Capítulo XXXVII: Sangre y Acero

Posted on 20 mayo, 2010

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Se arrodilló al lado de la joven agachada, que trataba, inútilmente, de defenderse. Le puso ambas manos en los hombros y se lanzó a su cuello. Sus dientes, impacientes por la sed tuvieron que rasgarle la piel y no agujerearla; pero, una vez que hizo la herida, la sangre brotó. Y una vez que eso sucedió, una vez que estuvo bebiendo…, todo lo demás desapareció.

– ¿Dime qué quieres de mí?

– Solo la verdad William, solo la verdad. – le contesta Isabel muy exaltada y furiosa. El sol ya se ha puesto y están de regreso en el hotel, Edward y Nicolas se despidieron luego de responder todas las preguntas y cumplir de la mejor manera sus peticiones con diligencia… casi parecía que los estuvieran echando, como si tuvieran que hacer algo muy importante. Pero ese era ahora el menor de los problemas.

– ¿La verdad? – repite William, incrédulo de lo que escucha – la verdad es que no sé que me pasa que no afecta el sol… nadie lo sabe… ¿Qué querías que te dijera? – pregunta el vampiro destellando de rabia – hola, mi nombre es William, soy vampiro y no sé por qué el sol no me mata como a los demás…

– De ti no me hubiera sorprendido.

– ¿De qué tanto de quejas?, te di lo que querías al fin y al cabo – espeta William acaloradamente – de no ser por mi seguirías siendo una patética reportera con ínfulas de escritora… en vez de ser la escritora de habla española más famosa con vida.

– ¿En verdad crees que yo quería todo esto? – le cuestiona a Isabel indignada y molesta, pero esta vez no por las mentiras de William – ¿piensas que: ser perseguida por un loco psicópata y armado hasta los dientes, una legión de hombres-lobo y ahora por todos los vampiros del mundo buscando el último fragmento que necesitan para cuasar el fin del mundo es lo que yo deseaba?

La habitación se queda en un incomodo silencio. Por su parte William digiere el alubión de protestas y griterías de la joven.

– Sé que vendí mi alma al diablo – continua Isabel al no escuchar respuesta ni palabra alguna por parte de William – ahora que lo pienso, si se la hubiera ofrecido al diablo al menos él hubiera jugado con reglas justas… pero tú, me arrastraste a este infierno sin ninguna razón real, ¿o si?, ¿acaso lo hiciste por algo más que por tu sádico deseo de arruinarle la vida a los demás?, ¡constátame, maldición!

Algo, entre el mar de palabras y frases hirientes, que ella dijo perturbó a William de manera más terrible que mil cuchillos al corazón, pero aún así se queda atrapado en el silencio de los culposos. Él se da media vuelta y camina hacia la ventana, desde donde se ve como la oscura protección de la noche lo cubre todo, a la espera de un nuevo amanecer.

– ¿Eso quiere decir que desearías nuca haberme conocido? – la pregunta sale de la nada de los labios del vampiro y en susurros, casi de forma apática. Esa sola interrogante que cortó un pesado silencio solo dio paso a uno aún más pesado y rígido, como si cortinas de hierro hubieran encerrado la voz de Isabel. La pregunta, de la que solo podía responder de dos maneras que son por completo irreconciliables; hizo pensar y meditar sobre muchas cosas, de las cuales nunca había ni pasado por su mente.

Se forzó hasta el límite su imaginación en el único ejercicio de pensar como hubiera sido su vida de no haberse topado nunca con el vampiro que ahora tiene enfrente. Por fin habla.

– Si, estaría mejor. – habla sintiéndose avergonzada por darle la espalda, pero a sabiendas que era mejor ser honestos entre ellos… o al menos ella siéndolo.

– Eso era todo lo que necesitaba saber – musita William abriendo de par en par las ventanas y lanzándose hacia la calle, estando ellos en un tercer piso. En esta ocasión Isabel, aunque no pudo evitar conmocionarme, supo que no se había hecho daño alguno.

William calló con la misma sutileza que la de un acróbata, sin que nadie se diera por entendido de semejante despliegue de habilidades superhumanas. Curiosamente las calles están desiertas, todos deben estar en la seguridad de sus moradas, si es que en este mundo al borde de las tribulaciones algún lugar se le puede considerar seguro.

Sin un rumbo fijo el vampiro caminó por entre las calles vacías de Londres, siendo su única guía el instinto natural o el simple deseo de ir a tal o cual lugar, nada más. Antes de poder darse cuenta estaba inmerso en la zona más antigua de Londres, su casco histórico.

Todo era rodeado por una densa y blanquecina niebla que cubrían hasta la última callejuela hasta el nivel de las rodillas. La atmosfera enrarecida y la apariencia Victoriana del lugar hace que la imaginación de William lo transporte a una época de antaño.

Tiempos en los cuales desde Londres se podía controlar medio mundo, millones de personas y guerras en todos los continentes, todos dominados por el peso de la corona de la rey Victoria. Tiempos en los que Jack el Destripador aún deambulaba por las calles, asechando a sus posibles victimas, atacando con una brutalidad nunca antes conocida y, sin dejar evidencia alguna, escapar por entre el manto de sombras y niebla… tiempos en que los vampiros llegaron a las pesadillas del mundo moderno gracias a las historias de un sangriento conde de Transilvania.

Toda un atmosfera de miedo y misterio, propicia para inspirar los cuentos del Señor Hyde, de sombríos pasajes de pesadillas, relatos de sombras y muerte… las calles emulan las fauces de un animal salvaje y la niebla que lo cubre todo y le produce cierto resquemor a William es su morada, solo espera, aguarda el momento propicio para aparecer; crear tormentos como nunca antes sufridos.

William distingue una silueta en la niebla, tambaleándose y sin equilibrio. Se acerca con sigilo y con el conocimiento que la sed comienza a quemarle el vientre. Al estar a poco menos de diez metros logra distinguir, con más esfuerzo que el de costumbre, a una jovencita de al menos veinte cuatro años. Esa pobre muchacha descarriada te tambalea sin el menor control de su cuerpo, bajo el efecto de una mezcla de alcohol y drogas… una persona que destruye su alma sin saber porque, piensa William acercándose a la joven que termina cayendo de boca a los pies del vampiro.

– Déjame ayudarte querida niña – susurra William levantando a la joven que se ríe como una loca – estas hecho un desastre.

– Creo que si… esa fiesta… – contesta la jovencita entrecortadamente por las risas – tus ojos se ven chistosos, pero aun así eres lindo. – agrega la muchacha mirando el suave y relajado rostro de William que se tienta con cada bocanada de aire impregnado del aroma de la jovencita que respira.

– Descuida, todo esta bien – susurra al odio de la joven el vampiro sintiendo como sus excitados colmillos se muestran, pero en la oscuridad y la borrachera ella nunca se dio cuenta – te llevare a tu casa, ¿en dónde vives?

– ¿Yo?, vivo… por allí – contesta la mujer soltando una alegre carcajada y apuntando con el dedo tambaleante detrás de su hombro.

William la soltó para que se arreglara el cabello algo enredado y el maquillaje corrido, pero apenas la dejo sostenida por sus propias piernas esta se callo, esta vez tirando en el suelo el contenido de su bolso.

-¡Que estúpida soy! – se reprocha, se agacha y empieza a recoger de la mejor manera que le permite su mareo sus cosas. Un evento por completo aleatoria terminara de desatar el monstruo en el interior de William. Sin darse cuenta el cabello se le corre a la espalda, dejando a la vista su blanco y perfecto cuello.

– Déjame… ayudarte – es lo único que puede decir William antes de arremeter contra ella.

Se arrodilló al lado de la joven agachada, que trataba, inútilmente, de defenderse. Le puso ambas manos en los hombros y se lanzó a su cuello. Sus dientes, impacientes por la sed tuvieron que rasgarle la piel y no agujerearla; pero, una vez que hizo la herida, la sangre brotó. Y una vez que eso sucedió, una vez que estuvo bebiendo…, todo lo demás desapareció.

Pudieron pasar diez segundos, media hora, días, meses, años, incluso un milenio y William no se hubiera dado cuenta. Lo único que le importaba, sentía, pensaba y disfrutaba era el continuo flujo de sangre… hasta que finalmente, terminando a su vez con el mundo casi idílico que se formó en el corazón del vampiro, la sangre se agoto. En su ímpetu la marchitó, intento por varios minutos conseguir más de ese preciado elixir, pero en vano.

Cuando se hubo despegado del cuerpo inerte y por completo carente de vida. Se levanta y mira su obra, tirada en el frío y sucio suelo, en una posición por completo inhumana. Poco más que un despojo, con la carne arrugada y vieja, los ojos sin brillos por completo hundido y la piel blanca como un fantasma… un acto de la más monstruosa aberración.

William, convertido en una maza culpable y aterrorizada, da primero un corto paso hacia atrás, seguido de otro; así hasta que se hecho a correr. Desesperado, espantado, asqueado y con la imagen de aquella… aquella cosa que antes era una persona, una imagen dantesca y atroz, ahora esta incrustada en su mente y por más que lo intente no puede librarse de ella.

William de improvisto se detiene, su mente de pronto quedo por completo vacía, hueca, como si, con este nuevo acto de maldad su alma hubiera abandonado para siempre su cuerpo… por fin ha perdido el último fragmento de su agonizante humanidad. Se deja caer de rodillas y sin saber bien que está haciendo le lanza golpes al suelo, que se agrieta y resquebraja. La mano comienza a dolerle, se le hincha y comienza a sangrar… nada de eso importa, se dice William en estado de trance, solo quiero morir, perderme, acabar con este tormento que ha de durar por siempre.

Un inesperado dolor, o mejor dicho, una poderosa presión oprime con agarre de hierro el pecho del vampiro, comprimiendo sus costillas, arrancándole el aire de los pulmones, haciéndole perder de a poco la agudeza en todos sus sentidos, casi dejándolo como un menos valido. Es como si un ser del cielo o del abismo hubiera escuchado sus peticiones y ahora le estuviera arrancando con su mano invisible la vida maldita del torso de William.

Se desliza, con un paso endeble y torpe, por entre las calles hasta una estrecha callejuela, un lugar oscuro y siniestro. Casi se puede predecir, al estar en semejante nido de ratas como de entre la niebla, que lo cubre ahora todo lo que hay a la vista, se cruzarían con los caminos de un loco oculto por la cortina de la noche, con su cuchillo saciado de la sangre de las víctimas, nadie quien pudiera identificarle, otro crimen perfecto. O también podía pasar por su lado una horda de hombres temerosos pero decididos, todos con el único cometido de acabar con aquel ser, esa bestia centenaria que acabo con la vida de la pobre Lucy y ahora esta tras el asechó de la indefensa Mina. Todos guiados por el lunático Profesor Van Helsing y el desesperado y avejentado Jonathan Harker.

Su mente, la de William, regresa a esta realidad de la mano de pasos que se le acercan. Se mira las temblorosas manos: están manchadas de la sangre de su víctima… no puedo dejarlo escapar, piensa William en miedo de la tempestad que se desarrolla en su cerebro, si me ven de esta forma… debo matarlo. Se coloca lo más erguido que puede y comienza  a buscar entre la bruma a esa persona.

La atmosfera esta toda enviciada y no puede ver nada más que el velo de blancura de la niebla… su olfato falla y es más que inútil y su sentido del oído se ha visto entorpecido; algo debe de andar mal si todas las funciones de su cuerpo comienzan a flaquear de tan abruptamente. Apenas logra distinguir una silueta en la bruma. Pero al mirar más de cerca descubre que esta por completo solo, sus ojos, por primera vez desde su transformación, le han fallado.

– ¿Quién está ahí? – pregunta al no poder contar con sus sentidos para alertarle.

Se detiene, en medio del infinito velo, y entonce sucede.

De las profundidades de la tierra misma brota un colosal puño de piedra que golpea a William por un decima de segundo. William, en un estado casi agónico da uno que otro paso hacia atrás, en un precario intento de escapar, cuando se da la vuelta emerge de la profundidades un muro impenetrable, está rodeado y ahora lleva las de perder.

No solo no puede ver a su atacante, gracias a la inutilidad de sus sentidos y por la espesa niebla, si no que por el dolor ardiente en su vientre lo tiene casi paralizado. Entonces, con toda esperanza perdida y aceptando su muerte inminente, cosa que lo regocija muy en el fondo, William encara a la niebla y espera, espera que se aparezca a su asesino.

Dos titánica pared de roca aprisionan al moribundo vampiro y lo levantan varios metros en el aire, atrapado, sin ninguna escapatoria… pero el dolor, tan intenso que cualquier otro lloraría como un bebé de pecho, se hace menos intenso y hasta llega a ser soportable.

– Parece que no has perdido el tiempo esta noche William – habla una voz familiar para William, terriblemente familiar – uno se sorprende por lo fácil que es cazar a un vampiro: solo necesitas algo de plata, un poco de esencia de rosa silvestre y mucho ajo… los transmutas en una densa niebla y a los pocos minutos tienes un atmosfera mortal para cualquier nosferatu, menos para ti… cosa que no deja de sorprenderme.

De entre la bruma se vislumbra la figura de Edward con una sonrisa victoriosa, ignorante de que el cuerpo del vampiro está recuperando su fortaleza lejos de aquel aire toxico.

– ¡Maldito enano, bájame de aquí! – grita William con la voz ronca.

– ¡A quien le dice enano, chupasangre degenerado! – le replica el alquimista enseñando puño y actuando de forma infantil, por decir lo menos – no creo que comprendas bien la situación en la que te encuentras William.

>> Estas bajo mi poder, sin tus poderes y manchado por la sangre de una victima inocente… ¿luego de tanto tiempo matando no siente ni un poco de remordimiento?

– ¡Cállate! – grita a todo pulmón William, perdiendo los estribos.

– Al parecer he dado justo en el clavo – susurra Edward – el orgulloso hijo de Gabriel, William Knight Valerius se siente culpable de ser lo que es… pues adivina: nunca podrás revertir todo el daño que has hecho, monstruo…

– ¡Cállate! – vuelve a vociferar William, se retuerce en búsqueda de alguna forma de escapar, de haber podido se hubiera puesto rojo como un tomate.

Edward, sin poder hacer nada para evitarlo ve como William se evapora y reaparece a pocos centímetros de él. Como si fuera una fiera salvaje William lanza su puño contra el Alquimista, este lo atrapa sin ningún esfuerzo y, usando la fuerza de William en su contra, lo lanza por los cielos. Vuela quien sabe cuántos metros antes de golpear un vitral que se destroza. Cae finalmente en un suave pero frío piso de mármol.

El dolor regresa y ahora acompañado de un profusa hemorragia en el costado, un enorme pedazo de cristal se le ha clavado entre las costillas… apenas puede respirar, mucho menos levantarse. Como en un ritual místico cientos de antorchas y velas se encienden, iluminando por completo la nave de la enorme iglesia en la que se encuentra el vampiro.

El poder del santo lugar en que se encuentra le arrancado todos sus poderes y ahora está al borde de la muerte… trata desesperadamente de escapar, pero no puede. Solo se deja caer y aguardar a que llegue el ángel de la muerte a llevarlo a lo más profundo del lago congelado del infierno, lugar al que siempre perteneció.

– ¡William! – grita Nicolas atravesando el recinto de forma por completo inesperada. Llega hasta el cuerpo magullado del vampiro y, utilizando la alquimia logra cerrar su herida y regresarle, en parte, sus fuerzas perdidas – esto evitara que mueras, pero no se cuanto tiempo se mantendrá el efecto…

– ¡Tú! – grita William al ver las enormes puertas que dan a la calle abrirse y dejar entrar a Edward.

Quita de su camino a Nick y corre hacia donde esta Ed. Aunque no cuente con todos sus poderes aún tiene las fuerzas suficientes para vencerlo, sólo necesita acertar un buen golpe. Pero Edward lo intercepta con su mano derecha, a pesar de la increíble potencia que el vampiro le imprimió al golpe, tanto así, y contraviniendo la resistencia del cuerpo humano, el pie izquierdo del alquimista se hundió en el mármol, rompiéndose la hermosa  y lustrada piedra.

– ¡Ahora Nick! – alerta Edward antes de lanzar a William por los aires de nuevo.

Nicolas pone ambas manos en el suelo y de este aparece un enorme círculo de transmutación brillando en una intensa luz azulada, casi al mismo tiempo brotan cientos de estacas de piedra, todas hacia William. Sin que el vampiro pueda esquivarlo los pilares punzantes se entrecruzan y deslizan, paralizando a William, sin ninguna capacidad de movimientos y a su vez cientos de estacas filosas apuntan a la garganta y corazón del vampiro que no se puede mover sin que una astilla le cause la muerte.

– ¡Maldita sea Nick! – grita William sintiéndose traicionado – ¿Por qué?

– Teníamos que detenerte.

El lado racional de William aparece y comienza a mirar con curiosidad el brazo de Edward. Como leyendo sus pensamientos el alquimista se sube la manga.

– Tu no eres el único que tiene pecado por los que sentirse culpable – dice Edward mostrando que en ves de carne, su brazo derecho es de metal, de acero – no me dicen Alquimista de Acero solo por gusto… pero esa es otra historia, ¿ahora podemos hablar sin tener que enjaularte como un perro?

– ¿Sobre qué?

– Sobre Isabel…

NOTAS: Este capi es una especie de Homenaje para todos los grandes escritos de suspenso y terror que se ambientan en Londres (como el Jekyll y Hyde, Dracula y los terribles casos de Jack The Ripper, suena mejor en Ingles) y a la mujer que inicio el renacimiento del genero de los Vampiros: Anne Rice… el pasaje en el que William se alimenta de la joven es una paráfrasis de Entrevista con el Vampiro, en el que Louis hace lo propio… aquí esta la versión original y mejor:

Me arrodillé al lado del hombre agachado, que trataba, inútilmente, de defenderse. Le puse ambas manos en los hombros y me lancé a su cuello. Mis dientes apenas empezaban a cambiar y tuve que rasgarle la piel y no agujerearla; pero, una vez que hice la herida, la sangre brotó. Y una vez que eso sucedió, una vez que estuve bebiendo…, todo lo demás desapareció.

La breve descripción que hice del infierno es traído de la Divina Comedia.

Creo que ya deje lo suficientemente claro que el Edward que sale en mi historia es una interpretación sobre el Edward del anime Full Metal Alchemist.

Por cierto, con este capi y ahe superado en esxtensión, mas nunca en grandeza y gloria eterna a Dante y su Divina Comedia… legalmente La Maldicion de la Sangre ya ha superado las 122.000 palabras… eso es mucha hechadera de cuento…

Se me acaba de ocurrir que, como una celebración de llegar al final de La Maldición de la Sangre y para premiar a ustedes, los lectores, realizar una especie de capitulo de edición especial que no tendrá nada que ver con la trama central y que será, si mi cerebro me lo permite, estará cargada de comedia y demás. Se publicara después o junto con el capitulo 40… para dar comienzo a la cuenta regresiva… mil gracias a todos y casi estamos sobre los 200 comentarios… sigan así…

No cambiaria estar escribiéndoles a ustedes por todo el oro de Timbuktu… y si me preguntan ¿si lo volvería a hacer?, yo diría que si e incluso un tercera ver… pero hasta ahí.

Nos vemos… mejor dicho leemos…

Siguiente Capítulo

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