace más suave hasta que es detenida por William, quien la sujeta por las muñecas antes de que se haga daño – ¿Por qué yo?, ¿Qué tengo para que me hayas arrastrado a este infierno? – pregunta hundiendo la frente en el pecho de William.

– Porque eres igual a ella – entonces Isabel se libre de las manos frías y muertas de William son el menor esfuerzo, se hecha para a tras, y ve su cara, perpleja y llena de dolor, arrepentimiento, agonía y sufrimiento, como si su corazón hubiera marchitado y ahora solo quedará un bulto negro y envenenado.

– ¿A quién?

– A ella, a esa joven que salve hace años – contesta William mirando por primera vez a los ojos de la joven que sigue retrocediendo –, en la noche que conocí ha Gabriel… eres como ella.

>> Dulce, frágil. Al ver tu rostro delicado y de un marfil blanquecino, como el suyo, sus cabellos largos, suaves y rizados, recuerdo que eran castaño claro, igual a los tuyos; y tus ojos, ojos bellísimos, claros, dulces y confiados. Esos ojos fueron los que me impresionaron de manera especial. Cada vez que pensaba en ti o que te veía, veía eran esos ojos claros, dulces y confiados… ojos que compartes con ella. Fue como si en mi frío y muerto corazón hubiera brotado una fresca florecilla perfumada.

– Pero, ¿Por qué? – cuestiona Isabel sin saber si darle una bofetada o sucumbir ante sus brazos.

– Por que al verte por primera vez desde que me convertí en esto me sentí como una persona cualquiera, me hiciste ser un hombre y no un monstruo – dice William acercándose a Isabel a mismo ritmo que ella se aleja de él, pone sus manos frete de sí y las agita para dar a entender que se refiere al tiempo que lleva como vampiro –, tú me cambiaste, antes era solo una bestia que se paseaba por la noche, con una estela de muerte tras de mí.

>> Te encontré y no pude dejarte ir, cómo hacerlo luego de recobrar mi humanidad. No me bastaba con verte, tenía que conocerte, conocer a mi salvadora… por eso inventé todo eso de la entrevista, solo para verte, hablarte, saber si era o no aquella mujer que vi. Creí que luego de darme cuenta que no eras ella podría dejarte vivir en paz, para que me olvidaras, pero me equivoque… te necesitaba cada día con mayor fuerza que la noche anterior…

>> No podía acercarme a ti, Blade no me dejaba respirar y no quería ponerte en riesgo, pero la tentación fue mucho para mí y no pude más.

– ¿Entonces nunca necesitaste el dinero que me pediste? – pregunta Isabel, recordando la razón o al menos eso creía para aquel fatídico rencuentro con el vampiro. Su espalda toca la pared, ya no puede retroceder más y la expresión de William le esta asustando.

– Luego de ver esta casa me sorprende que no hayas llegado a esa deducción, querida mía. – dice William colocando con delicadeza en los hombros de Isabel.

– ¡Quítame las manos de encima! – grita de repente Isabel, William sostiene con firmeza a la joven y la mira directo a los ojos. Ella se queda paralizada, sus ojos no se pueden despegar de las dos fuentes de sangre que son las pupilas de William, él esta usando sus poderes para que lo olvide todo.

– No te esfuerces en negarlo más, sé que me deseas tanto como yo a ti – suelta William mirando con alivio y complacencia como el destello rojizo en los ojos de Isabel, señal que su control sobre ella se esta empezando a asentar.

Pero el relicario de grifo le impide completar el hechizo sobre la joven. Destellando en plata crea una barrera que lo separa de ella, quiebra el control que estaba creando con su encanto vampiro y destruye la barrera que había en la mente de la joven y la hace recordar todo aquello que él le había hecho esconder en su subconsciente.

Recuerda la sangre, el río y los cadáveres de los pasajeros de aquel barco, desparramados al como el vampiro los secaba, le arrancaba la sangre de las venas. Mira con repugnancia al vampiro, separados por aquella barrera de luz.

– Tú… los mataste a todos y me hiciste olvidarlo – espeta Isabel con una mirada ya carente de toda emoción humana, ya no era nada más para ella que un ser asqueroso y sin el menor rasgo que se pudiera considerar bueno… lo despreciaba a él y si misma por creer en sus mentiras tanto tiempo y pasar noches sin dormir pensando en él –, me manipulaste, me usaste y yo como una tonta pensando que…

Pero no pudo terminar la frase, por la vergüenza y el odio que ahora le quemaba todo su ser, toda dirigida hacia William.

– Contigo he de quedarme para ya nunca salir de este palacio de lóbrega noche – suelta William en tono suplicante, la barrera de luz se extingue y el vampiro le extiende la mano –. Sé que te he fallado de una forma en la que nunca podré perdonarme… – Isabel mira fijamente la mano extendida de Isabel, un caos como nunca antes visto se agita en su mente.

Por un lado desea atacar con toda su alma a William, herirlo, dañarlo, vengarse de lo que le hizo a ella de un modo mil veces peor, devolverle todo este sufrir y regresarle con intereses el dolo de esta telaraña de engaños que tejió a su alrededor. Pero en el lado opuesto de la balanza esta un lado más emotivo y que grita estar con él, perdonarle, buscar la forma de arreglar eso… ambos bandos pelean sin cuartel y no encuentra ninguno de los dos vencer a su adversario.

Otra vez el dilema de saber si es o no un engaño le paraliza, ¿Qué garantías tiene ella que esta vez es sincero? O si por el contrario es otro vil ardid para mantenerla sumisa y a su lado.

– Espero no interrumpirlos – aparece Elizabeth, con su velocidad sobrenatural ataca a William, quien estaba con la guardia baja. Ambos vampiros caen sobre la mesa, que se despedaza – corre, maldita sea, no te quedes ahí parada y corre. – le grita Elizabeth sometiendo a William en el suelo y peleando para mantenerlo así.

Isbel no lo piensa dos veces y decide correr, irse, huir de una vez y por todas de este frío y siniestro mundo de muerte, sangre, intrigas y monstruos. Sale corriendo, deja la sala y luego la mansión, se adentra en el bosque.

Corre por quién sabe cuanto tiempo y, cuando sus pulmones ya no pueden más se detiene, no sabe donde esta ni quiere saberlo por los momentos, solo siente una ligera alegría de ya no estar bajo el peso de ese universo de sombras y engaños. Se sienta en una enorme piedra y, justo cuando al fin puede sentirse libre de todo peso y toda cadena que le han impuesto en estos ya seis meses, siente como algo se apoya en su nuca y una voz terriblemente familiar le dice.

– Hoy debe ser mi día de suerte.

Mientras, en la mansión la paredes se derrumba y el piso tiembla mientras los vampiros forcejean. Elizabeth atrapa a William y lo hace chocar una y otra vez contra una pared que termina por ceder, luego lo arroja, vencido y sin la menor esperanza de poder conseguir un rastro fresco de Isabel. Cuando se incorpora para encarar a la vampiresa se de cuenta que esta de regreso en la sala de los espejos, mira al suelo y mira cientos de fragmentos de vidrios que reflejan cada uno un pequeño pedazo se su ser… un reflejo disperso.

– Creo que tu querida mujercita se te ha ido William, ahora sabes como me sentí cuando te arrebatan lo que mas aprecias y te dejan sólo, desnudo en este mundo donde nadie esta para ayudarte y nadie quiere hacerlo, ¿no es así? – dice inmensamente satisfecha Elizabeth, entrando por el enorme boquete que creo en el muro.

– Termina con esto de una buena vez – dice William, por fin se ha rendido –. La vida es mi tortura y la muerte será mi descanso.

– Eso no, tenemos otros planes para ti y para tu noviecita – susurra Elizabeth saboreando cada instante – mi trabajo era solo separarlos…

NOTAS: Para empezar este capi develó con mayor profundidad a quien, sin proponérmelo ni esperarlo, se ha convertido en uno de mis personajes favoritos. Elizabeth. Y esa foto, tomada de una película que algunas consideran mala, de los que no soy uno, la representa de forma casi perfecta… demasiado sexy para soportarlo.

Creo que esta de más decir que por su nombre y el titulo de hoy que ella esta inspirada en Elizabeth Batory, La Condesa Sangrienta.

La descripción que hace William de Isabel y la mujer que salvó en el día que conoció a Gabriel (para más información o recordar, consultar este capi) es sacada y parafraseada del relato EL DIABLO, escrito por una de las grandes mentes de la literatura universal: Lev Tolstói.

Y, como dije en este comentario, utilice frases del bardo inmortal, William Shakespeare, de su igualmente inmortal obra, Romeo y Julieta. Ambos pronunciados por William, el vampiro no el escritor, en el siguiente orden.

Contigo he de quedarme para ya nunca salir de este palacio de lóbrega noche.

La vida es mi tortura y la muerte será mi descanso.

Debo de recordarles que el capi que sigue  a este será una contribución especial de mi parte, una especie de prologo a los últimos diez capi y que no tendrá nada que ver con la trama principal. Un regalo de mi para ustedes.

Otro día feliz para mi… rebasamos a los 300 comentarios… yes…

Nos vemos en los comentarios y que pasen un buen fin de semana.

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