Capítulo XXIV: El Advenimiento del Monarca Vampiro

Posted on 26 febrero, 2010

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Parte I: El Aquelarre de París

– ¿Qué asqueroso y maldito bastardo le ha hecho esto a mis hijos? – pregunta un vampiro  alto, de cabello rubio platinado y rostro increíblemente inhumano y cruel; el rostro mismo del mal. El vampiro viste  una túnica negra que resalta sus profundos ojos escarlata, esta agachado sobre las cenizas de los que solían ser los vampiros que vivían en el clan más grande de Francia.

– Aun no se sabe, su majestad – dice otro vampiro parado cerca del primero. Este es más fornido y de piel más oscura, su cabello corto y rizado le da a su rostro una apariencia cuadrada. Lleva puesta un abrigo rojo sangre con intrincados bordados en negro. El segundo vampiro esta parado mirando un silla cubierta de algunas cuerdas y algo de cenizas – pero quien haya sido o quiere morir horriblemente o quiere que sepamos quien fue. – agrega al ver que oculta entre la pila de cenizas hay un papel toscamente doblado. El segundo vampiro recoge con la puntas de sus dedos la nota y se la extiende al primero que se mantiene agachado sobre las cenizas de sus hijos vampiros.

“Puede que hayas acabo con tus malditos perros a todos los demás Paladines Nocturnos, pero aun quedo yo. Si crees que te tengo miedo degenerado vampiro te equivocas.”

“La Guerra es cuando acaba de empezar, sé que moriré pero me asegure de llevarme a la tumba tantos de tus desgraciados monstruos como me sean posibles… creo que ya te habrás dado cuenta que te falta un aquelarre.”

Cuando termina de leer la nota él primer vampiro arrugo la hoja crispando la cara y tensando su cuerpo entero por la rabia, el otro vampiro retrocedió; esta es la primera vez en varios siglos que ve al líder de todos los monstruos de la noche llegar a tal estado de rabia.

– Asmodeo, quiero que encuentres al responsable de esto… Y ¡que lo traigas ante mí! – grita ferozmente, con el puño que encierra la nota de Blade golpea el suelo con tanta fuerza que crea un cráter de varios metros en el bello piso de mármol negro – quiero ser yo quien le quite hasta la última gota de vida de las venas a ese maldito.

>> Mis planes están muy  cerca de cumplirse como para que un Paladín Nocturno renegado intente interferir en ellos.

– Si mi señor, Baphomet – declara medio asustado el vampiro llamado Abadon antes de salir de la sala del extinto “Aquelarre de París”.

– Sé que fuiste tú Blade, espero que estés preparado – dice el Monarca de lo Vampiros al tiempo que toma un puñado de cenizas de lo que antes fue Octavio, el líder del clan – cuando acabe contigo desearas estar muerto.

Parte II: Isabel Mendoza

– No sabe la suerte que tuvieron, usted y su amigo – traduce con un leve acento francés uno de los marino las palabras del capitán. Isabel esta completamente empapada y congelada, en el interior de la pequeña embarcación le prestaron unos cuantos cobertores que le ayudan a disminuir sus tirites.

– ¿Por… por qué lo dices? – pregunta Isabel estremeciéndose debajo de sus varias capas de sabanas. William esta recostado, igualmente mojado que ella y con el torso desnudo; el vampiro esta inconciente, sobre la única cama en el humilde camarote del capitán.

– Estamos en Febrero, en pleno invierno – traduce el marino – tiene suerte de no haber muerto congelados.

– No se preocupe… creo que ya estoy cerca – dice la joven con sarcasmo, literalmente sus dientes truenan como castañas y sus labios están peligrosamente pálidos.

– Oh… discúlpeme, creo que podremos ofrecerle algo de ropa – dice el capitán en un burdo español que suena mas a francés o alemán – por favor sígame, su amigo estará bien, nuestro doctor dice que solo esta desmayado – agrega al ver el recelo de Isabel por alejarse del vampiro – venga, tenemos al mejor doctor de Francia, él nos avisara apenas el joven despierta.

A pesar de dudar que el viejo, gordo y desaliñado hombre que esta parado al lado de William sea el mejor doctor de Francia Isabel decide seguir al capitán fuera de su camarote. Cuando sale seguida por el hombre que le salvo la vida se encuentra con la serena oscuridad del río, algo que contrasta por completo con las calles bien iluminadas de Ruan.

En menos tiempo del que se pudo dar cuenta la joven estaba  en lo que parece ser el comedor y lugar de reunión de la tripulación, aun se puede ver varios platos con la cena que al parece ella y William interrumpieron. El capitán entra solo por un pasadizo al fondo de la habitación.

– Creo que esto le debe de quedar – dice el capitán pasándole a la joven una camiseta blanca y unos pantalones cortos – son de Mariano, aquí entre nos, él es el más afeminado de todos los tripulantes.

La joven se ríe tímidamente y toma la ropa realmente agradecida por la amabilidad del hombre.

– Eh… si no le molesta… – insinúa Isabel mirando al capitán que en los primeros segundos pareció no comprender, pero después se dio la vuelta sonriendo tontamente.

– Espero que su amigo despierte pronto – dice el capitán dándole la espalda a Isabel, quien esta agradecida de quitarse su ropa empapada. Se cambia la camisa y los pantalones lo más rápido que puede para contestarle.

– Se lo agradezco de verdad – dice la joven por fin – ya puede darse la vuelta…

– Capitán Henri, a sus servicios madame – dice el capitán dándose la vuelta, besa la mano de Isabel y agrega – ahora que esta más presentable le puedo… cual es la palabra… ¿interrogar por lo que acaba de pasar?

– Si… esa es la palabra – dice Isabel cabizbajo.

– Por favor siéntese – dice Henri tomando una silla y tras darle la vuelta al respaldo se siente frente a la joven. Espera a que Isabel también se siente para agregar – no creo que me discuta que encontrar a dos personar flotando a plena noche en el canal es algo que se ve todos los días, ¿no lo cree así señorita?

– Si… claro que no debe ser algo normal – dice Isabel buscando que decir como excusa, algo que evite que ella deba contarle la verdad, años forzando su imaginación para escribir novelas y artículos de periódico le deberían de servir de algo; pero esta vez ese no es el caso, nada fuera de la imagen de William inconsciente tumbado en una cama llega a la mente de la joven que se desespera.

– Ahora me podría explicar ¿Qué los hizo lanzarse hacia lo que pudo ser una muerte segura? – pregunta Henri rascándose la nuca con una mano mientras que la otra esta sobre el respaldo de la silla.

Ambos se quedan en un incomodo silencio, Isabel mira para todas partes muy nerviosamente, Henri no le quita los ojos de encima, cosa que la pone aun más ansiosa. Isabel no puede aguantar la presión por mucho tiempo más.

– La verdad es… – comienza a decir Isabel con la intención de decir toda la verdad, ya esta agotada, física y mentalmente; guardarle este secreto al mundo entero es demasiada carga para ella sola.

– ¡Capitán, el muchacho ya esta despertando! – grita de repente un marino que acaba de irrumpir en la sala.

– Tendremos que dejar nuestro pequeño interrogatorio para su amigo – dice Henri levantándose de su silla. El capitán y el marino salen de la habitación seguidos varios pasas atrás por Isabel, quien trata de reprimir su alegría por saber que William ya esta en mejor estado.

Llegan al pasillo que los lleva hacia el camarote donde esta William, ruidos de pelea y forcejo invaden el lugar de repente. A los oídos de la joven llega el desgarrador sonido de un grito agonizante. La puerta del cuarto es lanzada por los aires junto con un hombre que choca contra el barandal de la nave, esta muerto.

De inmediato Henri y el marino corren hacia la habitación. Apenas pasan más allá de la vista de Isabel nuevos y más poderosos gritos de dolor acompañados por golpes y chasquidos asquerosos plagan el barco. Y de repente, silencio.

Isabel camina aterrorizada hasta lo más profundo de su alma hacia la puerta, un líquido rojizo comienza a salir por la puerta, es sangre. Su mente viaja hacia todas las soluciones posibles, cualquier explicación que evitara que se cumpliera su miedo más encarnizado, pero la realidad le golpeo en la cara.

La joven se sostiene del marco de la puerta arrancada, lo que ve le a dejado sin fuerzas las piernas y el estomago. Todo el cuarto esta bañado y salpicado en sangre, del techo hasta el suelo y pasando por cada una de las cuatro paredes y los objetos que se muestran a la vista. Cinco cadáveres adornan la espeluznante escena  mostrándose en posiciones que nunca pudieran haber conseguido en vida sin dislocarse un brazo o una pierna; algo los ha tirado tal muñecos de trapo.

Henri es el único que parece mantenerse en pie, su cuerpo es suspendido varios centímetros sobre el suelo develándose así el perpetrador de semejante crimen. William acerca el cuello del capitán a sus afilados colmillos. Un grito desesperado queda encerrado en la garganta de Isabel cuando empezó a brotar la sangre, como si fuera una película de horror el líquido se desparrama por todas partes, cayendo su mayoría en el suelo luego de caer grotescamente sobre el cuerpo sin vida de Henri.

Luego de estar satisfecho el vampiro arroja con una sola mano el cadáver contra la pared con tanta fuerza que esta se abolla. Cada parte de piel desnuda de William esta salpicada con la sangre de sus victimas, por la comisura de sus labios se deslizan perezosamente dos hilos de la misma sustancia. Sus ojos completamente deshumanizados miran con una rabia fuera de lo describible con palabras a Isabel.

La joven suelta la puerta, las lagrimas le nublan la vista, con un paso temeroso y endeble ella se acerca a William muy despacio, el vampiro se queda de pie, como si no supiera que hacer; si matarla o dejarla con vida. Sus cuerpo se tensa y sus colmillos ahora escarlatas salen a la luz en una clara señal de amenaza, pero a Isabel no le importa. Extiende los brazos delante de ella y con toda la velocidad de la que es posible encierra a William en un fuerte abrazo desesperado. Las ganas de llorar finalmente le ganan.

– ¡Por favor vuelve! – solloza la muchacha en voz muy alta. El vampiro se queda inmóvil y callado, su cuerpo frío  es tan tieso como una estatua, sus ojos no enfocan a nada, es como si el alma de William se hubiera perdido en un océano muy profundo.

Isabel presiona su castaña cabellera contra el frío pecho de William, puede sentir la respiración agitada del vampiro y la falta del latir de su corazón. De a poco el cuerpo de William pierde parte de su frío de muerte al ritmo que su respiración se hace más lenta y apacible.

– ¡Por favor… vuelve a ser el mismo William que yo… que yo…! – grita desesperadamente la joven, con cada latido de su acelerado palpitar Isabel entierra más la uñas en la espalda desnuda de William, intentando apretarlo con mayor fuerza.

Una única y húmeda gota se desliza por la mejilla de Isabel, pero no es una lágrima suya. La joven levanta la mirada y se encuentra con que el vampiro había vuelto a ser tan gentil y amable como lo era siempre. William se despega de Isabel y le da la espalda, se pasa el dorso de la mano por el rostro, limpiándose la sangre del rostro.

Isabel, por su parte se enjugo la cara con el dorso de su mano, cuando miro su muñeca vio que una de sus lagrimas, completamente transparente se ha mezclado con una de la extrañas y carmesíes de William. Para ella esa pequeña coincidencia tenia una gran belleza oculta.

– Por favor sal de aquí… tengo que limpiar – dice William aun de espaldas a Isabel. Su voz rota y el inmenso sentimiento de culpa y remordimiento le parten en dos el alma de la joven.

– No, yo puedo ayudar… – dice Isabel, al mirar la muerte y desolación que causo el vampiro las palabras quedaron aprisionadas en su garganta.

– ¡No, quiero que te vayas! – grita de repente William. Se da la vuelta, los ojos escarlata de William miran fijamente a Isabel de manera amenazante, ella no le teme a él pero decidió que será mejor hacerle caso al vampiro.

La joven sale de la habitación con un gran vacío en el pecho e intentando no mirar a ninguno de los cuerpos sin vida de las personan que heroicamente la salvaron de las oscuras y frías aguas. El barco se mece con calma por entre las mansas aguas del río, sin nadie que lo conduzca la embarcación esta terminara o encajada o en el mar.

Isabel se acerca a la proa del barco, llega a la punta del buque. Mira hacia las bellas luces de la ciudad y sin haber otra razón se deja caer al suelo, coloca la cabeza sobre sus rodillas y comienza a llorar con toda la fuerza que le permiten sus pulmones. Intenta desahogar todo el dolor, la confusión y el terror que siente que le desgarra el pecho con cada bocanada de aire.

Las lágrimas se deslizan por sus ojos hasta caer a sus rodillas. Su gargantea le arde y los pulmones parecen que le explotaran en cualquier minuto, pero a ella no le importa en lo más mínimo, lo único que quiere es sacarse todo lo que tiene entre el pecho y la espalda.

– Isabel, ¿te encuentras bien? – le pregunta la tímida voz de William al tiempo que su fría mano se posa sobre el hombro de la joven. Isabel no sabe cuanto tiempo ha pasado, el paisaje no parece haber cambiado en nada, pero si lo ha hecho el vampiro.

William lleva puesta una chaqueta de cuero gastado y parecida a las que usan los militares, seguramente parte de la ropa de alguno de los marinos muertos.

– ¡No, no estoy bien! – grita Isabel con la poca voz que le queda, se levanta de improvisto y con los puños cerrados golpea el torso de William que no intenta defenderse – ¿Cómo crees que voy a estar cuando vi como mates a gente inocente, monstruo? – agrega dejando el inútil intento de herir al vampiro, oculta el rostro en el pecho de William solo para seguir llorando, desgarrada.

William manteniéndose en completo silencio toma a la joven por los hombros y la obliga a mirarlo a los ojos.

– Puedo hacerte olvidar todo – dice entre susurros el vampiro – puedo borrar tu memoria, olvidar todo el dolor.

– ¡No, no quiero! – protesta la muchacha tratando de sacarse de encima el agarre de hierro de William que la mira fijamente, sin siquiera pestañar.

Al mirarse los ojos rojos de William con los castaños Isabel, ella queda paralizada, algo evita que pueda desviar la mira de los penetrantes ojos de William. Todo se nubla y a los pocos segundos ella pierde el conocimiento entre los brazos del vampiro que la levanta del suelo.

William carga a la joven hasta la habitación donde lo atendieron a él, las paredes siguen manchadas de sangre, lo único que le ha dado tiempo ha hacer el vampiro es agrupar los cuerpo en una esquina. Toma de la mesa del camarote el bolso que le dio a Isabel, pero no esta lo que busca. Hace un lado el rizado y hermoso cabello de la joven, el bello talismán que encierra sangre de grifo esta alrededor de su cuello.

Con sumo cuidado le quita el dije a Isabel envolviéndose con la cadena del relicario alrededor de su mano, se cuelga el bolso en un hombro y se vuelva a tomar a Isabel entre sus brazos. Antes de salir el vampiro, coloca la mano sobre una pared y esta de inmediato, junto con el resto del cuarto se prende en llamas. William camina por el pasillo, por cada lugar por donde pasa este se cubre en llamas; el collar que se balancea en su mano no para de brillar en un tono rojo brillante.

Antes de que las incontenibles llamas lo alcanzaran, tanto él como Isabel se desvanecen entre la niebla.

William e Isabel reaparecen en un puente cercano, el vampiro se pine de cuclillas y recuesta a la muchacha sobre el asfalto. Los ojos de la joven se abren despacio, al darse cuenta donde esta se levanta asustado; mira para todos lados, se encuentra seca y con una nueva ropa y mira a William en estado de asombro total.

– Ten, no lo pierdas – dice el vampiro fríamente extendiéndole el relicario con sangre de grifo a Isabel, quien enseguida se lo pone.

– ¿Qué paso?, tu brazo, vi que Blade te hirió – dice la joven completamente alarmada. El vampiro mira para se satisfacción el brillo rojizo en los ojos de Isabel que significa que el hechizo ha funcionado, para su tercer parpadeo sus ojos volvieron a verse como siempre. Ella no recordara nada de lo que paso en estas últimas horas.

– No fue nada, no ha pasado nada Isabel – dice William colocándose de pie, le extiende la mano a Isabel quien se debate entre si tomarlo o no – será mejor que nos vayamos, el cazador puede estar cerca.

Luego de pensarlo durante varios segundo Isabel toma la mano del vampiro al mismo tiempo que decide no preguntar más sobre ese asunto. Algo le dice que será mejor dejarlo de esa manera.

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