Capítulo XXV: Alanegra

Posted on 7 marzo, 2010

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– Bienvenida a la “Ciudad Luz” – dice William despertando a la soñolienta Isabel cuyo rostro estaba estampado en la ventana de la puerta empañada del copiloto. Los ojos de la joven se maravillan por la hermosa vista que produce la entrada en la ciudad de París durante la noche. Mil y una luces dispersas sobre el mar de edificios de diferentes formas, tamaños y alturas; emulando a un cielo estrellado en todo su esplendor.

Han pasado varios días desde su milagrosa huida de las mortales garras del cazador. Desde entonces Isabel no ha insistido más sobre como y cuando William hizo para cambiar su ropa y secarla al ser lo último que recuerda aparecer en un oscuro y frío canal, es casi como si algo le dijera que es mejor el no hablar ese tema con el vampiro, quien se ha mantenido reservado y serio.

Luego de conseguir un auto… digamos de forma poco honesta, ambos se encaminaron hacia la autopista que los llevo hacia la capital de Francia.

– ¿Dónde nos quedaremos? – pregunta Isabel al adentrase más en la deslumbrante ciudad, tan llena de historia y cultura tan sublime que podrías pasar toda una vida y no terminarías de recorrer sus calles – ¿en un hotel cinco estrellas? – agrega imaginando el reluciente piso de mármol de la resección adornada con muebles clásicos de uno de esos hoteles que son portadas de revistas alrededor del mundo.

William gira el vehiculo hacia un callejón sin salida, la calle se ve particularmente oscura y llega a su fin en un edificio de tres plantas viejo y algo descuidado. El vampiro abre la puerta de su lado del auto, hace un rápido rodeo y abre la puerta de Isabel, la joven se queda en el auto, temerosa de este callejón de apariencia tan peligrosa.

– ¿No me digas que le tiene miedo a una callejuela y no ha un psicópata con una escopeta? – pregunta William con algo de sentido del humor, un buen cambio luego de estos días – vamos, no creo que haya algo más peligroso en este lugar que en cualquiera de las otras cosas que has vivido en este mes que llevamos viajando juntos.

La joven decide por fin salir de auto, le parece que fue solo ayer cuando el vampiro se apareció en su trabajo, pero no, ya es un mes. Luego de cinco años de estudios universitarios, varios años trabajando en cualquier cosa que se le presentara y tres en el periódico de Alex, luego de tantos años de arduo trabajo todo fue lanzado al viento en tan solo cuatro semanas.

Isabel sigue cautelosamente a William hacia el edificio, entra sin mayores miramientos en el mismo. Isabel entra en el lobbie de una posada u hotel barato y muy mal mantenido. La luz es escasa, las paredes están descoloridas y algunas con partes descascaradas; los muebles son viejos, mal combinados y en extremo dañados. William parece no notar en el tipo de antro en el que ha entrado y camina directamente hacia el mostrador, donde esta sentada una señora muy mayor y que parece estar dormida.

– Disculpe, ¿usted es Madame Renaudot? – pregunta el vampiro a la joven que se despierta. Sus ojos se ven cansados y su cuerpo frágil, la mujer asiente – entonces podría a darme las llaves si no le molesta, estará liste en un mes.

La mujer no le dirige palabra alguna a William, rodea el mostrador, le da uno puñado de llaves al vampiro, toma una maleta al lado de la puerta y sin mirar a Isabel sale de la casa.

– ¿Qué fue eso? – pregunta la joven mirando William, confundida – no me digas que también usaste tus “poderes hipnóticos” con ella – agrega medio en broma, medio enserio.

– ¿Qué?… no, no digas absurdos – dice William repentinamente a la defensiva – la historia es algo larga, mejor te la cuento mientras vamos a nuestra habitación, espero que no te moleste que estemos en el mismo cuarto, es que las demás habitaciones no son tan aptas.

Sin mucho esfuerzo Isabel entendió a lo que se refería.

– Si, no hay problema – responde ella – por cierto ¿y nuestro equipaje?

– Ya esta arriba – responde William señalando a unas escaleras particularmente oscuras y mal atendidas – no te preocupes, creo que nos aguantara a los dos – agrega al ver la cara de espanto de la muchacha – solo evita respirar muy fuerte.

William e Isabel suben por las escaleras, con cada paso que dan los escalones rechinan erizándole los bellos de la nuca a la muchacha que intenta distraerse del feo ruido con el relato  William.

– Todo comenzó hace más o menos un siglo – comienza a contar el vampiro – como el hombre… o monstruo amante de las artes que era Gabriel – en esta parte parece habla con humor y cariño para con la persona que le devolvió las ganas de vivir a William – él no pudo evitar querer venir a la inauguración de la Torre Efeil.

>> Cuando llego a la ciudad no encontró donde hospedarse, era de esperarse nadie en el mundo civilizado se perdería ese evento. En todo caso, pudo encontrar posada en la casa de la abuela o bisabuela de la mujer que se acaba de ir, y te puedo asegurar que si bien este nunca fue un palacio tuvo mejores días. Gabriel siempre dijo que esa mujer fue el único verdadero amor de su vida.

– ¿Tratas de insinuar que esa señora, la que se acaba de ir puede ser la nieta de Gabriel? – pregunta Isabel pensando en lo romántica o extraña de una relación entre Gabriel y la antigua dueña de este hotel.

– No te podría decir que no – responde William pensativamente – pero no le creo, Gabriel ya llevaba cuatrocientos años vivo, no creo que se dejara llevar por sus emociones de esa manera.

– Pero eso no significa que no pudo haber pasado – dice Isabel interesada por más de un motivo en los amoríos de Gabriel. Llegan a la primera planta y siguen suben por las escaleras que por suerte dejaron de crujir.

– Eso es cierto – dice William mirando de forma inquisitiva a Isabel, aun con la poca luz pudo darse cuenta que ella se ruborizo – pero Gabriel me contó que su relación con esa mujer no llego a más que a un simple beso, él se fue una semana luego de llegar a París y ahí termino todo.

– Entonces, ¿esto que tiene que ver contigo? – pregunta Isabel.

– Con lo años al parecer ese viejo vampiro se encariño de este lugar, y no veo por que no hacerlo, este lugar es un encantador palacio – dice William con un marcado sarcasmo al pasarle una gran rata por su pie, por suerte Isabel no la vio – en fin, para que no se notara que no había envejecido no un día desde que fue para allá comenzó a pagarle a testaferros y socios para que estuvieran pendientes del lugar.

>> Con los años dejo de hacerlo y el tiempo cobró su factura. En una nota que me dejo para leerla cuando muriera me pidió que antes de seguir mi camino hiciera todo lo posible para devolver a este lugar a se antigua gloria.

– ¿Por eso vinimos a este lugar? – pregunta Isabel – para poder cumplir el deseo de Gabriel.

– En parte, si – responde William, suben más allá de la segunda planta – también vinimos a este lugar para no llamar la atención, además no podemos despilfarras el dinero en una cama de doscientos euros la noche, como yo quisiera; pero la razón principal es por la vista – agrega al llegar al final de la escalera que lleva al tercer piso, solo hay un descolorida puerta.

William abre la puerta y la imagen de la imponente torre Efeil domina el lugar, el enorme monumento se puede ver desde una bella terraza al final del cuarto. Isabel entra mirando a la hermosa aguja de metal iluminada. Ella siempre quiso visitarla, pero entre el trabajo y la barrera del idioma nunca pudo cumplir ese suelo y ahora, que la puede mirar en todo su despliegue sabe que se perdió de la que pudo ser una de las mejores experiencias de su vida.

– ¿Qué te parece el lugar? – pregunta William devolviendo a la joven a la realidad – este fue el lugar donde Gabriel se quedo hace ya tantos años.

Isabel mira el interior de la habitación. Esta algo descuidada, pero en comparación con el resto del edificio se ve casi aceptable, el suelo de tablas descoloridas necesitan una buena barrida, las paredes están medio cubiertas con retazos de un viejo papel tapiz rojo y floreado. Para obstruir la brillante luz de afuera hay unas pesadas cortinas polvorientas y de un feo color marrón o café, parecido al color del lobo. Al menos el lugar es muy amplio, se siente aun más grande al solo haber dos camas y una escritorio junto a una puerta entre abierta a la derecha de la habitación, de reojo puede ver que es un baño que al menos si se ve en buenas condiciones, algo bueno para variar.

– No esta tan mal – responde por fin Isabel caminando por todo el cuarto que cada vez le gusta más – necesita algo cariño y yo un buen baño, ¿Cuál es mi equipaje? –agrega mirando dos maletas exactamente iguales, dispuestas en la cada una de las dos camas.

– La de la izquierda – dice William dándole la espalda a la joven para ir hacia el balcón, el vampiro se apoya en la baranda y agrega – si no te molesta voy a dar una vuelta por ahí, tú descansa.

– ¡William! – grita Isabel al mirar horrorizada como el vampiro se lanza por la terraza. Corre hacia la branda y mira hacia abajo esperando ver como moría William.

El vampiro cae por tres pisos aterrizando como si nada, mira hacia arriba la cara de estupefacción de Isabel; al parecer ella aun no puede asimilar del todo que él es un vampiro.

William se encuentra en una oscura callejuela no muy lejos de una calle bien iluminada, él puede calcular que unos doscientos metros de donde esta. Isabel a pesar de estar aun perpleja vuelve al interior del edificio, es cuando el vampiro comienza a caminar.

No llega a los cinco pasos cuando sus poderosos ojos ven flotar una pequeña pluma negra, una pluma de cuervo; esta se desliza suave y delicadamente frente a William hasta caer a sus pies. William sin pensar en nada se agache, la recoge y la mira con ojos curios dándole vueltas con sus dedos.

– No deberías estar aquí – dice una voz masculina varios metros detrás de William, de alguna forma pudo llegar a estar tan cerca de él sin que lo hubiera notado.

– No, tu eres el que no debería estar en este lugar – dice William soltando la pluma al solo abrir sus dedos. La sed comienza a tentarlo, una presa tan fácil y en un lugar tan conveniente no se puede desperdiciar. Se da media vuelta, el hombre esta a pocos metros de él. a toda velocidad corre hacia su próxima victima con sus dedos como garras y sus colmillos listos para atacar.

Un torbellino negro lo cubre al saltar contra el hombre que se queda inmóvil, impávido ante el ataque de un vampiro. La ventisca se dispersa a los pocos segundos y William cae al suelo, ha fallado su envestida contra el hombre que lo mira a pocos centímetros de él. William se levanta con velocidad y lanza con igual de veloz ráfaga de puños y patadas que el hombre  esquiva al principio pero las cosas cambian demasiado pronto. El extraño atrapa uno de los puños de William y con extrema facilidad lo arroja varios metros sobre los aires.

William rueda por el suelo hasta llegar a una orilla por la que cae, de alguna forma ambos están sobre la azotea de un enorme y moderno rascacielos. El vampiro reacciona al mirar lo diminuto que se ve la calle desde semejante altura, se transforma en niebla para aparecer después en el techo del mismo edificio, la conmoción lo hace caer al suelo apoyándose de sus rodillas y manos al tiempo que respira con dificultad.

– No puedo creer que un vampiro caiga tan fácil – dice el hombre acercándose a William, se pone de cuclillas y mira el rostro caído de William que se niega a ver a la persona que lo derroto con ridícula sencillez – esperaba algo más del discípulo del gran  Gabriel Valerius, él si me hubiera dado pelea.

– ¿Quién eres? – pregunta William levantándose con dificultad. Esa persona que conoce lo que es y quien era Gabriel es un hombre de altura promedio, de corto cabello negro, ojos profundos y de pulcro color negro y tez blanca nieve.

– Solo soy un mensajero, y vengo por ordenes desde arriba – dice el hombre metiendo las manos dentro de su gabardina de cuero negro.

– Dime cual es el mensaje, para poder irme de aquí – dice William exaltado – antes de que pierda la paciencia.

– No debiste haberla traído a Paris – dice el hombre sin hacer caso las amenazas del vampiro – ella no es parte de este mundo.

– ¿De quien rayos hablas? – pregunta William intentando evadir el tema.

– Acaso crees que nadie sabe que desde hace algunos años te encuentras con una muy linda humana – dice el mensajero – no me digas que pretendes cometer los mismo errores que cometió Gabriel, esa… Isabel se convertirá en tu Elizabeth personal.

– ¡Cállate! – grita William perdiendo los estribos.

El vampiro se lanza contra el mensajero, pero este lo atrapa y golpea contra el suelo con tanta fuerza que este se desquebraja.

– Tu conoces las reglas William Knight Valerius – dice el mensajero dejando en el suelo al vampiro que no puede moverse, el hombre camina lejos de William dándole la espalda mientras continua hablando – ningún humano puede estar inmerso en este mundo de muerte y tinieblas. En especial en estos tiempos tan caóticos.

– ¿Qué? – pregunta el vampiro confundido.

– No puedo creer que no lo sepas – dice el hombre con jactancia – al parecer decidiste la peor época de la historia para ser un vampiro… o existir. Al parecer el rey de todos los vampiros esta metiéndose en asuntos verdaderamente preocupantes.

– ¿Qué clase de cosas? – pregunta William entrecortadamente, se levanta con mucho dolor en la espalda del boquete en el suelo.

– La exterminación de la raza humana, el fin de la creación y reinar con puño de hierro sobre todo cuanto respira; ya sabes, la rutina – dice el mensajero hablando con hilaridad, como si le diera gracia el Apocalipsis.

– Eso significa que…

– Que tú y tu noviecita están por ser destruidos dentro de muy poco – interrumpe el mensajero mirando a William con ojos que se hicieron de repente muy serios – no me sorprendería que justo ahora estén por llegar a la pocilga en que ella esta. Si yo fuera tú me apuraría a buscarla…

– ¿Qué cosa eres? – pregunta William sumido en la mayor desesperación que ha sentido en su vida.

– Mi nombre es Alanegra, pero todos me conocen como el “Ángel de la Muerte”. El fin se acerca William, es solo cuestión de tiempo.

El vampiro mira nervioso para todas partes, no sabe que hacer.

– ¿Qué tengo que hacer para que me ayudes? – es lo primero que le pasa por la cabeza, al borde del desespero.

Alanegra se le queda mirando, analizando la propuesta de William. Por la mirada triste y angustiada del vampiro supo que él esta dispuesto a dar lo que sea necesario para ganarse su ayuda.

– ¿Estarías de acuerdo con perder tu inmortalidad, tus poderes e incluso tu vida por esa mujer, por Isabel Mendoza? – pregunta la parca analizando meticulosamente hasta el más mínimo gesto de William.

William se le queda mirando a Alanegra quien también lo mira a los ojos con la misma intensidad que el vampiro, es como si estuvieran luchando solo con el poder de sus miradas. La inmensa decisión de la mirada del vampiro hace que Alanegra no tenga la menor duda de la respuesta de este, pero aun así quiere escuchar lo que tiene que decir.

– Si, a eso y mucho más – dice William sin vacilar, esta debe ser la respuesta más contundente y segura que ha tomado en su vida, ¿Por qué?

– ¿Qué tiene esta humana que te ha vuelto tan…? – pregunta Alanegra buscando la mejor palabra para describir el estado del vampiro.

– No lo sé… – espeta William desviando la mirada hacia un lado – al principio yo…

– Ya, ya, ya, ya, no quiero saber sobre los dilemas de los acomplejados mortales, llevo más de diez mil años escuchando a la gente suplicar “no me mates, no quiero morir” – dice el ángel oscuro mofándose de su labor desde que existe la humanidad – si yo me aparezco frente a alguien es por que su hora ya llego…

– ¡Me vas a ayudar o no, maldición! – grita William a todo pulmón, alarido que saca a Alanegra de sus recuerdo – ¡no me interesa si me vas a arrancar el alma ahora mismo, con tal de que eso salve a Isabel!

– ¿Sabes lo más curioso de todas las cursilerías que acabas de decir?, es que tú no tienes alma – dice Alanegra caminando alrededor de William lentamente, cada uno de sus pasos son perfectamente audibles y acompasados mientras se desplaza alrededor del vampiro que se queda inmóvil, pero rabiando – aunque intentes negarlo, aunque no quieras reconocerlo y aunque tu queridísima Isabel te haga cosas que no voy a decir por ser una dama… el punto es que eres un caparazón vacío, hueco y no tienes nada que yo quiera.

>> Lo que significa que por fin podré pagarle ese favor que le debo a un viejo amigo – agrega Alanegra encarando a William y devolviéndole la esperanza perdida – en lo personal no me gusta darle nada a un alma agonizante sin recibir nada a cambio…

– ¿No que no tengo alma? – suelta William.

– Eso es lo que te diferencia de todos los demás vampiros de este horrible mundo, eres el último vampiro con alma – dice Alanegra extendiéndole la mano a William – eres la viva imagen de Gabriel, solo que más tonto e insensato. Algo me dice que te esperan grandes cosas, lo malo es que los de arriba no quieren que nada se sepa antes de su momento.

– ¿No puedes hacer una excepción conmigo? – pregunta William levantado una ceja.

– No, ya pague mi deuda… pero si te estorba esa alma podríamos hacer un trato, ¿te interesa?

– No, gracias pero no – dice William sonriendo por primera vez, toma sin vacilar la mano del ángel de la muerte. De inmediato el vampiro fue envuelto por un torbellino de plumas negras, esta vez no hicieron la menor mella en él.

Cuando el remolino se dispersa William esta por arte de magia parado en la terraza de la casa a la cual llego junto con Isabel. La habitación esta a oscuras, el vampiro se desespera de nuevo y busca por cada rincón, primero del cuarto y luego del resto del antiguo hotel.

– ¡Isabel!, ¿Dónde estas?, ¡Isabel! – grita por cada lugar por el que busca. Los minutos se vuelven horas y cuando la única idea que se le ocurre es salir e ir a buscar por el resto de París si era necesario William escucha un graznido desde la terraza, sus oídos de vampiro pueden identificar el lugar y la cosa que ha producido ese sonido.

Sin vacilar llega a la tercera planta y a la habitación que hace cien años fue de Gabriel. Hay un cuervo parado en la baranda de la terraza al otro lado del cuarto, el ave parece no asustarse por la abrupta llega del vampiro… para su sorpresa el pájaro lo esta mirando.

Antes de que William moviera otro músculo el cuervo vuela al interior de la habitación aterrizando a los pocos segundos sobre el escritorio, grazna un par de veces y sin más picotea con cierto ritmo una pieza de metal dorado. William camina hacia el escritorio y toma el medallón que encontró en su último encuentro con el cazador en la biblioteca secreta de Ruan.

William busca con la mirada el cuervo, pero lo único que encuentra del ave es una única pluma negra azabache sobre un grueso libro de apariencia antigua. El vampiro toma la pluma con media sonrisa en los labios. Esta de seguro debe ser la obra de Alanegra.

– Solo sé de una persona en toda Francia que tendría una de estas cosas – dice William apretando al visor de espectros con toda su fuerza al encontrar que cosa es y para que sirve en el libro que robó de la biblioteca.

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